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Mostrando entradas con la etiqueta El librero. Mostrar todas las entradas
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miércoles, mayo 13, 2009

Hasta que el mortgage nos separe


Teresa Dovalpage hace un homenaje jocoso a La muerte de un viajante, de Arthur Miller, con su nueva obra Hasta que el mortgage nos separe. Philip Carballo es un exiliado cubano, cincuentón y mujeriego, cuya compañía de bienes raíces se tambalea a causa de la crisis del mercado. Su vida familiar sufre también, pues su esposa (que vive obsesionada con las telenovelas) descubre que están a punto de perder la casa, y su hijo busca el momento preciso para revelar un secreto que todos conocen, pero que nadie se atreve a sacar a la luz. La amante de Philip le sugiera irse de Miami y empezar una nueva vida en otro lugar. Pero, ¿acaso existen las segundas oportunidades en estos tiempos que vivimos?

Esta desopilante obra —de la cual Belascoaín y Neptuno ya publicó un fragmento—, hará su debut (en español) el próximo 22 de mayo y estará en cartelera hasta el 21 de junio en Aguijón Theater (ubicado en 2707 N. Laramie Avenue, Chicago, Illinois 60639; teléfono: (773) 637-5899; email: info@aguijontheater.org).

A quienes gusten del humor fino y a quienes gusten de la carcajada violenta: les recomiendo que reserven sus entradas desde ahora. Luego no digan que no les avisé con tiempo.

martes, mayo 12, 2009

Memorias liberadoras

He tenido muy poco tiempo para el blog en estos días. Razones han sobrado. Luego de que —hace ya un par de meses— se esfumara la oportunidad de participar en un panel sobre literatura cubana —junto a Achy Obejas y Cristina García, en Depaul University—, a finales de la semana pasada la invitación volvió al tapete. Y volví a decir que sí, en principio; que sería un privilegio y un honor compartir mesa con tan distinguidas escritoras y compatriotas.

Y entonces recibí la invitación oficial. El panel en cuestión se titula «Liberating Memories: Writers on the Cuban Revolution» (Memorias liberadoras: los escritores [hablan/comentan] sobre la revolución cubana). Aunque a eso que los organizadores llaman revolución le digo dictadura, no le presté mucha atención al desliz; total, llámenle como le llamen, en ese panel, dejaría constancia del accionar del régimen de la isla, así como de la constante represión a la que son objeto los cubanos que sobreviven bajo su bota. Hasta ahí, santo y bueno. Sin embargo, al notar que ésta era la cuarta fecha de un ciclo de conferencias que lleva por nombre «Conmemoration of the Cuban Revolution» rechacé la oferta, alegando que no podía participar en una conmemoración del régimen que provocó mi exilio y que tantas vidas ha costado al pueblo cubano. Para mi sorpresa, los organizadores me respondieron casi al instante diciendo que esto no era en lo absoluto una celebración; que la palabra “conmemorar” se usaba en este caso para “marcar” la fecha, pero no para “celebrarla” y que, de hecho, en paneles anteriores del ciclo habían invitado a Gary Marx —quien fuera, en ese orden, corresponsal en Cuba del Chicago Tribune y expulsado de la isla por sus escritos— y se había presentado el documental Conducta impropia, de Néstor Almendros.

Ante ese nuevo paisaje y luego de comentar los pormenores del evento con par de organizadores del mismo y asegurarme de que no se trataba de un cumpleaños de esos que esporádicamente le celebran al régimen de la isla algunas universidades norteamericanas, acepté la invitación a participar en el panel, que tendrá lugar mañana, miércoles, 13 de mayo, de 6 a 8 p.m. en DePaul University (Student Center, aula 315), 2250 N. Sheffield Ave. (en el entronque de Belden y Sheffield), Chicago, IL 60614.

Invito a amigos y detractores a darse un brinco. A los interesados que no puedan asistir: si consigo filmar la presentación, la subiré a Youtube y la colgaré por acá tan pronto pueda.

Me espera una jornada larga. Pero no quiero terminar ésta sin antes agradecer muy encarecidamente a Achy Obejas por haberme propuesto para este evento.

viernes, mayo 01, 2009

miércoles, abril 29, 2009

El vampiro

Transcribo un soneto de Efrén Rebolledo.
***

Ruedan tus rizos lóbregos y gruesos
por tus cándidas formas como un río
y esparzo en su raudal, crespo y sombrío
las rosas encendidas de mis besos.

En tanto que descojo los espesos
anillos, siento el roce leve y frío
de tu mano y un largo calosfrío
me recorre y penetra hasta los huesos.

Tus pupilas caóticas y hurañas
destellan cuando escuchan el suspiro
que sale desgarrando las entrañas

y mientras yo agonizo, tú sedienta,
finges un negro y pertinaz vampiro
que de mi sangre ardiente se sustenta.

___
H/T: Roberto Bolaño.

lunes, abril 20, 2009

De lectura obligatoria

La sangre de la América Latina
gotea en el best-seller tendencioso,
que aquel golpista —amigo del baboso
viejo que reflexiona y dictamina

en la isla secuestrada por la inquina,
donde el tirano vetusto y odioso
no le da paz al pueblo ni reposo—
le ha regalado con mucha pamplina

al Presidente del tremendo imperio...
Ya que recomendamos al dilecto
mandatario lecturas de verano,

¿qué tal otra visión del hemisferio?
Mi sugerencia: el
Manual del perfecto
idiota latinoamericano.

domingo, abril 19, 2009

Cuando se alza el telón

Publico en exclusiva un texto de Teresa Dovalpage.
***

Mi relación con el Teatro Aguijón de Chicago empezó en 2006, cuando Rosario Vargas dirigió la puesta en escena de La hija de La Llorona. Aquélla fue la primera vez que vi un texto mío representado y el sabor de la experiencia me gustó tanto que me convertí en una adicta. Porque sin dudas es muy agradable que alguien venga y te diga: “Leí tu novela tal y me gustó como describes al personaje de Fulanito”. Pero es sin dudas más gratificante el ver a Fulanito, encarnado en un actor (aunque a lo mejor éste no tenga nada que ver con cómo te figuraste a Fulanito) diciendo las palabras que tú te imaginaste sentada frente al ordenador. Ésa es parte de la magia del teatro. Otra parte es estar entre el público cuando se alza el telón y sentir de primera mano el efecto de tus chistes (bueno, pujos a veces) o de tus parlamentos dramáticos en la gente que te rodea. Eso no tiene desperdicio, vaya.

