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viernes, abril 10, 2009

Hay otro país más allá de tu oreja (actualizado)

Roma pide ciertos excesos. Desandarla de uno a otro confín es uno de ellos, así que ayer salí a caminar con mi reproductor de música en el bolsillo. Mientras pisaba los adoquines de la capital italiana, pensaba en los de mi ciudad natal. El motivo: Raúl Ciro. Escuchaba una docena de sus canciones.

He seguido la obra de Ciro quizá desde principios de los noventa. No recuerdo la fecha exacta, pero sí el lugar del hallazgo. Lo descubrí en un parque. No hablo de un parque cualquiera; era el de 13 y 8, donde por aquellos días se daba cita un grupo de cantautores y su público a matar el aburrimiento que parecía devorar a la capital y al resto de la isla de un extremo a otro.

De lo que se cocinaba en este parque derivarían Habana Abierta —que fue primero Habana Oculta—, la banda de Ciro y Alejandro Frómeta, llamada Superávit —ironía suprema en un país donde lo único que abundaba era la escasez—, así como otros memorables proyectos individuales y de grupo.

Llevo años buscando en Youtube —y en cualquier parte— un video de “Villa de París”, canción de Ciro que fuera todo un himno de los asiduos al olvidado parque. Di con una sesión de grabaciones, pero sigo sin encontrar esa villa que me es tan querida; igual, no desfallezco. Ya aparecerá y entonces prometo compartirla en Belascoaín y Neptuno con mis lectores, que devendrán oyentes.

Hoy, sin que venga mucho al caso y para festejar Passover —una fecha que celebra el éxodo a la libertad del pueblo judío, fuga que siento como mía—, en lugar de “Villa de París”, los invito a escuchar “Déjame cuidarte”, una exquisita canción de Ciro, interpretada por Yalica Jo, con Roberto Fonseca al piano.

La grabación data de 1998.



Postdata: Para completar los créditos, transcribo un fragmento del comentario que ha dejado Ciro en este post: «Ahora, no sólo participan Yalica, y Robertico, también están el gran Félix Lorenzo, y el gigante Abel Omar Pérez. Además, mi amigo Abelito González registró el audio en un casete cromado a la vieja usanza. Qué temperatura».

Ya que estamos, hago una breve pausa para recomendar una canción titulada “Natalia”, que es de donde saqué el verso que titula este post. Y, sin más, vuelvo a darle la palabra a Ciro: «Cambiando de tema... Escuchen, por favor, sobre todo el segundo tema de este vídeo a contraluz, de una presentación de Alejandro Frómeta en Sevilla. Escuchando esa versión de nuestra “canción de cuna patriótica”, uno entiende muchas cosas».

Y otra vez no pude evitar meter la cuchareta. Como apunta Ciro, el video de la presentación de Frómeta incluye dos canciones. La segunda —que empieza a partir del minuto 4— demuestra qué se puede hacer con un himno nacional cualquiera; en específico, el nuestro. Me ha puesto los pelos de punta.

miércoles, abril 01, 2009

El futuro del Emperador

Entre las muchas sorpresas que depara Roma a propios y extraños, destaco el fragmento de una estatua del emperador Constantino, que puede verse en una de las
galerías del museo del Mercado de Trajano.

El antedicho fragmento —que consiste en la cabeza y casi la totalidad del cuello del emperador y fue hallado durante excavaciones que se llevaron a cabo en la parte sur del foro imperial en 2005— representa a Constantino, posiblemente luego de su victoria contra Maxentio en la batalla de Ponte Milvio (312 D.C.).


La combinación cabeza-cuello mide unos 60 centímetros, lo que indica que la estatua completa debió haber alcanzado los tres metros.

El hecho de que el artefacto fuera descubierto hace poco menos de un lustro no me llama tanto la atención como el sitio del hallazgo, que no fue otro que la cloaca del foro imperial.

Hay dos hipótesis que explican el suceso: (1) la estatua pudo haber sido destruida —con el consiguiente lanzamiento de la cabeza al vertedero— durante las revueltas —mayoritariamente paganas— de 326 D.C.; (2) la cabeza fue usada en algún momento para destupir dicho desagüe.

Salí del museo y pensé en el futuro; en el futuro de Cuba; en ese futuro en que seremos polvo sobre el polvo. Y pensé en los futuros arqueólogos de esa otra ciudad en ruinas que es La Habana. Y pensé en sus excavaciones en los más insólitos locales de la capital de la isla. Y hasta los vi buscando quién sabe qué en alguna cloaca capitalina. Y, en esta visión, ¿qué encontraron hundido en las aguas albañales? Un busto de Fidel Castro.

