¡Este blog se mudó a http://belascoainyneptuno.com!

Espera unos segundos para redirigirte automáticamente al nuevo sitio. Si no funciona, visita
http://belascoainyneptuno.com.
De paso, actualiza la dirección en tu blogroll y en tus “favoritos”. ¡Gracias!

Mostrando entradas con la etiqueta Viajes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Viajes. Mostrar todas las entradas

lunes, mayo 04, 2009

Es país para viejos

Vagando por las lentas galerías de la Saatchi Gallery, di con la número 13, que está ubicada en la planta baja del magnífico recinto. “Asilo de ancianos”, la instalación que ocupa dicho espacio, obra de los artistas chinos Sun Yuan y Peng Yu, está compuesta por trece esculturas de ancianos a tamaño natural e igual número de sillas de ruedas dinamoeléctricas en las que estos pasean, mal que les pese, sus vetustas humanidades.

(Antes de continuar, un paréntesis: Sun Yuan y Peng Yu son dos de los artistas chinos más controversiales de estos tiempos. En obras anteriores han usado desde animales vivos, pasando por tejido humano hasta cadáveres de niños para abordar tópicos disímiles y esdrújulos).

En “Asilo de ancianos”, las sillas de ruedas tienen unos sensores de movimiento que impiden que choquen con los espectadores. Por más que me crucé a propósito en sus trayectorias, ninguna de las sillas de ruedas me rozó ni con la intención. Sin embargo, nada impidió que éstas chocaran entre sí una y otra vez. Aunque lentamente, las vi embestirse con la saña que les es dada a las máquinas, muy al margen de la voluntad de sus involuntarios pasajeros. Esto es curioso y cumple con cierta justicia poética, pues en dicho asilo están obligados a coexistir patriarcas de religiones antagónicas y ancestrales con creadores de cultos nuevos; héroes y antihéroes de ambos lados de la cortina de hierro han quedado a merced del libre albedrío de las sillas que cargan con sus ya gastadas medallas, osamentas, ideologías…






































































sábado, mayo 02, 2009

Arte y Oriente Medio

Cuando les comenté que después del periplo romano pasaría casi una semana en Londres, varios amigos me recomendaron que no dejara de visitar el Tate Modern, el Tate Britain y el British Museum. Las tres sugerencias son muy loables. Y, dentro de lo que cabe, les cumplí (a dos tercios). Sin embargo, me permito añadir y subir al tope de la lista a otro sospechoso habitual: Saatchi Gallery.

Quienes sigan mi consejo en la próxima semana, darán con la excelente muestra “Unveiled: New Art From the Middle East”, que se exhibe desde el 30 de enero hasta el próximo 9 de mayo y presenta a una veintena de artistas contemporáneos del medio oriente. (Para algunos de los incluidos en “Unveiled”, éste constituye su debut en el Reino Unido. Lo que se dice: empiezan con el pie derecho).

De todos, destaco la impactante obra de
Shadi Ghadirian y Kader Attia. Ambos comentan, desde ángulos complementarios, temas concernientes a la relación mujer-islam.


Las fotos que aparecen arriba son propiedad de la galería. Las que siguen, de mucho menor calidad, provienen de mi cámara.



































sábado, abril 25, 2009

Los inocentes

Regreso de una visita que, por conveniente, había sido pospuesta hasta el infinito y más allá. Me refiero al Mausoleo Ossario Gianicolense, ubicado en la colina que debe su nombre a Jano bifronte.

Entro al recinto. Le doy una vuelta a la plazoleta. Me cuelo entre sus muy rectangulares columnas. Tomo fotos que servirán de monumento al monumento y recuerdo que el origen en latín del término que aquí repito es, precisamente, “recordar”. Me entretengo mirando esas siglas que alguna vez indicaron la pertenencia al senado y al pueblo de Roma —SPQR— y no puedo evitar que me sobrecoja un poco el carácter marcadamente fascista de este tipo de arquitectura.

