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miércoles, septiembre 16, 2009

Jama y Libertad solicita firmas


Estimados amigos:

Hoy queremos promover la firma de la carta por todos los medios posibles. Sólo por hoy, les pedimos hacerlo una prioridad. No asuman que alguien más va a hacerlo. Tenemos algo más de 1900 firmas, pero estimamos que podemos llegar a 3000 si lo promovemos bien.
Hace una o dos horas publicamos el texto que aparece más abajo en Jama y Libertad y nuestros respectivos blogs y hemos hecho envíos masivos de este mismo mensaje por correo. Si tienen otra idea de cómo promover las firmas, no tienen que consultarla: ¡ejecútenla! No tenemos mucho tiempo.
***
La multiplicación de las firmas
A partir de mañana comenzamos a entregar una copia de la carta por la libertad de Pánfilo a los promotores del concierto de Juanes en La Habana. Nuestra intención no es protestar ni reclamar nada de los músicos que han tomado la decisión de promover la paz en Cuba, sino recordarles, en términos civilizados y cordiales, por qué no la hay. Vamos a incluir todas las firmas recibidas hasta pocas horas antes de la entrega. Si no la has firmado aún, por favor
¡hazlo ahora! Y ayúdanos en los foros, en los blogs, con tus contactos y allegados. Que todo aquel que esté a favor de la liberación de Pánfilo y por la libertad de expresión en Cuba, firme hoy: http://www.firmasjamaylibertad.com/Firmas.php.

miércoles, mayo 20, 2009

Noción de Nación

Hoy cumple años la República y hace un par de días, en el Vedado, unos partidarios del castrismo le partieron un brazo al escritor Ángel Santiesteban.

Hoy cumple años la República y, por la misma fecha, en Matanzas, unas turbas agredieron a las Damas de Blanco.

Hoy cumple años la República y hace menos de una quincena —a sabiendas de que viola la mayoría de los artículos estipulados en su Carta Magna— el régimen castrista fue admitido en el consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas.

Hoy cumple años la República y desde su infancia más temprana a los niños cubanos se les niega el derecho a la individualidad y se les conmina a seguir gritando que en aras del llevado y traído comunismo han de ser como el argentino sanguinario.

Hoy cumple años la República y en un reciente episodio de Heroes, y sin que viniera al caso, un
personaje secundario —de la edad de quienes en Cuba tienen que berrear cada santo día: «¡Seremos como el Che!»— es comparado con el tal Ernesto Guevara, a lo que responde que él es un “rebelde”, mientras que el antipático susodicho «encabezó una revolución», en lugar de decir, escandalizado, como lo pide el momento: «¡No me compares con ese asesino!».

Hoy cumple años la República y la semana pasada, en un evento en Depaul University, me di el gusto de llamar a la dictadura castrista por su nombre y apellido.

Hoy cumple años la República y he pedido el video de la presentación y tan pronto lo tenga lo compartiré con amigos y detractores.

Hoy cumple años la República y ¿qué hago yo escribiendo esto en New Jersey?

Hoy cumple años la República y el ambiente en la blogosfera cubana es ideal para el cultivo del cardo y de la ortiga.

Hoy cumple años la República y por cuarto o quinto o sexto o quién sabe qué número de días consecutivos me despierto sin ganas de actualizar esta bitácora.

Hoy cumple años la República y soy presa de un optimismo rebosante. No es para menos. ¡Hoy cumple años la República!

martes, mayo 12, 2009

Memorias liberadoras

He tenido muy poco tiempo para el blog en estos días. Razones han sobrado. Luego de que —hace ya un par de meses— se esfumara la oportunidad de participar en un panel sobre literatura cubana —junto a Achy Obejas y Cristina García, en Depaul University—, a finales de la semana pasada la invitación volvió al tapete. Y volví a decir que sí, en principio; que sería un privilegio y un honor compartir mesa con tan distinguidas escritoras y compatriotas.

Y entonces recibí la invitación oficial. El panel en cuestión se titula «Liberating Memories: Writers on the Cuban Revolution» (Memorias liberadoras: los escritores [hablan/comentan] sobre la revolución cubana). Aunque a eso que los organizadores llaman revolución le digo dictadura, no le presté mucha atención al desliz; total, llámenle como le llamen, en ese panel, dejaría constancia del accionar del régimen de la isla, así como de la constante represión a la que son objeto los cubanos que sobreviven bajo su bota. Hasta ahí, santo y bueno. Sin embargo, al notar que ésta era la cuarta fecha de un ciclo de conferencias que lleva por nombre «Conmemoration of the Cuban Revolution» rechacé la oferta, alegando que no podía participar en una conmemoración del régimen que provocó mi exilio y que tantas vidas ha costado al pueblo cubano. Para mi sorpresa, los organizadores me respondieron casi al instante diciendo que esto no era en lo absoluto una celebración; que la palabra “conmemorar” se usaba en este caso para “marcar” la fecha, pero no para “celebrarla” y que, de hecho, en paneles anteriores del ciclo habían invitado a Gary Marx —quien fuera, en ese orden, corresponsal en Cuba del Chicago Tribune y expulsado de la isla por sus escritos— y se había presentado el documental Conducta impropia, de Néstor Almendros.

