jueves, mayo 21, 2009
Entre lenguas (y otros demonios)
La razón ha sido bífida.
En primer lugar: no quise dar por sentado que todos mis lectores hablan las dos lenguas. En mi vida real —que es ésta del blog, pero vivida en carne y hueso—, he podido comprobar una y otra vez que aunque la mayoría de mis amigos y conocidos hispanoparlantes habla inglés, no sucede lo mismo con los angloparlantes y el español. (Que nadie se alarme; no estoy anunciando el descubrimiento del agua tibia). Vamos, que no quise mezclar a tirios y troyanos.
El otro motivo es de orden práctico (y sentimental). Tengo amigos (y parientes) que crecieron en Cuba, llevan menos de una década en tierras del norte y se la pasan soltando anglicismos, barbarismos y otras entrañables barbaridades producto de la mezcla y contaminación de ambos idiomas. Pongo por ejemplo: “tengo que mantener con el trabajo”. Esa terneza me la soltó una amiga —lectora del blog—, queriendo decir: “tengo que ponerme al día”. Su frase es una traducción literal de “I have to keep up with work”.
En vista de que más del setenta por ciento de mi vida transcurre en inglés, yo —que soy anglófilo empedernido—, en aras de crear un espacio en el cual pudiera conservar (y practicar) mi lengua natal, me empeciné en publicar esta bitácora sólo en español. Además, la idea de escribir en inglés en un blog que lleva por nombre Belascoaín y Neptuno me dejaba un sabor amargo de boca.
Ah, pero resulta que también quiero escribir en mi lengua adoptiva…
Para satisfacer ese capricho, he creado un blog que será testarudamente monolingüe; en inglés. Este blog no es en lugar de, sino además de; no reemplaza a Belascoaín y Neptuno, sino que lo complementa.
Una nota al margen: el blog de marras lo he creado en Wordpress y las ventajas de esa plataforma me han dejado lelo. Por tanto, decidí también llevarme a Belascoaín y Neptuno a esos predios. Los próximos tres o cuatro días, este blog andará a media máquina, en lo que me ocupo de la mudanza y me familiarizo con el nuevo formato.
Mientras tanto: a quienes me han visitado en esta esquina virtual, espero que no pierdan el camino. Les dejaré santo y seña de ambos blogs tan pronto le haya cogido la vuelta a Wordpress.
A todas y todos: gracias.
martes, abril 07, 2009
La víspera de Passover
Yo —que hui hace ya casi una década de mi despótico Egipto—, cada Passover levanto mi copa y hago el brindis por la libertad que suele anteceder a la cena en familia. (Dicho sea de paso, el brindis incluye un comentario que sospecho también nos llega de la tradición judía: «Hasta que todos no seamos libres, no disfrutaremos libertad plena»).
Este año —entre viajes y proyectos de trabajo— no probaremos las hierbas amargas, ni mencionaremos las diez plagas mientras untamos el dedo en vino y lo llevamos al borde del plato, ni preguntaremos por qué es especial esa noche —que por lo general pasamos en familia—, pues cenaremos con amigos a un océano de distancia. Sin embargo, para festejar con ganas, el escritor David Unger me anuncia que mi traducción de su cuento “Passover Eve” aparecerá en Ni chicha ni limonada, su próximo libro de cuentos que será publicado en breve por la editorial guatemalteca F y G Editores.
Extiendo mi gratitud a F y G Editores y David Unger por dar el visto bueno para publicar “La víspera de Passover” en Belascoaín y Neptuno; a este último —traductor entre traductores— le agradezco, por sobre todas las cosas, la invitación a traducir su texto.
***
La víspera de Passover
David Unger
Los cacahuetes, los trocitos de coco, el alioli, las pasas y el pozuelito con la salsa de mango esperan en la sala para acompañar al arroz hervido y el cordero con curry. Mi madre todavía está en la cocina. Desde su dormitorio me llega el sonido de las ráfagas que dispara Súper Mario en el Nintendo mezcladas con la risa alegre de mi sobrino Luis.