Me siento en un banco y me distraigo (aunque no en ese orden). Para darles un respiro a los problemas de ajedrez, resuelvo un ejercicio de sudoku y se me va el tiempo entre números que encajan y desencajan. Cuando salgo del puzle matemático, la rigidez de las columnas y la pesadez del memorial a los caídos en la defensa de Roma me empaña la mañana, que, por lo demás, es en extremo luminosa. Pienso en los inmolados —de la bota italiana, del caimán caribeño—, en quienes dieron la vida en nombre de la Causa, cualquiera que ésta fuese. Y me viene a la memoria aquella fatídica y redundante consigna que me persiguió desde que tuve conciencia hasta que me fugué de la isla.

Se me ha nublado el día. Busco refugio en las áreas verdes que rodean al complejo arquitectónico y entonces los veo. Son dos —como la canción del general—, dos perros que juegan en la hierba, al margen de la ciudad y su historia, desentendidos de todos y de todo: desde la ambulancia que sube la colina a revientacaballo hasta mis ganas de divulgar por todos los confines
las víctimas de ese proceso que algunos llaman “revolución cubana”.

Miro a los cachorros mataperrear, ajenos al cubaneo, a la maldita suspicacia por todas partes y a la sombra nefasta de ese régimen que sigue detentando el poder en mi tierra. Entonces pienso en los cientos de miles de compatriotas que viven en países democráticos y en el no minúsculo por ciento de ellos que prefiere no meterse en política para garantizarse la entrada y la salida en su tierra natal y, en términos generales, una vida más llevadera.

Me entran un cansancio y un desánimo difíciles de describir. Sé que pasarán y que en breve estaré escribiendo alguna décima burlona, desgranando un soneto satírico, buscando una nueva manera de mofarme de los hermanos Castro y su decrépita dictadura cincuentenaria. Pero admito que en un instante de flaqueza, añoro ese candor animal —de los cachorros, de los cubanos que prefieren desentenderse de la realidad de la isla—, esa inocencia, por suerte, ya irrecuperable.

sábado, abril 18, 2009

Sobre la relatividad de la belleza

No se equivocan los optimistas. El árbol es precioso. Pero está tras las rejas.

viernes, abril 17, 2009

Estira y encoge

Corto y pego. Texto e imágenes cortesía de Guamá:

Hay tantos pretextos para viajar como motivos para no volver.

Guamá presenta la opinión libre y soberana de varios aldeanos de las dos tribus dominantes del batey: los Taínovas y los Taisívas. No están todos los que no vamos, pero sí todos los que van, menos EL APOLÍTICO, los que no se meten ni en apolítica.


lunes, abril 06, 2009

Viajes a Cuba: entre las buenas intenciones y el mal gusto

Reproduzco un texto (*) de Teresa Dovalpage.
***

Aquellos que dicen: “Me gustaría ir a Cuba antes de que cambie” no lo hacen con el objetivo de insultar. Es más, puede que incluso tengan buenas intenciones. A fin de cuentas, lo único que quieren es ver Buicks y Fords de los años cincuenta, esos que parecen haber salido de un episodio de Twilight Zone, como me dijo no hace mucho un profesor retirado —un profesor que porta una gorrita a la Che Guevara, por cierto—.

Generalmente los que así se pronuncian suelen prestarse, encantados de la vida, a echarles una mano a los nativos. Así le he mandando a mi madre, que todavía vive en La Habana, un montón de paquetes con amigos americanos. Americanos buenas gentes, nada feos, a quienes no se les ocurriría decir, por ejemplo: “Me gustaría visitar Guantánamo antes de que cierren la prisión”. Ni mucho menos: “Ojalá hubiera podido ir a Auschwitz antes de la liberación”.

Claro que estoy exagerando. Una no puede comparar a un país entero, no importan cuán represivo sea su gobierno, con una prisión o un campo de concentración. Y sin embargo, Cuba, los campos de concentración y las prisiones tienen algunas cosas en común. A saber: sus habitantes no pueden dejar el lugar sin permiso, comer los alimentos que prefieran, expresar sus opiniones ni practicar su religión libremente, por sólo citar unas cuantas.

