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lunes, abril 27, 2009

Arrivederci, Roma

Los cinco minutos que hoy me son dados para ocuparme del blog —es día de aeropuertos, de despedidas—, los aprovecho para agradecer a la American Academy in Rome, en cuyos predios he vivido, junto a mi esposa —ambos en calidad de visiting artists— seis semanas más memorables que el pegajoso estribillo de los Van Van.

Además de haberme otorgardo el tiempo y el espacio para terminar mi segunda novela y, de paso, lanzarme de a lleno a otro par de proyectos —que por el momento me reservo—, este mes y medio me brindó la oportunidad de codearme con una fabulosa treintena de artistas y académicos norteamericanos, sobre quienes escribiré en días y meses venideros. Ahora, de un plumazo, me sale esto: gente linda y talentosa, muy a tono con la ciudad que nos dio tan grata acogida.

A este grupo inolvidable, a la Academia Americana en Roma y a la Ciudad Eterna, s
in tiempo para más y con gratitud infinita: quienes vamos a viajar, os saludamos.

sábado, abril 25, 2009

Los inocentes

Regreso de una visita que, por conveniente, había sido pospuesta hasta el infinito y más allá. Me refiero al Mausoleo Ossario Gianicolense, ubicado en la colina que debe su nombre a Jano bifronte.

Entro al recinto. Le doy una vuelta a la plazoleta. Me cuelo entre sus muy rectangulares columnas. Tomo fotos que servirán de monumento al monumento y recuerdo que el origen en latín del término que aquí repito es, precisamente, “recordar”. Me entretengo mirando esas siglas que alguna vez indicaron la pertenencia al senado y al pueblo de Roma —SPQR— y no puedo evitar que me sobrecoja un poco el carácter marcadamente fascista de este tipo de arquitectura.

Me siento en un banco y me distraigo (aunque no en ese orden). Para darles un respiro a los problemas de ajedrez, resuelvo un ejercicio de sudoku y se me va el tiempo entre números que encajan y desencajan. Cuando salgo del puzle matemático, la rigidez de las columnas y la pesadez del memorial a los caídos en la defensa de Roma me empaña la mañana, que, por lo demás, es en extremo luminosa. Pienso en los inmolados —de la bota italiana, del caimán caribeño—, en quienes dieron la vida en nombre de la Causa, cualquiera que ésta fuese. Y me viene a la memoria aquella fatídica y redundante consigna que me persiguió desde que tuve conciencia hasta que me fugué de la isla.

Se me ha nublado el día. Busco refugio en las áreas verdes que rodean al complejo arquitectónico y entonces los veo. Son dos —como la canción del general—, dos perros que juegan en la hierba, al margen de la ciudad y su historia, desentendidos de todos y de todo: desde la ambulancia que sube la colina a revientacaballo hasta mis ganas de divulgar por todos los confines
las víctimas de ese proceso que algunos llaman “revolución cubana”.

Miro a los cachorros mataperrear, ajenos al cubaneo, a la maldita suspicacia por todas partes y a la sombra nefasta de ese régimen que sigue detentando el poder en mi tierra. Entonces pienso en los cientos de miles de compatriotas que viven en países democráticos y en el no minúsculo por ciento de ellos que prefiere no meterse en política para garantizarse la entrada y la salida en su tierra natal y, en términos generales, una vida más llevadera.

Me entran un cansancio y un desánimo difíciles de describir. Sé que pasarán y que en breve estaré escribiendo alguna décima burlona, desgranando un soneto satírico, buscando una nueva manera de mofarme de los hermanos Castro y su decrépita dictadura cincuentenaria. Pero admito que en un instante de flaqueza, añoro ese candor animal —de los cachorros, de los cubanos que prefieren desentenderse de la realidad de la isla—, esa inocencia, por suerte, ya irrecuperable.

miércoles, abril 01, 2009

El futuro del Emperador

Entre las muchas sorpresas que depara Roma a propios y extraños, destaco el fragmento de una estatua del emperador Constantino, que puede verse en una de las
galerías del museo del Mercado de Trajano.

El antedicho fragmento —que consiste en la cabeza y casi la totalidad del cuello del emperador y fue hallado durante excavaciones que se llevaron a cabo en la parte sur del foro imperial en 2005— representa a Constantino, posiblemente luego de su victoria contra Maxentio en la batalla de Ponte Milvio (312 D.C.).


La combinación cabeza-cuello mide unos 60 centímetros, lo que indica que la estatua completa debió haber alcanzado los tres metros.

El hecho de que el artefacto fuera descubierto hace poco menos de un lustro no me llama tanto la atención como el sitio del hallazgo, que no fue otro que la cloaca del foro imperial.

