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viernes, abril 18, 2008

Furia de la independencia

Transcribo un fragmento de Al norte del infierno, de Miguel Correa Mujica.

***

¡Cállense! ¡Cállense, que no la van a abrir! ¡Cállense y siéntense, que si no, no la van a abrir! ¡Qué gente ésta tan estúpida! ¡Señores! ¡Qué ignorancia! ¡Apaga ese radio, vejigo! No te muevas de mi lado, que te cogen el puesto y se acabó tu viaje. ¡Hasta que no se organicen, no la van a abrir! Los perjudicados somos nosotros, señores. No se cuelen, hagan la cola. Allá dentro hay espacio para todo el mundo. Y mientras más se demoren en abrir, más gente va llegando. Parecen bestias. ¡Señores! Cuando él se asome y vea este molote desorganizado, no la va a abrir. ¡Señores! No echen a perder lo que ya tenemos adelantado. Llevamos cinco días frente a esta embajada, y ahora, en el último momento, que ya están al abrir, ustedes con esa molotera y esa bulla. Por Dios, callen a esos niños, apaguen los radios, desaparten a esos dos. Madre mía. Seguro que él ya se asomó. Seguro, seguro, seguro que ya se asomó y los vio. ¿Tú crees que alguien va a abrir con este desorden? Imposible, im-po-si-ble. Yo tampoco abriría. ¿Para qué, para que me pelen el jardín? Él se tuvo que haber asomado ya, porque ya era la hora de abrir. A no ser que esté desayunando. Pero ahí sí sé que está, porque nadie lo va a dejar salir sin abrir primero. A lo mejor lo ha dejado para mañana o para el viernes, que está feriado. Aunque no creo que él sea tan cruel de tenernos aquí así como si fuéramos los árboles de la avenida, sin condiciones para tenernos aquí, así, sin movernos de esta cola por tantos días, con sed y hambre, con dolores diversísimos. Y todo el mundo sabe que va a abrir, porque si no, la gente se fuera. No hemos perdido la esperanza de irnos del país. Y no fue él el que nos dio esa esperanza. Esa esperanza nos la dio el edificio mismo, la sede. Porque ese edificio quiere decir: irse del país. Esa construcción emana la suerte de podernos ir. Porque a través de ese edificio la gente se va, llega, huye, le saca la lengua, le dice una barbaridad, o sencillamente coge y escupe, o le tira una fotografía, o le enseña el fondillo nada más, a este país. ¡Ay, edificio mágico y bienaventurado, digno y virgen entre los demás edificios sometidos igual que nosotros! ¡Quién fuera la última loza de tu traspatio, la taza de tu inodoro, la pared más vieja, el respiradero de tu cocina! ¡Felices partes! Hasta las débiles plantas que adornan tu interior son más bellas que toda nuestra naturaleza, que todos nuestros árboles, torcidos y anudados a más no poder, jorobados y resecos a más no poder, sin fruto en todo el año, sin hojas masticables, metidos en el piso hasta la cintura para que no se puedan escapar de este país. Edificio todopoderoso, santo y divino, ahí estás para vergüenza de los demás que te rodean, sucios y detenidos para siempre, amarrados por debajo al núcleo de la Tierra. Bien que te conozco, bien que te he soñado. Sé del olor de tus maderos, del viento que conecta tus habitaciones espaciosas, de la suave melodía que rechinan tus ventanas enormes, de las plegarias a Dios que cada noche cuchicheas. Sé de todos tus secretos, del terror a que termine la cerca divisoria que te uniría a nuestros días, porque los días que aquí transcurren no son los que transcurren entre tus paredes silenciosas. Sé de tu incontrolable pánico a caer bajo la enumeración, a ser la siguiente cifra, y por tanto, invitado a la barbarie. Nosotros también tememos por ti, edificio, más que por nosotros mismos. Nosotros ya padecemos estas fiebres por muchos años; apenas notamos ya cuán minados y carcomidos nos tienen. Tú, en cambio, eres sano, erguido, libre; te levantas día a día con esa furia de la independencia, con esa soberbia que emana, exclusivamente, todo aquello que puede tomar decisiones. Y por eso eres distinto, meritorio, majestuoso y monolítico. Por ti tememos, edificio, porque sabemos que sólo tú sigues produciendo la esperanza; sólo tú, en toda esta comarca, nos