Cuando mis amigos americanos me dicen que piensan visitar Cuba —ilegalmente en la mayoría de los casos— siempre les contesto: “Bueno, vayan y fíjense bien en cómo son las cosas por allá”. Mi esperanza es que mientras se pasean en esos carros del año del ruido noten también los edificios destruidos, los ómnibus repletos y malolientes bautizados como camellos, las bodegas vacías y el monótono tiquitiqui del discurso oficial.

Pero, ¿lo notarán? No es fácil atisbar a través de la cortina sanitaria que envuelve a los turistas extranjeros apenas aterrizan en la isla. Los turistas se quedan en hoteles en los que hasta el 2008 no se permitía a los cubanos alojarse ni siquiera una noche. (Ahora se les permite, suponiendo que puedan pagar por su estancia en moneda dura). Los turistas viajan en ómnibus con aire acondicionado y no en camellos apestosos. Van a cenar a El Floridita, a La Bodeguita del Medio o a otros restaurantes por dólares en que la mayoría de los nativos teme pisar. Y no tienen manera de saber, por ejemplo, que los niños cubanos pierden el derecho a comprar un litro de leche cuando cumplen los siete años.

Claro, se me dirá que lo mismo pasa cuando los extranjeros viajan a Haití, Jamaica y hasta a algunas regiones de Brasil. No se quedan en las chozas de Port-au-Prince ni en favelas como las que aparecen en Ciudad de Dios. Pero todavía no he escuchado a uno solo de estos viajeros decir: “Me gustaría ir a Haití (Jamaica, Brasil) antes de que cambie”. Esto es, antes de que las mencionadas chozas y favelas desaparezcan. Eso sonaría feo, ¿verdad? Sería algo políticamente incorrecto y, a no dudarlo, de mal gusto.
___
* Este texto fue publicado originalmente en inglés en
tumiamiblog.

miércoles, abril 01, 2009

El futuro del Emperador

Entre las muchas sorpresas que depara Roma a propios y extraños, destaco el fragmento de una estatua del emperador Constantino, que puede verse en una de las
galerías del museo del Mercado de Trajano.

El antedicho fragmento —que consiste en la cabeza y casi la totalidad del cuello del emperador y fue hallado durante excavaciones que se llevaron a cabo en la parte sur del foro imperial en 2005— representa a Constantino, posiblemente luego de su victoria contra Maxentio en la batalla de Ponte Milvio (312 D.C.).


La combinación cabeza-cuello mide unos 60 centímetros, lo que indica que la estatua completa debió haber alcanzado los tres metros.

El hecho de que el artefacto fuera descubierto hace poco menos de un lustro no me llama tanto la atención como el sitio del hallazgo, que no fue otro que la cloaca del foro imperial.

Hay dos hipótesis que explican el suceso: (1) la estatua pudo haber sido destruida —con el consiguiente lanzamiento de la cabeza al vertedero— durante las revueltas —mayoritariamente paganas— de 326 D.C.; (2) la cabeza fue usada en algún momento para destupir dicho desagüe.

Salí del museo y pensé en el futuro; en el futuro de Cuba; en ese futuro en que seremos polvo sobre el polvo. Y pensé en los futuros arqueólogos de esa otra ciudad en ruinas que es La Habana. Y pensé en sus excavaciones en los más insólitos locales de la capital de la isla. Y hasta los vi buscando quién sabe qué en alguna cloaca capitalina. Y, en esta visión, ¿qué encontraron hundido en las aguas albañales? Un busto de Fidel Castro.

Esta noche me iré a la cama con esa inolvidable imagen.

jueves, marzo 26, 2009

In vino veritas

Es de un mal gusto inenarrable el uso de la efigie del sanguinario Ernesto Guevara en botellas de vino.

