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jueves, marzo 19, 2009

Revista Caleta: “Apuntes en blanco y negro”

El próximo número de la revista Caleta —que en menos de una quincena verá la luz de estanquillos y librerías en Cádiz y el resto de la península— ha sido dedicado a los últimos 50 años de literatura cubana.

El listado de autores que conforma dicho dossier es largo y variopinto. No destaco a ninguno —para evitarme la tarea de tener que excluir a otros—, pero sí dedico el texto mío que figura en dicho número a quienes fueran sus dos primeros (y muy sagaces) lectores: Enrique del Risco y César Reynel Aguilera.

A la revista Caleta y —en específico— a su editor, agradezco la gentileza de dar el visto bueno a la publicación de mis “Apuntes en blanco y negro” en Belascoaín y Neptuno.

A los habituales, una advertencia: la extensión del texto que sigue se aleja un poco de lo acostumbrado para el formato de blog, pero, queridos amigos, no sólo de décimas y sonetos vive el hombre.

***
APUNTES EN BLANCO Y NEGRO

Todos conocemos el chiste: Fidel Castro arenga —en los albores de aquello que cínicos y optimistas decidieron llamar “la Revolución Cubana”— a una multitud enardecida. Grita que a partir de ese instante ya no habrá más blancos o negros en la isla. Explica que una verdadera revolución no se puede permitir esas distinciones. Y decreta que, de ese momento en adelante, todos serán verdes. La jauría chilla. La emoción es tangible. Los verdes en el público se abrazan. Algunos lloran. Otros se desmayan. En esas, Castro se aclara la garganta, da dos golpecitos en el micrófono con su dedo índice —ese índice que dictaría los destinos de millones de sus, ay, súbditos— y proclama: «Los verdes claro, para acá; los verdes oscuro, para allá».

Recreo esta broma de mal gusto pues hace un par de semanas, R., un entrañable amigo —cubano y escritor, aunque, según él, también tiene otros defectos—, me preguntó cuándo había descubierto que era negro. (Dicho sea de paso, R. no es su inicial verdadera: en este texto, los nombres, qué nombres, las iniciales de los implicados han sido cambiadas para proteger a inocentes y culpables). La pregunta me tomó por sorpresa. Creo que bebíamos unas copas. Creo que me atraganté al escucharla. Y creo que no supe contestarle. Quizá debí haberle dicho que no había una línea divisoria precisa; que no me era posible determinar el momento exacto en que había tomado eso que, si me perdonan el lugar común, denominaría conciencia étnica. El conocimiento, ya se sabe, es paulatino.

La pregunta de mi amigo puede resultar —a no-cubanos y a simple vista— torpe, poco seria o irracional, pero les aseguro que no lo es, máxime viniendo, como antes dije, de un avezado y avisado escritor de la isla. El hecho de que ambos hayamos nacido y crecido después del “accidente” propicia y justifica su duda, pues entre otros espejismos e ilusiones ópticas, dicho proceso (a)histórico se encargó de diseminar en suelo patrio y —sobre todo— en sus afueras la idea de que el racismo había sido erradicado de plano con la llegada de los barbudos al poder, en aquella prehistoria que fue el umbral de los años sesenta.

Para responderle (por escrito) a mi amigo, he decidido establecer una cronología mínima, una suerte de mapa personal que recoja los incidentes raciales que, para bien y mal, me configuraron. Ante todo, debo insistir en que durante mi infancia la raza como tal no estuvo presente. Ya adulto —y en el exilio— comprendería que la oración anterior es una falacia. La discriminación racial, al igual que su contraparte —que en Cuba no es la aceptación o la tolerancia, sino la negación más tozuda de la existencia de dicha discriminación racial— estaba en todas partes. Por tanto, me corrijo: la raza no estuvo presente de un modo que fuera obvio para un infante que aún no había leído a Caín.

¿Dónde y cuándo comenzó a hacerse sentir la diferencia cromática?

Gracias (es un decir) a que mi padrastro era militar —la autora de mis días pudo haberse jactado en su juventud de un pésimo gusto en materia de hombres—, pasé mis primeros años dando tumbos por toda la isla, con mi madre y este señor que me llevaban al retortero: a Camagüey, Santiago de Cuba, Holguín, otra vez Camagüey y, por fin, de regreso a La Habana, luego de una odisea de casi ocho años por el centro y el este del país.

De mi época en el (medio y lejano) Oriente, recuerdo haberme codeado con parte de la vieja y nueva alcurnia camagüeyana; haberme curado los ataques de “tos perruna” en unas obstinadas escaladas de nuestro Fiat Polski (o polaquito), el pobre, a La Gran Piedra; haber cargado infinitos cubos de agua hasta un quinto piso de un horroroso edificio santiaguero, mientras aprendía a querer y a odiar la conga que tenía el don de la ubicuidad en esa región del país; y recuerdo una sensación de malestar que no me abandonó durante el tiempo que pasamos en Holguín, un lugar que me era inhóspito desde su nombre agudo, hasta sus paisajes anodinos y su clima árido.

Para mi sorpresa actual, lo que resaltaría negativamente en mi regreso a La Habana —con doce años aún por cumplir—, no sería el tono de la piel, sino —para citar un blog que frecuento— el tono de la voz. Por aquel entonces, cursaba el cuarto grado y cantaba como el más consagrado tomeguín. (Nota a los no-cubanos: en el este del país no se habla: se trina). Bastó una semana de burlas despiadadas a mis cantares —provenientes de maestros y alumnos— y un sábado y un domingo en casa empeñados en aprender a pronunciar “páq-que” (versión habanera de “parque”) en lugar de su homólogo oriental: “palque”… a la par de otras lindezas fonéticas imprescindibles para dejar atrás ese pesado lastre. Que lo de negro va y pasa, ¡pero además santiaguero!

Ronda nocturna
La única vez que dormí en una estación de policía fue hace un par de décadas. Eso de dormir es una artimaña narrativa. No pude pegar un ojo en toda la noche. Al miedo ―aquel ente palpable― y la incertidumbre de verme en un cuarto de la temida y hasta entonces mitológica Quinta Estación de Policía de La Habana, se sumaban los dieciséis años que estaba por cumplir y el desconcierto al no entender qué había hecho para ir a dar a lugar tan aciago. Lo sorprendente del arresto de la noche anterior era precisamente que no había hecho nada. No quiero decir nada heroico o digno de mención. Digo nada. Horas antes, deambulaba por el Vedado con dos o tres amigos, luego de pasar un fin de semana acampados en algún punto distante del litoral norte. Recuerdo que a esta modalidad de campismo, por aquellos tiempos, le llamábamos «guerrilla» (tan en boga estaba el lenguaje bélico en la isla). Y, guerrilleros al fin, regresábamos a la capital andrajosos, hambrientos, felices, con ese buen humor que es a ratos producto de la adolescencia, de no tener la más mínima idea de qué pasa alrededor de uno y de creer que en realidad se vive en un país libre, cual solamente puede ser libre. Debo aclarar que el ambiente a nuestro alrededor también se prestaba para entusiasmos: andábamos en época de carnavales.

Luego de sobrevivir el viaje en unos camiones que nos dejaron en Santa Cruz del Norte y soportar el errático tren de Hersey, la quejumbrosa lanchita de Regla que nos cruzó ―como pudo― La Bahía y aquella guagua Girón que nos adelantó hasta el Páq-que Maceo, nos unimos por inercia al molote y ―evitando discusiones, puñaladas y el orine que se escurría de los baños públicos instalados de cualquier manera y a intervalos irregulares a lo largo del Malecón― caminamos rumbo oeste hasta que, ya hastiados de tanto gentío y tanto desentonar con aquella indumentaria, dejamos el Malecón y nos adentramos en una calle cualquiera.

Hasta ese momento jamás había oído hablar de zonas congeladas.