Ante ese nuevo paisaje y luego de comentar los pormenores del evento con par de organizadores del mismo y asegurarme de que no se trataba de un cumpleaños de esos que esporádicamente le celebran al régimen de la isla algunas universidades norteamericanas, acepté la invitación a participar en el panel, que tendrá lugar mañana, miércoles, 13 de mayo, de 6 a 8 p.m. en DePaul University (Student Center, aula 315), 2250 N. Sheffield Ave. (en el entronque de Belden y Sheffield), Chicago, IL 60614.

Invito a amigos y detractores a darse un brinco. A los interesados que no puedan asistir: si consigo filmar la presentación, la subiré a Youtube y la colgaré por acá tan pronto pueda.

Me espera una jornada larga. Pero no quiero terminar ésta sin antes agradecer muy encarecidamente a Achy Obejas por haberme propuesto para este evento.

lunes, mayo 11, 2009

martes, mayo 05, 2009

Visiones

Anoche, en lo que daba cuenta de una deliciosa albóndiga, se me apareció en el plato la silueta de Cuba. Esto aconteció supongo que de la misma inesperada manera en que ha aparecido ante sus más fieles devotos —en pizzas, en muros agrietados, en la superficie menos pensada...— la imagen de la Virgen.

Por el amor de los santos inocentes —pensé—, esa endemoniada isla me sale hasta en la sopa. Luego me corregí. No me había salido en la sopa, aunque sí en el plato.

Volví a lo mío y mientras masticaba los restos de la patria comprendí que de alguna manera se cerraba un círculo: el hombre que en Cuba no veía la carne, ahora ve en la carne a Cuba.

jueves, abril 30, 2009

El sartén por el mango

Mi querida Niurkita Palomino ha organizado una cacerolada en Miami en apoyo a la que tendrá lugar en Cuba el próximo 1 de mayo. Palomino es de la estirpe de quienes secundan sus palabras con actos: valga recordar que contribuyó enormemente a la demostración del 1 de marzo en Nueva York, a cuya ciudad viajó desde Miami, con el artista gráfico Ley Martínez —su pareja y co-autor del blog Cero Circunloquios—.

Creo en gestos en pro de de la democracia en Cuba, provengan de dentro o fuera de la isla. Y creo, también, en la gente buena y las buenas intenciones. De tal suerte, transcribo la declaración para esta cacerolada y —esta vez en la distancia— apoyo a los organizadores con gran entusiasmo.
***
La Revolución Cubana acaba de cumplir medio siglo en el poder. Fue un movimiento que tuvo en sus inicios el respaldo mayoritario de la población, pues significaba entonces el fin de una tiranía y la promesa de recuperar la República, con su constitución, sus leyes y su sistema democrático.

Pocos sospecharon entonces que aquel Enero de 1959 se iniciaba la destrucción de la República; la suspensión definitiva de la Constitución del 40, de las elecciones libres, de las libertades básicas; los fusilamientos tras juicios sumarios y la violencia de las turbas en mítines de repudio; la ilegalización de todas las asociaciones políticas, económicas, educativas, sociales y culturales independientes del estado y del partido único; la represión de las iglesias y sus adherentes, el control absoluto de la economía desde el poder central como el más efectivo instrumento de sometimiento de la población; la eliminación de la prensa independiente; la división de las familias; el exilio y el presidio político más numeroso de nuestra historia; la implantación de un sistema totalitario que permitiría al nuevo caudillo imponer su voluntad en el país por los próximos 50 años.

Sin embargo, a pesar de la represión más cruda y cruel contra todo un pueblo, y después de haber usado al mismo pueblo para reprimir; y habernos hecho desconfiar y temer el uno del otro, se han levantado hoy más que nunca voces en Cuba que se niegan a ser oprimidas y reclaman junto con todos los hombres libres de la historia los derechos inalienables dados por el creador a la vida, a la libertad y la búsqueda de la felicidad. A estos hombres y mujeres que se encuentran en el primer frente de batalla queremos apoyar, hacernos eco, y brindar verdadera solidaridad patriótica. Porque sólo unidos en el propósito de derrocar la tiranía que nos oprime tenemos certeza de la victoria.

Una vez más, repetimos que la solución para la libertad de Cuba está dentro de Cuba. Porque aquellos que hoy se consideran débiles, fuertes se levantaran. Y aquellos que se consideran impotentes de espíritu, poderosos se harán. Y aquellos que son vistos como temerosos y cobardes, valientes serán. Y aquellos que son serviles, recuperarán su dignidad. Y todos juntos los de adentro y los de afuera, exigiremos la libertad hasta que la obtengamos. Porque creemos como Maceo que “mendigar derechos es propio de cobardes incapaces de ejercitarlos”. Y con Martí decimos: “vale más el hombre que clama que el que implora. Los derechos no se piden, se toman, se arrebatan, no se mendigan”.

Por lo tanto, este viernes, 1 de Mayo a las 8:30pm, haremos algo que no demandará mucho de nosotros, pero si medirá nuestra solidaridad en lo poco: nos uniremos al toque de sartén que harán Yoani Sánchez y otros hermanos dentro de Cuba para cívicamente expresar nuestro apoyo a su exigencia de ejercer el derecho de entrar y salir libremente de nuestra patria como cualquier otro ciudadano libre del mundo. Para muchos esto parecerá tenue, pero para aquellos con la valentía dentro de Cuba de sonar un sartén en protesta, será una demostración de la ebullición y el coraje de un pueblo que se niega a seguir viviendo encadenado. ¡Apoyémosles!