Para consuelo de los justos: en esta Roma que lo ha visto todo, la marca “Che” se vende al lado de la marca “Mussolini”:


Fotos: San Suzie, blogger de www.c-monster.net.

miércoles, marzo 18, 2009

Memoria, verdad y justicia

En el Valle de los Templos, a poco menos de un kilómetro del Templo de la Concordia yacen los restos del que fuera dedicado a Jove. El mismo —entre sus columnas a medio derribar, sus estatuas dilapidadas, su esplendor antiguo— incluye un área dedicada a los sacrificios.

Sí, en el antiguo imperio —por la época en que convivían humanos y deidades— los dioses tenían la costumbre de recibir ofrendas de sus devotos. Dichas ofrendas variaban en dependencia del poder adquisitivo de quienes las hacían. Las más comunes involucraban diferentes tipos de alimentos: vegetales, frutas, miel... aunque también recibían ofrendas de animales, denominadas, no sin razón, “sacrificios”. En el altar de los sacrificios, se cortaba el cuello de la bestia —que solía ser blanca y, por lo general, de la familia de los bovinos, aunque no escatimaban aves u otros cuadrúpedos de menor tamaño—; luego, el animal era parcialmente quemado. Si la quema de la víctima era total, el acto era denominado “holocausto”. En las ocasiones en que toda la población celebraba un sacrificio público de muchos animales, el rito era conocido como una “hecatombe” (que significa “cien bueyes”).

Han pasado siglos y siglos y ha llovido a borbotones —literal y figuradamente— desde que el último cuello de una res se encontrara con el despiadado frío del acero. Sin embargo —como se puede apreciar en la foto que acompaña este texto—, las manchas de sangre provenientes de hecatombes y holocaustos aún no se han borrado.

Hoy, 18 de marzo de 2009, día en que se conmemora el sexto aniversario de la tristemente célebre Primavera Negra —aquella infame ola de represión que sacudió Cuba de uno a otro confín— y ya cumplidos cincuenta años de totalitarismo, en los que si algo se ha derrochado es precisamente sangre, me tomo la libertad de recordar al gobierno de la isla que mientras exista un cubano digno, sus crímenes no quedarán impunes ni serán olvidados.

La sangre —por suerte o por desgracia— es tan espesa como indeleble.

lunes, marzo 16, 2009

Autorretrato con vértigo y servilleta

[Transcripción]

Yo soy un jodedor, no te lo niego:
un jodedor sabroso y muy cubano
que se burla a diario del tirano
y su imperio vulgar y palaciego.

De mi tierra me queda un fiel apego
al desparpajo libre y soberano,
al color subversivo del verano,
al gemido de un piano viejo y ciego,

a ciertas insondables tradiciones,
a la noche que es mía y es de todos
—esa patria fugaz que me recibe

y me cura del odio y las traiciones:
de los polvos que hicieron estos lodos—
y a una tarde perdida en el Caribe.

domingo, marzo 15, 2009

Cosas y azares

A unos pasos del Templo de la Concordia —uno de los templos de orden dórico mejor conservados en el mundo— en las colinas de Agrigento, una familia española removía con sus alegres pasos el polvo milenario. Al aproximarnos, escuché una algarabía propia de la infancia. Razón sobraba: el más pequeño de los chicos tenía un lagarto apresado en sus manos y con el júbilo de quien descubre el agua tibia lo enseñaba a sus padres, su hermanito mayor y su abuela. El reptil tiraba dentelladas a diestra y siniestra en un intento desesperado por zafarse de su inocente depredador y el chico se jactaba del nuevo juguete cuando sucedió lo inevitable: el animal pudo por fin morderle un dedo. Estas tres acciones que describo acontecieron casi al unísono: el niño lo soltó con más sorpresa que dolor, el lagarto cayó al suelo y puso pies en polvorosa y el hermano mayor tuvo una idea tan feliz como terrible: agarrar al lagarto por la cola.

La cola se partió.

El mayorcito hizo un puchero, pero antes de que perturbara la paz con una perreta, tanto su padre como yo dijimos a la vez y con palabras similares que no tenía que preocuparse: la cola regeneraría. El chico se tranquilizó al momento, en tanto los adultos nos saludábamos y despedíamos en castellano. Nosotros íbamos; ellos venían.