Suena el teléfono.
Pongo en la mesa mi Chivas a la roca y tomo el auricular. «Feliz Pascua», dice una voz al otro lado de la línea.
—Tiene el número equivocado —respondo con indiferencia, a punto de colgar.
—¡Espera! Es un mal chiste, lo sé. Soy yo, tío Abie.
La voz, antaño familiar, me saca una sonrisa:
—Debí suponerlo.
—Después de todos estos años de vivir con Sarita, he seguido su camino. Ahora llevo un crucifijo dorado y la acompaño a misa los domingos. Creo en el triste judío en la cruz. Fue terriblemente malinterpretado.
—No era mala gente. Desconfío más de quienes vinieron después.
—Sí, no deberías culparlo a Él por lo que han hecho sus seguidores.
Mi hermano Henry levanta la vista de la página de deportes, tratando de averiguar con quién estoy hablando. Tapo el auricular con la palma de mi mano.
—¿A quién se le ocurre llamar deseándonos una “Feliz Pascua” en Erev Passover?
—A tío Abie.
—Touché.
Henry toma la botella de cerveza que tiene entre las piernas y se da un largo buche de St. Pauli’s Girl. Hace una mueca cuando la cerveza fría le llega a la garganta; luego traga un poco de aire para aliviar el efecto. «Ahora sí se puso la cosa buena», dice, sonríe y deja escapar un eructo.
—Oigo. Oigo —sigue la voz en el teléfono—. ¿Con quién de ustedes dos estoy hablando? Henry siempre tuvo la voz grave y profunda, como un pedo.
—Soy yo, Danny, tío —digo sonriendo.
—Ah, sí, mi querido Danielito. ¿Cómo esperas que te reconozca? ¡Tú no me has hablado en, al menos, veinte años!
—Yo más bien diría treinta.
Lo escucho toser alejándose del auricular. «¿Qué son otros diez años? El tiempo que le toma a una mosca en volar desde una plasta de mierda hasta tu plato».
—El mismo tío Abie de siempre —digo congraciándome con él. Sólo a él se le ocurriría algo así. Erev Passover. Pascua. Obviamente, el hecho de que vaya a la iglesia no ha afectado su manera de hablar ni ha mitigado su humor.
—No el mismo, Danny. El cuerpo me está fallando. Mis rodillas de tan hinchadas parecen tomates. Mi corazón, mi pobre corazón…
—Mi madre me dijo que has estado enfermo.
—Enfermo no es la palabra, sobrino. El doctor dice que estoy acabado. Bueno, casi. La mitad de mi corazón está muerta. Atrofiada. Y tengo enfisema. Los años de fumar me han destruido los pulmones. Están llenos de goteras. Y lo peor de todo: tengo el rabo flácido.
—Las chicas deben de estar de luto, ¿no?
Abie no contesta. Su silencio siempre fue el preludio de unas falsas tenazas emocionales. Casi puedo escucharlo sollozando. «¿Las chicas? ¿Eso es lo que tú piensas que es mi vida? ¿Chicas? Si yo ya estoy listo para el sepulturero».
—Tío, estaba bromeando —recuerdo un incidente en Guatemala. Quizá han pasado cuarenta años. Tío Abie quería llevarnos a mí y a Henry, que todavía no éramos adolescentes, a un prostíbulo cerca de la línea del tren. La sola idea hizo que nos temblaran las rodillas. Pudimos salvar nuestra virginidad al inventar que le habíamos prometido a la abuela que la llevaríamos a jugar a las cartas en casa de su cuñada. Más que preservar la virginidad, lo que hicimos fue evitar las ladillas, la gonorrea o lo que sea que coge la gente que, por cincuenta centavos el palo, se acuesta con putas en los arrabales pegados a los raíles del tren en Ciudad de Guatemala.
—Ya no pienso más en esas cosas, Daniel. Soy una sombra de lo que fui. Y, al margen de eso, tú me debes respeto. No debes olvidar que yo soy tu tío. A ti y a tu hermano siempre les ha costado trabajo respetarme. Y nunca han apreciado mi lado espiritual.