Ven, arrímate con nosotros y apoya a los que desde dentro de Cuba exigen sus derechos. Estaremos en el Parque de la Cubanía, en Flagler y la 17 Avenida. ¡Nos vemos!

domingo, abril 26, 2009

Décima del (des)agravio

Paisano que te acongojas
con
mi metáfora llana
sobre viajar a La Habana,
te sugiero que no cojas
el rábano por las hojas,
ni te vayas por las ramas,
que eso que dices que tú amas
ni es precioso ni es sagrado
y está visto y comprobado
que nuestro llano está en llamas.

miércoles, abril 22, 2009

sábado, abril 18, 2009

Sobre la relatividad de la belleza

No se equivocan los optimistas. El árbol es precioso. Pero está tras las rejas.

viernes, abril 17, 2009

Estira y encoge

Corto y pego. Texto e imágenes cortesía de Guamá:

Hay tantos pretextos para viajar como motivos para no volver.

Guamá presenta la opinión libre y soberana de varios aldeanos de las dos tribus dominantes del batey: los Taínovas y los Taisívas. No están todos los que no vamos, pero sí todos los que van, menos EL APOLÍTICO, los que no se meten ni en apolítica.


martes, abril 14, 2009

Apuntes de tío Matt, el viajero

El levantamiento de las restricciones de viajes a Cuba —como era de esperar— ha generado un debate sobre la pertinencia de las mismas y sobre los efectos que éstas tendrán en el futuro de la isla y el tan necesario y postergado tránsito a la democracia de ese régimen despótico, teocrático y centralizado (tres adjetivos que se usaban —en las escuelas de mi niñez y en ese orden— para describir al Egipto de aquella antigüedad faraónica).

Tengo varios amigos que viajan a la isla y que, por supuesto, regresaron a ella en los años de restricciones de viajes, al margen de éstas. No los juzgo. O intento no hacerlo. Todos han tenido motivos tan disímiles como poderosos que van desde aguantarle la mano a un ser querido mientras expira su último aliento, pasan por la necesidad de llevarle el nieto recién nacido a la abuela que añora darle besos y bendiciones y culminan en el folclórico, trivial y jamás admitido empeño de demostrar en tierra propia lo bien que se prospera en la ajena.

A mí, el levantamiento de las restricciones de viajes a la isla que ha implementado la administración Obama no me beneficia en lo más mínimo. Esto es: no tengo pensado poner un pie en Cuba mientras exista un preso político; mientras se acose y margine a diario a un sector de la población —sin importar su tamaño— por sus convicciones políticas; mientras se ejecuten esos pogromos —coordinados y aprobados a nivel gubernamental— en contra de los miembros de la oposición pacífica; mientras —como documenta el blog
Evidencias— los cubanos tengan que pasar por la humillación que presupone pedirle permiso para entrar y salir de su país al gobierno que lo ha secuestrado —y que viola la mayoría de los artículos de la Declaración Universal de Derechos Humanos; a la sazón, el 13.2, que estipula: «Toda persona tiene derecho a salir de cualquier país, incluso del propio, y a regresar a su país»—; mientras el régimen continúe pisoteando alegremente la libertad de expresión, a la par de otras libertades básicas —de asociación, de movimiento (dentro de la misma isla), ay, y otras tantas—; mientras se le niegue al pueblo cubano la posibilidad de labrarse su destino mediante las urnas, en elecciones justas y pluripartidistas...

Mi lista de objeciones al regreso es larga. Belascoaín y Neptuno —entre otras cosas— es un intento de compilarlas y sacarlas a la luz. Sin embargo, una objeción crucial, al margen de las antedichas, es que sospecho que viajar a Cuba —aun cuando se tengan las mejores intenciones— es una manera de recordarles (o echarles en cara) a los cubanos que la habitan que quienes vivimos en países democráticos tenemos derechos que les son vedados. Hay un refrán que recuerdo de mi infancia: «no hay que contar el dinero en casa del pobre». Viajar a Cuba, a mi juicio, es su equivalente.


Lo cierto es que soy escéptico en cuanto a la utilidad de estos viajes en aras de la democracia. Sin embargo, dadas las circunstancias, no puedo no desear que ojalá contribuyan a la caída del régimen. No olvido que los muros de Jericó se derrumbaron cuando «los siete ángeles que tenían las siete trompetas se aprestaron a tocarlas». (Claro, Cuba no es Jericó, y está por ver si tenemos a los ángeles de nuestra parte).

