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martes, enero 27, 2009

Encuentro de la Cultura Cubana

Nos vimos poco después del mediodía en un restaurant tailandés, en el siempre chic vecindario de SoHo. Ella me traía cartas de quienes, desde la isla, aún se dignaban a escribirme. Yo le entregaría mi correspondencia destinada a los susodichos. Saludo efusivo. Intercambio de sobres. ¿Qué tal de su vida? Tutéame, Alexis. Vale. ¿Qué tal de tu vida? Por lo visto, la vida le iba bien. Ella —hermana de músico notable, hija y representante de pintor de renombre, madre de una amiga entrañable de mis años de estudiante— andaba de visita en mi ciudad adoptiva. Yo —que por aquellos días me ganaba el sustento en una editorial neoyorquina, estudiaba en las noches y escribía a deshora—, le dedicaba mi limitada y proverbial hora de almuerzo.

Pedimos algo de beber, entrantes y platos fuertes. Cuando llegaron los primeros, seguíamos practicando ese boxeo a distancia al que estamos acostumbrados los cubanos que vivimos a ambos lados del Estrecho de La Florida cuando las circunstancias nos llevan a compartir mesa: tanteábamos zonas débiles, evitábamos temas polémicos, comentábamos lo cosmopolita de Nueva York, repetíamos chistes y trivialidades…

La camarera reemplazó los aperitivos justo en el momento en que, no pudiendo aguantarme, se me ocurrió mencionar la entonces reciente ola de arrestos de la Primavera Negra. (Corría el verano de 2003). Estaba convencido de que compartíamos causa. No podía ser de otra forma. Hablé no con poco entusiasmo de los derechos de nuestros coterráneos —haciendo hincapié en que eran sus derechos (los de ella) y los míos—, sin notar que la cara de mi interlocutora se enrojecía en cuestión de segundos. Sus ojos habían comenzado a destilar un odio familiar —yo conocía esa mirada de algún culebrón de TV Globo—. De buenas a primeras, la mujer tampoco pudo contenerse y saltó en defensa de los arrestos y condenas a los disidentes, las sentencias a muerte —y los subsiguientes fusilamientos de los tres jóvenes que habían intentado infructuosamente secuestrar una embarcación, sin que del hecho derivaran heridos— y, no faltaba más, acusó a los opositores cubanos de ser agentes de la CIA.

La discusión que prosiguió no tuvo nada de original. Cada cual plantado en sus trece. A mí se me había quitado el apetito, pero no me sorprendió que mi —ya para ese entonces— rival pidiera postre. Cuando llegó la factura, la mujer todavía bufaba. Esquivó la cuenta con la misma convicción con la que momentos antes había defendido las bondades del socialismo. Pagué. No dio las gracias. Al despedirnos, me encasquetó de mala gana el beso de rigor en la mejilla. Aun lucía incómoda.

Hace seis años que su hija no me escribe.

5 comentarios:

Camilo dijo...

Alexis, me ha pasado varias veces. No es facil! Pero tambien he ido aprendiendo a esquivar ese tipo de situaciones, a dar media vuelta y no desgastarme (ni amargarme) en demasia.

Por cierto, ese poemita de arriba esta bien bueno, jejeje...

Saludos.

Jorge Salcedo dijo...

¡Bustro, qué título!…

Anónimo dijo...

Ay Bustro, ya sabemos que:
"No hay peor ciego, que el que no quiere ver"...

Saludos
F.C.

Teresa Dovalpage dijo...

Ejemplo típico de la gente que viene aquí a viajar, comer y beber de gratis y que todavía sueltan patadas. Qué vergüenza.

Anónimo dijo...

Entiendo tu posicion pero desde un situacion muy lejana tambien entiendo la de ella. Cuba, y los cubanos, no van a cambiar porque la gente de "aca" le cante las bondades y verdades de la libertad sino va a cambiar con mucha paciencia y comprension. Los de aca debemos entender que si alguien ha desgastado 50 o mas anos alla, no dicidio irse y no tiene el corage para disentir solo con comprension y paciencia se les lograra cambiar la mente. Al final del dia ella regreso a Cuba y tu regresaste a la libertad.