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sábado, agosto 09, 2008

Zapatero a su zapato

(a Eufrates del Valle e Isis Wirth, que saben hablar de La Cosa sin caer en el monotema)

Hace un par de meses, mientras caminaba las calles de Toronto, mis pasos y el azar me llevaron al Museo del Calzado. Lo que prometía ser una visita monótona —«¿qué tanto se puede decir de un zapato?», me preguntaba antes de entrar— resultó un fascinante paseo por la historia de este terrenal e imprescindible artefacto. La sorpresa y la premura no me impidieron tomar fotos y apuntes. Acá los comparto, en el orden caótico en que figuran en mi libreta de notas...
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El primer calzado del que se tiene noticia perteneció al hombre de Ötzi. El zapato —hecho de una combinación de pieles (de oso y ciervo)— libraba al portador de ampollas y lo protegía en medio de temperaturas de entre -5 y -10 grados centígrados.

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Los egipcios acostumbraban a enterrar a sus muertos con zapatos, para que no anduvieran descalzos en el má
s allá. En las suelas de los zapatos de los faraones y miembros más prominentes de la sociedad pueden hallarse representaciones de esclavos y enemigos. El significado de dichas inscripciones es literal: no sacarles el pie de encima; mantenerlos bajo sus zapatos.

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La “caliga” era un tipo de sandalia usada por los soldados y oficiales del ejército romano. El emperador
Cayo Julio César Augusto Germánico las llevaba de niño. Este señor pasaría a la historia con su más renombrado apodo: Calígula, que significa “botas pequeñas”.


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Las primeras evidencias del uso del calzado en el hemisferio occidental provienen de la
cultura anasazi (procedente de los territorios que ahora ocupan Utah, Colorado, Arizona y Nuevo México). El material que usaban para cubrirse los pies: fibra de la hoja de yuca.

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La
cultura asante llegó al poder a principios del siglo XXVIII y durante doscientos años dominó el comercio de oro (que encontraba en minas de su territorio). Dicta la tradición asante que los pies del líder no han de tocar el suelo. A tal fin, éste se hace acompañar de varios “porta-sandalias”. Las suyas —como muestra la foto— van adornadas en oro.

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En China se estimaba que el tamaño ideal en el pie de una mujer era “san zu” (7.62cm). Los pies que alcanzaban ese tamaño eran denominados “sin lian”: lotos dorados.

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En 1463, el Rey Edward IV de Inglaterra proclamó un edicto que limitaba el largo de la punta del calzado: éste debía corresponderse con el estatus social y los bienes del portador.

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Durante el reinado de Henry VIII, se pasó de los zapatos puntiagudos a los de punta ancha. La figura del monarca —quien gustaba de la buena comida— marcó la pauta en el cambio de moda.


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En la cultura judía ortodoxa, si una mujer enviuda sin haber tenido hijos, su cuñado está obligado a casarse con ella y reproducirse. Si el pariente opta por evadir el matrimonio, se realiza la ceremonia “halizah” en la que la viuda quita los cordones y luego el zapato a su cuñado, librándolo así del compromiso. En el acto, también ella queda libre de casarse con quien desee. Esta tradición fue abandonada desde tiempos inmemoriales, aunque todavía subsiste en algunas comunidades ortodoxas.
En el judaísmo hay una plegaria que se dice en el momento de ponerse los zapatos. Y, por otra parte, cuando muere un ser querido, durante el periodo de luto (“shiva”), los familiares no usan zapatos, lo que es símbolo de pobreza e indica que son pobres sin su presencia.

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En el hinduismo, la figura del pez por lo general está relacionada a Vishnú. De lo que se desprende que estas sandalias (“paduka”) pudieron haber tenido significación religiosa.

En la India, el calzado refleja(ba) el estatus del portador. Estos ejemplos de “calzado aristocrático” todavía se estilan en bodas y ocasiones especiales.

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Los monjes budistas usan calzado que refleja la cultura de donde provienen. Las botas blancas con la cinta amarilla pertenecieron a Shi Suxi, abad del templo de Shaolín. (Le fueron entregadas en su cumpleaños 68. Shi Suxi fue el abad número 30 del templo). Este tipo de zapatos era reservado para ocasiones especiales. Para el día a día, usaban calzado gris o negro. La cinta quizá era una referencia al color azafrán de su vestimenta.