A los que decidan viajar a la isla les deseo —sin sarcasmos que hoy no profeso— un feliz reencuentro con la tierra que los vio nacer y huir de ella. También les recuerdo que, como apunta Milan Kundera en La ignorancia: «Quien echa a perder sus despedidas, poco puede esperar de sus regresos».

domingo, abril 12, 2009

Fábula del pintor canciller y viceversa

Robertico, Robertico,
que te dio por la pintura,
¡tienes la cara tan dura
como de oro era tu pico!
Tú vendes en Puerto Rico,
en Miami y en La Habana
tu
obra plástica malsana
¡y la compra alguna gente!
Mal pintor, mal dirigente,
me burlo y de buena gana.
___
Imagen:
Fotos desde Cuba.

viernes, abril 10, 2009

Hay otro país más allá de tu oreja (actualizado)

Roma pide ciertos excesos. Desandarla de uno a otro confín es uno de ellos, así que ayer salí a caminar con mi reproductor de música en el bolsillo. Mientras pisaba los adoquines de la capital italiana, pensaba en los de mi ciudad natal. El motivo: Raúl Ciro. Escuchaba una docena de sus canciones.

He seguido la obra de Ciro quizá desde principios de los noventa. No recuerdo la fecha exacta, pero sí el lugar del hallazgo. Lo descubrí en un parque. No hablo de un parque cualquiera; era el de 13 y 8, donde por aquellos días se daba cita un grupo de cantautores y su público a matar el aburrimiento que parecía devorar a la capital y al resto de la isla de un extremo a otro.

De lo que se cocinaba en este parque derivarían Habana Abierta —que fue primero Habana Oculta—, la banda de Ciro y Alejandro Frómeta, llamada Superávit —ironía suprema en un país donde lo único que abundaba era la escasez—, así como otros memorables proyectos individuales y de grupo.

Llevo años buscando en Youtube —y en cualquier parte— un video de “Villa de París”, canción de Ciro que fuera todo un himno de los asiduos al olvidado parque. Di con una sesión de grabaciones, pero sigo sin encontrar esa villa que me es tan querida; igual, no desfallezco. Ya aparecerá y entonces prometo compartirla en Belascoaín y Neptuno con mis lectores, que devendrán oyentes.

Hoy, sin que venga mucho al caso y para festejar Passover —una fecha que celebra el éxodo a la libertad del pueblo judío, fuga que siento como mía—, en lugar de “Villa de París”, los invito a escuchar “Déjame cuidarte”, una exquisita canción de Ciro, interpretada por Yalica Jo, con Roberto Fonseca al piano.

La grabación data de 1998.



Postdata: Para completar los créditos, transcribo un fragmento del comentario que ha dejado Ciro en este post: «Ahora, no sólo participan Yalica, y Robertico, también están el gran Félix Lorenzo, y el gigante Abel Omar Pérez. Además, mi amigo Abelito González registró el audio en un casete cromado a la vieja usanza. Qué temperatura».

Ya que estamos, hago una breve pausa para recomendar una canción titulada “Natalia”, que es de donde saqué el verso que titula este post. Y, sin más, vuelvo a darle la palabra a Ciro: «Cambiando de tema... Escuchen, por favor, sobre todo el segundo tema de este vídeo a contraluz, de una presentación de Alejandro Frómeta en Sevilla. Escuchando esa versión de nuestra “canción de cuna patriótica”, uno entiende muchas cosas».

Y otra vez no pude evitar meter la cuchareta. Como apunta Ciro, el video de la presentación de Frómeta incluye dos canciones. La segunda —que empieza a partir del minuto 4— demuestra qué se puede hacer con un himno nacional cualquiera; en específico, el nuestro. Me ha puesto los pelos de punta.

jueves, abril 09, 2009

¡Coge tu Guamá aquí!

Publico la media página que me corresponde de la más reciente, hilarante y muy escatológica sedición especial del diario que no defiende principios ni personas… Ya lo dijo quien lo dijo: ¡Si es Guamá tiene que ser bueno!

domingo, abril 05, 2009

Historieta con final feliz

Reproduzco una historieta inédita que Arístide me enviara —a raíz de la manifestación en Nueva York— y en un descuido traspapelé. Pero no importa lo tarde si, como es el caso, la dicha es buena.




lunes, marzo 30, 2009

En lo tocante (divertimento disonante)

No tocar el pan, que no es un piano.
No tocar la tecla que está suelta.
No tocar la melodía revuelta
que canta desde el fondo del pantano.

No tocar el pan, aunque es de flauta.
No tocar la flauta que no es nuestra.
No reinventar la música siniestra.
No respetar la clave ni la pauta.

No toques, que aquí todo está prohibido
—y lo que no lo está es obligatorio—
y quien quiera tocar será tocado

y el toque no será tan divertido:
nada de Paraíso: ¡Purgatorio
donde todo lo que es, es trastocado!
***
Y dice Jorge Salcedo:

No me toques el pan, que no es un piano,
no me muerdas el pan, que está caliente,
no lastimes mi flauta con tu diente,
cuidado, Macorina, con la mano.

Si tienes hambre, saborea el habano,
saborea mi música silente,
un cable azucarado es tu presente,
el cielo de tu boca es mi verano.

Si quieres pan, avisa a tu pariente;
dile que el cambio es duro pero el hambre
todo lo puede, y el amor lo paga;

dile que mande más, que estás pendiente,
que sufren tus mandíbulas calambre
de tanto comer pinga y verdolaga.
___
Foto: Fernando Mata Galileo (en Flickr)

miércoles, marzo 25, 2009

Una “entrevista”

Leo con angustia que el escritor Orlando Luis Pardo Lazo ha recibido una citación policial para “ser entrevistado” hoy, en la estación de la Policía Nacional Revolucionaria del municipio Diez de Octubre. La nota oficial apunta que «de no asistir a esta citación podrá ser multado según lo establecido en la ley penal vigente».