Seguimos caminando rumbo al templo. Llevaba en mis manos la consabida botella de agua y una edición bilingüe de la obra poética de Borges: entre ruina y ruina intentaba memorizar su “Poesia dei doni”. Ya sólo me restaba dominar las últimas dos estrofas cuando descubrí con vago horror sagrado que yo era el lagarto: para ganar la vida, había sacrificado un pedazo de mí. La cola que perdió el animal —pasada por el filtro de la metáfora— era ese cúmulo de impresiones y lugares comunes y extraordinarios que el tiempo no borra: mis calles, mis amigos, la mar de tías que hace una década no veo y aún añoro, los ojos de mi abuela que no pude ver apagarse, el olor a mar, el parque donde metía unos goles concebidos en Brasil, la cadencia y el acento del español que se masculla en La Habana y la posibilidad misma de desenvolverme a diario en la lengua que aprendí en la cuna, los baches de mi ciudad natal, en los que no cabía mi incredulidad, pero sí tres cuartas partes de mi bicicleta…

Pasada la reacción inicial, sentí un alivio profundo: en mi caso, por fortuna, la cola ya ha regenerado. Sin más pesares, regresé al poema en italiano. La estrofa que escogí —de manera aleatoria— reza en el original: «Algo que ciertamente no se nombra/ con la palabra azar rige estas cosas».

miércoles, marzo 11, 2009

Carne de identidad

Anoche fuimos a cenar a una trattoria local. A la entrada, el camarero nos recibió con amabilidad extrema, nos escoltó hasta la mesa con sendos menús, me trajo una cerveza a falta de Gin & Tonic y —en el momento en que me levanté para ir al baño— le preguntó a mi esposa sobre nuestra procedencia, dado que parlamos el italiano con poco acento y mucho desparpajo. Mi esposa nos ahorró mi pasatiempo favorito, que practico en todas partes y en todas las lenguas. En inglés es mucho más divertido: la semana pasada, por ejemplo, un interlocutor pasajero que intentaba adivinar mi origen en un Starbucks cualquiera camino de cualquier parte me llamó libanés, luego, egipcio, luego, israelí. Para ponerle la tapa al pomo, dijo que quizá era del Caribe francófono o angloparlante y que a lo mejor había estudiado en Inglaterra. Ahí fue cuando mi esposa, entre risas, reveló el secreto.

No siempre ha sido así. En mi época de recién llegado a Nueva York, parecía tener un anuncio neón en la frente con la leyenda: «Soy cubano, ¡pregúnteme cualquier cosa!». Años más tarde, el cartel —con la paulatina asimilación— se fue disipando hasta desaparecer; pero entre uno y otro punto me han llamado desde peruano hasta marroquí, desde indio de Bombay hasta descendiente de tribus aborígenes norteamericanas. Un detalle notable: con el paso del tiempo ha desaparecido casi por completo mi “background hispano”. Por estos días hay gente que se asombra cuando —tras pasar revista al listado de países miembro de la ONU— descubre que soy de la isla.

Pero volvamos a la trattoria. Al regresar a la mesa, el camarero más carismático del mundo —muy para mi sorpresa— me dijo: «¡Cubano!». Este entusiasmo a ratos me pone suspicaz. Por lo general, va acompañado de: «¡Me encanta Fidel!», o alguna torpe variación sobre el tema, que hace que una comida que podría haber trascendido sin mayores altibajos se convierta en un intercambio —a veces sensato, a veces no tanto— de impresiones sobre la isla que se repite entre dos seres tan distintos como distantes: uno de los cuales no ha pisado jamás Cuba, mientras el otro se jacta de haberla recorrido desde uno a otro confín, delfín.

Le pregunté cómo había reconocido mi origen. Se señaló a la cara, como diciendo: «lo llevas escrito». No pude evitar una sonrisa. Acto seguido, mientras hacía un gesto con la mano —que luego usaría yo para indicar que el plato fuerte estaba delicioso— me dijo: «¡Chicas!».