Por tales razones, cuando Rosario Vargas me sugirió tomar el tema de “La muerte de un viajante” y adaptarlo a la realidad latina en Estados Unidos, di brincos de alegría. Willy Loman se encarnó en un cubano bautizado como Fidel, rebautizado como Philip. Un agente de bienes raíces que, al formarse el reciente despelote con las hipotecas, se encuentra arruinado y sin saber para dónde tomar. Y con miedo a caerse de nalgas, que el suelo está lleno de clavos. El título de la obra es Hasta que el mortgage nos separe, por el bilingüismo nuestro de cada día. Se presentará en mayo de este año en el Teatro Aguijón de Chicago.

De esta pieza salió El difunto Fidel, una novela corta que acaba de recibir el premio Rincón de la Victoria en Málaga. La novela comienza donde la obra (que tiene un final abierto, intencionalmente ambiguo) termina. No sé si me sentía en deuda con mis personajes por no haberlos tratado muy bien o si ellos, como los de Pirandello, habían decidido no dejar en paz a la autora hasta conseguir sus propósitos. En cualquier caso, aquí están. Me despido con una escenita de Hasta que el mortgage nos separe…

¡Y nos vemos en Chicago!

Acto I
Escena I
Un día cualquiera de octubre, 2008. La sala, amueblada con bastante elegancia, de una familia cubana en Miami. Sofá, mesa de centro, una butaca frente al televisor de pantalla ostentosamente grande. Sobre la butaca, un gato gordo y lanudo. Mesa de comedor con cuatro sillas. A la izquierda, una puerta que da a los cuartos; a la derecha, la de la cocina. Al fondo, un buró con una computadora.

Son las seis de la tarde. Entra Philip, impecablemente vestido con traje y corbata. En una mano trae un maletín y carpetas de Coldwell Banker y en la otra la correspondencia del día. Examina apresuradamente los sobres, abre uno, arruga el papel y se queda mirándolo aturdido.

Philip (para sí, con cara de preocupación): Otro más. Nada, que estamos reventaos...
Dalila (desde el interior de la cocina): ¿Eres tú, viejo?
(Philip guarda el papel en el bolsillo del pantalón, pero se da cuenta de que le abulta demasiado. Entonces lo esconde debajo del sofá, incorporándose justo en el momento en que entra su mujer a la sala. Dalila le da un beso maquinal y él le corresponde de igual manera).
Dalila: ¿Qué se te perdió por el piso?
Philip (disimulando): Nada, nada.
Dalila (con desconfianza): ¿Cómo que nada, si te sorprendí ahí agachado? ¿Qué te traes entre manos?
Philip: No me traigo nada. Lo que miraba es que todo está lleno de pelos. Como siempre. Esta casa parece una barbería por culpa del bicho ese (señala al gato).
Dalila: No empieces a meterte con Flo desde que llegas. (Va hasta la butaca y acaricia al gato): No haga caso, mi amor. Usted es aquí el pet number one.
Philip (levantando la voz): Un día me voy a encabronar, voy a agarrar al gato por la cola y lo voy a botar pal medio de la calle.
Dalila: Y detrás de él vas tú. ¿Cómo te cae?
Philip (suspira con alivio, pues gracias a la discusión su mujer se ha olvidado de lo que puede haber bajo el sofá): Ya, deja, deja eso.
Dalila (también olvidada del incidente): ¿Quieres café?
(Sin esperar respuesta va hacia la cocina. Philip entra a su cuarto. Un momento después llegan Bill y Kathy de la calle).
Kathy (continuando una conversación interrumpida antes de entrar): Bill, pierde el miedo. Piérdelo o no vas a tener tranquilidad nunca en tu vida. Aprende a defender tu derecho a ser quien eres.
Bill: Eso se dice fácil.
Kathy: Y se hace. Mírame a mí. ¿No tuve yo a mi hija por producción independiente y la estoy criando sola? Chico, lo tuyo es agua de borrajas al lado de mis problemas.
Bill: Pero tú eres distinta. Tú naciste en Cuba.
Kathy: ¿Y desde cuando ser cubano es una ventaja?
Bill (canta, imitando a Albita Rodríguez): “¿Qué culpa tengo yo de haber nacido en Cuba? ¿Qué culpa tengo yo de que mi sangre suba?”.
Kathy (riendo): ¿A qué viene eso ahora, mi hermano?
Bill: A que ustedes, los cubanos, tienen la sangre caliente. Son valentones, vaya.
Kathy: En ese caso considérate cubano honorario, chico. Al fin, es que tenemos los mismos genes, ¿no?
Bill: Mejor dejamos a los genes tranquilos que ya los míos me han dado bastantes líos.

miércoles, abril 15, 2009

Debe ser bueno lo que piensen en Japón (pon)

Me complazco en anunciar la presentación en New York del más reciente libro del incomparable Enrique Del Risco. Ya que estamos, le doy la palabra al autor:

Queridos amigos:

Por este medio quiero avisarles que el próximo 17 de abril (viernes), presentaré mi libro de relatos ¿Qué pensarán de nosotros en Japón?, ganador del V Premio de Relatos Cortes de Cádiz el año pasado. La presentación tendrá lugar en la librería McNally & Jackson (52 Prince St., entre Lafayette y Mulberry) en Manhattan, a las 7 p.m. Les agradeceré que inviten a cualquiera que pueda estar interesado en el libro y que hagan circular este mensaje como estimen conveniente. Un abrazo a todos de, Enrique (Del Risco).

Un par de comentarios sobre el libro:


¿Qué pensarán... ? traza el recorrido de unas vidas fuera de lugar, de personajes que pudiéramos llamar atópicos. Y no porque persigan el tan manoseado “no hay tal lugar” que designa la utopía, sino porque son ellos los que no tienen lugar en cualquiera de las plazas realmente existentes de este mundo. Bregados en el arduo heroísmo de la supervivencia; con sus situaciones límite y a la vez cotidianas, extraordinarias y al mismo tiempo vulgares. Outsiders que, junto a la ganancia que les concede el exilio, son portadores de una pérdida que los aligera y, por eso mismo, les deja un vacío que no puede rellenarse. (…) Humanos, demasiado humanos, en la batalla de esa épica menor asfixiada una y otra vez por las Grandes Causas”.
Iván de la Nuez

“En Cuba usamos la frase ‘sacar un sable’ para referirnos a una sorpresa que llega envuelta en palabras. Termino de leer estos cuentos y quedo con la sensación de haber paseado por una impresionante galería de armas blancas. En este libro —además de sables que cuelgan en las paredes— hay una Katana que corta enloquecida en el metro de Nueva York, una navaja que salva vidas, y un cuchillo que apunta, con dudas, al viejo dilema de ser libres matando. La sorpresa más grata, sin embargo, que dejan estas historias es la comprobación de un viejo adagio: nada corta mejor que una página bien escrita. La prosa de Enrique del Risco destella honestidad y elegancia, tiene el filo de una hoja forjada sin excesos, hecha con golpes de inteligencia y puesta a enfriar con un gran respeto por el lector. La risa que salta en cada uno de estos relatos tiene la rara cualidad de dar alegría sin caer en la burla o el cinismo, de hacernos creer que en el Japón los machetes son un despilfarro de acero”.
César Reynel Aguilera

lunes, abril 06, 2009

El difunto Fidel C.