hablas de otra cosa, de un lejano individuo que, al igual que tú, puede tomar o desechar a su antojo. Eso es lo que nos estás tratando de decir hace tanto tiempo. Y nosotros sin entenderte, sin saber qué hacías aquí donde no hay nada grandioso que hacer. Hasta que nos dimos cuenta de que tú tenías que tener alguna función entre nosotros. Porque si tú ni meneas papeles comerciales con nosotros, ni te interesará menearlos nunca, ni te mezclas con nosotros, ni sacas ni traes nada, ni sales en ningún periódico, ni te da una rabieta como aquí a todo el mundo le da, ni hablas yo creo, ¿qué haces tú aquí entonces? Fue así que nos dimos cuenta. ¿Cómo no trataste de hablarnos antes; cómo no sacaste un pañuelo o nos hiciste una murumaca? Tu mera presencia lo explicaba todo. ¡Cuánto tiempo perdimos! La más sencilla seña que nos hubieras hecho, la más complicada, nos hubiera traído a tiempo toda tu importancia. Nosotros sólo hablamos por señas, en murumacas, porque siempre dejan un margen de equivocación. La murumaca de aquí, la que nosotros entendemos, todo lo dice. Y todo lo confunde. ¡Y los enredillos que forma! Las murumacas son para las cosas que no se deben decir, para las cosas con problemas y que no se deben ni mentar. Pero como aquí todo tiene algún problema, la murumaca se ha convertido en el idioma oficial de la república y de los cayos adyacentes a la república. La murumaca se puede entender de una forma y a la vez de mil formas diferentes. Supongamos que tú quieres decirle a alguien que esto es una mierda. Ésa es una de las cosas que no se deben decir. Pero tú quieres decirlo, porque ya no puedes estar quieto sin dispararlo, sin decirlo, porque a veces a uno le cae esa desesperación por decir que esto es una mierda, y de no decirlo, ya posiblemente no puedas decir nada más en tu vida, te dan fiebres, te cae esa tos que aquí todo el mundo tiene, y ya no te queda otro remedio que decirlo. Yo he llegado a pensar que poder decir “esto es una mierda”, sin otro objetivo, sencillamente el poder decirlo, es una de las grandes necesidades del ser humano. Y para poder decirlo aquí, sin que te pase nada, debes decir “esto está malo”, una frase muy ambigua que puedes referir, en el momento en que te cojan, a una de tus manos, o a una parte podrida de un mango que te comiste hace tiempo. Y casi siempre te salvas. Y si eres diestro, le echas toda la culpa al agente disfrazado de hijo tuyo que te cogió. Que él lo entendió así, por lo malo, porque él tiene problemas ideológicos. Ideológicos es como les llaman a esos problemas aquí. También los llaman problemas de penetración ideológica. Yo no acabo de entender esa nomenclatura, porque a mí nadie me ha penetrado nunca. Yo pienso como pienso desde que empecé a pensar. Nadie ha venido de ninguna parte a cambiarme lo que yo pienso. Nadie. Porque para que uno piense así, como yo vengo pensando, nadie tiene que venir de ningún sitio a decírtelo; con mirar unos minutos aquí, basta. Ni me han penetrado, ni me han desviado nada. Y ahora ellos dicen que nos están desviando la mente desde el exterior. ¡Si en el exterior no saben ni la milésima parte de lo que nosotros pasamos aquí, metidos en el horno! Pero hay que decir que sí, que hay personas que están siendo desviadas ideológicamente por unos seres distantes, extraterrestres casi, que no saben nada del asunto, de la cosa en sí, pero que tienen esa siniestra labor, la de desviarnos la mente. Así es todo, o casi todo, porque esto es lo que me viene a la mente en estos momentos, edificio. Y todo esto te lo he dicho pensando, sin la más diminuta murumaca. Y te hablo desde mi puesto en esta cola de cinco días ya, sin ningún tipo de reservas. Porque ya hacia ti no tengo penas. Nunca sabremos lo que significa para ti tenernos aquí apilados, muriéndonos de vergüenza al tener que suplicarte un sitio entre tus paredes silenciosas. No sabremos cómo nos miras desde allí, qué ideas te vienen de momento al ver esta procesión de mendigos congestionando la ciudad. Nunca lo sabremos.

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