Las circunstancias del arresto fueron ―ahora lo sé― predecibles, pero no por eso menos arbitrarias. Sin darnos cuenta, habíamos entrado en el área de la Oficina de Intereses de los Estados Unidos. No tuvimos tiempo de regresar sobre nuestros pasos. Puntual como las abejas, un policía ―y luego otro y otro― se nos acercó para pedirnos el dichoso carné de identidad. Y por cuenta del pigmento de esta piel mía y el hecho de que «mi documento no estaba en orden» ―le faltaba la foto, algo que, si mal no recuerdo, era obligatorio luego de cumplir los catorce años―, en menos de lo que se cuenta nos habían detenido y nos conducían a la infame estación.

Hago un aparte: en este grupo, yo era el único “ciudadano con características” —eufemismo que sería puesto de moda entre la fuerza policial capitalina de los noventa para describir a hombres (jóvenes, por lo general) mestizos o de la raza negra—. El carné de identidad de uno de mis amigos tampoco tenía la foto reglamentaria, pero no pasó nada. El socio era blanco. Fue al llegar a mí que ardió Troya. Establecer esa conexión entre la piel y el arresto, por raro que parezca, me tomaría años. No hay que olvidar que había crecido escuchando una y otra vez las bondades de la Revolución, mientras me repetían —mi padrastro, sus colegas, cualquier imbécil que estuviera a tiro— que en la Cuba de Batista o en Estados Unidos yo sería un simple limpiabotas. (¿Han notado que aún persiste un fetiche nacional con la idea de los negros arrodillados frente a los blancos? La imagen del limpiabotas capta la esencia de este capricho erótico a plenitud).

Regreso a la Quinta Estación, de la que nos soltaron a eso de las 4 de la mañana. El padre de uno de mis amigos, un flamante coronel del Ministerio de las Fuerzas Armadas, se personó e intercedió por el grupo. (Desde aquí, una vez más, le doy las gracias). Hasta esa tarde que devino noche y madrugada, creía —con la inocencia propia de la edad— que la Revolución era la causa justa por excelencia. Alguien ha dicho que a nadie le duele un pisotón en el juanete ajeno. Y sólo entonces la bota castrista hacía su debut en mi pie. Ya llevo casi una década de vida en los Estados Unidos —¡y sin limpiar zapatos!—, o lo que es lo mismo: nueve años de no temer a que un gobierno totalitario me pise los callos, pero ahora que escribo esto no puedo menos que recordar el horror que comenzó ―y que ya no me abandonaría en mi vida en el archipiélago antropófago desde― aquella tarde remota en que La Revolución me llevó a conocer el miedo.

Los (primeros) pasos (perdidos)
Crecí con amigos de todos los colores imaginables. Y en el patio de recreo de la escuela no había razas. Tampoco las había en la cancha de fútbol, el terreno de pelota o el mismo mar de todos los veranos. En teoría, todos éramos iguales. (A mis espaldas, ya Orwell había sentenciado que «todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que los otros»). De tal suerte, varios de mis amigos de infancia me trataban como si fuera un hermano. Y la hermandad era sincera y mutua. Mientras no me tuvieran de cuñado.

Arte (facto)
Para demostrar que existe la justicia poética —y de paso cerrar un ciclo que abrieran los prevaricadores que anunciaban el fin del mundo en mi infancia en la isla—, descubrí que no era negro precisamente en Estados Unidos. El hallazgo ocurrió a principios del 2001. Unos meses antes había ideado un plan para traer de visita a Nueva York a mi madre y a F. —mi mejor amigo de mis años en la universidad—. ¿En qué consistía esta fuga que nada tendría que envidiarle a Bach o a los milimétricos cálculos de Papillón? La cosa era sencilla. Le presenté a una galería ubicada en Chelsea (Manhattan) un proyecto de exposición colectiva en el que un grupo de artistas cubanos, residentes en la isla, exploraría temas raciales. En vista de que F. era —y es, hay cosas que no cambian— blanco, no limité la participación en el proyecto a artistas negros.

Aunque Rush Arts Gallery se abarrotó durante la inauguración y llovieron las palmaditas en el hombro, la muestra (en su conjunto) no fue buena. Tampoco tenía que serlo. No me interesaba hacer carrera como curador de arte en este país. Me interesaba el reencuentro en estos predios y luego de par de años con mis seres queridos.

Durante la preparación de este show hubo un episodio que no dudaría en tildar “endémico de Cuba”. Le había enviado una carta a mi madre —que por aquellos días era rehén, es decir, vivía en La Habana—, explicándole el proyecto y el tema central de la muestra: las diferencias raciales en Cuba. La misiva, sin yo saberlo y por motivos que en esta ocasión no vienen a cuento —pero que tienen que ver con esa falta de privacidad que corroe a mi tierra—, cayó en manos de S., amigo también de los años de universidad, borrachín ilustre y trovador demérito, o sea, de mérito. Y S. se sintió en la necesidad de responder a una carta que no iba dirigida a él y —de paso— a mi osadía, blandiendo ese tabla de náufrago de la mente esclava: que los trapos sucios se lavaban en casa; que yo no tenía derecho a hablar de racismo en Estados Unidos, país rociado con la sangre de Martin Luther King, Malcolm X y otros tantos activistas negros. Mi respuesta fue simple: yo había lavado —y a él le constaba— esos trapos sucios en La Habana, pero acá había agua y mejor detergente. Esto que cuento en tres o cuatro líneas fue un intercambio de casi veinte folios que marcó el inicio del fin de nuestra amistad —que había nacido entre apagones, escasez general, pedazos de pan compartidos entre pocos y que, por ende, intuía indestructible—.

Pero decía que descubrí en los Estados Unidos que, después de todo, no, que no soy negro. No encajo en este grupo racial norteamericano. No soy parte de su cultura, no domino sus modismos. No me identifico y no me identifican. Tal es el caso que, si eres latino —esa inocua sombrilla que nos agrupa y desdibuja, esa fantasía anglo—, sin importar el color de tu piel, en el censo de este país tienes una casilla reservada que te denomina “hispano” —o cualquiera que sea el término que la corrección política nacional haya autorizado para ese día—.

La balanza
Mientras esperaba el momento de solicitar la residencia y normalizar mi vida de inmigrante —en otras palabras, en los meses que estuve ilegal en Estados Unidos—, no sentí el miedo que consumió mis años de desandar las calles de mi ciudad natal, como el ciudadano de segunda que era: otro más que malvivía ateniéndose a los muy estrictos parámetros de la ley. Hubo días en los que en las diez cuadras de trayecto a mi trabajo —era maestro de una secundaria básica en el centro habanero barrio de Cayo Hueso— era detenido por casi igual número de agentes del orden, cuya labor al parecer radicaba en pedirme el carné de identidad, comunicarse con su unidad policial para obtener información sobre mi persona y, confirmado lo confirmado, dejarme seguir mi camino… hasta que me detuviera a unos pocos metros el próximo policía. El mismo oficial que me había detenido el día anterior. El mismo oficial que me detendría el día siguiente. Sin embargo, cuando caminaba en plan alien por Nueva York, al toparme con un policía, jamás me sudó la frente, nunca me puse nervioso. ¡Hasta perdí el recelo a interactuar con ellos! Y, horror de horrores, ¡me devolvían el saludo!

La ilusión, la realidad
S. —el autor de la carta de repudio en respuesta a la exposición que organicé en Chelsea y titulé “Tenía que ser negro”— es, por supuesto, blanco. Me atrevo a decir que su primer encontronazo con el racismo fue ya de adulto, en La Habana de finales de los noventa, mientras caminaba por los alrededores del Teatro Nacional, o lo que es casi lo mismo, en el área de la Plaza de la Revolución con C. —que es negro, víctima del Síndrome de Estocolmo y vive en Alemania—. Un policía los detuvo, y le pidió el consabido carné de identidad (h)únicamente a C. S., que además de blanco y buena gente era naïve, le quiso entregar su documento al policía, pero éste le espetó que no hacía falta, que sólo quería ver los papeles de su acompañante. Dicho policía —y el detalle es importante: a esto en inglés se le llama racial profiling— era negro. S., que además de blanco y buena gente era porfiado, reiteró el reclamo. Y, para su desgracia, quizá citó a algún poeta maldito —que el policía jamás había escuchado mentar— e hizo una leve referencia a la discriminación racial —sugiriendo que el agente del orden en ese momento pecaba de dicho mal, violando así la primera ley de la subsistencia en Cuba: ¡Jamás llames racista a un negro!—. S. no esperaba la trifulca subsiguiente, como tampoco se imaginaba que este acto le haría dar con sus huesos en una estación de policía. A C. —esposado aunque sin matrimonio a la vista— no le sorprendió pasar la noche tras las rejas.