Soy un hombre hecho y derecho, ya en mis cincuenta. Me casé, tuve dos hijas, las crié, me divorcié y es probable que me case de nuevo. Mis decisiones no siempre han sido correctas, pero he aceptado responsabilidad por lo que he hecho: los garfios, las traiciones. Mi filosofía es simple. Desperdiciamos la vida, pero lo mejor es admitir las cosas: el crimen supremo es desviar la bala que te toca para que le vaya a joder la existencia a un pobre infeliz.
El tiempo se ha ido volando. Hubo un tiempo en que fui hijo y sobrino, pero ahora soy padre y tío. Trato a mis mayores con deferencia, pero sospecho que a tío Abie lo hemos respetado más de lo que merece. Los años me han ganado el derecho de expresar mis ideas, de pensar que mi tío Abie ha encontrado a Jesús porque se acerca el fin y se ha hecho espiritual para aprovecharse y robar mientras pasan el sombrero. Están lejos los días en que nos hacía a mí y a Henry sacarnos el pípis frente a sus amigos para ver si nuestros penes habían crecido un milímetro. Están lejos los días en que nos decía que nos pusiéramos mierda de gallina sobre el labio para que nos saliera el bigote. Están lejos los días en que el miedo nos amordazaba.
Henry es diferente; perdona con más facilidad. Para él, los recuerdos se han convertido en cuentos que pueden ser reciclados y recontados —la pólvora que enciende la mecha que da paso a la carcajada en una fiesta aburrida—. Yo disecciono los recuerdos, les hago la autopsia, trato de entender qué significados puedo sacar de ellos.
Apuro un trago de güisqui. «Recuerdo cuando nos dejabas después de la cena del Shabbat y te ibas al Puerto Barrios», me escucho decir y culpo al Chivas por mi soltura de lengua.
¿Es posible escuchar el silencio? El silencio de tío Abie está a tres mil kilómetros de distancia. A pesar de eso, puedo escucharlo. Y su corazón maltrecho debe estar hundiéndose más rápido que el peso mexicano durante la devaluación de 1983. ¿De veras piensa que sus escapadas con las putas pasaban desapercibidas?
Le echo un vistazo a Henry. Está leyendo tarjetas de béisbol que reflejan las estadísticas de la temporada de entrenamiento, a la par que disfruta el intercambio, mi porción del diálogo. No comparte mi desprecio y preferiría cambiarlo por fichas de póker en Reno o Las Vegas. Para él, la vida es una farsa. Disfruta realmente revivir recuerdos cruciales, uno a la vez, saboreando las mejores partes, como si fuesen mujeres opulentas.
Tapo el auricular: «¿Quieres hablar con él?».
—¿Qué? ¿Para que intente pedirme varios cientos de dólares? ¡Ni hablar! Dile que me fui a jugar a los bolos o que me lleve a los niños a la misa de medianoche —Henry es un judío no practicante, se casó con una católica, pero la religión no le importa. Lo mismo celebra Hannukah que Navidad, Pascua que Passover.
Abie ha seguido hablando.
—Tío, no escuché lo que dijiste.
—Dije que no puedes limpiarte el culo con toda una vida de memorias, Danielito. Un día te vas a encontrar el armario lleno de recuerdos. Espero que te permitan dormir.
Tío Abie tiene excelentes habilidades verbales. Gracias a su pico de oro, siempre ha sido capaz de sacarse de lugares a los que no pertenecía: una bronca de borrachos; una mesa de póker en la que debía miles de dólares; o cuando lo agarraron con las manos en la masa, en la cama con la esposa de su mejor amigo. Nunca he conocido a una persona que controle o intente controlar estas situaciones con tanta inteligencia. En los últimos treinta años ha vendido alfombras, relojes, mercancía falsa desde Guatemala hasta México DF, pasando por Chihuahua y Los Ángeles, todo esto después de pasar varias semanas en una cárcel hondureña. Se habría pasado el resto de su vida en Tegucigalpa de no haber sido porque sus hermanos lo sacaron de apuros. En lugar de mostrarse agradecido, los acusó de orquestar su encarcelamiento. Y ahora vive de la asistencia social y el seguro médico en California, o eso dice mi madre. Sólo puedo imaginarme los papeles que tiene que haber comprado para convertirse en un legítimo ciudadano estadounidense, hijo de un plomero en Tulsa o Norman, Oklahoma.
