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martes, marzo 31, 2009

Revista Caleta: “Doña Margarita”

Como mencionaba anteriormente, el próximo número de la revista Caleta —que en menos de una semana verá la luz de estanquillos y librerías en Cádiz y el resto de la península— ha sido dedicado a los últimos 50 años de literatura cubana.

Dicho número incluye un excelente cuento de César Reynel Aguilera, que me doy el gusto de reproducir en mi blog. Agradezco muy encarecidamente al autor y al editor el visto bueno para su publicación en Belascoaín y Neptuno.

***
Doña Margarita

—¡Ay, señor, si no fuera pecado yo quisiera morir! ¿Lo puedo llamar, señor? Estoy llena de achaques, y desde que mi esposo murió me siento cumplida en este mundo. La memoria me falla, antes me servía muy bien, ahora tengo que releer para recordar y, mire usted los espejuelos que tengo, son un desastre. Los hijos y los nietos me quieren; pero a su forma, claro está. A veces me parece que soy un estorbo. ¿Me parece? Estoy segura, fíjese que ahora están para una casa en la playa, y ni me invitaron. Pero discúlpeme, por favor, ¿Qué le trae por aquí? ¿Le gustó el café?

Jonathan Brimley se acomoda en el sillón de mimbre y sonríe. Le habría gustado quitarse las sandalias, sentarse como un Buda, sacar la pipa y montarla con lentitud. Un encanto de viejita para confesarse. Para decirle, señora, mi nombre real es bien distinto de ese que usted leerá en la identificación que pienso darle. Los pocos amigos que tengo me dicen El Gordo, y soy el oficial de caso de más alta graduación en la inteligencia de este país. Nunca he vestido un uniforme de tropas regulares, jamás he sido condecorado ni ascendido, no existo en términos oficiales. Manejé en mis buenos tiempos una red operativa y de información que cubría media centena de países. Hoy mis agentes duermen a la espera de la muerte o del beso resucitador, que casi siempre es lo mismo. En plan piyama estaba yo también. Pasaba mis días viendo el Béisbol de las mayores, leyendo a Julio César, a Suetonio y a Gibbon. Así habría seguido, a no ser por la desaparición de un ex alumno suyo. Resulta que el vejigo ha armado una cagazón tal que las altas esferas se han visto obligadas a reactivarme. El verracutín se llevó consigo un alto secreto, mi función es encontrarlo y donde quiera que esté, hacerle llegar una declaración de principios. Así le habría gustado hablar, pero prefirió hacerlo con otra verdad.

—Profesora, yo trabajo en el departamento de cuadros de la CTC. Aquí tiene usted mi identificación. El asunto que me trae por acá es muy simple. Un ex alumno suyo ha sido propuesto para la medalla de Héroe Nacional del Trabajo. El proceso de adjudicación de este alto reconocimiento incluye una revisión exhaustiva de la vida estudiantil y laboral del candidato...
—¡Pero bueno! ¿De quién se trata?
—Carlos Brosky.
—Carlos Manuel Brosky Varela.
—Efectivamente.
—Lo recuerdo muy bien. ¿Cómo no lo voy a recordar? Ese fue un curso maravilloso. Fue el año que nos mudamos del antiguo Colegio Roston para el edificio que está en la Calle Primera entre 32 y 34. Las aulas son muy buenas, la iluminación perfecta y el olor del mar. ¡Ay, ese olor de mar que acariciaba! Imagínese usted, leer a Neruda con sal en las ventanas. La disciplina era militar, pero no existía ese control ideológico que tenemos hoy. Las clases de literatura eran mucho más abiertas. Dentro del aula yo era reina y señora. El primer día de clases era muy interesante. Nunca quise saber de mis alumnos más de lo que ellos quisieran decirme. Eso de leer Expedientes Acumulativos para saber quién era quién no me parecía bueno. En el primer encuentro me presentaba con mi nombre, el de mi esposo y los de mis hijos. Les decía el nombre y la ocupación de mis padres, los estudios que había cursados y mis trabajos anteriores. Acto seguido les pedía que se levantaran, de uno en uno, y se presentaran más o menos de la misma forma. Como ellos quisieran. Le digo esto porque recuerdo dos detalles interesantes en la presentación de ese curso. El primero fue un alumno que se paró y me dijo que su nombre era Bictor con be, sus padres eran dos guajiros de Manicaragua que, entre otras cosas, no sabían escribir bien y lo habían inscrito con un nombre que, a fuerza de repetirlo, ya le gustaba. Desde ese año, todos los días de las madres me ha enviado una tarjeta firmada Bictor Combé. ¿Gracioso, verdad? El otro incidente lo protagonizó Carlos Brosky. Cuando llegó su turno se levantó y con una voz muy neutral me dijo: “Mi nombre es Carlos Manuel Brosky Varela, soy hijo de Ella Varela Valdés, ex terrorista, y de Carlos Brosky Marticorena, un cazador de sueños que murió buscando uno más hermoso que yo”. ¿Triste, verdad?

Jonathan aprovecha la pausa para preguntar si puede encender la pipa. Doña Margarita va por más café, y regresa hablando de Carlos.