La génesis
Todo este rodeo para responderle a mi entrañable amigo su inesperada y muy sagaz pregunta. Lo cierto es que el estigma estuvo presente mucho antes de mi infeliz encuentro con la policía en La Habana de los ochenta. Y lo cierto es que mientras más lo miro, más se parece a un culebrón mexicano o brasilero, pero de los peorcitos. En este punto no resulta ocioso ni baladí señalar que mi padre, oh ironía, es daltónico. Pues bien, este caballero —y aquí lo saco del clóset racial: hijo de mulato achinado y de blanca, hombre de piel ídem y de pelo “que engaña” (esto es, que si lo corta bajito, no hay quien le haga esa pregunta que ha aterrado a tantas familias cubanas a lo largo de los años: «¿Y tu abuela dónde está?», refiriéndose, obviamente, a la posibilidad de un ancestro negro)—, quedó prendado de una belleza mestiza, pero al parecer —a mí no me crean, que no me gustan los melodramas y a estas alturas todavía nadie me ha pasado el casete de arriba abajo—, la relación no fue bien vista por mi futura familia paterna y, en medio de las presiones y los «yo no estoy para hacer trenzas», se llamó a capítulo y se separó de mi madre en pleno embarazo.

Pasó el tiempo y pasó la guagua para Alamar. Y casi tres años después, cuando le apareció a mi madre un pretendiente rubio, de ojos azules —que si la cosa funcionaba le iba a criar al negrito—, mi abuela y algunas de sus amigas empezaron a meterle a ese señor por los ojos. Y tanto da el cántaro en la fuente… El tipo era un troglodita. Era un asno con garras. Si se caía comía tierra, que la hierba es para los rumiantes.

Pero era blanco.

Así es que para responderle a mi amigo, sin caer en la tentación de los pañuelos sacados, tengo que hacer uso del condicional. Si por descubrir se entiende una imagen inteligible y consciente de la realidad, no me queda más remedio que referirme al primer episodio con la policía; por el contrario, si la palabra “descubrimiento” se extiende hasta abarcar ese concierto de señales e impresiones que un feto recibe de su madre, entonces tengo que reconocer que la primera noticia de mi negritud la tuve en la dulce oscuridad del vientre materno.

Nunca fui verde.

***
Alexis Romay
New Jersey, 15 de octubre de 2008

miércoles, marzo 18, 2009

Memoria, verdad y justicia

En el Valle de los Templos, a poco menos de un kilómetro del Templo de la Concordia yacen los restos del que fuera dedicado a Jove. El mismo —entre sus columnas a medio derribar, sus estatuas dilapidadas, su esplendor antiguo— incluye un área dedicada a los sacrificios.

Sí, en el antiguo imperio —por la época en que convivían humanos y deidades— los dioses tenían la costumbre de recibir ofrendas de sus devotos. Dichas ofrendas variaban en dependencia del poder adquisitivo de quienes las hacían. Las más comunes involucraban diferentes tipos de alimentos: vegetales, frutas, miel... aunque también recibían ofrendas de animales, denominadas, no sin razón, “sacrificios”. En el altar de los sacrificios, se cortaba el cuello de la bestia —que solía ser blanca y, por lo general, de la familia de los bovinos, aunque no escatimaban aves u otros cuadrúpedos de menor tamaño—; luego, el animal era parcialmente quemado. Si la quema de la víctima era total, el acto era denominado “holocausto”. En las ocasiones en que toda la población celebraba un sacrificio público de muchos animales, el rito era conocido como una “hecatombe” (que significa “cien bueyes”).

Han pasado siglos y siglos y ha llovido a borbotones —literal y figuradamente— desde que el último cuello de una res se encontrara con el despiadado frío del acero. Sin embargo —como se puede apreciar en la foto que acompaña este texto—, las manchas de sangre provenientes de hecatombes y holocaustos aún no se han borrado.

Hoy, 18 de marzo de 2009, día en que se conmemora el sexto aniversario de la tristemente célebre Primavera Negra —aquella infame ola de represión que sacudió Cuba de uno a otro confín— y ya cumplidos cincuenta años de totalitarismo, en los que si algo se ha derrochado es precisamente sangre, me tomo la libertad de recordar al gobierno de la isla que mientras exista un cubano digno, sus crímenes no quedarán impunes ni serán olvidados.

La sangre —por suerte o por desgracia— es tan espesa como indeleble.

martes, marzo 17, 2009

Alina Brouwer en “Rue B”, New York

La (r)evolución

Cuando le dije a mi esposa que Benicio del Toro interpretará próximamente al hombre lobo, me respondió: «¡Un paso de avance!».

lunes, marzo 16, 2009

Autorretrato con vértigo y servilleta

[Transcripción]

Yo soy un jodedor, no te lo niego:
un jodedor sabroso y muy cubano
que se burla a diario del tirano
y su imperio vulgar y palaciego.

De mi tierra me queda un fiel apego
al desparpajo libre y soberano,
al color subversivo del verano,
al gemido de un piano viejo y ciego,

a ciertas insondables tradiciones,
a la noche que es mía y es de todos
—esa patria fugaz que me recibe

y me cura del odio y las traiciones:
de los polvos que hicieron estos lodos—
y a una tarde perdida en el Caribe.

domingo, marzo 15, 2009

Cosas y azares

A unos pasos del Templo de la Concordia —uno de los templos de orden dórico mejor conservados en el mundo— en las colinas de Agrigento, una familia española removía con sus alegres pasos el polvo milenario. Al aproximarnos, escuché una algarabía propia de la infancia. Razón sobraba: el más pequeño de los chicos tenía un lagarto apresado en sus manos y con el júbilo de quien descubre el agua tibia lo enseñaba a sus padres, su hermanito mayor y su abuela. El reptil tiraba dentelladas a diestra y siniestra en un intento desesperado por zafarse de su inocente depredador y el chico se jactaba del nuevo juguete cuando sucedió lo inevitable: el animal pudo por fin morderle un dedo. Estas tres acciones que describo acontecieron casi al unísono: el niño lo soltó con más sorpresa que dolor, el lagarto cayó al suelo y puso pies en polvorosa y el hermano mayor tuvo una idea tan feliz como terrible: agarrar al lagarto por la cola.

La cola se partió.

El mayorcito hizo un puchero, pero antes de que perturbara la paz con una perreta, tanto su padre como yo dijimos a la vez y con palabras similares que no tenía que preocuparse: la cola regeneraría. El chico se tranquilizó al momento, en tanto los adultos nos saludábamos y despedíamos en castellano. Nosotros íbamos; ellos venían.

Seguimos caminando rumbo al templo. Llevaba en mis manos la consabida botella de agua y una edición bilingüe de la obra poética de Borges: entre ruina y ruina intentaba memorizar su “Poesia dei doni”. Ya sólo me restaba dominar las últimas dos estrofas cuando descubrí con vago horror sagrado que yo era el lagarto: para ganar la vida, había sacrificado un pedazo de mí. La cola que perdió el animal —pasada por el filtro de la metáfora— era ese cúmulo de impresiones y lugares comunes y extraordinarios que el tiempo no borra: mis calles, mis amigos, la mar de tías que hace una década no veo y aún añoro, los ojos de mi abuela que no pude ver apagarse, el olor a mar, el parque donde metía unos goles concebidos en Brasil, la cadencia y el acento del español que se masculla en La Habana y la posibilidad misma de desenvolverme a diario en la lengua que aprendí en la cuna, los baches de mi ciudad natal, en los que no cabía mi incredulidad, pero sí tres cuartas partes de mi bicicleta…

Pasada la reacción inicial, sentí un alivio profundo: en mi caso, por fortuna, la cola ya ha regenerado. Sin más pesares, regresé al poema en italiano. La estrofa que escogí —de manera aleatoria— reza en el original: «Algo que ciertamente no se nombra/ con la palabra azar rige estas cosas».

sábado, marzo 14, 2009

Otorrinolaringólogo vs. podiatra

Me preguntaba mi esposa —cuya lengua adoptiva es el castellano— por qué había usado en un texto del blog un rejuego de palabras que generaba una ligera cacofonía.