Esta noche me iré a la cama con esa inolvidable imagen.

viernes, marzo 27, 2009

Bienal de la Habana. Obras recientes

J. A. Vincench, Cuadro abstracto que habla.
Cathryn Griffith, Havana Postcards.
Maqueta de Miramar, Calle 28 entre 1ra y 3ra.
Inauguración: sábado 28 a las 2pm.

Estudio abierto, obras recientes de J. A. Vincench.

Abierto desde el domingo 29 a las 2pm.
Calle 78 # 1526. Altos. Entre 15 y 17. Playa.
***
Si se me permite el comercial: J. A. Vincench es el autor de la obra de portada de mi poemario Los culpables.

jueves, enero 08, 2009

Octavilla para circular en La Habana

¡Cinco décadas de mierda!
Cincuenta años de lo mismo:
hambre, miedo y triunfalismo.
¡Somos relojes de cuerda!
Y aunque a veces no concuerda
la utopía con la vida
miserable y carcomida
que llevamos a diario,
¡que viva el aniversario
de la gesta genocida!

miércoles, enero 07, 2009

Telemadrid reporta: Cincuenta años de revolución cubana

Huelgan los comentarios. La realidad habla por sí sola.



Segunda parte.

lunes, enero 05, 2009

Escena en la Tribuna Antiimperialista (fragmento)

¡A festejar los cincuenta!
¡Pelo suelto y carretera!
Y en el pecho una bandera
(la de verdad, la que cuenta,
¡la de la milla noventa!)
y el despelote en su punto
y el pueblo, en la rumba, junto
y el pan y el circo, ¡adelante!
¡Que se muera el Comandante!
¡Que viva Fidel (difunto)!

miércoles, diciembre 10, 2008

De Cuba y otros demonios

Ayer no pude dedicarle un minuto al blog pues pasé parte del día en la carretera —“tuve que manejar noventa millas”, parafraseando a Willi Chirino— rumbo a Blair Academy, una escuela ubicada a un respiro de la frontera con Pensilvania. Pero vayamos al principio. Hace un par de meses, Blair Academy me había invitado a dar una charla sobre “la transición” en Cuba. En algún momento de mi intercambio epistolar con el Dr. Miller —director del programa de Skeptics, que cada martes lleva a un orador a estimular la curiosidad del estudiantado—, le había dicho que con gusto arrastraría a esos parajes una perspectiva inédita del problema que es Cuba y de paso comentaría sobre el deplorable estado actual de cosas en la isla, pero ¿transición?, ¿de qué transición estábamos hablando? En ese punto, el Dr. Miller —que para mi fortuna resultaría un iluminado, sobre todo en lo concerniente a totalitarismos de izquierda— me recordó que era probable que los estudiantes —de noveno a duodécimo grado— tuvieran una idea bastante inexacta de la nación caribeña y que por tanto lo más efectivo y apropiado sería que les brindara una panorámica general del país y luego abriera el foro a las posibles preguntas. Yo, que hasta entonces tenía en mente hacer una presentación del recién publicado North of Hell —mi traducción al inglés de una imprescindible novela de Miguel Correa Mujica, que cuenta las cosas que han sido, las que son y las que serán—, opté por seguir su consejo y darle al evento un cariz más conversacional, cuyo tono facilitaría el intercambio.

Llegué a la escuela —de una belleza descomunal, asentada en una propiedad de quinientos acres— poco después de las cuatro de la tarde. Mi anfitrión me recibió en el acto y a los pocos minutos estábamos hablando cómoda y animadamente en la sala de su casa. Se nos fue la hora y media sin que nos diéramos cuenta. Nos recomendamos libros, películas, debatimos la cosa cubana sin repetir clichés y nos vimos forzados a interrumpir el diálogo a las seis de la tarde para enrumbar al comedor, donde cenaríamos con el resto de la escuela. La cena, deliciosa. Al concluir la misma, el director de Blair Academy agarró el micrófono y, no con poco entusiasmo, presentó al primer escritor cubano que arribaba a esos lares para pararse en el podio a hablar sobre la isla. Y me cedió el artefacto. Mi locución aquí sería el anzuelo, pues el evento tendría lugar en un auditorio que estaba en otro edificio. Comencé —¡horror!— con un chiste que nadie entendió, pero rescaté de inmediato la debacle diciéndoles que teníamos en común el hecho de que yo también había asistido a una escuela becada, pero que las diferencias eran notables pues mi adolescencia había transcurrido en una sociedad completamente militarizada y, para colmo, mi escuela era una academia castrense —la Escuela Militar Camilo Cienfuegos, de la cual, para mi eterno orgullo, me habían expulsado tildándome “una deshonra al uniforme militar”. Omití la parte de la expulsión. Por modestia. Por no hablar de mí mismo—. Y luego les dije que si venían a mi presentación les revelaría la única similitud que existe entre Cuba y Estados Unidos.