—Era un estudiante muy tranquilo, casi nunca participaba en la clase, pero si lo hacía yo terminaba confundida. Era ese tipo de muchacho que a uno le parece que nació sabiendo. Fue el año que más estudié preparando mis clases. Entre él y Bictor Combé me obligaron a prepararme con mucho cuidado. Varias veces me hicieron preguntas que no pude responder. Carlos tenía un gran poder de síntesis, en los exámenes escritos era capaz de responder las preguntas de desarrollo con unas cuantas oraciones. Su capacidad para manejar conceptos era muy alta. Yo pensaba que iba a ser filósofo y de hecho él pidió irse a China a estudiar filosofía oriental, pero no lo dejaron ir. ¿Usted sabe? Aquella fue una época de grandes exabruptos, cualquier cosa podía ser considerada una afrenta al proceso revolucionario; y Carlos no resaltaba por su cuidado en esos asuntos. Todavía recuerdo el escándalo de aquel concurso de poesía. Los alumnos haciendo poemas comprometidos y él se apareció con una “Receta andaluza para hacer cantar superficies lisas en reposo”. La que se formó, pocos lograron leer más allá del título. Imagínese, ¡una cántico al vicio de Onán! Los que terminaron de leerlo no pudieron resistir la tentación de organizar un linchamiento moral con todas las de la ley. Y hubieran prosperado si la madre de Carlos no interviene. Yo la vi en la reunión donde estaban analizando a su hijo. ¡Qué carácter! ¡Qué pelo tan rojo! No recuerdo que haya entrado por la puerta. Siempre he pensado que lo hizo a través de la pared. Si existieran las amazonas del Apocalipsis esa mujer sería una de ellas. Apareció, se sentó y no dijo ni esta boca es mía. No hizo falta, la reunión terminó en loas a Carlitos y exhortaciones a que escribiera algo más acorde con los tiempos que corrían. Espérese un momentico y le enseño el poema adolescente, yo debo tener una copia en mi archivo.

Jonathan le entrega la taza vacía, controla una sonrisa innecesaria y muerde su pipa sin poder evitar la sensación de estar en un convento. La viejita deja la sala con pasos cortos y él sigue con el juego de las confesiones. No se moleste, profesora, ya tengo una copia de esa rima en mi oficina. La salida de sus hijos al balneario no fue casualidad, yo la preparé. En cuanto comprobamos que usted se quedaba sola mi gente vino y revisó la casa. Un trabajo fino, nada de chapucerías de policía política, todo según el mejor de los manuales. En estos momentos yo sé de usted y de su familia mucho más de lo que mandan las buenas costumbres. A mí no me importan sus recuerdos, sólo sus olvidos, y sus omisiones. Eso es lo que tiene valor para mí. Pero bueno, ahí la veo regresar, mejor seguimos como estábamos. Reiré divertido cuando lea el papelito, preguntaré si puedo copiarlo y usted dirá, con mucha cortesía, que prefiere confiar en mi memoria; y mi sonrisa será de admiración por saber que la decencia todavía sobrevive en este mundo.

—Disculpe que no se la pueda entregar, léala cuantas veces quiera, pero yo soy de las que creen en la discreción del magisterio. Además, me parece un detalle poco importante. Déjeme decirle que eso lo escribió en décimo grado, tres años más tarde, en grado trece, había cambiado muchísimo. Se puso críptico, oscuro. Le dio por leer a esos escritores que orbitan en sus propios universos. Y me obligó a leerlos también. Carlitos utilizaba referencias e intertextualidades que yo no alcanzaba a comprender. Varias veces sentí la tentación de otorgarle una mala calificación. Pero de alguna forma vislumbraba un sentido en sus palabras y decidía dejarlas correr al tiempo. Siempre he pensado que en este mundo hay demasiada gente jugando a ser dios, y yo no quiero ser una de ellas. Discutí con Carlos, pero no lo castigué. Una vez le dije que su estilo estaba bien para publicar, pero no para un examen. No me compró la idea, siguió en sus trece, entonces, un día, le solté la famosa frase de Ortega y Gasset. Delante de toda el aula le entregué su examen y le recordé que la claridad era la cortesía del filósofo. Me miró bajito y con mucho respeto me dijo: “Una idea clara es como el viejo cauce de un río, yo prefiero la burbujeante cortesía de los manantiales”. ¿Qué le iba a decir? ¿Eh? Si me recordó a mi hermano, que le encantaban los contradichos, si usted le decía que al que madruga dios le ayuda, él respondía que no por mucho madrugar se amanece más temprano. Lo único que se me ocurrió fue reírme y darle las gracias. Sin embargo, mire usted, Carlos cambió. El último año del preuniversitario nos hizo la vida un poco más fácil a los profesores. Se enamoró. Eso debe haber influido. Muy linda muchacha. ¿Cómo se llama? ¿No le digo que estoy perdiendo la memoria? Bueno, que se le va a hacer. Muy linda, más de un santo varón suspiraba por ella; y de la noche a la mañana, sin avisar, era la novia de Carlos. Ya puede usted imaginar los comentarios, que si él no es muy buen mozo, que si ella no sabía lo que hacía. Comidilla de gorriones. La verdad es que se enamoraron como manda el amor. Nada más había que verlos juntos, eran pura risa. Siempre tomados de las manos, siempre riendo. Así los recuerdo, nunca más los he vuelto a ver. Supe por alguien que estudiaron medicina. ¡Ya! Ella se llama Brisas Martínez. ¿Interesante verdad?

El Gordo se despide a las dos horas de café, tabaco y confesiones. Su promesa de ayuda para unos espejuelos es recibida con grandes esperanzas. Antes de subir al carro golpea la pipa contra el canto de la mano. Su gente ocupa las posiciones convenidas. Le interesa saber que hará Doña Margarita una vez que esté sola. Tiene la idea de que la profesora guardará sus papeles en el archivo e irá, ensimismada, a buscar algo en su escaparate de caoba. En la gaveta del centro hay una antigua caja de bombones en forma de corazón. Está llena de tarjetas. Una de ellas es la única cosa que no fue mencionada en la conversación. Con letra pequeña y descuidada, Carlitos escribió, muchos años antes, una nota muy rara: “Profe, me habría gustado conocerla donde el río se estrecha”. Jonathan sabe que la profesora, acostumbrada a las referencias mitológicas, pudo haber pensado en el río de Caronte; pero él, un hombre educado en códigos y quebraduras, sabe que ese podría ser un lugar bien preciso de la geografía terrestre. De la fecha también podría decir lo mismo. La tarjeta fue enviada un día sin sentido para las multitudes. Para Jonathan, sin embargo, es la coordenada en el tiempo de la muerte de su amigo Carlos Brosky Marticorena.