—Lo siento, tío. Me gustaría que hubiera algo que pudiera hacer por ti —una vez más, lamentándome por sus payasadas, cuando debería estar furioso.
—No le hagas caso, Danny. Terminamos cocinándonos en nuestro propio jugo. A nadie le importa que haya tenido que inventar una nueva forma de caminar para que no se me gasten los zapatos o que no cruce las piernas por temor a que se me gasten los pantalones. Cada semana hago una cola de tres horas para obtener una bolsa de arroz y un trozo de queso que me da la asistencia social. Pero al menos mi muñeco todavía puede orinar dentro del inodoro si me paro a un metro de distancia.
Mi madre sale de la cocina. «La cena está lista,» dice. A sus espaldas, escucho el arroz hirviendo en el agua, con la tapa dando golpecitos en la olla de presión. «¿Con quién hablas?», me pregunta suavemente.
—Espera un momento —le digo a mi tío y tapo el auricular.
—Es tu hermano, mamá.
Su cara extenuada se ilumina como si fuera una chiquilla: «¿David?».
—Ya quisiera yo.
—Es Abie, ¿verdad?
—Anjá.
La tristeza le cubre el rostro. «Ahora no puedo hablar con él. Puedes decirle eso de la manera más agradable posible». Ella es la única entre sus hermanos que aún se mantiene en contacto con Abie. «Sé bueno con él, Danny. Está tan solo».
Tiene razón. El debate de a quién culpar se termina cuando llegas a los ochenta. ¿Por qué guardar rencores? Siente lástima por los antiguos guardias nazis que están en sus ochenta; a Klaus Barbie le encantaban los perros y los niños y, además, su corazón estaba en las últimas. En la historia del Éxodo, tío Abie se describiría como Aaron, con una vara que se convirtió en serpiente y a quien su don de la palabra le posibilitó hablar en nombre de Moisés. Él siempre sería el hermano leal, el segundo fiel que nada tuvo que ver con el becerro de oro. En su punto de vista, él siempre es la víctima, aún cuando te prepara para el asador. Injustamente acusado de asesinato, aún cuando lo agarran saboreando felizmente tus deliciosas costillas.
—¿Dónde está tu madre?
—Salió de compras, tío Abie.
—Ya veo —sé que está cansado de hablar conmigo—. ¿Y tu hermano Henry?
Sigo con las mentiras: «Está abajo, en las canchas de tenis, jugando con sus hijos».
—Tenis —repite. La palabra debe recordarle el capítulo más glorioso de su vida. Cuando tenía poco más de veinte años, tío Abie tenía la constitución de un campeón de tenis. Estaba en el equipo nacional de Guatemala que compitió en Panamá en los Panamericanos de 1948.
—Tenías un revés endemoniado, tío.
—Eso es cierto. ¿Lo recuerdas, Danny?
Sonrío. «¡Si lo recuerdo! Una vez me dijiste que habías derrotado a Pancho Gonzáles en La Habana».
Tío Abie se ríe en el teléfono. «Eso es un cuento de camino. Margeaux y yo estábamos pasando la luna de miel en el Nacional. Gonzáles y yo, en realidad, sólo nos voleamos durante veinte minutos pues a su pareja le había dado un calambre». Hace una pausa. «Qué tiempos aquellos. Había alcohol y mujeres por todas partes. Yo estaba en el mejor de mis momentos», alardea.
—¿Con las mujeres o con el tenis? —las palabras se me escapan de la boca.