Diez minutos más tarde, para mi profunda sorpresa, no cabía un alma en el auditorio. Luego de una muy amable presentación del Dr. Miller, tomé el podio. Empecé revelando lo que ambos países tienen en común: tanto en Cuba como en Estados Unidos se puede hablar mal de Estados Unidos. Hubo risas. Di la panorámica empezando con el golpe de estado de Batista y concluyendo con que el remedio había sido siete veces peor que la enfermedad: en su fase dictatorial, Batista estuvo en el poder siete años; Castro multiplicó su estadía por siete y se aplatanó en el trono (para luego cederlo a su heredero) durante cuarenta y nueve años; en cuanto a número de víctimas: los muertos de ambos bandos desde aquel 10 de marzo en que se malogró la República hasta el 1 de enero en que se malogró la Nación no llegaban a los 2300 —cifra horrenda por demás, que un muerto por razones políticas ya es demasiada muerte—. Las muertes atribuidas a Fidel Castro y su régimen —de las que da fe el
Archivo Cuba— a fecha de hoy sobrepasan las 9000. Aclaré que estas muertes sólo abarcan los fusilamientos, las muertes en prisión, los asesinatos, las ejecuciones extrajudiciales, pero excluyen las decenas de miles de personas —el cálculo es conservador— que han perdido y pierden la vida en el mar, huyendo del tan cacareado paraíso socialista. Y, ya expuestas las vísceras de la isla, invité al debate.

La primera reacción vino de un profesor de la escuela, inmigrante de origen haitiano. Dijo que ya quisieran en su tierra natal tener los problemas que tenemos nosotros en Cuba. (Este maniqueísmo es enternecedor por su torpeza). Le respondí que en ningún momento me atrevería a minimizar la problemática haitiana —en donde la situación, lo sé, es de cuidado—, y que por respeto a las víctimas de ambas tragedias no me permitía comparar cuáles muertos eran más muertos, pero que el hecho de que su país viviera un infierno no justificaba en forma alguna el infierno que es Cuba. A esto respondió con el sonsonete de los “logros de la educación”; mi contraargumento: de qué servía educar a las masas para luego prohibirles los libros. Al hablar del muy limitado acceso a la información en la isla, mencioné que la negativa del diario Granma de darle el 5 de noviembre de 2008 la cobertura en primera plana que merecía la elección del primer presidente negro de este país —destacando en su lugar los resultados de alguna cosecha de cítricos u otro tema absolutamente irrelevante—, se debía al hecho de que mientras nosotros vivimos en el mundo de la realidad, la prensa cubana vive en el mundo de
Las crónicas de Narnia. La carcajada sacudió el recinto. Y el maestro de ceremonias cortó el careo, alegando que el resto del público también tenía derecho a participar en el intercambio.

Las preguntas de los estudiantes fueron, en su totalidad, cándidas e inteligentes —dos categorías que no tienen por qué excluirse entre sí— y abarcaron desde lo personal —si en mi “malestar” con Cuba había espacio para encontrar algo digno de ser rescatado luego de este medio siglo (en realidad, la joven dijo “odio”, pero después me comentó que había usado un término impreciso)— hasta lo global —la razón de ser del embargo—, a lo que respondí alegando, por una parte, que, obviamente, mi malestar no era con Cuba, sino con los miembros de la cúpula que la dirige (que aunque hayan intentado, con éxito, metamorfosearse en una misma entidad, eran dos cosas separadas) y, por la otra, al hecho de que, como reportara Roger Cohen en su
tendencioso artículo para The New York Times: «Estados Unidos es el mayor exportador de comida a Cuba, alcanzando el monto de $600 millones este año» y que el único embargo que en realidad me preocupaba es el que el gobierno cubano le ha impuesto durante medio siglo al pueblo de la isla. En algún momento señalé un par de pifias —entre tantas— del texto de Cohen: se refiere a Castro como alguien que ha sido durante cincuenta años “intermitentemente despiadado”; declara que en la isla parece existir “una especie de apartheid económico”. Lo cuestionable, claro está, yace en lo de “una especie”. Hay apartheid o no hay apartheid, señores. Y en medio siglo de calentar el trono sin intervalos, se es despiadado o no se es despiadado, pero sin intermitencias. Y, no faltaba más, destaqué la joya de la contradicción que contamina el reportaje: «Ha habido cientos de ejecuciones, sobre todo en los primeros años, pero él nunca ha sido un dictador sangriento, un Ceausescu caribeño». Ay, y con estos bueyes tenemos que seguir arando.