—¡Viejita, cará! Usted lo sabe todo y su Dios no la deja partir.

martes, marzo 24, 2009

Esa maldita circunstancia

Transcribo un texto de César Reynel Aguilera.
***
Esa maldita circunstancia

Días atrás llamaron con la noticia de un hallazgo; esta vez en la barriga de una ballena suicida, que fue descubierta, boca arriba y despanzurrada, en la península de Terranova. Allá fui con la sospecha de que ese podría ser mi último servicio como experto en verificaciones. Quizás por eso aproveché el viaje de ida y vuelta para escribir estos apuntes que ahora se convierten en una suerte de discurso sobre la historia de la Organización Botella. Agradezco a la junta directiva, y a todos los miembros, el reconocimiento que significa dejar en mis manos estas palabras finales. Mucho ha llovido desde que decidimos embarcarnos en nuestra causa común. Como era de esperarse, los tiempos han cambiado y las nuevas condiciones nos obligan a la recapitulación. Esa es la tarea que hoy me toca y trataré de hacerla con la mayor brevedad, comprometiéndome a respetar, dentro de la medida de mis posibilidades, el orden cronológico y la veracidad de los acontecimientos. Comenzaré por el principio.

Fue una mañana que brillaba por la ausencia de signos premonitorios, y yo pescando en el Estrecho. Digo pescar por decir sentarse al sol con un sedal sin anzuelo ni carnada, mientras los pensamientos vagan entre sandías y sandeces. A las tantas horas me percaté que la mar no estaba serena y decidí regresar. Empezaba a recoger mi red de una sola cuerda cuando sentí un golpe en la banda de babor, que es siempre la contraria de estribor y que nunca sé donde está, así que le di la vuelta al bote asomándome por la borda. Esperaba un madero, pero encontré una botella con un papelito seco en su interior: Un saludo desde aquí para los que están por allá.

Regresé a tierra firme con un salto en el estómago que sólo pudo calmar una grillada al amparo de unas julianas crujientes. Los amigos del lugar preguntaron por la pesca y, con la boca llena, puse sobre la mesa el papel desdoblado. Sucede que a veces pesco lo que no puedo entender, para eso están los demás. Sin embargo, fue bien poco lo que alcancé a sacar en medio de la algarabía que se formó. Según iban contando logré saber que una historia rodaba y rodaba por Allá, o sea, al otro lado del Estrecho visto desde aquí. Parece que la gente de Allá terminaba de leer esas palabras sin poder resistir el incontrolable deseo de embotellar sus mensajes; los de Acá, ni cortos ni perezosos, se aprestaban a coleccionarlos con verdadera fruición. Recuerdo que por esa época se comentaba uno que decía: Túnica de medio paso, zapaticos de a cent ten.

Debo reconocer que, a pesar del entusiasmo reinante, el asunto me resbaló con esa indiferencia que siempre tengo por los grandes números. Cualquier cosa que implique a muchas personas me hace pensar, de forma ineluctable, en la maldición de los círculos cerrados. Es una de las pocas creencias que tengo y se las explicaré con el mismo ejemplo que utilizaron para regalármela hace ya muchos años: dile a tu mejor amigo un gran secreto, hazle jurar que sólo se lo dirá a uno de su entera confianza, insístele sobre ese punto y siéntate a esperar. El mensaje regresará para cerrar una viciosa circunferencia que lo hará morir por disipación energética. Dos meses de resonancia y listos, pensé. Pero no, las botellas siguieron llegando con más oleadas que el día D: Dulcinea, me salaste la existencia. Ándele no más manito con el bicarbonato. Ay San Eligio, yo lo que quiero es chocolate.

Por esos días el Gobierno de Allá estaba enfrascado en la cuarta campaña de alfabetización, esta vez en chino, para variar. El asunto de los mensajes embotellados fue visto como una moda pasajera, parecida a aquella de empinar chiringas con hilo negro a las doce de la madrugada. Esto explica que la única reacción de las autoridades haya sido cambiar los frijoles amarillos por unos verdes de cáscara dura y disminuir la intensidad de la iluminación artificial. La gente andaba por Allá con tormentas en las entrañas y candiles en las manos, así escribían sus cartas flotantes. En Cantón, amor también se escribe sin H.

Fueron tantos los mensajes que por Acá decidimos crear un museo para exponerlos al mundo. Tarea bien difícil si tomamos en cuenta que nuestros ahorros y algunas subvenciones sólo alcanzaron para copar con las primeras arribadas. Hoy puedo dejar a un lado la falsa modestia y decirles que fue a este servidor a quien se le ocurrió la idea de la organización. Es algo de lo que me enorgullezco, pues me permite considerar esta obra como mía sin detenerme en las culpas de mis dudas e indiferencias iniciales. Puedo, incluso, decirles más: fui yo quien propuso buscar ayuda en los medios de difusión masiva. Con mucho esfuerzo logramos convencer a los diarios más importantes de las grandes ciudades para que publicaran una pequeña sección en sus primeras planas: “La Botella del Día”. El éxito fue rotundo. En Buenos Aires causó sensación aquella que rezaba Cuídalos Fonsina, con un pie de nota explicando que había sido encontrada por un pesquero japonés frente a las costas de Madagascar. En San Juan se comentó mucho una que pedía Vuela paloma coja, que son dos tus alas en la cresta de una ola. Y en Barcelona, aún hoy, quien no entiende algo levanta sus manos al cielo y exclama ¡Ah Tápies, Tápies! ¡Qué bien forjaba Tápies! El resultado fue una gran afluencia de donaciones, y por primera vez pudimos ser escuchados con nuestras propias voces.