(Por cierto, Jorge Ferrer destacaba recientemente el hecho de que en primera plana de El País coincidieran en el mismo día dos Cubas: una, en la deplorable imagen de quien ha luchado a brazo partido por imponer su voluntad así en la tierra como en el exilio; la otra, en un despampanante trasero de mujer).

Para mi fortuna —y quizá para facilitar mi digestión futura—,
el camarero optó por la levedad en el intercambio; a diferencia de todos los “expertos en Cuba” que en situaciones similares argumentan en defensa del régimen, queriendo hacer alarde de conocer la historia de la isla con el simple hecho de mencionar a Batista, para luego desear que se los trague la tierra cuando les pregunto su nombre y no saben responder “Fulgencio”.

Lo cierto es que estas conversaciones de ahora para luego sobre Castro o sobre las chicas cubanas tienen algo en común: la trivialidad.

No saquen las pistolas, lectores, que no aún no termino.

Como lo pide la ocasión, me remito a Los italianos, de Luigi Barzini: «No todos los miembros del partido comunista quieren iniciar una revolución. La mayoría de ellos prefiere disfrutar el estatus de revolucionario en una asustadiza sociedad capitalista».

Aceptémoslo: a quienes defienden lo indefendible les importa un bledo la suerte o desgracia de nuestra nación. No están capacitados para dialogar pues ya han decidido a priori que tienen la razón y no hay argumento en el universo capaz de convencerlos de lo contrario. Más allá de redundar en los ya desmontados mitos de la educación y la salud, no les interesa admitir su ignorancia en el tema que (mal)tratan. Por muy profundo que sea el análisis que hagamos de la realidad cubana, no querrán oírlo, enfrascados como estarán en regresar a donde dan pie: las aguas turbias de los lugares comunes.

Hoy —que duermo cerca del mar— pienso que no quieren profundidad, pues no saben cómo nadar en ella.

lunes, marzo 09, 2009

Parte del día

Ocho horas de vuelo, una lectura minuciosa de Los apuñaladores y varios poemas de Borges, el repaso de un libro de ejercicios de ajedrez convoyado de una película que olvidé —entre bostezos— tan pronto subieron los créditos, el cansancio transatlántico y familiar que me acoge a cualquier lado del océano, este acceso limitado a internet y, cuando al fin encuentro un par de minutos para conectarme a la red de redes, dos mensajes de sendos amigos que me anuncian que los lectores de Belascoaín y Neptuno han encontrado en su lugar otra esquina notoria: la de Blanco y Trocadero.

Al parecer, los visitantes del blog —quién sabe por cuánto tiempo— sólo han tenido acceso a la columna de la derecha, pero en la izquierda, donde aparecen las entradas diarias, los ha recibido el silencio.

(Hago un aparte para felicitar a los muchachos de la UCI y demás brigadas cibernéticas de apoyo al régimen cubano por laborar horas extra. Les deseo de todo corazón ¡que Castro se los pague con un Moskovich!).

Las conclusiones del día son obvias: es sabido que los escritores —y los lectores— le tenemos pavor a la página en blanco. Pero los dictadores —y sus secuaces— temen mucho más a la página escrita.

jueves, enero 08, 2009

Pesadilla de canadienses en Cuba

Una lectora a quien conozco personalmente y que prefiere el anonimato —hago hincapié en este detalle para que no parezca que estoy corriendo la bola de un fantasma— me ha dejado un comentario respecto a una pareja de canadienses que fue la semana pasada a vacacionar a Cuba y se las vio negras. Transcribo su mensaje y pregunto: ¿alguien tiene más noticias al respecto?