Este silencio es diferente; a la jocosidad de tío le ha caído un balde de agua, se le reventó el globo. «Danny, estás hablando de mi primera esposa, la madre de mis dos hijos. Ella siempre será tu tía. Si la vieras ahora con osteoporosis, caminando encogida, con la nariz hacia el suelo, entonces no hablarías así».
Claro que tiene razón. Pero lo detesto porque insiste en lavarse las manos con sus responsabilidades. Abandonó a sus dos hijos en México; así es como ellos lo ven. En un final, no puedo desplazar la imagen de tío Abie en sus cuarenta. Se mantiene intacta, como si no fuera otra cosa que café congelado.
—Danny, ¿tú miras el Weather Channel? —me pregunta.
—A veces, para echarle un vistazo al pronóstico del tiempo para la semana. ¿Por qué?
—Tienen un programa en el que puedes ver el efecto de los huracanes —dice y se anima un poco—. El viento es una cosa tremenda. Se lo lleva todo: techos, carros, edificios enteros. Este canal también muestra programas sobre tornados, tifones y maremotos. No hay escape, ni para las hormigas. Y nosotros somos menos que hormigas. Lo único que podemos hacer es morirnos.
—Tienes suerte de tener a Jesús.
—Todos nos queremos salvar.
—Lo siento, tío —digo distraídamente, con el corazón en pedazos pues mis dos hijas están celebrando la cena de Passover con su madre.
—Yo también… Danny, tú eras un chico tan dulce. ¿Qué te hizo tan amargo?
¿Qué me hizo tan amargo? Una parte de mí siente una lástima genuina por él; la otra, quiere armar un alboroto. Con tío Abie, nunca sabes qué hacer.
En realidad, no estoy amargado, pero es Erev Passover, no Yom Kippur —el Día de Expiación— y estamos a punto de sentarnos a cenar. Vamos a recrear la historia del Éxodo, que es, después de todo, una parábola de escape y liberación. De cómo nuestros ancestros huyeron de un tirano, vagaron por el desierto durante 40 años después de haber sido liberados de su esclavitud, rezaron ante la imagen de un becerro de oro, recibieron los diez mandamientos en el Monte Sinaí, y aprendieron a comportarse como un pueblo bajo un Dios. El más pequeño de los niños hará las cuatro preguntas y uno de los adultos esconderá el Afikomen.
El Éxodo es una gran historia de estrategia, sufrimiento, magia, destrucción, rebelión y salvación temporal. En ninguna parte habla de remordimiento o de perdón. Después han venido muchas más historias de los judíos y el final, como sabemos, aun está por escribirse.
Me gustaría poder decirle esto a tío Abie.
Quizá otra cosa que no sea el salvador le ayudará a aceptar la muerte.
Pero ya está despidiéndose de mí, aliviado, y con toda seguridad de sus ojos se le escapan unas lágrimas.
sábado, marzo 28, 2009
Colas de Manhattan
Hoy aparece en Penúltimos días mi traducción al cubano de “Tails of Manhattan”, un muy divertido y disparatado cuento de Woody Allen, publicado en el más reciente número de The New Yorker. Para abrirles el apetito, transcribo aquí el primer parrafo:
Hace un par de semanas, Abe Moscowitz se murió de un infarto y vino a reencarnar en una langosta. Lo atraparon en la costa de Maine y lo enviaron a Manhattan, donde fue a parar a un tanque de un lujoso restaurante especializado en mariscos. En el tanque había otras langostas, una de las cuales lo reconoció: «¿Abe, eres tú?», preguntó la criatura levantando las antenas.
Para continuar leyendo, tengan la bondad de hacer clic aquí.
sábado, febrero 07, 2009
miércoles, enero 28, 2009
Lectura en Montclair, Nueva Jersey
Damas y caballeros: Juegos de palabras, tráfico entre lenguas, traiciones literarias y otros tópicos afines saldrán a colación.