Al final de la velada, se me acercó un grupo de estudiantes y continuamos la conversación en privado, haciendo hincapié en la novela de Correa Mujica, la obra de Reinaldo Arenas, la fascinación hollywoodense con el matón argentino. La plática pudo haberse extendido hasta el infinito, pero ellos se debían a sus quehaceres y a mí me esperaba una hora y media en la carretera.


Al llegar a casa, cansado y cayéndome de sueño, me di el salto de rigor por Penúltimos días para enterarme no con poca tristeza de la brutalidad policial perpetrada contra un grupo de opositores pacíficos en Cuba, en la víspera del aniversario del Día Internacional de los Derechos Humanos.

Hoy escribo esto a la carrera, con el asco inevitable ante la infamia y con la esperanza de que alguno de mis interlocutores de anoche lo lea. Si alguien se lo hace llegar al profesor haitiano —cuyo nombre desconozco—, quedaré inmensamente agradecido.

sábado, noviembre 08, 2008

Esquinita cruel, del Vedado, barrio aquél…


El edificio rojo que aparece en la foto —en la esquina de 25 y G— es el “Palace”. Para ponerlo en letra de bolero, de aquel palacio ya no le queda ni el recuerdo. El edificio grisáceo que se le enfrenta desde el otro lado de calle —no sé desde cuándo— lleva el nombre —el apellido— de nuestro más ilustre suicida: “Chibás”.

Los primeros años de mi infancia y —luego de un hiato por provincias—, en mi más temprana adultez, antes de mudarme a los predios de Belascoaín y Neptuno, viví en el séptimo piso del Palace, en un apartamento que se jactaba de un envidiable balcón a la Avenida de los Presidentes —avenida a la que, para ponerlo en letra de bolero, de aquellos presidentes ya no le quedaba ni el recuerdo—. El Palace se podría haber jactado también de un cajón de aire que daba a uno de nuestros cuartos y por el que, muy a mi pesar, me mantenía al tanto de quién le pegaba los tarros a quién, o me enteraba del mal que se iba a morir la puta de la madre de Fulana, o me llegaba la grata noticia de que en la triste bodega de 25 y F estaban vendiendo el arroz (con piedras) correspondiente al mes anterior. Fue en esta caja de resonancias, gloria de glorias, donde aprendí en mis primeros años todas las malas palabras que debía tener en su léxico cualquier habanerito en ciernes.

Más que edificio, aquello era un solar vertical. Pero el solar interminable, que —mirado desde abajo— quería perderse en el cielo como la
columna infinita de Brancusi, me regaló una tía y el consecuente par de primas, así como un resquemor por el chisme y los elevadores viejos y, para mi sorpresa, a décadas de distancia, aún me trae recuerdos entrañables.

Este blog se pudo haber llamado 25 y G. Hago constar.

lunes, noviembre 03, 2008

Éramos la leche (II)

El amigo al que aludo en “Éramos la leche” me acaba de enviar una nota a mi correo personal. En vista de que me sacó alguna carcajada y con su permiso, la publico aquí, usando —a petición suya— el nombre de guerra del susodicho. Incluyo, también, un fragmento de mi respuesta. Ya que estamos: omito nombres (los reduzco a iniciales) para proteger a inocentes y culpables.

Por último: perdonen lo escatológico del intercambio; no olviden que este blog versa principalmente sobre Cuba.
***
Y dice Carmona caja quinta, cazador de mulatas y sus derivados:

Como te prometí, leí tu blog el domingo y créeme que me sacó una sonrisa. Aunque tengo que reconocer que es una adaptación libre a las memorias. Si mal no recuerdo, lo del chorro incontenible de diarrea fue debido a unas tripas de res que se comieron J., El Caballo, A. y L. (entre otros) que estaban pasadas de tiempo, pero como tú sabes, nosotros en esa época teníamos el estomago blindado y nos cagábamos en la noticia (valga la redundancia) y le metíamos el diente a cualquier cosa (…). Pues retomando el tema: recuerdo que estábamos en una práctica docente y lo más sobresaliente no fue lo pedagógico de la estancia sino lo popular. Ahora sí, nunca olvidaré que el chorro de mierda corría por las paredes del meadero, pues había que practicar la cagada de altura desde el entre-baño para no ensuciarse los pies. ¿Cuántos recuerdos, verdad? Pero, de todas formas, me divertí, además me hiciste recordarlo. Te mando un abrazo bien grande y te prometo que de vez en cuando te haré comentarios sobre tu blog.