La noticia es oficial. Pero no, no se trata de ese Fidel que la mayoría de los cubanos deseamos ver muerto. El occiso, en este caso, es un entrañable personaje de Teresa Dovalpage, quien acaba de ganar el V Premio de Novela Corta de Rincón de la Victoria con El difunto Fidel C.

¿Qué decía? Ah, sí, que esta mañana tuve el enorme privilegio de leer —mejor aún, devorar— de un tirón el manuscrito de esta novela en el tren de Sinalunga a Arezzo (una media horita) y, luego, en una cafetería de dicha estación, mientras esperaba al monstruo metálico que me devolvería a la Ciudad Eterna. Para amenizar la lectura, el laptop se me quedó sin carga en algún momento, pero con algo de suerte encontré por ahí un tomacorriente redentor que colaboró con ese impostergable vicio que es leer a Teresa Dovalpage.

El difunto Fidel C. no permite pausas ni da tregua. Ya que estamos, el título es un guiño al lector pues la obra no trata de Fidel Castro, sino de Philip Carballo, un exiliado cubano, que se proclama “luchador por la libertad”, es dueño de una exitosa compañía de bienes raíces y, después de su muerte, en sucesivas sesiones con una espiritista pelirroja y sandunguera, revela que había sido dirigente en Cuba, que su compañía estaba a un paso de la quiebra y que, para colmo de males, su verdadero nombre era Fidel.

No añado más —para no arruinar las sorpresas (que son muchas)—, excepto lo obvio: recomiendo este desopilante libro con muchísimo entusiasmo.

Y cierro con un muy grato anuncio: Dovalpage me acaba de confirmar que en breve publicará algún fragmento de El difunto Fidel C. en Belascoaín y Neptuno. Ya verán entonces de qué hablo…

sábado, abril 04, 2009

¡Albricias!

Leo en El País que ha concluido la filmación de «El aullido, un guión inédito que Guillermo Cabrera Infante escribió en 1954 y que Frederic Amat ha estado rodando en Barcelona estas últimas semanas. Es la historia de un niño que roba la lágrima de un mastín negro “de ojos fulgurantes” que aúlla a la Luna, se la toma, y tras ver lo que nadie ha visto, muere».

Frederic Amat —quien ya había ilustrado una edición de ese gran libro que es Vista del amanecer en el trópico— se lanzó a la tarea de filmar el corto, a pesar de que el propio autor le había dicho que sería imposible.

Así que empiezo el día celebrando la existencia de esta edición de Vista… —de la que no tenía noticia y que ahora mismo encargaré— y con la esperanza de que ese aullido del infante de nuestro Infante pueda escucharse pronto en la pequeña o la gran pantalla.

***
Foto: Francisco Ontañón.
H/T: QF.

martes, marzo 31, 2009

Revista Caleta: “Doña Margarita”

Como mencionaba anteriormente, el próximo número de la revista Caleta —que en menos de una semana verá la luz de estanquillos y librerías en Cádiz y el resto de la península— ha sido dedicado a los últimos 50 años de literatura cubana.

Dicho número incluye un excelente cuento de César Reynel Aguilera, que me doy el gusto de reproducir en mi blog. Agradezco muy encarecidamente al autor y al editor el visto bueno para su publicación en Belascoaín y Neptuno.

***
Doña Margarita

—¡Ay, señor, si no fuera pecado yo quisiera morir! ¿Lo puedo llamar, señor? Estoy llena de achaques, y desde que mi esposo murió me siento cumplida en este mundo. La memoria me falla, antes me servía muy bien, ahora tengo que releer para recordar y, mire usted los espejuelos que tengo, son un desastre. Los hijos y los nietos me quieren; pero a su forma, claro está. A veces me parece que soy un estorbo. ¿Me parece? Estoy segura, fíjese que ahora están para una casa en la playa, y ni me invitaron. Pero discúlpeme, por favor, ¿Qué le trae por aquí? ¿Le gustó el café?

Jonathan Brimley se acomoda en el sillón de mimbre y sonríe. Le habría gustado quitarse las sandalias, sentarse como un Buda, sacar la pipa y montarla con lentitud. Un encanto de viejita para confesarse. Para decirle, señora, mi nombre real es bien distinto de ese que usted leerá en la identificación que pienso darle. Los pocos amigos que tengo me dicen El Gordo, y soy el oficial de caso de más alta graduación en la inteligencia de este país. Nunca he vestido un uniforme de tropas regulares, jamás he sido condecorado ni ascendido, no existo en términos oficiales. Manejé en mis buenos tiempos una red operativa y de información que cubría media centena de países. Hoy mis agentes duermen a la espera de la muerte o del beso resucitador, que casi siempre es lo mismo. En plan piyama estaba yo también. Pasaba mis días viendo el Béisbol de las mayores, leyendo a Julio César, a Suetonio y a Gibbon. Así habría seguido, a no ser por la desaparición de un ex alumno suyo. Resulta que el vejigo ha armado una cagazón tal que las altas esferas se han visto obligadas a reactivarme. El verracutín se llevó consigo un alto secreto, mi función es encontrarlo y donde quiera que esté, hacerle llegar una declaración de principios. Así le habría gustado hablar, pero prefirió hacerlo con otra verdad.