Hay dos hipótesis que explican el suceso: (1) la estatua pudo haber sido destruida —con el consiguiente lanzamiento de la cabeza al vertedero— durante las revueltas —mayoritariamente paganas— de 326 D.C.; (2) la cabeza fue usada en algún momento para destupir dicho desagüe.

Salí del museo y pensé en el futuro; en el futuro de Cuba; en ese futuro en que seremos polvo sobre el polvo. Y pensé en los futuros arqueólogos de esa otra ciudad en ruinas que es La Habana. Y pensé en sus excavaciones en los más insólitos locales de la capital de la isla. Y hasta los vi buscando quién sabe qué en alguna cloaca capitalina. Y, en esta visión, ¿qué encontraron hundido en las aguas albañales? Un busto de Fidel Castro.

Esta noche me iré a la cama con esa inolvidable imagen.

jueves, marzo 26, 2009

In vino veritas

Es de un mal gusto inenarrable el uso de la efigie del sanguinario Ernesto Guevara en botellas de vino.

Para consuelo de los justos: en esta Roma que lo ha visto todo, la marca “Che” se vende al lado de la marca “Mussolini”:


Fotos: San Suzie, blogger de www.c-monster.net.

lunes, marzo 23, 2009

Tema del traidor

Roma paga a los traidores,
aunque también los desprecia:
esa Roma triste y recia
plagada de delatores,
repentistas, oradores
que tocan trompeta y tuba
y hacen que su canto suba
al oído del imperio.
No se rían, que esto es serio:
¡Roma transmutada en Cuba!

miércoles, marzo 18, 2009

Memoria, verdad y justicia

En el Valle de los Templos, a poco menos de un kilómetro del Templo de la Concordia yacen los restos del que fuera dedicado a Jove. El mismo —entre sus columnas a medio derribar, sus estatuas dilapidadas, su esplendor antiguo— incluye un área dedicada a los sacrificios.

Sí, en el antiguo imperio —por la época en que convivían humanos y deidades— los dioses tenían la costumbre de recibir ofrendas de sus devotos. Dichas ofrendas variaban en dependencia del poder adquisitivo de quienes las hacían. Las más comunes involucraban diferentes tipos de alimentos: vegetales, frutas, miel... aunque también recibían ofrendas de animales, denominadas, no sin razón, “sacrificios”. En el altar de los sacrificios, se cortaba el cuello de la bestia —que solía ser blanca y, por lo general, de la familia de los bovinos, aunque no escatimaban aves u otros cuadrúpedos de menor tamaño—; luego, el animal era parcialmente quemado. Si la quema de la víctima era total, el acto era denominado “holocausto”. En las ocasiones en que toda la población celebraba un sacrificio público de muchos animales, el rito era conocido como una “hecatombe” (que significa “cien bueyes”).

Han pasado siglos y siglos y ha llovido a borbotones —literal y figuradamente— desde que el último cuello de una res se encontrara con el despiadado frío del acero. Sin embargo —como se puede apreciar en la foto que acompaña este texto—, las manchas de sangre provenientes de hecatombes y holocaustos aún no se han borrado.

Hoy, 18 de marzo de 2009, día en que se conmemora el sexto aniversario de la tristemente célebre Primavera Negra —aquella infame ola de represión que sacudió Cuba de uno a otro confín— y ya cumplidos cincuenta años de totalitarismo, en los que si algo se ha derrochado es precisamente sangre, me tomo la libertad de recordar al gobierno de la isla que mientras exista un cubano digno, sus crímenes no quedarán impunes ni serán olvidados.

La sangre —por suerte o por desgracia— es tan espesa como indeleble.

domingo, marzo 15, 2009

Cosas y azares

A unos pasos del Templo de la Concordia —uno de los templos de orden dórico mejor conservados en el mundo— en las colinas de Agrigento, una familia española removía con sus alegres pasos el polvo milenario. Al aproximarnos, escuché una algarabía propia de la infancia. Razón sobraba: el más pequeño de los chicos tenía un lagarto apresado en sus manos y con el júbilo de quien descubre el agua tibia lo enseñaba a sus padres, su hermanito mayor y su abuela. El reptil tiraba dentelladas a diestra y siniestra en un intento desesperado por zafarse de su inocente depredador y el chico se jactaba del nuevo juguete cuando sucedió lo inevitable: el animal pudo por fin morderle un dedo. Estas tres acciones que describo acontecieron casi al unísono: el niño lo soltó con más sorpresa que dolor, el lagarto cayó al suelo y puso pies en polvorosa y el hermano mayor tuvo una idea tan feliz como terrible: agarrar al lagarto por la cola.

La cola se partió.