La presentación será en inglés.
jueves, enero 22, 2009
Al este de qué edén, la cosa está al norte…
Hoy, en El Tono de la Voz, Jorge Ferrer ha tenido la gentileza de publicar un comentario sobre Al norte del infierno (y North of Hell, mi traducción al inglés de esa excelente novela de Miguel Correa Mujica).Redacto esta nota para dejar constancia escrita de mi alegría ante el hecho de que “mi” texto le haya merecido una opinión favorable a Ferrer, colega en el vicio y oficio de la traducción literaria. Gracias, Jorge.
miércoles, octubre 01, 2008
Un poema en las paredes de Penn Station, NY
martes, julio 29, 2008
Lectura en Montclair, Nueva Jersey
Damas y caballeros: tengan la bondad de correr la voz.Mañana, miércoles 30 de julio, a las 7pm, en Cha Ma Gu Dao —una casa del té ubicada en 212 Glenridge Avenue, Montclair, NJ 07042—, compartiré panel con mi amigo (el poeta y traductor) Nicholas Benson. Benson leerá fragmentos de su traducción al inglés de Viaggio d’inverno y “algo de la chiflada obra de Aldo Palazzeschi”. Por mi parte, leeré esquirlas de mi traducción al inglés de Al norte del infierno, una divertidísima novela de ese animal de galaxia que es Miguel Correa Mujica. Juegos de palabras, tráfico entre lenguas, traiciones literarias y otros tópicos afines saldrán a colación.
Como dijera Obi-Wan-Kenobi: «la literatura es buena para el colesterol». Además, es probable que los asistentes al evento pierdan —o ganen, según sus necesidades— un par de libras, en el noble acto de beber té.
Dos notas al margen:
1- Esta presentación será en inglés.
2- Gracias, querida Isis. Me sumo a tu anhelo. Ojalá pudieras estar ahí.
Nos vemos.
jueves, julio 24, 2008
Cuando lo cóncavo es convexo
Hoy, en mi trayecto al trabajo y a merced de las inclemencias del tiempo y la carretera, sintonicé mi estación de Jazz favorita justo en el momento en que Don Braden interpretaba “Speedball”, del álbum Gentle Storm. “Gentle Storm”, traducido mal y pronto al castellano, quedaría como «tormenta “gentil”, “suave”».Este gentil contrasentido me trajo a la mente el quizá más tierno de todos los disparates que escuché en mis días en la isla. La frase es atribuida —como tantas otras— a ese inolvidable exegeta del castrismo y la mala idea que es Pedro Ross —por entonces ya a cargo de la gubernamental CTC (Central de Trabajadores de Cuba)—. La joya prosaica del susodicho rezaba:
«El periodo especial ni nos perjudica ni nos favorece. ¡Todo lo contrario!».
- inteligencia militar
- ministerio de cultura
- pensamiento crítico
- revolución cubana
- permiso de salida
- premio literario
- héroe nacional
Como siempre, se aceptan sugerencias.
***
Listado (ampliado) de contrasentidos
- moneda nacional
- picadillo de soya
- higiene sexual
- Cubavisión
- Machado Ventura
- reflexiones del compañero Fidel
César Reynel Aguilera:
- órgano oficial
F.C.:
- trabajo voluntario
Constancio Baraguá (alias Cuco):
- batalla de ideas
- primer secretario
- dictadura del proletariado
- poder popular
- ministerio del azúcar,
- ministerio de agricultura,
- ministerio de la pesca,
- comandante en jefe
N:
- quedó bonita la actividad
- juventud rebelde
- revolucionario honesto
- intelectual orgánico
- crítica constructiva
- nuevo vedado
- almuerzo escolar
- canción protesta
- moral revolucionaria
- periodo especial
- libreta de abastecimiento
- discurso breve
- dignidad socialista
- futuro prometedor
- derechos ciudadanos
domingo, julio 06, 2008
Parole antica
En honor a los recién casados, transcribo un soneto de Francesco Petrarca.