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Las suelas de estos zapatos dejan huellas a la inversa (o sea, que si uno camina al norte, indican que uno ha caminado al sur). Dichos zapatos eran usados por contrabandistas holandeses poco después de la Segunda Guerra Mundial para traficar bienes racionados a través de la frontera con Bélgica.

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Ya a un par de cuadras del museo, cuando me creía libre del asedio de la peletería universal, el Dios del Calzado me volvió a sonreír. En una reja cualquiera, y sin la menor explicación, dormitaba, a sus anchas, un zapato.

14 comentarios:

Anónimo dijo...

Gracias por compartir la visita al Museo del Zapato.
Tal vez algun dia Cuba tambien tenga un Museo del zapato que comience con los famosos zapatos Ingelmo que usaba mi padre de una calidad incuestionable (antes del ano 59 por su puesto), y de ahi en adelante todo tipo de ingenio cubano, zaptos de plastico, zapatos elitistas de la tienda Primnor, dicho sea de paso radicada en Belascoain cerca de Neptuno, zapatos artesanales de piel de cualquier animal, , zapatos de tela, de soga, papel quizas alguien mas pueda extender este comentario

Omara

Anónimo dijo...

Pero se me Rajoy....!

Teresa Dovalpage dijo...

¡Qué chévere esa visita! Y mira, aprendí hasta la génesis del nombre de Calígula, eh.
Omara, quizá se puedan añadir entre los zapatos autóctonos cubanos a las botas plásticas pa la escuela al campo, las botas cañeras, los abaquetetumbo (no sé si se escribe así), los parapinga (perdón por la grosería, son esos de tacón alto, tipo plataformas que usan las jineteras), las lunanskas (otro estilo de plataforma muy popular en los ochenta) y no olvidar a la regia cutara.

Anónimo dijo...

Todos esos nombres de zapatos cubanos, no los conozco, deben ser nuevos inventos cubanos, ja, ja,
Aquí tenemos también " Le Musée de la Chausure", está en la ciudad de Romans en La Drôme, ahí se fabrican los zapatos más caros del mundo, ya lo visité y además soy folle de chausures, me gustó la visita.

Saludos
F.C.

Anónimo dijo...

En mis tiempos ( era pre-castrorica) los tacones ilusión, usados por las quinceañeras, ahora esos deben ser "tacones lejanos".

Anónimo dijo...

Los Kikos platicos deberian estar por ahi

Anónimo dijo...

Estupendo reportaje, yo soy forofa de los zapatos antiguos. Niobe.

Isis dijo...

Muchísimas gracias!, querido Bustro. Me honras y me das mucho placer, además de cómo he aprendido con tu espléndido reportaje. Y me inspiras a hacer algo sobre la zapatilla de puntas.

Anónimo dijo...

Niobe, entonces si ves mi colección
te atacas...

Anónimo dijo...

En ese museo del zapato cubano podría tener lugar preponderante la "chancleta'e palo", hecha de madera y de una tira de rueda de automóvil clavada de un lado a otro. ¡Y qué ampollan levantaban!

Eufrates del Valle dijo...

OH dilecto Bustro! Cuanto me honras con este exquisito post. (Entre nosotros, sin que nadie se entere, soy fanatico de un buen par de zapatos, porque, como decia mi abuelo, uno puedo vestir cualquier cosa, pero el calzado tiene que ser siempre de primera).

Que maravilla ese museo, tendre que volver a Ontario solo para visitar tan interesante museo. Gracias miles.

Mira, que no hay nada como un "custume national" (o viceversa, debido a mi dixlesia)... habia alguno en el museo?

bustrófedon dijo...

Gracias, queridos lectores que comentan. No exagero al confesar que son los comentarios los que me dan aliento a colgar un disparate diario. A todos, y en especial a F.C. (que lleva la voz cantante en las páginas de comentarios de este blog), mi gratitud virtual.

Por cierto, Don Eu: en este museo hay "de todo, como en botica".

Anónimo dijo...

Very cool!
Me encantó la imagen del zapato que ¿dormitaba? fuera del pasado. Ya le llegará su hora de gloria. Solo tiene que esperar unos cuantos cientos de años...
QF

Anónimo dijo...

A mi me ha parecido también muy interesante la historia que del calzado que encontre en esta páginas

http://www.montecapiel.com/ver_evento.php?id=9