—Profesora, yo trabajo en el departamento de cuadros de la CTC. Aquí tiene usted mi identificación. El asunto que me trae por acá es muy simple. Un ex alumno suyo ha sido propuesto para la medalla de Héroe Nacional del Trabajo. El proceso de adjudicación de este alto reconocimiento incluye una revisión exhaustiva de la vida estudiantil y laboral del candidato...
—¡Pero bueno! ¿De quién se trata?
—Carlos Brosky.
—Carlos Manuel Brosky Varela.
—Efectivamente.
—Lo recuerdo muy bien. ¿Cómo no lo voy a recordar? Ese fue un curso maravilloso. Fue el año que nos mudamos del antiguo Colegio Roston para el edificio que está en la Calle Primera entre 32 y 34. Las aulas son muy buenas, la iluminación perfecta y el olor del mar. ¡Ay, ese olor de mar que acariciaba! Imagínese usted, leer a Neruda con sal en las ventanas. La disciplina era militar, pero no existía ese control ideológico que tenemos hoy. Las clases de literatura eran mucho más abiertas. Dentro del aula yo era reina y señora. El primer día de clases era muy interesante. Nunca quise saber de mis alumnos más de lo que ellos quisieran decirme. Eso de leer Expedientes Acumulativos para saber quién era quién no me parecía bueno. En el primer encuentro me presentaba con mi nombre, el de mi esposo y los de mis hijos. Les decía el nombre y la ocupación de mis padres, los estudios que había cursados y mis trabajos anteriores. Acto seguido les pedía que se levantaran, de uno en uno, y se presentaran más o menos de la misma forma. Como ellos quisieran. Le digo esto porque recuerdo dos detalles interesantes en la presentación de ese curso. El primero fue un alumno que se paró y me dijo que su nombre era Bictor con be, sus padres eran dos guajiros de Manicaragua que, entre otras cosas, no sabían escribir bien y lo habían inscrito con un nombre que, a fuerza de repetirlo, ya le gustaba. Desde ese año, todos los días de las madres me ha enviado una tarjeta firmada Bictor Combé. ¿Gracioso, verdad? El otro incidente lo protagonizó Carlos Brosky. Cuando llegó su turno se levantó y con una voz muy neutral me dijo: “Mi nombre es Carlos Manuel Brosky Varela, soy hijo de Ella Varela Valdés, ex terrorista, y de Carlos Brosky Marticorena, un cazador de sueños que murió buscando uno más hermoso que yo”. ¿Triste, verdad?

Jonathan aprovecha la pausa para preguntar si puede encender la pipa. Doña Margarita va por más café, y regresa hablando de Carlos.

—Era un estudiante muy tranquilo, casi nunca participaba en la clase, pero si lo hacía yo terminaba confundida. Era ese tipo de muchacho que a uno le parece que nació sabiendo. Fue el año que más estudié preparando mis clases. Entre él y Bictor Combé me obligaron a prepararme con mucho cuidado. Varias veces me hicieron preguntas que no pude responder. Carlos tenía un gran poder de síntesis, en los exámenes escritos era capaz de responder las preguntas de desarrollo con unas cuantas oraciones. Su capacidad para manejar conceptos era muy alta. Yo pensaba que iba a ser filósofo y de hecho él pidió irse a China a estudiar filosofía oriental, pero no lo dejaron ir. ¿Usted sabe? Aquella fue una época de grandes exabruptos, cualquier cosa podía ser considerada una afrenta al proceso revolucionario; y Carlos no resaltaba por su cuidado en esos asuntos. Todavía recuerdo el escándalo de aquel concurso de poesía. Los alumnos haciendo poemas comprometidos y él se apareció con una “Receta andaluza para hacer cantar superficies lisas en reposo”. La que se formó, pocos lograron leer más allá del título. Imagínese, ¡una cántico al vicio de Onán! Los que terminaron de leerlo no pudieron resistir la tentación de organizar un linchamiento moral con todas las de la ley. Y hubieran prosperado si la madre de Carlos no interviene. Yo la vi en la reunión donde estaban analizando a su hijo. ¡Qué carácter! ¡Qué pelo tan rojo! No recuerdo que haya entrado por la puerta. Siempre he pensado que lo hizo a través de la pared. Si existieran las amazonas del Apocalipsis esa mujer sería una de ellas. Apareció, se sentó y no dijo ni esta boca es mía. No hizo falta, la reunión terminó en loas a Carlitos y exhortaciones a que escribiera algo más acorde con los tiempos que corrían. Espérese un momentico y le enseño el poema adolescente, yo debo tener una copia en mi archivo.

Jonathan le entrega la taza vacía, controla una sonrisa innecesaria y muerde su pipa sin poder evitar la sensación de estar en un convento. La viejita deja la sala con pasos cortos y él sigue con el juego de las confesiones. No se moleste, profesora, ya tengo una copia de esa rima en mi oficina. La salida de sus hijos al balneario no fue casualidad, yo la preparé. En cuanto comprobamos que usted se quedaba sola mi gente vino y revisó la casa. Un trabajo fino, nada de chapucerías de policía política, todo según el mejor de los manuales. En estos momentos yo sé de usted y de su familia mucho más de lo que mandan las buenas costumbres. A mí no me importan sus recuerdos, sólo sus olvidos, y sus omisiones. Eso es lo que tiene valor para mí. Pero bueno, ahí la veo regresar, mejor seguimos como estábamos. Reiré divertido cuando lea el papelito, preguntaré si puedo copiarlo y usted dirá, con mucha cortesía, que prefiere confiar en mi memoria; y mi sonrisa será de admiración por saber que la decencia todavía sobrevive en este mundo.

—Disculpe que no se la pueda entregar, léala cuantas veces quiera, pero yo soy de las que creen en la discreción del magisterio. Además, me parece un detalle poco importante. Déjeme decirle que eso lo escribió en décimo grado, tres años más tarde, en grado trece, había cambiado muchísimo. Se puso críptico, oscuro. Le dio por leer a esos escritores que orbitan en sus propios universos. Y me obligó a leerlos también. Carlitos utilizaba referencias e intertextualidades que yo no alcanzaba a comprender. Varias veces sentí la tentación de otorgarle una mala calificación. Pero de alguna forma vislumbraba un sentido en sus palabras y decidía dejarlas correr al tiempo. Siempre he pensado que en este mundo hay demasiada gente jugando a ser dios, y yo no quiero ser una de ellas. Discutí con Carlos, pero no lo castigué. Una vez le dije que su estilo estaba bien para publicar, pero no para un examen. No me compró la idea, siguió en sus trece, entonces, un día, le solté la famosa frase de Ortega y Gasset. Delante de toda el aula le entregué su examen y le recordé que la claridad era la cortesía del filósofo. Me miró bajito y con mucho respeto me dijo: “Una idea clara es como el viejo cauce de un río, yo prefiero la burbujeante cortesía de los manantiales”. ¿Qué le iba a decir? ¿Eh? Si me recordó a mi hermano, que le encantaban los contradichos, si usted le decía que al que madruga dios le ayuda, él respondía que no por mucho madrugar se amanece más temprano. Lo único que se me ocurrió fue reírme y darle las gracias. Sin embargo, mire usted, Carlos cambió. El último año del preuniversitario nos hizo la vida un poco más fácil a los profesores. Se enamoró. Eso debe haber influido. Muy linda muchacha. ¿Cómo se llama? ¿No le digo que estoy perdiendo la memoria? Bueno, que se le va a hacer. Muy linda, más de un santo varón suspiraba por ella; y de la noche a la mañana, sin avisar, era la novia de Carlos. Ya puede usted imaginar los comentarios, que si él no es muy buen mozo, que si ella no sabía lo que hacía. Comidilla de gorriones. La verdad es que se enamoraron como manda el amor. Nada más había que verlos juntos, eran pura risa. Siempre tomados de las manos, siempre riendo. Así los recuerdo, nunca más los he vuelto a ver. Supe por alguien que estudiaron medicina. ¡Ya! Ella se llama Brisas Martínez. ¿Interesante verdad?