Ante el mal cariz que tomaba la situación, el Obierno de Allá decidió iniciar una pequeña ofensiva. Las estratégicas reservas de frutas y vegetales fueron puestas a disposición de la población, el suministro de electricidad fue restituido y, para mayor beneplácito, se estrenaron dos telenovelas extranjeras. Paradójicamente, los de Allá reaccionaron según lo inesperado, sus mensajes fueron más extensos y alcanzaron largas distancias en sus saltos hacia el horizonte. Así fue como recibimos éste que les leeré a continuación. Lo hago porque muchos lo consideran un intento de aviso temprano sobre los tiempos que corren. El nombre del abajo firmante nos lo reservamos por razones de elemental cautela. Dice así: ¿Qué les vais a pedir si no pueden imaginar la vida en tres dimensiones? ¿Los vais a matar? ¿Porque no saben que la bala entra en el plano como un punto que se agranda en círculos excéntricos? ¿Porque si los diámetros se superponen dirán que una distorsión lateral les acarició las orejas? No perdáis vuestro tiempo, dejadlos ondular, ya llegaran al punto de inflexión, y los estaré esperando. Tendríais que verlos cuando me acerco con el martillo en la mano y mis clavos hipercúbicos entre los labios. Se sueltan a pedir otra oportunidad, a jurar que harán esto y lo otro. No me queda más remedio que decirles que está muy bien lo que dicen. Para de paso dejarles caer que tienen eones de meditación por delante. Ni cuenta se dan, siguen hablando entre juramentos y sorpresas. Muchas veces terminan con una invocación a los héroes, momento que aprovecho para darle pasto al tiempo. ¡Ah los héroes, los héroes, esos farsantes! ¿Por qué evitaron responder una pregunta tan simple?

Por Acá discutíamos sin cesar los mensajes como éste, mientras que por Allá el Bierno acusaba los primeros signos de estar llegando al límite de su paciencia. Supimos que varias divisiones de hombres-rana fueron enviadas a interceptar botellas. Los remitentes que pudieron ser identificados sufrieron penas de embotellamiento en formol y fueron remitidos hacia las facultades de medicina para el estudio de raras enfermedades tropicales. De poco sirvió el escarmiento que las autoridades quisieron dar; la gente de Allá replicó con el anonimato y a partir de ese momento firmaron sus misivas con el bíblico nombre de Jonás. Para mejor cobertura empezaron a utilizar las lenguas de antiguas campañas culturales. The true day of my soul dances in the middle of the night. Nadezhda umiraet posledney.

Intentando presionar en todos los frentes, las autoridades de Allá publicaron un bando interno. En un largo editorial se hablaba del enemigo que, sutil y silencioso, ahogaba por todas partes, el mismo que salaba la tierra, envenenaba las cosechas y que pretendía corroer, con su aliento, las bases de hierro que sustentaban la paz. Su poder maléfico había sido siempre la causa de todos los males. Una vez más buscaba emponzoñar, extendiendo las puntas de sus ondulantes brazos a los que quisieran sumarse a su obra destructora. Al Ierno de Allá no le quedaba otro remedio que una nueva ley primera: muerte al agresor y a los colaboracionistas. Una posible respuesta a semejante exabrupto la recibimos de las manos de un navegante solitario, que la encontró flotando cerca de las Islas Azores: Díganme por favor, ¿hubo policías en Numancia?

¡Guerra! Gritaron los tambores. El Erno de Allá acantonó sus ejércitos y por enésima vez llamó a la solidaridad internacional. Cada soldado recibió la orden de lanzar diez botellas por día. Fue un duro golpe para nosotros, que en unas pocas horas nos vimos desbordados por una avenida de disímiles continentes y un mismo contenido: Avanti, per sempre avanti. Llevó tiempo y mucho esfuerzo ordenar y clasificar aquel intento de confusión. Tuvimos que contratar grafólogos e ingenieros en lenguas para agrupar nuestras piezas según sus procedencias e intenciones. Al final ciertos patrones emergieron en medio del caos; por ejemplo, los mensajes solidarios se repetían entre el Champagne y los vinos caros. Cuando terminamos, el museo quedó dividido en las tres secciones que conocemos hoy: Mensajes Embotellados, Jonanismo Gubernamental y Ánforas Solidarias.

Tomando nuestra idea como un regalo, el Rno de Allá decidió hacer un censo grafológico nacional. Cada ciudadano, con independencia de edad, sexo o raza fue llamado a escribir sus vocales y sus consonantes para una base de datos que sería utilizada en la lucha contra el enemigo. Hasta los niños fueron convocados a dejar sus trazos balbucientes, y lo hicieron con mucho gusto, como si supieran que eran ellos los elegidos para ponerle la tapa al pomo. La oportunidad que aprovecharon los pequeños para lanzar sus mensajes fue la ceremonia que Acá conocemos como Fiesta del Arrepentimiento. Porque Allá, bastión al fin, se ven obligados a esconder ciertos cadáveres lanzándolos por encima de los dientes filosos de la frontera. Cada año, para calmar las conciencias, llevan a los niños hasta esos mismos lugares y les piden que lancen flores y cantos que en nada cambian el vaivén de los vientos. Pero en aquella ocasión los pequeños lanzaron sus propias palabras, y lo hicieron con letras zurdas y distintas, cada uno prestándole a otro su más bella tilde o la mejor de sus Aes. Una flor para ustedes y un beso para mi papá.

Esa fue la gota que desbordó la paciencia. El No de Allá, preocupado por las generaciones venideras, decidió apostar por las medidas extremas. Los hombres de ciencia, presionados por las circunstancias, encontraron dos grandes soluciones para defender el futuro. La primera fue pasar a la producción de botellas emplomadas (con un plan adjunto para convertir al país en una potencia mundial en el tratamiento del saturnismo infantil). La segunda fue la creación de diccionarios locales. En estos momentos ya sabemos con certeza que cada localidad ha sido dotada con un pequeño libro de palabras y acrónimos. Sólo estos términos pueden ser utilizados dentro de los límites precisos de ese territorio; el uso de un vocablo no autorizado se pena con gran severidad. La detección de un mensaje que utilice voces de una región ha sido esgrimida como prueba para castigar a los habitantes de la misma. Nos han llegado rumores de libros llenos de tachaduras y de personas que se han visto obligadas a mudarse por culpa de sus tatuajes. También sospechamos un aumento de los cantos y flores que terminan echados a las fauces sedientas del eterno enemigo.