Mi respuesta fue rápida y torpe: «Yo escribo con el oído».

La de ella no tiene desperdicio: «Ok. Yo leo con el pie».

viernes, marzo 13, 2009

Viernes decadentes, en Miami, con Alina Brouwer


Estampas habaneras (XIX)

La esquina del pecado
Teresa Dovalpage

Se le llamaba en tiempos más felices a la intersección de Galiano y San Rafael, como recordará todavía algún que otro habanero recalcitrante. Allá por los cincuenta, en el Ten Cent vendían helados de barquillo “a la moda americana.” Las vidrieras de Flogar y de El Encanto exhibían modelitos que parecían sacados de revistas de modas. No muy lejos, por Prado y Neptuno, se contoneaba la Engañadora, aquella chiquita que:
Estaba gordita
Muy bien formadita
Y en resumen, colosal.


Antes de que se descubriera el relleno que la aderezaba, a manera de pavo navideño…


Pero ya en los setenta no quedaban ni el olor de la Engañadora ni helados de barquillos ni ropita de moda. En cuanto al concepto de pecado, éste entonces se hallaba bastante devaluado —ahora lo está más todavía, claro—. El caso es que a mis cinco o seis años caminaba yo por aquellas calles de la mano de mi abuela, a quien se le ocurre decirme que estábamos pasando por “la esquina del pecado”.

—¿Y qué quiere decir pecado, abuela?

La susodicha hizo una pausa antes de contestarme. Miró alrededor, en silencio. Yo seguí la dirección de su mirada y vi lo mismo que ella: la acera sucia, manchada de desperdicios entre los que se destacaba un plátano podrido; Flogar cerrada por reparaciones, como medio país; cuatro pomos de champú y un par de ollas de aluminio en las vidrieras sucias del antiguo Ten Cent; una guagua Leyland que pasaba junto a nosotras, echando al aire vapores nauseabundos… Mi abuela abarcó todo aquello con un ademán y contestó, bajito:

—Esto es pecado, corazón.

jueves, marzo 12, 2009

Texto en harapos

La semana pasada el siempre aguzado Manuel Sosa hacía notar que se le agotan las metáforas al compañero, en referencia a la sobrecogedora escasez de imágenes que agobia al Reflexionista en Jefe. Hoy, con cierto atraso, he leído un alucinante artículo de ese amante de dictaduras ajenas que es el diputado Jordi Miralles. Por lo visto, esta agudísima carencia de metáforas no es patrimonio del modelo de Adidas, sino que pica y se extiende entre los miembros de la izquierda de caviar más furibunda.

Donde el vetusto dictador, a principios de febrero de este año, dictaba: «Hay quienes se rasgan las vestiduras si se expresa cualquier opinión crítica sobre el importante personaje, aunque se haga con decencia y respeto (…)»; el señor Miralles, un mes más tarde, escribiría: «Tergiversan, se excitan y se rasgan las vestiduras si diputados de izquierdas van a manifestaciones que no son —a su entender— políticamente correctas (…)».

¡Vaya obsesión con la ropa vieja!

Mientras tanto, somos los lectores —y quienes tenemos un mínimo de sentido común o de decencia y quienes apreciamos la libertad por sobre todas las cosas y quienes en resumidas cuentas sabemos lo que es (sobre)vivir en Cuba— quienes nos rasgamos las vestiduras ante tanta idiotez desparramada.

La cacareada batalla de ideas es —sobre todas las cosas— la batalla de las imágenes. Y, como queda visto, a estos pobres diablos ya les van quedando muy pocas.

Esto, damas y caballeros, hay que celebrarlo.

miércoles, marzo 11, 2009

Carne de identidad

Anoche fuimos a cenar a una trattoria local. A la entrada, el camarero nos recibió con amabilidad extrema, nos escoltó hasta la mesa con sendos menús, me trajo una cerveza a falta de Gin & Tonic y —en el momento en que me levanté para ir al baño— le preguntó a mi esposa sobre nuestra procedencia, dado que parlamos el italiano con poco acento y mucho desparpajo. Mi esposa nos ahorró mi pasatiempo favorito, que practico en todas partes y en todas las lenguas. En inglés es mucho más divertido: la semana pasada, por ejemplo, un interlocutor pasajero que intentaba adivinar mi origen en un Starbucks cualquiera camino de cualquier parte me llamó libanés, luego, egipcio, luego, israelí. Para ponerle la tapa al pomo, dijo que quizá era del Caribe francófono o angloparlante y que a lo mejor había estudiado en Inglaterra. Ahí fue cuando mi esposa, entre risas, reveló el secreto.

No siempre ha sido así. En mi época de recién llegado a Nueva York, parecía tener un anuncio neón en la frente con la leyenda: «Soy cubano, ¡pregúnteme cualquier cosa!». Años más tarde, el cartel —con la paulatina asimilación— se fue disipando hasta desaparecer; pero entre uno y otro punto me han llamado desde peruano hasta marroquí, desde indio de Bombay hasta descendiente de tribus aborígenes norteamericanas. Un detalle notable: con el paso del tiempo ha desaparecido casi por completo mi “background hispano”. Por estos días hay gente que se asombra cuando —tras pasar revista al listado de países miembro de la ONU— descubre que soy de la isla.

Pero volvamos a la trattoria. Al regresar a la mesa, el camarero más carismático del mundo —muy para mi sorpresa— me dijo: «¡Cubano!». Este entusiasmo a ratos me pone suspicaz. Por lo general, va acompañado de: «¡Me encanta Fidel!», o alguna torpe variación sobre el tema, que hace que una comida que podría haber trascendido sin mayores altibajos se convierta en un intercambio —a veces sensato, a veces no tanto— de impresiones sobre la isla que se repite entre dos seres tan distintos como distantes: uno de los cuales no ha pisado jamás Cuba, mientras el otro se jacta de haberla recorrido desde uno a otro confín, delfín.

Le pregunté cómo había reconocido mi origen. Se señaló a la cara, como diciendo: «lo llevas escrito». No pude evitar una sonrisa. Acto seguido, mientras hacía un gesto con la mano —que luego usaría yo para indicar que el plato fuerte estaba delicioso— me dijo: «¡Chicas!».

(Por cierto, Jorge Ferrer destacaba recientemente el hecho de que en primera plana de El País coincidieran en el mismo día dos Cubas: una, en la deplorable imagen de quien ha luchado a brazo partido por imponer su voluntad así en la tierra como en el exilio; la otra, en un despampanante trasero de mujer).

Para mi fortuna —y quizá para facilitar mi digestión futura—,
el camarero optó por la levedad en el intercambio; a diferencia de todos los “expertos en Cuba” que en situaciones similares argumentan en defensa del régimen, queriendo hacer alarde de conocer la historia de la isla con el simple hecho de mencionar a Batista, para luego desear que se los trague la tierra cuando les pregunto su nombre y no saben responder “Fulgencio”.

Lo cierto es que estas conversaciones de ahora para luego sobre Castro o sobre las chicas cubanas tienen algo en común: la trivialidad.

No saquen las pistolas, lectores, que no aún no termino.

Como lo pide la ocasión, me remito a Los italianos, de Luigi Barzini: «No todos los miembros del partido comunista quieren iniciar una revolución. La mayoría de ellos prefiere disfrutar el estatus de revolucionario en una asustadiza sociedad capitalista».

Aceptémoslo: a quienes defienden lo indefendible les importa un bledo la suerte o desgracia de nuestra nación. No están capacitados para dialogar pues ya han decidido a priori que tienen la razón y no hay argumento en el universo capaz de convencerlos de lo contrario. Más allá de redundar en los ya desmontados mitos de la educación y la salud, no les interesa admitir su ignorancia en el tema que (mal)tratan. Por muy profundo que sea el análisis que hagamos de la realidad cubana, no querrán oírlo, enfrascados como estarán en regresar a donde dan pie: las aguas turbias de los lugares comunes.