El Gordo se despide a las dos horas de café, tabaco y confesiones. Su promesa de ayuda para unos espejuelos es recibida con grandes esperanzas. Antes de subir al carro golpea la pipa contra el canto de la mano. Su gente ocupa las posiciones convenidas. Le interesa saber que hará Doña Margarita una vez que esté sola. Tiene la idea de que la profesora guardará sus papeles en el archivo e irá, ensimismada, a buscar algo en su escaparate de caoba. En la gaveta del centro hay una antigua caja de bombones en forma de corazón. Está llena de tarjetas. Una de ellas es la única cosa que no fue mencionada en la conversación. Con letra pequeña y descuidada, Carlitos escribió, muchos años antes, una nota muy rara: “Profe, me habría gustado conocerla donde el río se estrecha”. Jonathan sabe que la profesora, acostumbrada a las referencias mitológicas, pudo haber pensado en el río de Caronte; pero él, un hombre educado en códigos y quebraduras, sabe que ese podría ser un lugar bien preciso de la geografía terrestre. De la fecha también podría decir lo mismo. La tarjeta fue enviada un día sin sentido para las multitudes. Para Jonathan, sin embargo, es la coordenada en el tiempo de la muerte de su amigo Carlos Brosky Marticorena.


—¡Viejita, cará! Usted lo sabe todo y su Dios no la deja partir.

martes, marzo 24, 2009

Esa maldita circunstancia

Transcribo un texto de César Reynel Aguilera.
***
Esa maldita circunstancia

Días atrás llamaron con la noticia de un hallazgo; esta vez en la barriga de una ballena suicida, que fue descubierta, boca arriba y despanzurrada, en la península de Terranova. Allá fui con la sospecha de que ese podría ser mi último servicio como experto en verificaciones. Quizás por eso aproveché el viaje de ida y vuelta para escribir estos apuntes que ahora se convierten en una suerte de discurso sobre la historia de la Organización Botella. Agradezco a la junta directiva, y a todos los miembros, el reconocimiento que significa dejar en mis manos estas palabras finales. Mucho ha llovido desde que decidimos embarcarnos en nuestra causa común. Como era de esperarse, los tiempos han cambiado y las nuevas condiciones nos obligan a la recapitulación. Esa es la tarea que hoy me toca y trataré de hacerla con la mayor brevedad, comprometiéndome a respetar, dentro de la medida de mis posibilidades, el orden cronológico y la veracidad de los acontecimientos. Comenzaré por el principio.

Fue una mañana que brillaba por la ausencia de signos premonitorios, y yo pescando en el Estrecho. Digo pescar por decir sentarse al sol con un sedal sin anzuelo ni carnada, mientras los pensamientos vagan entre sandías y sandeces. A las tantas horas me percaté que la mar no estaba serena y decidí regresar. Empezaba a recoger mi red de una sola cuerda cuando sentí un golpe en la banda de babor, que es siempre la contraria de estribor y que nunca sé donde está, así que le di la vuelta al bote asomándome por la borda. Esperaba un madero, pero encontré una botella con un papelito seco en su interior: Un saludo desde aquí para los que están por allá.

Regresé a tierra firme con un salto en el estómago que sólo pudo calmar una grillada al amparo de unas julianas crujientes. Los amigos del lugar preguntaron por la pesca y, con la boca llena, puse sobre la mesa el papel desdoblado. Sucede que a veces pesco lo que no puedo entender, para eso están los demás. Sin embargo, fue bien poco lo que alcancé a sacar en medio de la algarabía que se formó. Según iban contando logré saber que una historia rodaba y rodaba por Allá, o sea, al otro lado del Estrecho visto desde aquí. Parece que la gente de Allá terminaba de leer esas palabras sin poder resistir el incontrolable deseo de embotellar sus mensajes; los de Acá, ni cortos ni perezosos, se aprestaban a coleccionarlos con verdadera fruición. Recuerdo que por esa época se comentaba uno que decía: Túnica de medio paso, zapaticos de a cent ten.

Debo reconocer que, a pesar del entusiasmo reinante, el asunto me resbaló con esa indiferencia que siempre tengo por los grandes números. Cualquier cosa que implique a muchas personas me hace pensar, de forma ineluctable, en la maldición de los círculos cerrados. Es una de las pocas creencias que tengo y se las explicaré con el mismo ejemplo que utilizaron para regalármela hace ya muchos años: dile a tu mejor amigo un gran secreto, hazle jurar que sólo se lo dirá a uno de su entera confianza, insístele sobre ese punto y siéntate a esperar. El mensaje regresará para cerrar una viciosa circunferencia que lo hará morir por disipación energética. Dos meses de resonancia y listos, pensé. Pero no, las botellas siguieron llegando con más oleadas que el día D: Dulcinea, me salaste la existencia. Ándele no más manito con el bicarbonato. Ay San Eligio, yo lo que quiero es chocolate.

Por esos días el Gobierno de Allá estaba enfrascado en la cuarta campaña de alfabetización, esta vez en chino, para variar. El asunto de los mensajes embotellados fue visto como una moda pasajera, parecida a aquella de empinar chiringas con hilo negro a las doce de la madrugada. Esto explica que la única reacción de las autoridades haya sido cambiar los frijoles amarillos por unos verdes de cáscara dura y disminuir la intensidad de la iluminación artificial. La gente andaba por Allá con tormentas en las entrañas y candiles en las manos, así escribían sus cartas flotantes. En Cantón, amor también se escribe sin H.