Las señas proliferan entre los que viven Allá, mientras que los que vivimos Acá tenemos que conformarnos con el silencio y la duda. Los pocos textos que nos están llegando siembran más desconcierto que alegría. Esta es, en mi opinión, la característica fundamental de lo que llamamos la cuarta marejada. Una etapa cuyo comienzo puede ser definido por la llegada, entre los nudos de una cañabrava seca, de estos versos escritos, hace ya mucho tiempo, por un poeta casi olvidado: “Filiflama alabe cundre/ ala olalunea alífera/ alveolea jitanjáfora/ liris salumba salífera”.

Así van las cosas. Cada vez nos resulta más difícil interpretar a los que están por Allá y poco a poco nuestra perplejidad nos separa en dos grandes grupos: el de los Entendedores y el de los Desentendidos. Los primeros piensan que hay un sentido evidente en las señales que nos llegan. Para ellos un texto tiene el significado que el significante quiera darle. Traducir es, según la doctrina que defienden, un vuelo del deseo, y las ansias de saber el mejor de los cuidados para una traslación perfecta. Sin grandes complejos proponen y asumen un significado perfecto para el poema de la cañabrava: “Flama alabanza de lumbre/ olas de luna cautiva/ ánfora en mágica danza/ rumba de sal en mi lira”.

Los Desentendidos, por su parte, piensan que los de Allá no se entienden entre ellos mismos, ni con el mundo, ni con su O, y mucho menos con nosotros. Esta facción considera que cualquier intento por comprender es hacerle el juego a una circunstancia que ha llegado hasta los límites de lo permisible. Para burlarse de los descifradores han publicado una versión del texto de la cañabrava que, por razones de elemental decencia, no puedo repetir aquí.

Proponen los Desentendidos desentenderse de todo y disolver nuestra organización. En cambio, los Entendedores responden con golpes de pecho, sacan a relucir unos picos de botellas y amenazan con expulsiones. De paso niegan cualquier relación con algunos mensajes inteligibles (y apócrifos) que han aparecido recientemente. La discusión ha alcanzado su punto álgido con el descubrimiento de estas voces en un trozo de cañería forrada con caucho vulcanizado: tin marín/ de do pingüe/ cuca la maca/ la títere fue.

Los Entendedores celebran el hallazgo y reclaman a todo grito que se trata de una forma de queja comedida que tiene la gente de Allá. Para demostrarlo acuden a las acepciones de las palabras y dicen saber del pingüe beneficio que algún títere está obteniendo con un engaño muy astuto. Los Desentendidos, mientras tanto, insisten en que pudiera tratarse del estribillo perdido de una antigua tonada popular, la misma que habla, entre sus muchas estrofas, de una vieja y un viejito que se cayeron en un pozo después de haber montado cachumbambé. Una vez más se burlan de los otros bailando al ritmo de una reiteración muy pegajosa.

En fin, el cisma se profundiza y no es mi intención ahondar en el abismo. Este discurso sólo pretende crear el marco apropiado para presentarles algo que unos podrán interpretar como el final de esta historia y otros como un nuevo comienzo. Quiero aclarar que yo no participo en la polémica; mis dudas e indiferencias iniciales me invalidan para la contienda. Además, me basta con velar por la autenticidad de las palabras que otros utilizan para defenderse o agredir. Eso explica la unanimidad con que decidieron delegarme esta presentación. Creo que he cumplido mi promesa de ser breve. Para terminar los dejaré en compañía de nuestro último hallazgo. Quiero repetir que fue descubierto por un grupo de ecologistas franceses, dentro de la barriga de una ballena suicida. Puedo asegurarles que se trata de una gran adquisición, un verdadero original que nos llegó protegido por tres cilindros de madera tallada. Hasta ahora ningún lingüista ha podido encontrarle relación alguna con un idioma conocido. Le llamamos el tiritar del pigmeo y en cuanto lo lean sabrán por qué: Ágea átete gea a acétece átege cetécete teátete gécete.

Muchas gracias.

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Este texto fue publicado originalmente en
La Jornada Semanal. Lo reproduzco aquí cortesía del autor.

jueves, diciembre 11, 2008

Brezos y peonias

Transcribo un texto inédito de César Reynel Aguilera.

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La Hora fue una actriz-aprendiz que los trovadores compartieron sin saber que era de todos; y después, cuando supieron que la compartían, marcados por el dato curioso que descubrió Casasús. Una vez desnuda La Hora tardaba —fuera quién fuera el amante, en cualquier posición, con palabras, sin ellas, envuelta en caricias, o a secas— siete minutos y treinta y nueve segundos en venirse. De esa exactitud nació el nombrete.

Se llamaba Cuca y le tomaron cariño, cobraba en unos versos que ellos olvidaban darle y que después corrían a escribir —en cuanto terminaban de hacerle aquello— en cualquier papel que encontraran por los alrededores.

Un día, avergonzados de tantos poemas en deudas, decidieron hacerle una canción a múltiples manos. Cada uno se comprometió a escribir una estrofa que encajara con la melodía que el más genial de ellos había creado para la ocasión. Así surgió “¡Cuca va!”.

La Hora se puso tan contenta con su canción que del tiro salió embarazada, y ellos, poetas comprometidos con el ideal colectivo, vieron en ese embarazo la caída de uno de los símbolos más sagrados de la propiedad. Ese niño sería de todos y de cada uno de ellos, ese niño vendría al mundo para demostrar que el ser social puede, y debe, derrotar al monstruo biológico del que brotan las desigualdades humanas.