De tal suerte —que es desgracia—, deseo para Pardo Lazo —y para todos los cubanos que habitan en la isla— un derecho que me asiste en mi tierra adoptiva y que queda recogido en la Cuarta Enmienda a la Constitución (de los Estados Unidos):

«El derecho de los habitantes de que sus personas, domicilios, papeles y efectos se hallen a salvo de pesquisas y aprehensiones arbitrarias, será inviolable, y no se expedirán al efecto mandamientos que no se apoyen en un motivo verosímil, estén corroborados mediante juramento o protesta y describan con particularidad el lugar que deba ser registrado y las personas o cosas que han de ser detenidas o embargadas».

lunes, marzo 23, 2009

Tema del traidor

Roma paga a los traidores,
aunque también los desprecia:
esa Roma triste y recia
plagada de delatores,
repentistas, oradores
que tocan trompeta y tuba
y hacen que su canto suba
al oído del imperio.
No se rían, que esto es serio:
¡Roma transmutada en Cuba!

domingo, marzo 22, 2009

Sting: “Ellas bailan solas”

Esta bella canción de Sting —quien hace poco más de un año viajó a La Habana a tomar clases de baile— me transmite una tristeza doble: por las madres de la Plaza de Mayo y por el calvario de nuestras Damas de Blanco, a quien nadie les canta. Tenemos que hacer algo a este respecto. Hace falta que alguien vaya a Cuba a cantarles una canción así. Ellas sí que marchan solas. Solitas en alma.



Aquí el original en inglés: “They Dance Alone”.

jueves, marzo 19, 2009

Revista Caleta: “Apuntes en blanco y negro”

El próximo número de la revista Caleta —que en menos de una quincena verá la luz de estanquillos y librerías en Cádiz y el resto de la península— ha sido dedicado a los últimos 50 años de literatura cubana.

El listado de autores que conforma dicho dossier es largo y variopinto. No destaco a ninguno —para evitarme la tarea de tener que excluir a otros—, pero sí dedico el texto mío que figura en dicho número a quienes fueran sus dos primeros (y muy sagaces) lectores: Enrique del Risco y César Reynel Aguilera.

A la revista Caleta y —en específico— a su editor, agradezco la gentileza de dar el visto bueno a la publicación de mis “Apuntes en blanco y negro” en Belascoaín y Neptuno.

A los habituales, una advertencia: la extensión del texto que sigue se aleja un poco de lo acostumbrado para el formato de blog, pero, queridos amigos, no sólo de décimas y sonetos vive el hombre.

***
APUNTES EN BLANCO Y NEGRO

Todos conocemos el chiste: Fidel Castro arenga —en los albores de aquello que cínicos y optimistas decidieron llamar “la Revolución Cubana”— a una multitud enardecida. Grita que a partir de ese instante ya no habrá más blancos o negros en la isla. Explica que una verdadera revolución no se puede permitir esas distinciones. Y decreta que, de ese momento en adelante, todos serán verdes. La jauría chilla. La emoción es tangible. Los verdes en el público se abrazan. Algunos lloran. Otros se desmayan. En esas, Castro se aclara la garganta, da dos golpecitos en el micrófono con su dedo índice —ese índice que dictaría los destinos de millones de sus, ay, súbditos— y proclama: «Los verdes claro, para acá; los verdes oscuro, para allá».

Recreo esta broma de mal gusto pues hace un par de semanas, R., un entrañable amigo —cubano y escritor, aunque, según él, también tiene otros defectos—, me preguntó cuándo había descubierto que era negro. (Dicho sea de paso, R. no es su inicial verdadera: en este texto, los nombres, qué nombres, las iniciales de los implicados han sido cambiadas para proteger a inocentes y culpables). La pregunta me tomó por sorpresa. Creo que bebíamos unas copas. Creo que me atraganté al escucharla. Y creo que no supe contestarle. Quizá debí haberle dicho que no había una línea divisoria precisa; que no me era posible determinar el momento exacto en que había tomado eso que, si me perdonan el lugar común, denominaría conciencia étnica. El conocimiento, ya se sabe, es paulatino.

La pregunta de mi amigo puede resultar —a no-cubanos y a simple vista— torpe, poco seria o irracional, pero les aseguro que no lo es, máxime viniendo, como antes dije, de un avezado y avisado escritor de la isla. El hecho de que ambos hayamos nacido y crecido después del “accidente” propicia y justifica su duda, pues entre otros espejismos e ilusiones ópticas, dicho proceso (a)histórico se encargó de diseminar en suelo patrio y —sobre todo— en sus afueras la idea de que el racismo había sido erradicado de plano con la llegada de los barbudos al poder, en aquella prehistoria que fue el umbral de los años sesenta.