***
Y le respondo:

Ah, si por eso mismo quería que leyeras el texto. Resulta que estamos hablando de dos episodios completamente distintos. Lo de la mierda voladora ―atribuida indistintamente al J., L., A., El Caballo, etc.―, aconteció como bien dices durante una etapa de práctica pedagógica en una secundaria o preuniversitario becado. Y ocurrió tal y como lo cuentas: tripas de puerco lavadas hasta la saciedad, cocinadas hasta lo crujiente y devoradas hasta el hartazgo. (Y, ya que estamos, ¿cómo olvidar el campo de papas adyacente y nosotros recogiéndolas en medio de la noche para hervirlas y acompañar el banquete de intestinos porcinos? ¿Y cómo olvidar a L., encuero en medio de la larga carretera y la noche fría, con el pelo recogido en un moño y unas botas Centauro que partían el alma? ¿¡Y qué hacía L. encuero a esa hora, tiritando?! Ah, los misterios de la vida y juventud, divino tesoro. Pero déjame aclararte que este episodio fue en tercer año de la carrera, que era el primer año en que el Pedagógico nos mandaba a las famosas prácticas docentes.

Lo del trabajo suspendido por mierda producto de las longevas latas de leche evaporada y sus fétidas consecuencias ocurrió antes, en una escuela al campo y fue así como lo cuento. Fue en el curso en que todos ―tú, C., F., yo― pedimos licencia, que fue cuando estábamos en segundo año, si no me equivoco. Tú habías pedido la licencia al iniciar el curso. Y por eso te perdiste la rebelión intestinal. Yo la pedí en diciembre, antes de concluir el primer semestre (pues con el cúmulo de ausencias que tenía en Historia de la Revolución Cubana no me iban a dejar presentarme a exámenes). Y esta etapa al campo fue en octubre. De tal suerte (es un decir) me tocó morder el cordobán. Y beber leche caducada.

Todo esto para decirte que me ha dado un alegrón enorme que te hayas dado el brinco por el blog. Y para reiterar que tomé prestado tu apartamento del Pastorita (y tu edificio de Retiro Radial) para ambientar escenas de mi novela ―que llora en los anaqueles de tu casa, esperando que la abras―. Si no tienes tiempo para meterle el diente al libro (cosa que entiendo), por favor, regresa al blog de vez en cuando. Estoy rescatando esa parte de nuestra historia que, mal que nos pese, vale la pena recordar.

domingo, noviembre 02, 2008

Éramos la leche

¿Qué puedo decir en mi defensa? ¿Repetir lo de “ladrón que roba a ladrón tiene mil años de perdón”? Pues no. Aquí hago constar los hechos.

Estábamos en medio de una de esas forzadas etapas de la escuela al campo. En aquella ocasión, asistíamos con el nunca bien ponderado —razones sobran— Instituto Superior Pedagógico “Enrique José Varona”, enclavado en lo que antes fuera el Cuartel Columbia y que aún hoy, en la tierra del eufemismo, se conoce como “Ciudad Libertad”.

El campo de concentración —o campamento, como prefieran— estaba en las afueras de La Habana. Creo que por aquellos días estibábamos cargamentos de tomate (supuestamente destinados a la capital), plantábamos fresas (sí, fresas), recogíamos café, boniatos, papas, naranjas o cualquier otro grano, cítrico o tubérculo que jamás llegaría a los huérfanos comercios estatales asignados a nuestros parientes capitalinos. No puedo precisar la tarea que “nos encomendara la revolución” aquel semestre. El lapso en mi memoria quizá se deba a que corrían los noventa. Teníamos hambre. Y bebíamos como si el mundo se fuera a terminar con cada trago. (No es justificación, pero vivía convencido de que para digerir —o soportar— la realidad cubana era imprescindible un estado mínimo de ebriedad).Tampoco recuerdo de quién fue la idea —quién quedaría, oh, de autor intelectual del asalto a la cocina—, pero me consta que actuamos en plan Fuenteovejuna: ¡todos a una!

Bajo el amparo de la madrugada, el candado voló por los aires y entramos —borrachines confesos, chivatos tapiñados, niñas bien, puticas malas, repitentes optimistas, profesores distinguidos, ¡todo mezclado!— al cuarto en penumbras que hacía las veces de despensa. Para nuestra sorpresa y deleite, encontramos docenas de latas de leche evaporada, que, como ha de resultar lógico, consumimos de inmediato —en estado casi febril (esto lo confirmaríamos más tarde)—, en medio de aquella larga noche láctea.

A la mañana siguiente, la mierda daba al techo. La oración anterior no es metafórica. Una epidemia de diarrea se desató entre los moradores del local. Los baños no daban abasto. Los deshidratados iban y venían. Las pastillas de sales hidratantes eran repartidas (por primera vez) con carácter democrático. Y antes de que los camiones llegaran a transportarnos a los surcos —camiones que transportaban animales al matadero—, ya el alto mando universitario había decretado la cancelación de la jornada laboral. ¡Trabajo suspendido por mierda! ¡Hurra! ¡Qué gran imagen revolucionaria!