Llegó el momento del parto y todos, como un solo ser, fueron a escuchar los gritos y las maldiciones de Cuca. Los médicos explicaron que se trataba de uno de esos casos conocidos como desproporción céfalo-pélvica. El niño era cabezón, la madre tendría que pujar y pujar, con mucha fuerza, para hacerlo salir a través del canal.

Así fue como entre gritos, llantos, malas palabras y juramentos de nunca más volver a parir, el más sensible de los trovadores, mientras se preguntaba si el diámetro de su cabeza era mayor que el de sus amigos, escribió esa canción que hoy conocemos como “La Hora está pariendo un cabezón”.

Cuca alumbró desgarrada y sangrante, pero tuvo fuerzas para tomar a su hijo en brazos, darle un beso, presentarlo al círculo de trovadores que rodeaba su cama, ponerlo en la teta, y anunciar, con el nombre de la criatura, el derrumbe del mundo que habían soñado los poetas.

Bastaba —para que ese niño siguiera siendo el símbolo del porvenir— que la madre lo llamara con el nombre de uno de ellos, el que fuera, lo mismo daba. Pero no, La Hora decidió ponerle Jorge y después, con una sonrisa cansada, se disculpó:

—Así se llama el padre que siempre quise para él.

jueves, noviembre 27, 2008

Sueño fresco

Transcribo un texto de César Reynel Aguilera.
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Llego nuevo al aula y me miran. Es una escuela de niños-bien. Lo sé por las paredes y los pupitres de caoba, por las chaquetas verdes con escudos en el pecho y un lema en latín que ahora olvidé. El profesor me presenta. Voy a sentarme y el gracioso de la clase quiere reírse de mí: Estábamos discutiendo la relación de Hemingway con las metáforas. Quizás tú puedas alumbrarnos.

Hay dos risitas y un mar de piernas extendidas. Hay quietud de caderas sobre el borde de los asientos, brazos dejados caer, manos cercanas al suelo y espaldas hundidas. Tres filas al Norte está sentada una muchacha con un pelo muy negro cortado al cerquillo. Tiene unas piernas largas y unos pechos que humedecen bocas. Se parece a Uma Thurman. Me mira y me quiere explicar —como si dejara de pintarse las uñas para decírmelo— que el gracioso de la clase es muy aburrido. No le hagas caso, vive en un closet con puertas de cristal. Dejo caer el nombre y me dispongo a echar con la cara.

Ernest le huía a los tropos como el anzuelo a la roca. Hablo y cada una de mis palabras reordena el aula. Quiso convertir el periodismo en arte. Los pupitres se deslizan como bloques de hielo. Y terminó escribiendo un himno al pragmatismo anglosajón. El alumno que estaba en primera fila ahora me mira desde lo alto de una pared. ¿Cerró Hemingway, con su aversión a las imágenes, las ventanas que pudieron haber alumbrado los secretos de su virilidad? La muchacha de las piernas largas sigue donde estaba. Hay quien dice que puso carnadas para ahuyentar sirenas y terminó pescando zapatos infantiles. Ahora se muestra desnuda y el resto de la clase la mira desde el techo. Los más nobles creen que el viejo Papa soñó convertir el río en gota. Me ignora sentada en el borde de su cama. Porque, ya sabemos, hay una intención de lágrima en cada tropo. Su espalda recostada contra una columna de madera, los pechos firmes y las rodillas flexionadas. Un deseo de atrapar la realidad en una perla de agua. Ajena a mis ojos mientras yo cincelo su imagen en una piedra muy dura. Eso pudo haber descubierto ese americano loco: desde una distancia adecuada, digamos, desde los confines de esta galaxia —o desde el borde de eso que llamamos historia de la literatura—, la Corriente del Golfo o la Obra de un escritor son charcos que no piden anclas. Se ven, si acaso, como pequeñas metáforas de la inmensidad.

Termino de esculpir y la muchacha queda grabada en el fresco de una pirámide. Esa escuela me aburre. Quiero despertar. Jenny duerme a mi lado. La beso y abre los ojos. Me gusta el sabor de su boca. Su aliento es casi veinte años más joven que el mío. Le cuento el sueño y empieza a llover. Se deja abrazar. La cubro y mientras juega con mi cuello me susurra que le gusta eso del anzuelo en la roca... y Uma.
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sábado, octubre 25, 2008

Marquito El Lechero

Transcribo un fragmento de R.U.Y., de César Reynel Aguilera.
***
Era más fácil bronquear en el barrio. Los pececitos míos nadie los toca, la playita es mía y de mis socios, el que se meta con ellos se tiene que fajar conmigo. Hasta que apareció Marquito El Lechero. Déjame sacar la cuenta, sí, fue a finales de tercer grado; y dale con los nombres, Bro, imagínate lo que te dé la gana, el tipo era hijo del lechero, o era más blanco que el uniforme de los lecheros, o se robaba los litros de leche de las puertas de las casas. Asume la historia que más te convenga y déjame en paz con eso de los nombres.

El caso es que me estaba bañando en la playita y llegó el Mao corriendo a decirme que Marquito El Lechero le estaba quitando la cubeta a Bettina. A correr Ruy por el diente de perro, allí estaban, en el canalito con fondo de gravilla que está a la altura de calle Catorce. Bettina jalando por un lado y el bandido por el otro. Figúrate, me sentí el salvador de la amada en peligro, le grité que dejara el abuso, el mira-fondo era mío y no me daba la gana de prestárselo. Me desperté en la casa. Lo único que recuerdo es Marquito saliendo del agua y corriendo como un lince para arriba de mí. Después me contaron que me empujó por el pecho y caí de cabezas contra una piedra. Me llevaron para el hospital y estuve en observación la noche entera. Hipólito callado, Yeya peleando y Padrino explicándome las ventajas de aprender a cuidar la distancia.