Para responderle (por escrito) a mi amigo, he decidido establecer una cronología mínima, una suerte de mapa personal que recoja los incidentes raciales que, para bien y mal, me configuraron. Ante todo, debo insistir en que durante mi infancia la raza como tal no estuvo presente. Ya adulto —y en el exilio— comprendería que la oración anterior es una falacia. La discriminación racial, al igual que su contraparte —que en Cuba no es la aceptación o la tolerancia, sino la negación más tozuda de la existencia de dicha discriminación racial— estaba en todas partes. Por tanto, me corrijo: la raza no estuvo presente de un modo que fuera obvio para un infante que aún no había leído a Caín.

¿Dónde y cuándo comenzó a hacerse sentir la diferencia cromática?

Gracias (es un decir) a que mi padrastro era militar —la autora de mis días pudo haberse jactado en su juventud de un pésimo gusto en materia de hombres—, pasé mis primeros años dando tumbos por toda la isla, con mi madre y este señor que me llevaban al retortero: a Camagüey, Santiago de Cuba, Holguín, otra vez Camagüey y, por fin, de regreso a La Habana, luego de una odisea de casi ocho años por el centro y el este del país.

De mi época en el (medio y lejano) Oriente, recuerdo haberme codeado con parte de la vieja y nueva alcurnia camagüeyana; haberme curado los ataques de “tos perruna” en unas obstinadas escaladas de nuestro Fiat Polski (o polaquito), el pobre, a La Gran Piedra; haber cargado infinitos cubos de agua hasta un quinto piso de un horroroso edificio santiaguero, mientras aprendía a querer y a odiar la conga que tenía el don de la ubicuidad en esa región del país; y recuerdo una sensación de malestar que no me abandonó durante el tiempo que pasamos en Holguín, un lugar que me era inhóspito desde su nombre agudo, hasta sus paisajes anodinos y su clima árido.

Para mi sorpresa actual, lo que resaltaría negativamente en mi regreso a La Habana —con doce años aún por cumplir—, no sería el tono de la piel, sino —para citar un blog que frecuento— el tono de la voz. Por aquel entonces, cursaba el cuarto grado y cantaba como el más consagrado tomeguín. (Nota a los no-cubanos: en el este del país no se habla: se trina). Bastó una semana de burlas despiadadas a mis cantares —provenientes de maestros y alumnos— y un sábado y un domingo en casa empeñados en aprender a pronunciar “páq-que” (versión habanera de “parque”) en lugar de su homólogo oriental: “palque”… a la par de otras lindezas fonéticas imprescindibles para dejar atrás ese pesado lastre. Que lo de negro va y pasa, ¡pero además santiaguero!

Ronda nocturna
La única vez que dormí en una estación de policía fue hace un par de décadas. Eso de dormir es una artimaña narrativa. No pude pegar un ojo en toda la noche. Al miedo ―aquel ente palpable― y la incertidumbre de verme en un cuarto de la temida y hasta entonces mitológica Quinta Estación de Policía de La Habana, se sumaban los dieciséis años que estaba por cumplir y el desconcierto al no entender qué había hecho para ir a dar a lugar tan aciago. Lo sorprendente del arresto de la noche anterior era precisamente que no había hecho nada. No quiero decir nada heroico o digno de mención. Digo nada. Horas antes, deambulaba por el Vedado con dos o tres amigos, luego de pasar un fin de semana acampados en algún punto distante del litoral norte. Recuerdo que a esta modalidad de campismo, por aquellos tiempos, le llamábamos «guerrilla» (tan en boga estaba el lenguaje bélico en la isla). Y, guerrilleros al fin, regresábamos a la capital andrajosos, hambrientos, felices, con ese buen humor que es a ratos producto de la adolescencia, de no tener la más mínima idea de qué pasa alrededor de uno y de creer que en realidad se vive en un país libre, cual solamente puede ser libre. Debo aclarar que el ambiente a nuestro alrededor también se prestaba para entusiasmos: andábamos en época de carnavales.

Luego de sobrevivir el viaje en unos camiones que nos dejaron en Santa Cruz del Norte y soportar el errático tren de Hersey, la quejumbrosa lanchita de Regla que nos cruzó ―como pudo― La Bahía y aquella guagua Girón que nos adelantó hasta el Páq-que Maceo, nos unimos por inercia al molote y ―evitando discusiones, puñaladas y el orine que se escurría de los baños públicos instalados de cualquier manera y a intervalos irregulares a lo largo del Malecón― caminamos rumbo oeste hasta que, ya hastiados de tanto gentío y tanto desentonar con aquella indumentaria, dejamos el Malecón y nos adentramos en una calle cualquiera.

Hasta ese momento jamás había oído hablar de zonas congeladas.

Las circunstancias del arresto fueron ―ahora lo sé― predecibles, pero no por eso menos arbitrarias. Sin darnos cuenta, habíamos entrado en el área de la Oficina de Intereses de los Estados Unidos. No tuvimos tiempo de regresar sobre nuestros pasos. Puntual como las abejas, un policía ―y luego otro y otro― se nos acercó para pedirnos el dichoso carné de identidad. Y por cuenta del pigmento de esta piel mía y el hecho de que «mi documento no estaba en orden» ―le faltaba la foto, algo que, si mal no recuerdo, era obligatorio luego de cumplir los catorce años―, en menos de lo que se cuenta nos habían detenido y nos conducían a la infame estación.