No hizo falta ningún personaje de Arthur Conan Doyle para develar el misterio del caos intestinal. Tampoco (por primera vez) se pudo responsabilizar a la CIA de tamaña cagástrofe. El campamento que nos acogía, en época anterior, había sido una unidad militar. La despensa de marras guardaba lo que los dulces guerreros cubanos conocen como reservas de guerra. Pero esto lo aprenderíamos luego, cuando un amigo —lector ocasional de este blog— se me acercó con la evidencia: en el fondo de una lata recién consumida, la fecha de vencimiento databa del año en que habíamos venido al mundo.

miércoles, octubre 22, 2008

Comunicado del Consejo Nacional de las Artes Plásticas

Aniquilar galerías
se ha convertido en un arte
y tiene un portaestandarte:
Rafael de la Osa Díaz.
¿Quién ha hablado de osadías?
Hablamos de servilismo,
del más tierno oportunismo
tan rampante en nuestra tierra.
¡Vivan los hijos de perra
y el marxismo leninismo!

domingo, septiembre 28, 2008

Performance: Las Damas de Blanco en el Metropolitan Museum of Art (MET)







___
Obra y performance: Ivan Arocha
Lugar: Metropolitan Museum of Art (Nueva York, NY)
Fecha: 27 de septiembre de 2008 (3-5 p.m.)
Fotos: Alexis Romay

domingo, septiembre 21, 2008

Alexis Romay: imágenes de archivo

Aun sin sacudirme el consabido polvo de las manos, aprovecho la oportunidad para agradecer a mi madre y mi hermana por rescatar —de ese lugar común que es el olvido— las fotos que siguen, así como por haberse tomado a pecho la tarea de entregármelas en el mejor estado posible.

A los curiosos: ahí me tienen, en mis facetas tempranas de lector, ajedrecista —enfrascado en aperturas y defensas muy poco ortodoxas— y mostrando fuertes inclinaciones hacia el diversionismo ideológico (palpables en el pulóver con la efigie del aburrido Pato Donald, cuyo consumo estaba contraindicado por aquel entonces en Cuba).


Alexis Romay, lector (a los dos años de edad)

Alexis Romay, ajedrecista (a los dos años de edad)

Alexis Romay, ajedrecista (a los dos años de edad)
Alexis Romay, ajedrecista (a los dos años de edad)

Alexis Romay, diversionista ideológico (a los tres años de edad)

sábado, septiembre 20, 2008

¿Qué pensarán de nosotros en Japón?

Transcribo (y subscribo) un comentario de César Reynel Aguilera sobre ¿Qué pensarán de nosotros en Japón?, ese excelente libro de Enrique del Risco, con el cual ganara hace unos meses el Premio Iberoamericano de Relatos “Cortes de Cádiz”.
***

En Cuba usamos la frase “sacar un sable” para referirnos a una sorpresa que llega envuelta en palabras. Termino de leer estos cuentos y quedo con la sensación de haber paseado por una impresionante galería de armas blancas. En este libro —además de sables que cuelgan en las paredes— hay una Katana que corta enloquecida en el metro de Nueva York, una navaja que salva vidas, y un cuchillo que apunta, con dudas, al viejo dilema de ser libres matando. La sorpresa más grata, sin embargo, que dejan estas historias es la comprobación de un viejo adagio: nada corta mejor que una página bien escrita. La prosa de Enrique del Risco destella honestidad y elegancia, tiene el filo de una hoja forjada sin excesos, hecha con golpes de inteligencia y puesta a enfriar con un gran respeto por el lector. La risa que salta en cada uno de estos relatos tiene la rara cualidad de dar alegría sin caer en la burla o el cinismo, de hacernos creer que en el Japón los machetes son un despilfarro de acero.

César Reynel Aguilera
autor de R.U.Y.

miércoles, septiembre 10, 2008

El trovador ya tiene quien le escriba

A propósito de cartas abiertas a Pablo Milanés, reproduzco una que le escribiera el músico Armandito Romeu, en enero de este año, a raíz de un concierto de Milanés en el teatro Mella.
***

Sabemos que no hay camino, pero también nos enseñaron que se hace camino al andar... Es difícil vivir con la conciencia remordiéndote al reconocer que con el pasar del tiempo los paisajes cambian y la geografía se transforma, y que con los días que pasan en el transcurso de los años llega un momento en que ya veintiún pelos y un día no te separan de la mujer amada sino de toda una sociedad que no puede olvidar sus hijos fusilados, su familia dividida, y la Patria tan querida a la que te tienen prohibido volver ni siquiera muerto para recibir un decoroso entierro.