Fueron tantos los mensajes que por Acá decidimos crear un museo para exponerlos al mundo. Tarea bien difícil si tomamos en cuenta que nuestros ahorros y algunas subvenciones sólo alcanzaron para copar con las primeras arribadas. Hoy puedo dejar a un lado la falsa modestia y decirles que fue a este servidor a quien se le ocurrió la idea de la organización. Es algo de lo que me enorgullezco, pues me permite considerar esta obra como mía sin detenerme en las culpas de mis dudas e indiferencias iniciales. Puedo, incluso, decirles más: fui yo quien propuso buscar ayuda en los medios de difusión masiva. Con mucho esfuerzo logramos convencer a los diarios más importantes de las grandes ciudades para que publicaran una pequeña sección en sus primeras planas: “La Botella del Día”. El éxito fue rotundo. En Buenos Aires causó sensación aquella que rezaba Cuídalos Fonsina, con un pie de nota explicando que había sido encontrada por un pesquero japonés frente a las costas de Madagascar. En San Juan se comentó mucho una que pedía Vuela paloma coja, que son dos tus alas en la cresta de una ola. Y en Barcelona, aún hoy, quien no entiende algo levanta sus manos al cielo y exclama ¡Ah Tápies, Tápies! ¡Qué bien forjaba Tápies! El resultado fue una gran afluencia de donaciones, y por primera vez pudimos ser escuchados con nuestras propias voces.

Ante el mal cariz que tomaba la situación, el Obierno de Allá decidió iniciar una pequeña ofensiva. Las estratégicas reservas de frutas y vegetales fueron puestas a disposición de la población, el suministro de electricidad fue restituido y, para mayor beneplácito, se estrenaron dos telenovelas extranjeras. Paradójicamente, los de Allá reaccionaron según lo inesperado, sus mensajes fueron más extensos y alcanzaron largas distancias en sus saltos hacia el horizonte. Así fue como recibimos éste que les leeré a continuación. Lo hago porque muchos lo consideran un intento de aviso temprano sobre los tiempos que corren. El nombre del abajo firmante nos lo reservamos por razones de elemental cautela. Dice así: ¿Qué les vais a pedir si no pueden imaginar la vida en tres dimensiones? ¿Los vais a matar? ¿Porque no saben que la bala entra en el plano como un punto que se agranda en círculos excéntricos? ¿Porque si los diámetros se superponen dirán que una distorsión lateral les acarició las orejas? No perdáis vuestro tiempo, dejadlos ondular, ya llegaran al punto de inflexión, y los estaré esperando. Tendríais que verlos cuando me acerco con el martillo en la mano y mis clavos hipercúbicos entre los labios. Se sueltan a pedir otra oportunidad, a jurar que harán esto y lo otro. No me queda más remedio que decirles que está muy bien lo que dicen. Para de paso dejarles caer que tienen eones de meditación por delante. Ni cuenta se dan, siguen hablando entre juramentos y sorpresas. Muchas veces terminan con una invocación a los héroes, momento que aprovecho para darle pasto al tiempo. ¡Ah los héroes, los héroes, esos farsantes! ¿Por qué evitaron responder una pregunta tan simple?

Por Acá discutíamos sin cesar los mensajes como éste, mientras que por Allá el Bierno acusaba los primeros signos de estar llegando al límite de su paciencia. Supimos que varias divisiones de hombres-rana fueron enviadas a interceptar botellas. Los remitentes que pudieron ser identificados sufrieron penas de embotellamiento en formol y fueron remitidos hacia las facultades de medicina para el estudio de raras enfermedades tropicales. De poco sirvió el escarmiento que las autoridades quisieron dar; la gente de Allá replicó con el anonimato y a partir de ese momento firmaron sus misivas con el bíblico nombre de Jonás. Para mejor cobertura empezaron a utilizar las lenguas de antiguas campañas culturales. The true day of my soul dances in the middle of the night. Nadezhda umiraet posledney.

Intentando presionar en todos los frentes, las autoridades de Allá publicaron un bando interno. En un largo editorial se hablaba del enemigo que, sutil y silencioso, ahogaba por todas partes, el mismo que salaba la tierra, envenenaba las cosechas y que pretendía corroer, con su aliento, las bases de hierro que sustentaban la paz. Su poder maléfico había sido siempre la causa de todos los males. Una vez más buscaba emponzoñar, extendiendo las puntas de sus ondulantes brazos a los que quisieran sumarse a su obra destructora. Al Ierno de Allá no le quedaba otro remedio que una nueva ley primera: muerte al agresor y a los colaboracionistas. Una posible respuesta a semejante exabrupto la recibimos de las manos de un navegante solitario, que la encontró flotando cerca de las Islas Azores: Díganme por favor, ¿hubo policías en Numancia?

¡Guerra! Gritaron los tambores. El Erno de Allá acantonó sus ejércitos y por enésima vez llamó a la solidaridad internacional. Cada soldado recibió la orden de lanzar diez botellas por día. Fue un duro golpe para nosotros, que en unas pocas horas nos vimos desbordados por una avenida de disímiles continentes y un mismo contenido: Avanti, per sempre avanti. Llevó tiempo y mucho esfuerzo ordenar y clasificar aquel intento de confusión. Tuvimos que contratar grafólogos e ingenieros en lenguas para agrupar nuestras piezas según sus procedencias e intenciones. Al final ciertos patrones emergieron en medio del caos; por ejemplo, los mensajes solidarios se repetían entre el Champagne y los vinos caros. Cuando terminamos, el museo quedó dividido en las tres secciones que conocemos hoy: Mensajes Embotellados, Jonanismo Gubernamental y Ánforas Solidarias.

Tomando nuestra idea como un regalo, el Rno de Allá decidió hacer un censo grafológico nacional. Cada ciudadano, con independencia de edad, sexo o raza fue llamado a escribir sus vocales y sus consonantes para una base de datos que sería utilizada en la lucha contra el enemigo. Hasta los niños fueron convocados a dejar sus trazos balbucientes, y lo hicieron con mucho gusto, como si supieran que eran ellos los elegidos para ponerle la tapa al pomo. La oportunidad que aprovecharon los pequeños para lanzar sus mensajes fue la ceremonia que Acá conocemos como Fiesta del Arrepentimiento. Porque Allá, bastión al fin, se ven obligados a esconder ciertos cadáveres lanzándolos por encima de los dientes filosos de la frontera. Cada año, para calmar las conciencias, llevan a los niños hasta esos mismos lugares y les piden que lancen flores y cantos que en nada cambian el vaivén de los vientos. Pero en aquella ocasión los pequeños lanzaron sus propias palabras, y lo hicieron con letras zurdas y distintas, cada uno prestándole a otro su más bella tilde o la mejor de sus Aes. Una flor para ustedes y un beso para mi papá.