Hoy —que duermo cerca del mar— pienso que no quieren profundidad, pues no saben cómo nadar en ella.

martes, marzo 10, 2009

Cuba: ¿cuán linda es Cuba?

Un amigo me anuncia que ya «está abierta la convocatoria para el I Festival Pioneril de la Canción “Cuba, qué linda es Cuba”». En dicho Festival, a decir del periódico Juventud Rebelde —cuyo nombre más apropiado sería Senectud Taimada—, «los pioneros que participen (Moncadistas y José Martí) competirán con obras cubanas del repertorio patriótico, tradicional y de nuestra cancionística».

El incipiente festival toma su nombre de aquella empalagosa canción de Eduardo Saborit Pérez que tanto hizo —el compositor, su dichosa cantaleta— por trastocar a la nación en su tirano.

Es mi deseo que ésta, mi adaptación libre —en toda la extensión de la palabra— de “Cuba, qué linda es Cuba” —que aquí transcribo para deleite de pioneros Moncadistas y José Martí— vaya en aras de enriquecer el «repertorio patriótico, tradicional y de nuestra cancionística».

Cuba, qué horrible es Cuba

Oye, tú que dices que mi Cuba no es tan linda,
oye, tú que dices que lo mío no es tan bello,
yo te invito a que me invites por el mundo:
tantas ganas tengo de ver otro cielo,
una luna tan brillante, una doncella
que me haga olvidar el miedo y la patraña
y a Fidel, esa gran alimaña,
¡ojalá no nos deje ni una huella!

Estribillo:
Cuba, ¡qué horrible es Cuba!
Si tú te escapas, lo entenderás.
¡Qué horrible es Cuba!

Cuba, ¡qué horrible es Cuba!
Si te despiertas, ya lo verás.
¡Qué horrible es Cuba!

***
H/T: EHB.

lunes, marzo 09, 2009

Parte del día

Ocho horas de vuelo, una lectura minuciosa de Los apuñaladores y varios poemas de Borges, el repaso de un libro de ejercicios de ajedrez convoyado de una película que olvidé —entre bostezos— tan pronto subieron los créditos, el cansancio transatlántico y familiar que me acoge a cualquier lado del océano, este acceso limitado a internet y, cuando al fin encuentro un par de minutos para conectarme a la red de redes, dos mensajes de sendos amigos que me anuncian que los lectores de Belascoaín y Neptuno han encontrado en su lugar otra esquina notoria: la de Blanco y Trocadero.

Al parecer, los visitantes del blog —quién sabe por cuánto tiempo— sólo han tenido acceso a la columna de la derecha, pero en la izquierda, donde aparecen las entradas diarias, los ha recibido el silencio.

(Hago un aparte para felicitar a los muchachos de la UCI y demás brigadas cibernéticas de apoyo al régimen cubano por laborar horas extra. Les deseo de todo corazón ¡que Castro se los pague con un Moskovich!).

Las conclusiones del día son obvias: es sabido que los escritores —y los lectores— le tenemos pavor a la página en blanco. Pero los dictadores —y sus secuaces— temen mucho más a la página escrita.

¡Basta ya!

Foto: Alejandro López.

domingo, marzo 08, 2009

El Comandante hace una semblanza de Pichirilo

Pichirilo: periodista,
también expedicionario
del Granma —no del diario,
¡del yate!—; fue un vanguardista.
¡Pichirilo era un artista!
Te lo digo y lo reitero:
Raúl es un pendenciero,
¡me quiere robar la finca!
Aquí el que no baila, ¡brinca!
¡Mi hermano es un cizañero!
***
Foto: Generación Y.

sábado, marzo 07, 2009

Diálogo en el circo ambulante (también llamado “Feria del Libro”), en Ciego de Ávila

—Yo tengo una luz que irradia.
—¿Qué irradia? —¡Sabiduría!
¡La feria de la alegría!
—¿Se puede comprar
Livadia,
o aquel del Infante:
Arcadia
todas las noches? —¡Ni muerto!
Deja de soñar despierto
y contempla el panorama:
Abel Prieto en el programa…
—¡Yo no leo a ese mamerto!

viernes, marzo 06, 2009

Estampa mexicana (para variar)

Calle Tacuba, frente a la Plaza Manuel Tolsá
Teresa Dovalpage

Donde queda el Palacio de Minería, sede de la animadísima Feria del Libro... Allí llegué el viernes pasado después de recorrer con terror mal disimulado varias calles del centro. Porque algunas amistades (con excelentes intenciones, qué duda cabe) me habían atiborrado de recomendaciones parapelos antes de salir de Albuquerque. Desde “no cojas taxis en la calle que te hacen un secuestro express” hasta “agarra bien la cartera que te la arrebatan en un decir Jesús.” Así que andaba yo con la cartera abrazada como un bebé y en el coche de San Fernando, un ratico a pie y otro caminando.Pero me protegió la suerte, o los orishas, porque no tuve el más mínimo problema. Aunque eso sí, no pude evitar que se me asomara la oreja de guajira como cuando pasé por un local donde se leía “Café de Tacuba”, situado en la calle del mismo nombre. Yo, toda emocionada: “¡Ay, éste es el que se menciona en La culpa es de los tlaxcaltecas, de Elena Garro!”. Y la aclaración pertinente: “No, güerita, ese que usted dice es el Café Tacuba, que está en la calle Cinco de Mayo. Éste es el Café de Tacuba”. Vaya, cará.

Meteduras del delicado pie aparte, mis experiencias en la Ciudad de México no pudieron ser más agradables. Empezando con la “Lectura de narradoras latinoamericanas”, con Odette Alonso y Carla Quintanar, en la que endilgué mi cuentito “Visa poética para Chihuahua”, y siguiendo con una escapada al Sanborn’s de los azulejos, donde mandé a la luna a la dieta del South Beach y comí como una cochinita… pibil.


Volví a la feria, ya con la panza llena, para el lanzamiento de la novela Espejo de tres cuerpos de Odette Alonso, publicada por Quimera Ediciones. La autora, el editor Sergio Téllez-Pon y una servidora les servimos un aperitivo literario a los asistentes. El sábado fue la presentación de la antología Dos Orillas. Voces en la narrativa lésbica (Editorial Egales, Barcelona). De ahí nos fuimos en bolón para el departamento de Odette y Dora a seguir la pachanga. Y el domingo, ya con una pata en el avión, mi pana venezolana, la poeta Eleonora Requena, y yo nos lanzamos a la caza de artesanías antes de presentar mi ponencia sobre Eve Gil en la mesa redonda sobre Ensayistas latinoamericanas.

¿Qué más les cuento? Pues que me quedé con ganas de volver al DF. Pero con tiempo, eh. Les debo una visita a las pirámides y a la casa museo de Frida Kahlo. Ah, y al verdadero Café Tacuba, pues no faltaba más.


***
En la foto: Odette Alonso, Eleonora Requena, Carla Quintanar, Eve Gil y Teresa Dovalpage.

jueves, marzo 05, 2009

Sobre una lista que no es “smart” ni está “ready”

Leonardo Padura ha preparado para el diario británico The Guardian un listado de las que son, a su juicio, las diez novelas cubanas más importantes.

Noto no con poca alegría que d
icha lista, arbitraria como todas, incluye los Tres tristes tigres de Cabrera Infante, a pesar de que el comentario al respecto escamotea que el propio GCI —junto a Suzanne Jill Levine y Donald Gardner— es uno de los traductores al inglés de la obra. La selección incluye también ese documento maldito, hilarante e imprescindible que es Antes que anochezca, a pesar de que se trata de un libro de memorias.

Hasta ahí, santo y bueno. Pero veo que Cabrera Infante y Reinaldo Arenas aparecen en semejante lista acompañados de Lisandro Otero, ese terrible policía de la cultura, a quien difícilmente se podría acusar de escritor (por la abrumadora falta de evidencias).

Más atención para la próxima, compilador.

***
Para rematar: No paro de reír. El pie de la foto que convoya (con perdón) el artículo de Padura (y que publico abajo) reza: “una mirada más allá de los clichés… Dos músicos en el malecón de La Habana”. Sin comentarios.