No sabes cuánto he disfrutado tu último concierto, y cuanto he admirado tu arte porque tengo el privilegio de poder recibir en mi casa las transmisiones de nuestra sufrida Isla, y porque además eres, sin lugar a dudas, un artista admirable y un poeta de la canción cubana de incuestionable valor.

Pero de eso a perdonarte, va mucho trecho. Tú jamás podrás disfrutar del perdón de ningún cubano, porque lo que tú has representado en todos estos años no tiene perdón ni de Dios.

Preguntas que si ha valido la pena y te puedo responder sin temor a equivocarme que no solo no ha valido la pena sino que has sido víctima de tu propia cobardía, porque has pasado por la vida promoviendo el sistema que mantiene la esclavitud de tus propios hermanos y no has sido más que un falso admirador de algo en que nunca creíste verdaderamente.

Lo siento más que nada por ti porque a nosotros ni nos va ni nos viene lo que ahora puedas sentir, pero me imagino lo que debe sentir un hombre cuando tiene tal estado de remordimiento en la conciencia. Allá tú con la tuya, la mía está tranquila.

Armandito Romeu

lunes, septiembre 08, 2008

No te desesperes, Pérez

Volar como Matías Pérez
es triste, mas preferible
a ese cosa inconcebible:
hablar como Hassán Pérez,
quien —con su prosa de alférez
y su pinta de soldado—
se aplatanó en el Vedado
de Segundo Secretario...
Hoy leemos su obituario:
«Hassán Perez ha volado».

jueves, septiembre 04, 2008

Los cantores y las masas (cárnicas)

Dieron un concierto libre
(libre por lo de la entrada)
en la tierra mancillada,
con orquesta y sin calibre.
No pidieron Cubalibre
—que es un trago y un anhelo—
y mientras a ras de suelo
se daba
leña y porrazo
le cantaron al Parnaso
y a las bondades del cielo.

miércoles, septiembre 03, 2008

Desfile en la Plaza de la Revolución (tomas aéreas y frontales)







Posible Himno Nacional cubano: “We Are the Dinosaurs” (Somos los dinosaurios).
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Fotos: © Alexis Romay.

lunes, septiembre 01, 2008

Huracanes

A propósito del paso del huracán Gustav por la isla —que acabó con la quinta y con los mangos—, Zoé Valdes ha publicado sus memorias del ciclón Flora. Desde mi esquina le agradezco por escarbar estos recuerdos ciclónicos, que, a su vez, han despertado y revuelto los míos.

Ya casi había olvidado que, durante los temporales, las ventanas de mi edificio volaban como hojas al viento. Caían a la calle una tras otra, como si fueran parte de la lluvia misma. Recuerdo que una vez, mientras mi madre y yo “reforzábamos” el ventanal de la sala —parte de dicho refuerzo constituía en amarrarlo con soga a la puerta de entrada de la casa, que estaba al otro extremo de la habitación y abría hacia afuera (lo que hizo que al cabo de dos o tres huracanes la pobre puerta, de madera contrachapada, pareciera diseñada por el jorobado de Notre Dame)— encontramos que en lugar de tornillos, tenía tarugos de papel hechos con pedazos del periódico Granma encubiertos en cemento. No en balde todas las ventanas se ponían de acuerdo a la hora de hacerle la primera y última visita al asfalto.

Entonces quizá lo intuía, pero ahora sé que este edificio de ventanas voladoras era un poco un reflejo de la propia revolución cubana de aquellos tiempos. El nombre del edificio era "MINFAR 5" —también se le llamaba “el 26”, no por la efeméride sangrienta, sino por el número de pisos (aunque creo que sólo tenía 25)—. Estaba en la intersección de Connill y Panorama, en Nuevo Vedado, un enclave que albergaba edificios con similar nomenclatura: los MINFAR 1-4. Esta parte del vecindario era, a grosso modo, zona militar. Pero divago. Decía que dicho edificio —cuyos apartamentos eran asignados a oficiales del Ministerio de Fuerzas Armadas Revolucionarias; mi padrastro, de cuyo nombre no quiero acordarme, era por aquel entonces teniente coronel de dicho organismo— era una maqueta de la revolución cubana: la reproducía a escala.

Durante los ciclones y la consecuente lluvia de ventanas, en medio de los prolongados apagones generales y las leves sacudidas del inmueble (que se sentían sobre todo en los pisos superiores cuando arreciaban los vientos), en las interminables y lúgubres escaleras aparecían pintadas contrarrevolucionarias, pingas dibujadas por manos inexpertas, alusiones a que fulano era chivato o mengana, tortillera, declaraciones de amor adolescente: en resumen, el edificio era un solar vertical en el más puro estilo socialista.