***
I' vidi in terra angelici costumi
et celesti bellezze al mondo sole,
tal che di rimembrar mi giova et dole,
ché quant'io miro par sogni, ombre et fumi;
et vidi lagrimar que' duo bei lumi,
ch'àn fatto mille volte invidia al sole;
et udí' sospirando dir parole
che farian gire i monti et stare i fiumi.
Amor, Senno, Valor, Pietate, et Doglia
facean piangendo un piú dolce concento
d'ogni altro che nel mondo udir si soglia;
ed era il cielo a l'armonia sí intento
che non se vedea in ramo mover foglia,
tanta dolcezza avea pien l'aere e 'l vento.
jueves, mayo 01, 2008
miércoles, abril 30, 2008
Traductor, traidor (II)
Ayer escribí un post sobre la calidad de las traducciones al español de ciertos anuncios que se dejan ver a menudo por las calles de Nueva Jersey. En respuesta, un lector anónimo envió la siguiente nota:«Desde mi esquina, donde a diario cometo este tipo de errores y cuando me oigo me asustan a mí mismo, ¿qué propone usted que puedo hacer para eliminarlos? ¿Qué puede hacer el resto de los mortales, no muy intelectuales, para disminuir la cantidad de “abrochate o boleto” en nuestro día a día?».
Su comentario reúne varias de las razones por las que eché a rodar Belascoaín y Neptuno. Por tanto, doy las gracias a este lector por brindarme una excusa para ahondar otro poco en el tema.
(Antes de seguir, hago un paréntesis: el “abrochate o boleto” que menciona el lector hace referencia a la traducción al español del muy efectivo Click It or Ticket; una campaña encaminada a hacer que los conductores usen el cinturón de seguridad, so pena de multa).
Estimado anónimo: en primer lugar, este tipo de pifia no es patrimonio del común de los mortales. Nadie que viva una vida bilingüe está exento de estos errores. Yo ―que me jacto de haber trabajado varios años como corrector de estilo―, dejo caer, con más frecuencia de lo que me gustaría admitir, unos disparates que no tienen precio. Admito que no les temo tanto a los errores más obvios ―pongamos por caso el “abrochate o boleto” del anuncio en los autobuses de NJ―. Los que me causan pavor son los más sutiles; esos que se cuelan por el hueco de una aguja: por ejemplo, hace un lustro, en un contexto cubano, traduje al español “rice pudding” como “pudín de arroz”. Si no se hace mucho caso a la frase y no se es muy quisquilloso, no hay problema. Excepto por el hecho de que en Cuba ―y el resto de los países hispanohablantes, creo― no se le dice a ese dulce “pudín de arroz”, sino “arroz con leche”... rima infantil que, después de mi pobre traducción, ya no se quiere casar con una viudita de la capital. El diablo está en Cuba. Y también en los detalles. L.Q.Q.D. (Lo que queda demostrado).
No creo que exista un método infalible para evitar estos errores. O, si existe, lo desconozco. Compartiré el mío, con la esperanza de que le ayude. Dicho método es simple, pero pide constancia. Consiste en (1) vigilar constantemente lo que se va a decir. A veces, implica hablar un poco más despacio. (Esto le ha venido muy bien a mi dicción: llegué de La Habana hablando en ráfagas; ahora hablo tiro a tiro). (2) Hacer todo lo posible por evitar el uso de voces inglesas al hablar en castellano... y viceversa. (3) Ante la duda, hacerse la siguiente pregunta: ¿cómo se diría esto en la isla?
He aquí mis herramientas. Por el momento, no se me ocurre más nada. O sí: abrir el foro: pedir la colaboración del resto de los lectores de este blog. Damas y caballeros: ¿cómo hacen «para disminuir la cantidad de “abrochate o boleto” en nuestro día a día?».