Foto: Eamonn McCabe

Los viernes decadentes, con Alina Brouwer

La colmenita

A propósito de las sonadas destituciones en la cúpula del régimen cubano, el vetusto y enajenado convaleciente ha escrito que: «La miel del poder por el cual no conocieron sacrificio alguno, (sic) despertó en ellos ambiciones que los condujeron a un papel indigno».

Para seguir a tono con las metáforas del Reflexionista en Jefe: su desfachatez equivale a la del oso que —luego de que con sus garras crueles y su desmedido gusto por el néctar que empalaga— ha destruido el panal y ha aterrorizado a todas las abejas obreras, se dedica a acusar a los zánganos de sabotaje.

Apuntes sobre el gardeo a presión

Si usted intenta visitar el blog Generación Y, de Yoani Sánchez, así como el resto de los blogs alojados en la plataforma “Desde Cuba”, se encontrará con una nota en varios idiomas que advierte que «la página no se encuentra disponible en estos momentos».

He aquí el verdadero bloqueo que sufren los cubanos:


H/T: Rosa.

Los pro (democracia) vs. los contra(tados)

Los seis primeros minutos del video muestran nuestra manifestación en pro de la democracia en Cuba. Los tres restantes se ocupan del grupito de despistados en la otra esquina.



H/T: Enrisco.

miércoles, marzo 04, 2009

Millones de palabras

El refrán reza que una imagen vale mil palabras. Entonces, las fotos que siguen —cortesía de Alejandro López— lo dicen todo.

También recomiendo encarecidamente los álbumes que han subido a las páginas de Flicker y Kodak Adabais y Aymara respectivamente.






Ni derecha ni izquierda: ¡derechos!

Entre los saldos positivos de la reciente manifestación frente a la guarida del monstruo, Enrisco mencionaba las nuevas conexiones que hicimos, ese reconocerse los unos en los otros, en la calle, codo a codo, siendo mucho más que un grupo que se enfrenta en una tarde fría a un régimen, que para la ocasión es un edificio sordo desde cuyas ventanas semi-abiertas las cámaras toman fotos a la velocidad de la mala idea.

El domingo pasado tuve la dicha de compartir megáfono, acera y causa con la irremplazable Alina Brouwer, con ese encanto que son
Niurkita Palomino y Ley Martínez —quienes vinieron desde Miami exclusivamente para la protesta—, con ese poeta ejemplar que es mi amigo Jorge Salcedo y su adorable esposa —quienes se aventuraron desde Boston—, con Bauta y su desopilante media naranja, con mi hermano Enrique del Risco, con los ex presos políticos que residen en el área, con el artista plástico Alejandro López —que se apareció, como pedía la ocasión, vestido de escudo nacional y encadenado—, con ese imprescindible que es Iván Acosta, con el gran Paquito D’Rivera y su vida saxual… La lista de gente grata se extiende y el formato del blog —y la orquesta, que ya empezó a tocar la musiquita— me impide mencionar a cuantos me estrecharon en un abrazo: gente que vino de Connecticut, de Pensilvania, de Newton; familiares de quienes fueran arrestados arbitrariamente y sentenciados de igual forma en la Primavera Negra del nefasto 2003. Gente linda, lo digo sin reparos.

De todas estas nuevas caras ya entrañables, destaco hoy a Carmen Pelaez, la creadora e intérprete de Rum & Coke —obra que tuvo una excelente acogida de crítica y público durante su puesta en escena—. En medio de la vorágine de la manifestación, del saxo soprano del Paq-Man cantándole las cuarenta al régimen, de las voces que clamaban por una Cuba libre y de ese pueblo enérgico y viril que hacía temblar a la injusticia desde el tramo de Lexington entre las calles 38 y 39, Carmen y yo tuvimos un par de minutos (a lo sumo) para hablar de cómo hacer nuestro mensaje más efectivo; tiempo suficiente para que Carmen mencionara el proyecto “Tus Derechos Humanos”, cuyo objetivo es tan sencillo como brillante y transparente: demostrar con una serie de ejemplos de la vida cotidiana en qué consisten los derechos humanos. A tal fin, los gestores han preparado un magnífico cuaderno —que pueden consultar aquí, en PDF— cuya circulación en la isla contribuiría tremendamente a informar al cubano de a pie de sus derechos conculcados a diario.

A quienes lean esta nota, les ruego que tengan la bondad de divulgar “Tus Derechos Humanos” en toda la blogosfera y, dentro de lo posible, en la Cuba que sufre, para la cual, ya lo dijo el Maestro, dedicamos la primera palabra.

***
Foto: Carmen Pelaez.

martes, marzo 03, 2009

Paquito D’Rivera toca el Himno Nacional frente a la misión de Cuba ante la ONU



Por una Cuba con swing,
libre, diversa, pensante,
diversa en lo interesante,
menos resuelta que un ring.
Por una Cuba sin fin,
sin tanta pose ni maña,
sin el miedo y la patraña
y con un solo principio:
no ser el reino del ripio,
¡librarnos de la alimaña!

***
Clip: Fernando Villa Jr.

lunes, marzo 02, 2009

Jugamos con las blancas

El término es ajedrecístico. Indica que las piezas negras tienen la segunda jugada. Y —ya se sabe—, quien da primero, da doble. Durante medio siglo, el régimen cubano ha maniobrado con ventaja abrumadora, asestando siempre el primer golpe, obligando así a la oposición a actuar a la defensiva, a modificar su agenda en respuesta al accionar de esa eficiente maquinaria maquiavélica y represiva que es el castrismo. Sin embargo, ayer, en las calles de Nueva York, le arrebatamos la iniciativa.

Las agencias calculan entre decenas y un centenar y medio de manifestantes en pro de la democracia en Cuba. Ay, pero en su perenne obsesión con los números, benefician lo cuantitativo sobre lo cualitativo y, al hacerlo, se les escabulle lo esencial. (Sigo pensando que si hubiésemos sido cinco personas, igual habríamos representado a todos los cubanos que —por los motivos que fueren— no pudieron unírsenos en la Avenida Lexington y la calle 38).

A los cortos de vista les reitero que nuestra manifestación fue un éxito no por la cantidad de gente que logró aglutinar, sino por el hecho de que convivieron en un mismo espacio, reclamando los derechos de todos los cubanos —quienes sobreviven en la isla y quienes añoran su libertad desde el destierro— el ex preso político que purgó entre una y dos décadas en el gulag castrista hasta quien nunca le tiró una cáscara de mandarina a la claque imperante; desde quien se niega a tocar suelo patrio mientras exista un prisionero de conciencia en nuestra tierra hasta quien regresó hace un mes de un viaje de visita a la isla; desde el homosexual hasta quien hasta ayer no le habría estrechado la mano; desde el rockero hasta el guapo que no toma sopa; desde el poeta hasta quien apenas lee; desde el bloguero hasta quien difícilmente podría encender una computadora; desde el niño hasta la abuela; desde quien aplaude las ventajas del embargo hasta quien se las discute con sendos argumentos; desde el más demócrata hasta el más republicano; desde quien se opone al aborto hasta quien lo apoya; desde quien sabe que Obama es la solución a los problemas globales hasta quien desconfía del presidente pues éste se cree la última coca cola del desierto; desde el más religioso hasta quien no cree ni en lo que ve; desde quien está convencido de que el saldo total de la revolución es negativo hasta quien estima que hay proyectos rescatables; desde el refugiado político hasta el emigrante económico… Muchos de los manifestantes —sobre todo de mi generación— se me acercaron a decirme que jamás habrían asistido a una manifestación de no haber sido inclusiva. De tal suerte, la lista es larga, bella y diversa, tanto como el grupo que se congregó ayer frente a la misión de Cuba ante la ONU para exigirle al régimen de la isla que respete lo estipulado en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, de la cual Cuba es país signatario.

El éxito de la manifestación radica, entre otras cosas, en que ayer le leímos la cartilla al régimen. Esto es literal. Le leímos los artículos —de la antedicha declaración— que el gobierno de la isla viola sistemáticamente. Y lo hicimos frente a su delegación ante la ONU, que es el organismo que auspicia dicha Carta Magna.