Por Cuba sufro todos los días, lloro el dolor de la gente de donde crecí, vivo desmintiendo el romanticismo en el que viven los cubanos, pero nada cambia y esa es la mayor tristeza. No veo como mejorará. Y lo peor es que vivo en un lugar donde tengo que ver en la televisión comerciales promocionando turismo a Cuba como si fuera lo más lindo. Pero lentamente los canadienses ingenuos ven la realidad. Hace una semana pasó que una pareja se creyó el comercial y se fue a Cuba de vacaciones, la muchacha estaba embarazada, se fue a parto prematuro pero, como todos conocemos el estado de los hospitales, el bebé no sobrevivió. Lo peor es que el gobierno no les quiere devolver el bebé para que lo regresen a Canadá y se han tenido que regresar a Cuba a que se lo devuelvan. Supongo que cederán ya que no pueden dañar la fuente número uno de turismo: Canadá.
Lila

miércoles, enero 07, 2009

Telemadrid reporta: Cincuenta años de revolución cubana

Huelgan los comentarios. La realidad habla por sí sola.



Segunda parte.

sábado, octubre 18, 2008

Secuencia en blanco y negro




Jamming session con César Reynel Aguilera.
Foto: © Jennifer Grossman.

miércoles, octubre 15, 2008

Una foto para Zoé en el aniversario de su blog

De izquierda a derecha: Alexis Romay, César Reynel Aguilera, Valerie Block (en Biddles, la casa del jazz de Montreal, durante el recién celebrado cumpleaños de los dos primeros).

La idea de la gorra es de Zoé Valdés, quien, quizá sin querer —como ocurre con casi todas las cosas buenas—, pudo haber iniciado una tradición. Ya que estamos: d
esde esta esquina, los implicados en la foto la felicitamos en el aniversario de su blog y le deseamos larga vida a la autora y su obra.
***
Foto: Jennifer Grossman.

jueves, octubre 09, 2008

Apuntes tomados al vuelo en una ciudad francófona

Viajero inmóvil, cubres la distancia
sin apenas moverte de tu asiento.
Te sacudes el polvo polvoriento:
de noche en Nueva York, de día en Francia.

Tu cuerpo sabe que viajaste mucho
—lo saben tus rodillas y tus hombros—,
tus huesos: catedral de mil escombros.
(Estás más estrujado que un cartucho).

Más fresco que tú, llega tu equipaje.
Ya de un momento a otro te espabilas
y sales a explorar la tarde ajena.

Ajustas la hora, cambias el voltaje.
No conoces la lengua, no vacilas.

No viniste a bailar la macarena.

Festejos

1
Si aquella bala perdida no lo hubiera encontrado en los bajos del edificio Dakota, en diciembre de 1980, hoy John Lennon andaría soplando las velas en su torta de cumpleaños.

Hoy también festejan onomástico Miriam Celaya (autora del blog Sin EVAsión), ese insustituible pedazo de la música cubana que es Bebo Valdés y el afiladísimo César Reynel Aguilera, cuya novela, R.U.Y., propició mi lectura voraz, mi profunda admiración por el autor, algún proyecto de escritura a cuatro manos y una subsiguiente amistad (que me ha traído a Montreal a descorchar un buen vino esta noche).

Festejo a los arriba mencionados con una inolvidable melodía, interpretada por el propio Bebo y “El Cigala”. Disfruten.

2
Ya que estamos: hoy cumplo años.

sábado, agosto 09, 2008

Zapatero a su zapato

(a Eufrates del Valle e Isis Wirth, que saben hablar de La Cosa sin caer en el monotema)

Hace un par de meses, mientras caminaba las calles de Toronto, mis pasos y el azar me llevaron al Museo del Calzado. Lo que prometía ser una visita monótona —«¿qué tanto se puede decir de un zapato?», me preguntaba antes de entrar— resultó un fascinante paseo por la historia de este terrenal e imprescindible artefacto. La sorpresa y la premura no me impidieron tomar fotos y apuntes. Acá los comparto, en el orden caótico en que figuran en mi libreta de notas...
***
El primer calzado del que se tiene noticia perteneció al hombre de Ötzi. El zapato —hecho de una combinación de pieles (de oso y ciervo)— libraba al portador de ampollas y lo protegía en medio de temperaturas de entre -5 y -10 grados centígrados.