La falta de luz incidía en la escasez de agua y, ambas, en el ánimo de los moradores. Por eso no era extraño varias veces al día ver unas bolsas de nylon que volaban, junto a los ventanales. Al caer al asfalto, explotaban en todo su esplendor, revelando así su escatológico contenido: la mierda voladora. Los ajustes de cuentas tampoco faltaban en tiempos de ciclón: a los más abnegados chivatos se les cazaba la pelea y se les tiraba huevos, papas, boniatos, yucas y demás viandas (todavía no habían pasado a su fase de extinción); alguna olla de presión se estrelló contra la acera, a escasos pies de un despiadado cederista; alguien fue llevado al hospital más de una vez al ser alcanzado por uno (o varios) de los proyectiles vengadores.

Los más jóvenes éramos siempre los sospechosos de la andanada de objetos que se les tiraba con saña a los mayores, no así de la mierda empaquetada, que solía ser descargada —uso la palabra a sabiendas— por los adultos, que tenían a su cuidado esta versión emergente de “halar la cadena”. Todo esto y más acontecía en un edificio donde uno de cada dos adultos era miembro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, ese sostén incondicional de la dictadura. La planta insignia del edificio —de hecho, la planta nacional— debería haber sido la yagruma, con sus dos caras contrapuestas.

Cuando concluía la temporada ciclónica, se organizaban reuniones del CDR para condenar las pintadas clandestinas, se convocaba a trabajo voluntario para limpiar el edificio y sus alrededores (con bolsas de mierda incluidas) y en raras ocasiones aparecían los culpables de tales actos de subversión. Las cosas volvían a la normalidad. Se cubrían con lechada los escritos en la pared. Y todos volvían a su delirio revolucionario.

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Foto: Carlos Alberto Santamaría

viernes, agosto 29, 2008

Una palabra

Quienes todavía se preguntan qué es la revolución cubana deben saber que su más estricta definición es bien sencilla: un sistema capaz de ponerse a temblar ante una palabra. La palabra en cuestión es lo de menos. Ha mutado y lo seguirá haciendo hasta que el edificio enclenque se venga abajo. Lo realmente significativo —pues constituye la constante— es el tembleque.

Hace poco más de un año, un grupo de jóvenes cubanos se lanzó a las calles a diseminar un anhelo tantas veces pospuesto: en pulseras blancas que colgaban de sus muñecas llevaban una palabra impresa en letras negras. La palabra en cuestión: cambio. Cuando el clamor silente comenzó a ganar atención y adeptos en la isla, ardió Troya. El gobierno intensificó las razias. El miedo plantó bandera. La represión hizo su agosto. Las pulseras de goma fueron prontamente sustituidas por esposas de metal; las calles, por calabozos; la esperanza, por desilusión; el pretendido cambio, por la inmovilidad acostumbrada.

En la noche del 28 de agosto de 2008 otra palabra hizo temblar al régimen de la isla. La acción telúrica comenzó cuando los integrantes del grupo de rock Porno Para Ricardo, sumados a Emilio Marill y la bloguera Yoani Sánchez —inmersos en el público asistente al concierto de Pablo Milanés en la “Tribuna Antiimperialista”— en una pausa entre canciones corearon tres veces el nombre del guitarrista líder del grupo: ¡Gorki!

La suerte estaba echada de antemano. Al iniciar el concierto, Pablo Milanés —quizá sin quererlo— hizo las veces de pitonisa al declarar: «Este es un concierto dedicado a la juventud cubana. Traemos sorpresas y la seguridad de que vamos a pasar una noche maravillosa, entre amigos». El mensaje venía en clave: «Traemos sorpresas y la Seguridad».

Los manifestantes tuvieron oportunidad de levantar una pancarta con el nombre del amigo que espera injusta condena acusado de “peligrosidad pre-delictiva” y dicha pancarta estuvo en el aire el tiempo suficiente como para que la vieran los inmutables artistas que, desde la tribuna, jugaban a los monos sabios. Si por los integrantes de Porno Para Ricardo, Emilio y Yoani hubiera sido, habrían gritado el nombre del recluso toda la noche, pero las fuerzas policiales y paramilitares se encargaron de recordarles —mediante los puños, los palos, las tonfas— que el uso de la palabra sólo le es permitido al gobierno revolucionario.

Una palabra. A Yoani le dieron con un pomo. Una palabra. Cuatro policías ensañándose con cada hombre que se manifestó a favor del rockero preso. Una palabra. Un régimen que boquea. Gorki. Y un castillo de naipes se desmorona.