Esa fue la gota que desbordó la paciencia. El No de Allá, preocupado por las generaciones venideras, decidió apostar por las medidas extremas. Los hombres de ciencia, presionados por las circunstancias, encontraron dos grandes soluciones para defender el futuro. La primera fue pasar a la producción de botellas emplomadas (con un plan adjunto para convertir al país en una potencia mundial en el tratamiento del saturnismo infantil). La segunda fue la creación de diccionarios locales. En estos momentos ya sabemos con certeza que cada localidad ha sido dotada con un pequeño libro de palabras y acrónimos. Sólo estos términos pueden ser utilizados dentro de los límites precisos de ese territorio; el uso de un vocablo no autorizado se pena con gran severidad. La detección de un mensaje que utilice voces de una región ha sido esgrimida como prueba para castigar a los habitantes de la misma. Nos han llegado rumores de libros llenos de tachaduras y de personas que se han visto obligadas a mudarse por culpa de sus tatuajes. También sospechamos un aumento de los cantos y flores que terminan echados a las fauces sedientas del eterno enemigo.

Las señas proliferan entre los que viven Allá, mientras que los que vivimos Acá tenemos que conformarnos con el silencio y la duda. Los pocos textos que nos están llegando siembran más desconcierto que alegría. Esta es, en mi opinión, la característica fundamental de lo que llamamos la cuarta marejada. Una etapa cuyo comienzo puede ser definido por la llegada, entre los nudos de una cañabrava seca, de estos versos escritos, hace ya mucho tiempo, por un poeta casi olvidado: “Filiflama alabe cundre/ ala olalunea alífera/ alveolea jitanjáfora/ liris salumba salífera”.

Así van las cosas. Cada vez nos resulta más difícil interpretar a los que están por Allá y poco a poco nuestra perplejidad nos separa en dos grandes grupos: el de los Entendedores y el de los Desentendidos. Los primeros piensan que hay un sentido evidente en las señales que nos llegan. Para ellos un texto tiene el significado que el significante quiera darle. Traducir es, según la doctrina que defienden, un vuelo del deseo, y las ansias de saber el mejor de los cuidados para una traslación perfecta. Sin grandes complejos proponen y asumen un significado perfecto para el poema de la cañabrava: “Flama alabanza de lumbre/ olas de luna cautiva/ ánfora en mágica danza/ rumba de sal en mi lira”.

Los Desentendidos, por su parte, piensan que los de Allá no se entienden entre ellos mismos, ni con el mundo, ni con su O, y mucho menos con nosotros. Esta facción considera que cualquier intento por comprender es hacerle el juego a una circunstancia que ha llegado hasta los límites de lo permisible. Para burlarse de los descifradores han publicado una versión del texto de la cañabrava que, por razones de elemental decencia, no puedo repetir aquí.

Proponen los Desentendidos desentenderse de todo y disolver nuestra organización. En cambio, los Entendedores responden con golpes de pecho, sacan a relucir unos picos de botellas y amenazan con expulsiones. De paso niegan cualquier relación con algunos mensajes inteligibles (y apócrifos) que han aparecido recientemente. La discusión ha alcanzado su punto álgido con el descubrimiento de estas voces en un trozo de cañería forrada con caucho vulcanizado: tin marín/ de do pingüe/ cuca la maca/ la títere fue.

Los Entendedores celebran el hallazgo y reclaman a todo grito que se trata de una forma de queja comedida que tiene la gente de Allá. Para demostrarlo acuden a las acepciones de las palabras y dicen saber del pingüe beneficio que algún títere está obteniendo con un engaño muy astuto. Los Desentendidos, mientras tanto, insisten en que pudiera tratarse del estribillo perdido de una antigua tonada popular, la misma que habla, entre sus muchas estrofas, de una vieja y un viejito que se cayeron en un pozo después de haber montado cachumbambé. Una vez más se burlan de los otros bailando al ritmo de una reiteración muy pegajosa.

En fin, el cisma se profundiza y no es mi intención ahondar en el abismo. Este discurso sólo pretende crear el marco apropiado para presentarles algo que unos podrán interpretar como el final de esta historia y otros como un nuevo comienzo. Quiero aclarar que yo no participo en la polémica; mis dudas e indiferencias iniciales me invalidan para la contienda. Además, me basta con velar por la autenticidad de las palabras que otros utilizan para defenderse o agredir. Eso explica la unanimidad con que decidieron delegarme esta presentación. Creo que he cumplido mi promesa de ser breve. Para terminar los dejaré en compañía de nuestro último hallazgo. Quiero repetir que fue descubierto por un grupo de ecologistas franceses, dentro de la barriga de una ballena suicida. Puedo asegurarles que se trata de una gran adquisición, un verdadero original que nos llegó protegido por tres cilindros de madera tallada. Hasta ahora ningún lingüista ha podido encontrarle relación alguna con un idioma conocido. Le llamamos el tiritar del pigmeo y en cuanto lo lean sabrán por qué: Ágea átete gea a acétece átege cetécete teátete gécete.

Muchas gracias.

***
Este texto fue publicado originalmente en
La Jornada Semanal. Lo reproduzco aquí cortesía del autor.

viernes, marzo 20, 2009

Notas al vuelo sobre la “Primera Semana de la Cultura Cubana en Qatar”

Hay en Qatar un evento
que festeja la cultura
de la torpe dictadura,
de su medio siglo cruento.
Ay, qué dolor, qué tormento:
hay folclor y artesanía,
hay pose e hipocresía;
hay cine, música y danza;
hay infamia y destemplanza…

¡Celebran la tiranía!

sábado, marzo 14, 2009

Otorrinolaringólogo vs. podiatra

Me preguntaba mi esposa —cuya lengua adoptiva es el castellano— por qué había usado en un texto del blog un rejuego de palabras que generaba una ligera cacofonía.

Mi respuesta fue rápida y torpe: «Yo escribo con el oído».