***
Los egipcios acostumbraban a enterrar a sus muertos con zapatos, para que no anduvieran descalzos en el má
s allá. En las suelas de los zapatos de los faraones y miembros más prominentes de la sociedad pueden hallarse representaciones de esclavos y enemigos. El significado de dichas inscripciones es literal: no sacarles el pie de encima; mantenerlos bajo sus zapatos.

***
La “caliga” era un tipo de sandalia usada por los soldados y oficiales del ejército romano. El emperador
Cayo Julio César Augusto Germánico las llevaba de niño. Este señor pasaría a la historia con su más renombrado apodo: Calígula, que significa “botas pequeñas”.


***
Las primeras evidencias del uso del calzado en el hemisferio occidental provienen de la
cultura anasazi (procedente de los territorios que ahora ocupan Utah, Colorado, Arizona y Nuevo México). El material que usaban para cubrirse los pies: fibra de la hoja de yuca.

***
La
cultura asante llegó al poder a principios del siglo XXVIII y durante doscientos años dominó el comercio de oro (que encontraba en minas de su territorio). Dicta la tradición asante que los pies del líder no han de tocar el suelo. A tal fin, éste se hace acompañar de varios “porta-sandalias”. Las suyas —como muestra la foto— van adornadas en oro.

***
En China se estimaba que el tamaño ideal en el pie de una mujer era “san zu” (7.62cm). Los pies que alcanzaban ese tamaño eran denominados “sin lian”: lotos dorados.

***
En 1463, el Rey Edward IV de Inglaterra proclamó un edicto que limitaba el largo de la punta del calzado: éste debía corresponderse con el estatus social y los bienes del portador.

***
Durante el reinado de Henry VIII, se pasó de los zapatos puntiagudos a los de punta ancha. La figura del monarca —quien gustaba de la buena comida— marcó la pauta en el cambio de moda.


***
En la cultura judía ortodoxa, si una mujer enviuda sin haber tenido hijos, su cuñado está obligado a casarse con ella y reproducirse. Si el pariente opta por evadir el matrimonio, se realiza la ceremonia “halizah” en la que la viuda quita los cordones y luego el zapato a su cuñado, librándolo así del compromiso. En el acto, también ella queda libre de casarse con quien desee. Esta tradición fue abandonada desde tiempos inmemoriales, aunque todavía subsiste en algunas comunidades ortodoxas.
En el judaísmo hay una plegaria que se dice en el momento de ponerse los zapatos. Y, por otra parte, cuando muere un ser querido, durante el periodo de luto (“shiva”), los familiares no usan zapatos, lo que es símbolo de pobreza e indica que son pobres sin su presencia.

***
En el hinduismo, la figura del pez por lo general está relacionada a Vishnú. De lo que se desprende que estas sandalias (“paduka”) pudieron haber tenido significación religiosa.

En la India, el calzado refleja(ba) el estatus del portador. Estos ejemplos de “calzado aristocrático” todavía se estilan en bodas y ocasiones especiales.

***
Los monjes budistas usan calzado que refleja la cultura de donde provienen. Las botas blancas con la cinta amarilla pertenecieron a Shi Suxi, abad del templo de Shaolín. (Le fueron entregadas en su cumpleaños 68. Shi Suxi fue el abad número 30 del templo). Este tipo de zapatos era reservado para ocasiones especiales. Para el día a día, usaban calzado gris o negro. La cinta quizá era una referencia al color azafrán de su vestimenta.

***
Las suelas de estos zapatos dejan huellas a la inversa (o sea, que si uno camina al norte, indican que uno ha caminado al sur). Dichos zapatos eran usados por contrabandistas holandeses poco después de la Segunda Guerra Mundial para traficar bienes racionados a través de la frontera con Bélgica.

***
Ya a un par de cuadras del museo, cuando me creía libre del asedio de la peletería universal, el Dios del Calzado me volvió a sonreír. En una reja cualquiera, y sin la menor explicación, dormitaba, a sus anchas, un zapato.