¿Cómo es posible congregar a grupo tan variopinto en una misma esquina? Las agencias —ocupadas en agenciarse— se entretuvieron en mirar al bosque y no vieron los árboles. La respuesta es sencilla: sólo se puede aunar estas voluntades si nos centramos en un anhelo común: soñando y haciendo en aras de crear una Cuba democrática, en la que ha de haber espacio para todos; reivindicando la noción de que los derechos humanos son universales y Cuba no puede ser la excepción de esta noble regla; exigiendo la liberación inmediata de los prisioneros de conciencia; dejando al margen toda la retórica divisoria que el régimen cubano ha sembrado en la vía pública para distraernos de lo que debe ser nuestro objetivo primordial: el derecho del pueblo cubano a vivir en libertad.

Ayer aprendí muchas cosas. Aprendí, por ejemplo, lo tóxica que puede ser esa palabreja que tanto daño ha hecho, sobre todo si va antecedida del prefijo “anti”. Dígase anticastro y dejarán de escucharnos al instante. Dígase anticastro y sólo nos darán cobertura los medios del exilio cubano. ¡Y aún así se pasarán con ficha! Hoy la manifestación ha sido portada de El Nuevo Herald. Ay, pero qué titular tan torpe la acompaña. Vuelve al lenguaje del pro y el anti castrismo.

Al estar a favor de la democracia y nuestras libertades, estoy implícitamente en contra de quienes sean los que las pisotean y las conculcan. Hoy y ya durante medio siglo, los que violan esos derechos son los hermanos Castro, asistidos por una minoría que detenta el poder y se ocupa de la penosa labor de perseguir y aterrorizar a los cubanos, que sólo quieren ejercitar derechos naturales e inalienables. Vivo convencido de que nuestros derechos son más importantes que el anticastrismo. Los derechos humanos le anteceden y seguirán existiendo cuando el tirano se retire por fin al infierno que le espera. Exijamos que él, que su régimen, los devuelva al pueblo cubano y ya veremos si se nos une o no la masa.

Me dicen que hubo una contramanifestación. Y respondo: ¿a quién le importa lo que una treintena de personas que no podría ubicar a Matanzas —ni sabría el significado de dicha palabra— piense sobre Cuba? A estos tontos útiles —no es insulto; no hay otra definición posible— también les asiste el derecho a manifestarse; si deciden usar tal derecho para apoyar a una dictadura decrépita y brutal, allá ellos con su conciencia. Ellos estaban en la esquina contraria —literal y figurativamente— para distraernos de nuestro mensaje. Pero no lo lograron.

Las imágenes de nuestra manifestación en pro de la democracia en Cuba le han dado la vuelta al mundo, luego de haber sido capturadas por Reuters y seleccionadas por Yahoo!, anoche, en su Top Stories Photos. Los demócratas cubanos, que siempre hemos sido tildados de “anti”, de “contra” y que nos han colgado todos los prefijos negativos imaginables, ayer nos dimos el gustazo de cambiar las reglas del juego. En los pies de foto de Yahoo! nuestra manifestación es referida como una manifestación “por” los cambios en Cuba. (“Cambio”, no lo olvidemos, es una palabra poderosa. Lo mismo lleva a un presidente a la Oficina Oval de la Casa Blanca que es capaz de hacer que varios jóvenes cubanos sean arrestados en la isla por usar una pulsera que la lleva impresa).

Quiero destacar un detalle importante dentro de la cobertura mediática que trasciende los medios de prensa del exilio cubano. También circulan dos imágenes de la contramanifestación. Pero, en los respectivos pies de foto, son ellos los que están en “contra”. En ese caso, en contra nuestra. Que queremos el cambio.

Yo, que soy ajedrecista empedernido, que miro al mundo como si fuera un tablero de sesenta y cuatro escaques, que me aprendí los fundamentos básicos de la Ruy López a los cinco o seis años, no puedo ocultar mi felicidad al constatar que ayer, en las calles de Nueva York y con las piezas blancas, empezamos a jugar la Apertura Cubana.
***
Alexis Romay
Nueva Jersey, 2 de marzo de 2009

Orlando

Transcribo un poema de Carlos Pintado, del libro Habitación a oscuras.
***


Orlando
-Virginia Woolf-

Como el terror es sólo un ejercicio,
solitario me pierdo noche adentro,
sueño un puente sombrío y en su centro
la tibia luz me ofrece un vano oficio.

Pero el terror no es más que un artificio,
de la luz y la sombra, acaso un juego,
tiniebla que se apaga como el fuego,
tiniebla que fatal me niega el juicio.

domingo, marzo 01, 2009

Protesta en NY (Update #16): Fotos de la manifestación







La contra-manifestación:

Fotos: cortesía de Jorge Salcedo.
***
Me voy a dormir con gratas sorpresas: las imágenes de la manifestación han sido seleccionadas por Yahoo! en su Top Stories Photos (fotos 85-88).

Aquí, imágenes de Reuters.

Protesta en Nueva York (detalles)

Este post permanecerá en esta posición hasta el domingo 1 de marzo, en aras de darle la mayor visibilidad posible a la protesta que realizaremos ese día en Manhattan, de 1-3PM, frente a la misión cubana ante la ONU (ubicada en 315 Lexington Avenue, esquina a la calle 38).

Los organizadores de la protesta invitamos a todos los blogs, medios de comunicación ―del mainstream y alternativos― y a cuanta persona se solidarice con el respeto de los derechos humanos a hacerse eco de esta manifestación en pro de la democracia en Cuba.

Quienes deseen ayudar en cuestiones logísticas, no tarden ni duden en escribirnos a protesta.en.ny@gmail.com. Quienes quieran manifestar su apoyo dejando un comentario en este post, sean bienvenidos. Para los residentes de Nueva York y Nueva Jersey, este llamado es personal.

Para más detalles:
Aquí pueden leer la “Declaración de Nueva York”.


A quienes les resulte imposible venir a la manifestación, aquí pueden añadir su firma, que llevaremos a la protesta. Será una presencia simbólica, pero plena de sentido.

Hay estaciones de radio y televisión que han mostrado interés en darnos cobertura EN VIVO durante la manifestación. Tan pronto vayamos confirmándolas, serán actualizadas aquí.

Aquí pueden leer una nota sobre el permiso ―que ya tenemos― para usar altoparlantes durante la protesta.

Aquí pueden ver (e imprimir) las caricaturas y suplementos del Guamá (cortesía de Arístide, Garrincha, Ley Martínez, Alen Lauzán…).

Aquí pueden imprimir volantes para distribuir entre amigos y desconocidos.

Aquí pueden ver un segmento del programa “María Elvira Live!” que fuera dedicado a divulgar la manifestación del 1 de marzo.

Aquí pueden leer el comunicado de prensa.

En los siguientes enlaces pueden encontrar los carteles para la protesta.

Versión web:
Por la democracia en Cuba (cortesía de Jorge Salcedo)
Cartel grande, en español
Cartel pequeño, en español
Cartel grande, en inglés
Cartel pequeño, en inglés
Versión en azul-verde, en español
Versión en azul-naranja, en español

Para imprimir (cortesía de Maite Díaz):
Los afiches en alta resolución (en formato PDF) estarán disponibles hasta el 1 de marzo en los siguientes enlaces:
CUBA ¡CAMBIO YA!
CUBA ¡CAMBIO YA! Libertad y democracia
CUBA ¡SÍ! CASTRO, NO
CUBA ¡SÍ! CASTRO, NO

Las actualizaciones del blog Belascoaín y Neptuno aparecerán debajo de este post.

sábado, febrero 28, 2009

Protesta en NY (Update #15): Cuentas claras

Peaje de entrada a Nueva York a través del Lincoln Tunnel: $8.00.
Una hora en un parquímetro público de Nueva York: $2.00.
Permiso para usar altoparlantes frente a la misión de Cuba ante la ONU: $45.00.
La dicha de exigir democracia para Cuba: No tiene precio.