A la semana regresó la noticia, Marquito El Lechero se estaba bañando en la playita de calle Doce, y estaba cantando “Vikingo, Vikingo, Ruycito no se baña los domingos”. Para allá fui a gritarle que esa vez iba a tener menos suerte. Yo en el aspaviento y el tipo rondándome con una piedra en la mano, hasta que me puso de frente al sol y, búmbata. Qué clase de pedrada me echó por el güiro, no la vi venir, el Ruy para la clínica de los becarios a que le cocieran la cabeza. Hipólito sin decir ni esta boca es mía, Yeya que había ido a hablar con la familia de ese niño y le dijeron que yo era el que lo buscaba, Padrino filosofando, cualquier cosa puede ser un arma, hay que estar atento al contrario, un emperador romano esperó a que el sol estuviera frente al enemigo para atacar.

En eso me pasé aquellas vacaciones. A donde va el Ruy. A fajarse con Marquito El Lechero. De donde viene el Ruy. De fajarse con Marquito El Lechero. Quién ganó. Marquito, no ves que el Ruy está llorando. Piedra, palo, puños, diente de perro, asfalto, cemento y tierra, de todo comí. Hasta en el agua me ganó. Se hizo el ahogado, y cuando saqué la cabeza salió detrás de mí y me dio una leña que lo que te cuente es poco. Yeya pidiéndome que dejara eso, siempre hay alguien más fuerte. El viejo no decía ni pío, y Padrino enseñándome a boxear, la guardia, sube la guardia, cierra los codos, no dobles la muñeca, el golpe regresa por donde salió, es como si tuvieras un tubo delante de los puños, Ruyci, por ahí sale el golpe y por ahí regresa, cuando golpeas los nudillos tienen que rotar, tienes que hacer un cuarto de giro con el antebrazo, eso te da fuerza en la pegada y te protege de las lesiones, no te vayas pa’lante, si pierdes el equilibrio te matan, la guardia, Ruycito, la guardia, eso es, uno, dos, y, un-dos. Tú sabes lo que pasa, que estás muy relajado, te pasas el día en la nadadera y eso te quita velocidad, tienes que hacer planchas, saltar la cuerda, claro, pa’ que los músculos se tensen y mejoren los reflejos. La gente salta la cuerda, los boxeadores la pasan por debajo de su salto. Estás avisando el golpe, mueves el brazo pa’ arriba y pa’ abajo antes de tirar, eso avisa al contrario, el factor sorpresa es muy importante, eso es, sin avisar, o mejor, mueves un puño y lanzas el otro, la finta, eso se llama finta, y el que la aprende siempre tiene ventaja. Oye Hipólito, este niño es un león tusa’o, me lo voy a llevar pa’l Palo Caga’o, a cujearlo un poco. Allá me iba con Padrino pa’ uno de los peores barrios de la Habana, llegaba y escogía uno de mi tamaño. Ruycito, perdiste, pero peleaste mejor, te vi más rápido. Creo que estás listo para el Lechero ese.

Esquina de Doce y Primera. Marquito, tu madre; y me dieron una leña que pa’ qué. Cualquier cosa que inventara me la estaba esperando. Como si hubiera nacido sabiendo. Padrino me regañaba, lo dejaste que se te pegara, tú no te das cuenta que a los puños ya no puede contigo, y entonces que es lo que hace, se te pega, y tú lo dejas, eso no es cuerpo a cuerpo, eso es maraña callejera. Te atrabancó contra la reja del hogar de ancianas y por poco te mata. Hasta las Siervas de San José salieron a ver la leña que te estaban dando. Lo dejas que se te pegue, y después no te deja vivir, te agarra y te mete los dedos en todas partes, ten cuida’o, Ruycito, ten cuida’o, mira que yo no quiero ser abuelo.

Pobrecito yo. Tenía la autoestima por el piso. Los socios casi ni me saludaban, y yo andaba convencido de que era porque no podía ganarle a Marquito. Pero después supe que era por otra cosa. Habían perdido el bichero. Se lo pidieron a Yeya prestado y se les perdió. El Mao se fue para lo hondo y se le cayó, por más que intentó bajar a buscarlo no pudo llegarle. Fueron a buscar a Hipólito y cuando regresaron ya no estaba, o confundieron el lugar, el caso es que evitaban decírmelo, a lo mejor con la esperanza de que el viejo les hiciera otro. Pero yo no lo sabía. Coño, y llegó Marquito con el bichero en la mano, y le grité ladrón, y él a explicarme que se lo había encontrado en el mar, sabía que era mío y venía a devolvérmelo. De nuevo le escupí el ladrón y volvió a darme una pela de antología. Me fui para la casa llorando, al rato llegaron los socios a explicarme que era verdad lo que decía Marquito, ellos habían perdido el bichero y les daba pena decírmelo. Hipólito abrió la boca, me pidió que me vistiera de limpio, teníamos que salir. Me llevó hasta calle Diez, buscó a Marquito en su casa y me hizo pedirle disculpas por haberle dicho ladrón. El socio me tendió la mano y se disculpó por haberse metido con Bettina. Quién se acordaba de eso, a partir de ese día fuimos buenos socios.

sábado, octubre 18, 2008

Secuencia en blanco y negro




Jamming session con César Reynel Aguilera.
Foto: © Jennifer Grossman.

miércoles, octubre 15, 2008

Una foto para Zoé en el aniversario de su blog

De izquierda a derecha: Alexis Romay, César Reynel Aguilera, Valerie Block (en Biddles, la casa del jazz de Montreal, durante el recién celebrado cumpleaños de los dos primeros).

La idea de la gorra es de Zoé Valdés, quien, quizá sin querer —como ocurre con casi todas las cosas buenas—, pudo haber iniciado una tradición. Ya que estamos: d
esde esta esquina, los implicados en la foto la felicitamos en el aniversario de su blog y le deseamos larga vida a la autora y su obra.
***
Foto: Jennifer Grossman.

jueves, octubre 09, 2008

Festejos

1
Si aquella bala perdida no lo hubiera encontrado en los bajos del edificio Dakota, en diciembre de 1980, hoy John Lennon andaría soplando las velas en su torta de cumpleaños.