Yours truly,
martes, abril 29, 2008
Traductor, traidor
La primera vez que leí dicho cartel, pensé automáticamente en su muy efectivo equivalente en lengua inglesa: “Click It or Ticket”. Sólo gracias a esa referencia, es decir, sólo gracias a mi diálogo interno con mi otro idioma ―y, debo admitir, al complemento visual del anuncio en español que muestra las imágenes de un policía y La Parca, ambos al acecho de conductores desabrochados―, pude entender que quienes tradujeron esta frase en realidad querían decir: “abróchese su cinturón de seguridad o de lo contrario será multado”. Lamentablemente, dichos traductores decidieron sacrificar el contenido del mensaje en busca de una frase corta (y, muy a su pesar, incomprensible).
Otro de mis disparates favoritos también podía leerse recientemente en autobuses de NJ Transit y proclamaba, en un español que no envidiarían ni Chita, la sabia mona de Tarzán, ni Felipe Pérez Roque: «Hable a sus hijos sobre LAS GANGAS antes de que NOSOTROS tenemos que hacerlo». No me voy a enredar con la desatinada conjugación del verbo “tener”. Es obvio que, si no saben dónde va una tilde, estos traductores jamás aprendieron el modo subjuntivo.
Lo cierto es que no supe cómo reaccionar al leer tan tierna barrabasada. Me debatía entre la risa y el llanto. El motivo es simple: “ganga”, en su acepción más usada, significa, según el Diccionario de la Real Academia Española: “cosa apreciable que se adquiere a poca costa o con poco trabajo”. (O sea, que si tradujéramos la frase de vuelta al inglés, quedaría: Talk to your kids about BARGAINS… before we have to).
Por si las moscas (que no ha de ser traducido como “by if the flies”), busqué en dicho mataburros y, para mi sorpresa, encontré que en su última acepción, “ganga”, en Puerto Rico, significa: “pandilla callejera de mala reputación”. El único detalle notable es que New Jersey no es la bella isla caribeña, como tampoco es ―no puede serlo― El Salvador, Honduras, Nicaragua, etc. New Jersey ―casi en la misma medida que New York― es el melting pot, la olla en pleno proceso de ebullición, el punto de encuentro de infinidad de tribus, la Torre de Babel, lo múltiple, lo diverso… Y en medio de esa multiplicidad, quienes no son portorriqueños no tienen por qué entender esta acepción (local) de la palabra “ganga”.
Estos ejemplos intentan demostrar que de lo que se quiere expresar a lo que, en efecto, se expresa, en ocasiones, va un largo tramo. En el primer caso, los anunciantes optaron por mantener el mismo formato de la frase en inglés: “esto o lo otro”. Y al hacerlo, erraron al tutear al público, erraron al traducir literalmente el imperativo “Click It” y erraron una vez más al desconocer que la palabra que buscan en español es “multa”, no “boleto”. En el segundo caso, pecaron al traducir la voz inglesa gang por un falso amigo: la palabra que más se le acerca en la tan vilipendiada lengua del Quijote.
Los anunciantes tienen la tarea de comunicar un mensaje (cualquiera) y la necesidad de hacerse entender por el mayor número de gente posible. Si dicho mensaje viene plagado de errores o lleno de regionalismos, su efectividad, su alcance y, por tanto, su propósito, peligran. (A los amigos y lectores portorriqueños, les pido que imaginen cómo luciría dicho anuncio si en lugar de “ganga”, se usara el vocablo que designa “pandilla callejera” en los contextos argentino, mexicano, costarricense o de cualquier otro país del Caribe o el centro o sur de, ay, Nuestra América. Sería como si a mí en este texto se me escaparan mis temibles cubanismos y dijera “guaguas” en lugar de “autobuses”. ¿Quién me iba a entender más allá de los que nos fugamos de las garras del Traductor en Jefe?).
El uso inapropiado ―casi podría decirse barbárico― del castellano en estas tierras pobladas de hispanohablantes, en mis días de más puro optimismo, cuando menos, me asusta. Esta práctica irresponsable e indiscriminada necesita un parche, un dique, todo un muro de contención para evitar que se nos desangre la lengua, que se ahogue en la hemorragia que le provocan sus victimarios y muera, como no mueren los buenos boleros, rodeada de “traductores” y de gangas y de boletos.