Declaraciones de Miguel Barnet respecto al “esplendor literario cubano”

«Escriben los generales.
Escriben los presidentes
—¡que son dos!—. ¿Los disidentes?
¡Qué bonitos soportales!
¡Qué sabrosos carnavales!
¿De qué hablaba? ¡De escritura!
¡Viva la literatura!
Hay doctores literatos.
¡Hay escritores mulatos!
¡Y hay ministro de cultura!».

viernes, febrero 27, 2009

Alerta roja: el llamado de la contra-protesta

From: Manolo E. De Los Santos [mailto:guerillerourbano@yahoo.com]
Sent: Friday, February 27, 2009 3:02 AM
To: Manolo De Los Santos
Subject: UN LLAMADO URGENTE A DEFENDER LA REVOLUCION CUBANA
La Iglesia San Romero de Las Américas
junto a otras organizacios solidarias hacemos

UN LLAMADO URGENTE A DEFENDER LA REVOLUCION CUBANA

PIQUETE A FAVOR DE LA REVOLUCION CUBANA
DOMINGO 1 DE MARZO 1-3PM
frente de la Mision Cubana - 315 Lexington Avenue

Este es un llamado urgente a todas las personas y organizaciones que apoyan a la revolucion cubana que ahora cumple medio siglo. La campaña “Cuba: ¡Cambio Ya! ha llamado a una manifestacion pro-democracia este domingo 1 de marzo de 1-3 pm frente a la Mision de Cuba ante la Naciones Unidas. Esta manifestacion ha sido descrita por la pagina en internet del cubano-americano derechista Alexis Romay como una protesta “a favor de la libertad… y en contra del regimen castrista.” Todo esto lo hemos oido antes, es una vieja tactica que trata de influir a la opinion publica y a los politicos en Washington de que el bloqueo debe ser mantenido y endurecido. Sabemos de como estas organizaciones estan financiadas por USAID, el Fondo por la Democracia y mas recientemente por la “Comision de Asistencia a una ‘Cuba Libre’” con fondos directamente de Washington.

Como Iglesia que practica una fe subversiva y el amor radical nos solidarizamos con la Revolucion cubana la cual ha sido una revolucion de los humildes, los pobres y todos los excluidos para construir aqui en la tierra la paz con justicia. Unamosnos a celebrar medio siglo de verdadera democracia para el pueblo cubano.

Trae tu voz y tu bandera este domingo 1 de marzo en frente de la Mision Cubana

315 Lexington Avenue (entre la 38th & 39th Sts. en Manhattan) 1-3pm.

¡CUBA SI - BLOQUEO NO!
¡LIBERTAD PARA LOS CINCO CUBANOS!

Auspician: Iglesia San Romero de Las Americas-UCC, IFCO-Pastors For Peace, Casa De Las Americas, Pro-Libertad, Cuba In Focus Radio Magazine, Cuba Solidarity-NY, Socialist Workers party, Venceremos Brigade, International Action Center, The A.N.S.W.E.R Coalition, Popular Education Project to Free the Cuban Five, Teatro Alerta, Committee in Support of Stella D’Oro Strike Workers
---
Manolo E. De Los Santos
Caravan Coordinator

IFCO/Pastors for Peace
Tel. 212.926.5757
Fax. 212.926.5842
e-mail: p4p@igc.org

Alerta roja

Como mencionaba anteriormente, ayer nos contactó la policía de Nueva York, para informarnos de una contramanifestación que ha sido organizada para el mismo día que la nuestra, frente a la Misión Permanente de Cuba ante la ONU (315 Lexington Avenue, esquina con la calle 38). Por tal motivo, nos comunican que debemos mover el lugar de la manifestación a media cuadra del edificio, hacia la calle 39. La contramanifestación se realizará hacia la calle 37, cruzando la 38. Por medidas de seguridad, nadie podrá estar frente a la Misión cubana, en la esquina de la 38.

Aunque nuestra ubicación es mejor, la medida no nos parece justa. Estaremos allí, sin falta. Pero vamos a intentar que la protesta se realice en el lugar original, para el cual ya se nos había otorgado permiso, con antelación al pedido de los contra manifestantes.

Estamos gestionando con líderes de derechos civiles en la ciudad de Nueva York y en nuestra comunidad en aras de ver cuál es la medida a tomar. Si algún abogado puede asesorarnos, póngase en contacto con nosotros inmediatamente a protesta.en.ny@gmail.com.

Protesta en NY (Update #14): en el noticiero vespertino de América TeVé

El periodista Olance Nogueras me entrevistará para el noticiero de América TeVé, que se transmite por el canal 41 de Miami. El noticiero puede ser visto de 5 a 6PM.

Aquí pueden ver el noticiero en vivo.

Subiré el clip al blog tan pronto aparezca en Youtube. (Reitero: Subir, clip, blog, Youtube: ¡les debo un soneto a los anglicismos!).

La manifestación del 1 de marzo será transmitida en vivo por…

El periodista Nelson Rubio ―de WQBA Univision Radio― nos confirma que su estación transmitirá EN VIVO, a partir de la 1:30PM, la manifestación del 1 de marzo.

Hay otras estaciones de radio y televisión que han mostrado interés en darnos cobertura durante la manifestación. Tan pronto vayamos confirmándolas, las iré actualizando en este post.

CubaCompanioni —mediante la plataforma Blog Talk Radio— recibirá llamadas en vivo durante la manifestación. Las grabaciones quedarán documentadas en podcast.

A todos los que se han dedicado a divulgar la manifestación, una vez más: mil gracias.

“Cuba: Revolución o Terrorismo”

Ino Martel me acaba de pasar una invitación —que extiendo a los lectores del área— a visitar mañana sábado, 28 de febrero, la muestra: “Cuba: Revolución o Terrorismo”, que presenta una cronología periodística tomada de los archivos del New York Times y otros medios de prensa, y se dedica a ilustrar los nexos entre ambos conceptos (revolución y terrorismo).

La muestra se exhibe en la Federación Mercantil, ubicada en el 4113 Palisades Avenue (entre las calles 40 y 41), Union City, 07087. El local abrirá sus puertas de 8 de la mañana a 8 de la noche.

Quienes deseen más información, no duden en llamar a Martel al número: (201) 790 1095.

Protesta en NY (Update #13): Media Update

Hoy, a las 12:30PM, en Radio Mambí (Univisión Radio, que transmite por 710 AM), el periodista Carlos Santana me entrevistará para su programa.

Protesta en NY (Update #12): Protesta y contraprotesta

Reproduzco un texto de Jorge Salcedo.
***
Ya hemos sido informados: habrá una contra-protesta. Estarán ahí, como en Barcelona, con una hora de antelación. En el mejor espíritu deportivo, confieso que me admira la puntualidad de esta gente, su proceder metódico, disciplinado, riguroso. Dan la impresión de un ejército, de un aparato o una maquinaria perfectamente engrasada.

La verdad es que bastaría con el personal de la Sede y sus allegados íntimos para montar una excelente contramanifestación. Sería un error subestimarlos. El desdeño de lo obvio y las convicciones absurdas brindan una fuerza increíble a los locos y a los santos, a los genios y a los ñángaras. Hay que tomárselos en serio.

Como esta gente no inspira los sentimientos más piadosos de los nuestros ya de por sí desasosegados espíritus, creo que más nos vale anticipar la situación y ensayar nuestro número. Sería feo lucir emocionales, novatos, a merced de los vientos que vendrán de la otra acera.

En Nueva York será imposible silenciar a los cubanos, pero no será difícil hacernos cambiar de tema. We have to stay on point. La democracia y el respeto a los derechos humanos son los objetivos que unen esta agrupación variopinta de exiliados cubanos. Las diferencias son muchas. El objetivo de la Sede será enfocar el debate precisamente en esos temas que nos dividen o distancian, y lograr una vez más ocultar por qué luchamos.

A Nueva York llegaremos como “el exilio anticastrista”, “vociferante”, “intransigente”, “rabioso” que muchos buscan perpetuar en el imaginario de América. De nosotros depende que salgamos de ahí como el más articulado y efectivo movimiento pro-democrático cubano que somos, o aspiramos a ser.

Nuestra pasión, nuestro dolor, no son los mejores aliados.