La de ella no tiene desperdicio: «Ok. Yo leo con el pie».

sábado, marzo 07, 2009

Diálogo en el circo ambulante (también llamado “Feria del Libro”), en Ciego de Ávila

—Yo tengo una luz que irradia.
—¿Qué irradia? —¡Sabiduría!
¡La feria de la alegría!
—¿Se puede comprar
Livadia,
o aquel del Infante:
Arcadia
todas las noches? —¡Ni muerto!
Deja de soñar despierto
y contempla el panorama:
Abel Prieto en el programa…
—¡Yo no leo a ese mamerto!

viernes, marzo 06, 2009

Estampa mexicana (para variar)

Calle Tacuba, frente a la Plaza Manuel Tolsá
Teresa Dovalpage

Donde queda el Palacio de Minería, sede de la animadísima Feria del Libro... Allí llegué el viernes pasado después de recorrer con terror mal disimulado varias calles del centro. Porque algunas amistades (con excelentes intenciones, qué duda cabe) me habían atiborrado de recomendaciones parapelos antes de salir de Albuquerque. Desde “no cojas taxis en la calle que te hacen un secuestro express” hasta “agarra bien la cartera que te la arrebatan en un decir Jesús.” Así que andaba yo con la cartera abrazada como un bebé y en el coche de San Fernando, un ratico a pie y otro caminando.Pero me protegió la suerte, o los orishas, porque no tuve el más mínimo problema. Aunque eso sí, no pude evitar que se me asomara la oreja de guajira como cuando pasé por un local donde se leía “Café de Tacuba”, situado en la calle del mismo nombre. Yo, toda emocionada: “¡Ay, éste es el que se menciona en La culpa es de los tlaxcaltecas, de Elena Garro!”. Y la aclaración pertinente: “No, güerita, ese que usted dice es el Café Tacuba, que está en la calle Cinco de Mayo. Éste es el Café de Tacuba”. Vaya, cará.

Meteduras del delicado pie aparte, mis experiencias en la Ciudad de México no pudieron ser más agradables. Empezando con la “Lectura de narradoras latinoamericanas”, con Odette Alonso y Carla Quintanar, en la que endilgué mi cuentito “Visa poética para Chihuahua”, y siguiendo con una escapada al Sanborn’s de los azulejos, donde mandé a la luna a la dieta del South Beach y comí como una cochinita… pibil.


Volví a la feria, ya con la panza llena, para el lanzamiento de la novela Espejo de tres cuerpos de Odette Alonso, publicada por Quimera Ediciones. La autora, el editor Sergio Téllez-Pon y una servidora les servimos un aperitivo literario a los asistentes. El sábado fue la presentación de la antología Dos Orillas. Voces en la narrativa lésbica (Editorial Egales, Barcelona). De ahí nos fuimos en bolón para el departamento de Odette y Dora a seguir la pachanga. Y el domingo, ya con una pata en el avión, mi pana venezolana, la poeta Eleonora Requena, y yo nos lanzamos a la caza de artesanías antes de presentar mi ponencia sobre Eve Gil en la mesa redonda sobre Ensayistas latinoamericanas.

¿Qué más les cuento? Pues que me quedé con ganas de volver al DF. Pero con tiempo, eh. Les debo una visita a las pirámides y a la casa museo de Frida Kahlo. Ah, y al verdadero Café Tacuba, pues no faltaba más.


***
En la foto: Odette Alonso, Eleonora Requena, Carla Quintanar, Eve Gil y Teresa Dovalpage.

jueves, marzo 05, 2009

Sobre una lista que no es “smart” ni está “ready”

Leonardo Padura ha preparado para el diario británico The Guardian un listado de las que son, a su juicio, las diez novelas cubanas más importantes.

Noto no con poca alegría que d
icha lista, arbitraria como todas, incluye los Tres tristes tigres de Cabrera Infante, a pesar de que el comentario al respecto escamotea que el propio GCI —junto a Suzanne Jill Levine y Donald Gardner— es uno de los traductores al inglés de la obra. La selección incluye también ese documento maldito, hilarante e imprescindible que es Antes que anochezca, a pesar de que se trata de un libro de memorias.

Hasta ahí, santo y bueno. Pero veo que Cabrera Infante y Reinaldo Arenas aparecen en semejante lista acompañados de Lisandro Otero, ese terrible policía de la cultura, a quien difícilmente se podría acusar de escritor (por la abrumadora falta de evidencias).

Más atención para la próxima, compilador.

***
Para rematar: No paro de reír. El pie de la foto que convoya (con perdón) el artículo de Padura (y que publico abajo) reza: “una mirada más allá de los clichés… Dos músicos en el malecón de La Habana”. Sin comentarios.

Foto: Eamonn McCabe

lunes, marzo 02, 2009

Orlando

Transcribo un poema de Carlos Pintado, del libro Habitación a oscuras.
***


Orlando
-Virginia Woolf-

Como el terror es sólo un ejercicio,
solitario me pierdo noche adentro,
sueño un puente sombrío y en su centro
la tibia luz me ofrece un vano oficio.

Pero el terror no es más que un artificio,
de la luz y la sombra, acaso un juego,
tiniebla que se apaga como el fuego,
tiniebla que fatal me niega el juicio.

sábado, febrero 28, 2009

Declaraciones de Miguel Barnet respecto al “esplendor literario cubano”

«Escriben los generales.
Escriben los presidentes
—¡que son dos!—. ¿Los disidentes?
¡Qué bonitos soportales!
¡Qué sabrosos carnavales!
¿De qué hablaba? ¡De escritura!
¡Viva la literatura!
Hay doctores literatos.
¡Hay escritores mulatos!
¡Y hay ministro de cultura!».

martes, febrero 24, 2009

Otra versión de la soledad

Transcribo un poema de Carlos Pintado, del libro Habitación a oscuras.
***
Otra versión de la soledad

O, solitude, if I must with thee dwell
John Keats

No es la taza de té, ni la fugaz penumbra;
tampoco la tiniebla, no es el vino ni el vaso,
ni las cosas que tengo, ni las que tuve acaso,
ni el oro de las tardes que a veces se vislumbra.
La soledad no está siquiera en sitio alguno.
(su oscuro deambular regresa a lo perdido);
no es ni breve ni eterna; jamás roza el olvido;
la soledad no existe; pienso que acaso uno
la inventa. ¿A qué seguir su ambiguo juego entonces
de mirar las estrellas lejanas en la noche?
La soledad no es nunca aquel oscuro broche,
ni aquella extraña aldaba de silenciosos bronces
que a oscura casa abría y también encerraba,
y en la que yo esperaba sin saber qué esperaba.

lunes, febrero 16, 2009

Me gustaba cuando...

Transcribo un poema de Carlos Pintado, del libro Los nombres de la noche.
***
Me gustaba cuando...

Me gustaba cuando leía
un poema de San Juan de la Cruz,
y yo pensaba en la noche
como la única puerta a lo posible,
cuando hablaba de mi sombra
o el cadáver de mi sombra,
arañando en silencio
la piel del silencio,
o cuando descansaba frente a la tarde,
mirándome a los ojos,
diciéndome: nada nos salva de la noche,

ni la noche.