No tocar el pan, que no es un piano.
No tocar la tecla que está suelta.
No tocar la melodía revuelta
que canta desde el fondo del pantano.
No tocar el pan, aunque es de flauta.
No tocar la flauta que no es nuestra.
No reinventar la música siniestra.
No respetar la clave ni la pauta.
No toques, que aquí todo está prohibido
—y lo que no lo está es obligatorio—
y quien quiera tocar será tocado
y el toque no será tan divertido:
nada de Paraíso: ¡Purgatorio
donde todo lo que es, es trastocado!
***
no me muerdas el pan, que está caliente,
no lastimes mi flauta con tu diente,
cuidado, Macorina, con la mano.
Si tienes hambre, saborea el habano,
saborea mi música silente,
un cable azucarado es tu presente,
el cielo de tu boca es mi verano.
Si quieres pan, avisa a tu pariente;
dile que el cambio es duro pero el hambre
todo lo puede, y el amor lo paga;
dile que mande más, que estás pendiente,
que sufren tus mandíbulas calambre
de tanto comer pinga y verdolaga.
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Foto: Fernando Mata Galileo (en Flickr)