Hago un aparte: en este grupo, yo era el único “ciudadano con características” —eufemismo que sería puesto de moda entre la fuerza policial capitalina de los noventa para describir a hombres (jóvenes, por lo general) mestizos o de la raza negra—. El carné de identidad de uno de mis amigos tampoco tenía la foto reglamentaria, pero no pasó nada. El socio era blanco. Fue al llegar a mí que ardió Troya. Establecer esa conexión entre la piel y el arresto, por raro que parezca, me tomaría años. No hay que olvidar que había crecido escuchando una y otra vez las bondades de la Revolución, mientras me repetían —mi padrastro, sus colegas, cualquier imbécil que estuviera a tiro— que en la Cuba de Batista o en Estados Unidos yo sería un simple limpiabotas. (¿Han notado que aún persiste un fetiche nacional con la idea de los negros arrodillados frente a los blancos? La imagen del limpiabotas capta la esencia de este capricho erótico a plenitud).

Regreso a la Quinta Estación, de la que nos soltaron a eso de las 4 de la mañana. El padre de uno de mis amigos, un flamante coronel del Ministerio de las Fuerzas Armadas, se personó e intercedió por el grupo. (Desde aquí, una vez más, le doy las gracias). Hasta esa tarde que devino noche y madrugada, creía —con la inocencia propia de la edad— que la Revolución era la causa justa por excelencia. Alguien ha dicho que a nadie le duele un pisotón en el juanete ajeno. Y sólo entonces la bota castrista hacía su debut en mi pie. Ya llevo casi una década de vida en los Estados Unidos —¡y sin limpiar zapatos!—, o lo que es lo mismo: nueve años de no temer a que un gobierno totalitario me pise los callos, pero ahora que escribo esto no puedo menos que recordar el horror que comenzó ―y que ya no me abandonaría en mi vida en el archipiélago antropófago desde― aquella tarde remota en que La Revolución me llevó a conocer el miedo.

Los (primeros) pasos (perdidos)
Crecí con amigos de todos los colores imaginables. Y en el patio de recreo de la escuela no había razas. Tampoco las había en la cancha de fútbol, el terreno de pelota o el mismo mar de todos los veranos. En teoría, todos éramos iguales. (A mis espaldas, ya Orwell había sentenciado que «todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que los otros»). De tal suerte, varios de mis amigos de infancia me trataban como si fuera un hermano. Y la hermandad era sincera y mutua. Mientras no me tuvieran de cuñado.

Arte (facto)
Para demostrar que existe la justicia poética —y de paso cerrar un ciclo que abrieran los prevaricadores que anunciaban el fin del mundo en mi infancia en la isla—, descubrí que no era negro precisamente en Estados Unidos. El hallazgo ocurrió a principios del 2001. Unos meses antes había ideado un plan para traer de visita a Nueva York a mi madre y a F. —mi mejor amigo de mis años en la universidad—. ¿En qué consistía esta fuga que nada tendría que envidiarle a Bach o a los milimétricos cálculos de Papillón? La cosa era sencilla. Le presenté a una galería ubicada en Chelsea (Manhattan) un proyecto de exposición colectiva en el que un grupo de artistas cubanos, residentes en la isla, exploraría temas raciales. En vista de que F. era —y es, hay cosas que no cambian— blanco, no limité la participación en el proyecto a artistas negros.

Aunque Rush Arts Gallery se abarrotó durante la inauguración y llovieron las palmaditas en el hombro, la muestra (en su conjunto) no fue buena. Tampoco tenía que serlo. No me interesaba hacer carrera como curador de arte en este país. Me interesaba el reencuentro en estos predios y luego de par de años con mis seres queridos.

Durante la preparación de este show hubo un episodio que no dudaría en tildar “endémico de Cuba”. Le había enviado una carta a mi madre —que por aquellos días era rehén, es decir, vivía en La Habana—, explicándole el proyecto y el tema central de la muestra: las diferencias raciales en Cuba. La misiva, sin yo saberlo y por motivos que en esta ocasión no vienen a cuento —pero que tienen que ver con esa falta de privacidad que corroe a mi tierra—, cayó en manos de S., amigo también de los años de universidad, borrachín ilustre y trovador demérito, o sea, de mérito. Y S. se sintió en la necesidad de responder a una carta que no iba dirigida a él y —de paso— a mi osadía, blandiendo ese tabla de náufrago de la mente esclava: que los trapos sucios se lavaban en casa; que yo no tenía derecho a hablar de racismo en Estados Unidos, país rociado con la sangre de Martin Luther King, Malcolm X y otros tantos activistas negros. Mi respuesta fue simple: yo había lavado —y a él le constaba— esos trapos sucios en La Habana, pero acá había agua y mejor detergente. Esto que cuento en tres o cuatro líneas fue un intercambio de casi veinte folios que marcó el inicio del fin de nuestra amistad —que había nacido entre apagones, escasez general, pedazos de pan compartidos entre pocos y que, por ende, intuía indestructible—.

Pero decía que descubrí en los Estados Unidos que, después de todo, no, que no soy negro. No encajo en este grupo racial norteamericano. No soy parte de su cultura, no domino sus modismos. No me identifico y no me identifican. Tal es el caso que, si eres latino —esa inocua sombrilla que nos agrupa y desdibuja, esa fantasía anglo—, sin importar el color de tu piel, en el censo de este país tienes una casilla reservada que te denomina “hispano” —o cualquiera que sea el término que la corrección política nacional haya autorizado para ese día—.