El mayorcito hizo un puchero, pero antes de que perturbara la paz con una perreta, tanto su padre como yo dijimos a la vez y con palabras similares que no tenía que preocuparse: la cola regeneraría. El chico se tranquilizó al momento, en tanto los adultos nos saludábamos y despedíamos en castellano. Nosotros íbamos; ellos venían.

Seguimos caminando rumbo al templo. Llevaba en mis manos la consabida botella de agua y una edición bilingüe de la obra poética de Borges: entre ruina y ruina intentaba memorizar su “Poesia dei doni”. Ya sólo me restaba dominar las últimas dos estrofas cuando descubrí con vago horror sagrado que yo era el lagarto: para ganar la vida, había sacrificado un pedazo de mí. La cola que perdió el animal —pasada por el filtro de la metáfora— era ese cúmulo de impresiones y lugares comunes y extraordinarios que el tiempo no borra: mis calles, mis amigos, la mar de tías que hace una década no veo y aún añoro, los ojos de mi abuela que no pude ver apagarse, el olor a mar, el parque donde metía unos goles concebidos en Brasil, la cadencia y el acento del español que se masculla en La Habana y la posibilidad misma de desenvolverme a diario en la lengua que aprendí en la cuna, los baches de mi ciudad natal, en los que no cabía mi incredulidad, pero sí tres cuartas partes de mi bicicleta…

Pasada la reacción inicial, sentí un alivio profundo: en mi caso, por fortuna, la cola ya ha regenerado. Sin más pesares, regresé al poema en italiano. La estrofa que escogí —de manera aleatoria— reza en el original: «Algo que ciertamente no se nombra/ con la palabra azar rige estas cosas».

lunes, marzo 09, 2009

Parte del día

Ocho horas de vuelo, una lectura minuciosa de Los apuñaladores y varios poemas de Borges, el repaso de un libro de ejercicios de ajedrez convoyado de una película que olvidé —entre bostezos— tan pronto subieron los créditos, el cansancio transatlántico y familiar que me acoge a cualquier lado del océano, este acceso limitado a internet y, cuando al fin encuentro un par de minutos para conectarme a la red de redes, dos mensajes de sendos amigos que me anuncian que los lectores de Belascoaín y Neptuno han encontrado en su lugar otra esquina notoria: la de Blanco y Trocadero.

Al parecer, los visitantes del blog —quién sabe por cuánto tiempo— sólo han tenido acceso a la columna de la derecha, pero en la izquierda, donde aparecen las entradas diarias, los ha recibido el silencio.

(Hago un aparte para felicitar a los muchachos de la UCI y demás brigadas cibernéticas de apoyo al régimen cubano por laborar horas extra. Les deseo de todo corazón ¡que Castro se los pague con un Moskovich!).

Las conclusiones del día son obvias: es sabido que los escritores —y los lectores— le tenemos pavor a la página en blanco. Pero los dictadores —y sus secuaces— temen mucho más a la página escrita.

domingo, julio 06, 2008

Parole antica

Hemos pasado un fin de semana inolvidable: perdidos en las montañas de La Toscana, sin acceso a internet, sin teléfono, con nuestra familia italiana y una boda ―de mia sorella― por celebrar.

En honor a los recién casados, transcribo un soneto de Francesco Petrarca.
***

I' vidi in terra angelici costumi
et celesti bellezze al mondo sole,
tal che di rimembrar mi giova et dole,
ché quant'io miro par sogni, ombre et fumi;

et vidi lagrimar que' duo bei lumi,
ch'àn fatto mille volte invidia al sole;
et udí' sospirando dir parole
che farian gire i monti et stare i fiumi.

Amor, Senno, Valor, Pietate, et Doglia
facean piangendo un piú dolce concento
d'ogni altro che nel mondo udir si soglia;

ed era il cielo a l'armonia sí intento
che non se vedea in ramo mover foglia,
tanta dolcezza avea pien l'aere e 'l vento.

sábado, junio 28, 2008

Soneto fecho al itálico modo

(a Francesca Sammartino, mia sorella)

Roma, levanto la testa ante tu ego.
Tantas las cosas que tu aroma evoca:
la pátina de olvido que en la roca
cita a Nerón que te nombró con fuego.

Nos legaste las artes, el derecho,
a Claudia Cardinale, Marco Aurelio,
plañideras que anuncian el sepelio,
el vino y el puñal cercano al lecho...

Roma, cansado, ante tus pies, me inclino.
Roma, que con tus ojos nos increpas
mientras bebemos de tu savia urbana.

Para llegar a ti: cualquier camino.
¿Qué más puedo decir que ya no sepas?
Si quieres ver mis ruinas, ve a La Habana.