La balanza
Mientras esperaba el momento de solicitar la residencia y normalizar mi vida de inmigrante —en otras palabras, en los meses que estuve ilegal en Estados Unidos—, no sentí el miedo que consumió mis años de desandar las calles de mi ciudad natal, como el ciudadano de segunda que era: otro más que malvivía ateniéndose a los muy estrictos parámetros de la ley. Hubo días en los que en las diez cuadras de trayecto a mi trabajo —era maestro de una secundaria básica en el centro habanero barrio de Cayo Hueso— era detenido por casi igual número de agentes del orden, cuya labor al parecer radicaba en pedirme el carné de identidad, comunicarse con su unidad policial para obtener información sobre mi persona y, confirmado lo confirmado, dejarme seguir mi camino… hasta que me detuviera a unos pocos metros el próximo policía. El mismo oficial que me había detenido el día anterior. El mismo oficial que me detendría el día siguiente. Sin embargo, cuando caminaba en plan alien por Nueva York, al toparme con un policía, jamás me sudó la frente, nunca me puse nervioso. ¡Hasta perdí el recelo a interactuar con ellos! Y, horror de horrores, ¡me devolvían el saludo!

La ilusión, la realidad
S. —el autor de la carta de repudio en respuesta a la exposición que organicé en Chelsea y titulé “Tenía que ser negro”— es, por supuesto, blanco. Me atrevo a decir que su primer encontronazo con el racismo fue ya de adulto, en La Habana de finales de los noventa, mientras caminaba por los alrededores del Teatro Nacional, o lo que es casi lo mismo, en el área de la Plaza de la Revolución con C. —que es negro, víctima del Síndrome de Estocolmo y vive en Alemania—. Un policía los detuvo, y le pidió el consabido carné de identidad (h)únicamente a C. S., que además de blanco y buena gente era naïve, le quiso entregar su documento al policía, pero éste le espetó que no hacía falta, que sólo quería ver los papeles de su acompañante. Dicho policía —y el detalle es importante: a esto en inglés se le llama racial profiling— era negro. S., que además de blanco y buena gente era porfiado, reiteró el reclamo. Y, para su desgracia, quizá citó a algún poeta maldito —que el policía jamás había escuchado mentar— e hizo una leve referencia a la discriminación racial —sugiriendo que el agente del orden en ese momento pecaba de dicho mal, violando así la primera ley de la subsistencia en Cuba: ¡Jamás llames racista a un negro!—. S. no esperaba la trifulca subsiguiente, como tampoco se imaginaba que este acto le haría dar con sus huesos en una estación de policía. A C. —esposado aunque sin matrimonio a la vista— no le sorprendió pasar la noche tras las rejas.

La génesis
Todo este rodeo para responderle a mi entrañable amigo su inesperada y muy sagaz pregunta. Lo cierto es que el estigma estuvo presente mucho antes de mi infeliz encuentro con la policía en La Habana de los ochenta. Y lo cierto es que mientras más lo miro, más se parece a un culebrón mexicano o brasilero, pero de los peorcitos. En este punto no resulta ocioso ni baladí señalar que mi padre, oh ironía, es daltónico. Pues bien, este caballero —y aquí lo saco del clóset racial: hijo de mulato achinado y de blanca, hombre de piel ídem y de pelo “que engaña” (esto es, que si lo corta bajito, no hay quien le haga esa pregunta que ha aterrado a tantas familias cubanas a lo largo de los años: «¿Y tu abuela dónde está?», refiriéndose, obviamente, a la posibilidad de un ancestro negro)—, quedó prendado de una belleza mestiza, pero al parecer —a mí no me crean, que no me gustan los melodramas y a estas alturas todavía nadie me ha pasado el casete de arriba abajo—, la relación no fue bien vista por mi futura familia paterna y, en medio de las presiones y los «yo no estoy para hacer trenzas», se llamó a capítulo y se separó de mi madre en pleno embarazo.

Pasó el tiempo y pasó la guagua para Alamar. Y casi tres años después, cuando le apareció a mi madre un pretendiente rubio, de ojos azules —que si la cosa funcionaba le iba a criar al negrito—, mi abuela y algunas de sus amigas empezaron a meterle a ese señor por los ojos. Y tanto da el cántaro en la fuente… El tipo era un troglodita. Era un asno con garras. Si se caía comía tierra, que la hierba es para los rumiantes.

Pero era blanco.

Así es que para responderle a mi amigo, sin caer en la tentación de los pañuelos sacados, tengo que hacer uso del condicional. Si por descubrir se entiende una imagen inteligible y consciente de la realidad, no me queda más remedio que referirme al primer episodio con la policía; por el contrario, si la palabra “descubrimiento” se extiende hasta abarcar ese concierto de señales e impresiones que un feto recibe de su madre, entonces tengo que reconocer que la primera noticia de mi negritud la tuve en la dulce oscuridad del vientre materno.

Nunca fui verde.

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Alexis Romay
New Jersey, 15 de octubre de 2008