Hoy también festejan onomástico Miriam Celaya (autora del blog Sin EVAsión), ese insustituible pedazo de la música cubana que es Bebo Valdés y el afiladísimo César Reynel Aguilera, cuya novela, R.U.Y., propició mi lectura voraz, mi profunda admiración por el autor, algún proyecto de escritura a cuatro manos y una subsiguiente amistad (que me ha traído a Montreal a descorchar un buen vino esta noche).

Festejo a los arriba mencionados con una inolvidable melodía, interpretada por el propio Bebo y “El Cigala”. Disfruten.

2
Ya que estamos: hoy cumplo años.

sábado, septiembre 20, 2008

¿Qué pensarán de nosotros en Japón?

Transcribo (y subscribo) un comentario de César Reynel Aguilera sobre ¿Qué pensarán de nosotros en Japón?, ese excelente libro de Enrique del Risco, con el cual ganara hace unos meses el Premio Iberoamericano de Relatos “Cortes de Cádiz”.
***

En Cuba usamos la frase “sacar un sable” para referirnos a una sorpresa que llega envuelta en palabras. Termino de leer estos cuentos y quedo con la sensación de haber paseado por una impresionante galería de armas blancas. En este libro —además de sables que cuelgan en las paredes— hay una Katana que corta enloquecida en el metro de Nueva York, una navaja que salva vidas, y un cuchillo que apunta, con dudas, al viejo dilema de ser libres matando. La sorpresa más grata, sin embargo, que dejan estas historias es la comprobación de un viejo adagio: nada corta mejor que una página bien escrita. La prosa de Enrique del Risco destella honestidad y elegancia, tiene el filo de una hoja forjada sin excesos, hecha con golpes de inteligencia y puesta a enfriar con un gran respeto por el lector. La risa que salta en cada uno de estos relatos tiene la rara cualidad de dar alegría sin caer en la burla o el cinismo, de hacernos creer que en el Japón los machetes son un despilfarro de acero.

César Reynel Aguilera
autor de R.U.Y.

jueves, agosto 28, 2008

Kelvis responde a Ernesto sobre Gorki

Ernesto que no conozco
de nada, ¿no has entendido?
Mi correo has invadido
sin presentarte. (Soy hosco).
A Gorki sí lo conozco
e indagaré por su caso.
No me des ningún timbrazo.
¿Te quedan claras las cosas?
Acércate y si me rozas…
¡se armará el Maleconazo!
***

Y dice César Reynel Aguilera:

¡Desde afuera no se vale!
gritan los buenos castristas
pensando en Villa Marista
para tocar más timbales.

Niet tovarich, les decimos
los del exilio cobarde
sin percusiones ni alardes
y pensando en nuestros hijos.

Las gónadas son sagradas,
no se tocan, compañeros,
que a Cuba repoblaremos
al final de la jornada.

miércoles, agosto 06, 2008

Bronquita en el Patricio Central Yacht


Transcribo un fragmento de R.U.Y., de César Reynel Aguilera.

***

Empieza la bronca; si quieres un detalle bonito te puedo decir que el sol caía sobre el mar con un tono de sangre mezclada con polvo de oro. Sólo se escuchaba el sonido del agua lamiendo las ciguas de la playa, ni un alma por los alrededores. Te juro que fue así, no estoy inventando nada, si quieres le pongo un poco de imaginación, una brisita y el susurro lejano de los cocoteros, pero hasta ahora he sido fiel a la verdad.

Hay muchas cosas que podría decirte sobre ese primer trastazo que me regaló el Moro. Podría abundar sobre la relación que hay entre ciertos hábitos cosméticos y el abuso; estoy pensando en las uñas de las manos y los pelos de la cabeza, casi todos los abusadores que he conocido se cuidan con esmero esos anejos, aunque lleven gorra. Podría hablar del sentido de la distancia, del error que cometí al discutir con un energúmeno al alcance de sus garras; regla de oro: con esos enemigos se debe tratar más allá de la longitud de sus brazos, de sus piernas o de las armas de sus secuaces. En fin, lo mejor es no lidiar con gente así. Podría irme, también, por la tangente del bofetón. ¿Por qué no me dio con el puño? La respuesta es muy simple: El sueño del ganado es marcar. Fíjate que tenemos un montón de palabras para describir esa acción que intenta dejar su huella en la piel de los rostros ajenos. Así al vuelo te digo: galleta, galletaza, gilda, galúa, mancuerna, bufa, torta, tortazo, viracuello, piano y avión, si hago un esfuerzo saco unas cuantas más. Conozco la historia de un tipo que ganó su bronca limpiamente, sin lugar a dudas, le dio tremenda pela al contrario y lo puso a dormir. Sin embargo, mira tú, el único golpe que recibió fue un bofetón, y nada fuerte, que conste, pero era un tipo de piel muy blanca. El caso es que terminó su bronca y tenía cinco dedos dibujados en la mejilla. Suficiente para que haya tenido que cargar con esa cruz por el resto de su vida. Le dicen “guante en cara”, “quince dedos”, “rupestre”, “superhuella”, “dedos macabros” y otros etcéteras, la gente es cruel, Bro, la gente es cruel y le gusta marcar.

Yo tuve suerte, el bofetón que me dio el Moro fue con los dedos pegados, la única marca que me dejó fue un morado en el maxilar inferior, esta zona de la cara que está aquí. Tremenda galúa, me levantó en peso y aterricé en casa de las quimbambas; caí contra el muro del Club con un mareo de tres pares, cuando fui a incorporarme sentí mi mano izquierda sobre una de esas piedras que llamamos chinas pelonas. Un objeto que merece cierto detenimiento. Son esos cantos que han rodado por el fondo del mar desde tiempos inmemoriales, han resistido miles de golpes; la arena los ha pulido hasta que brillan con un destello aceitoso; un buen día logran llegar intactos hasta la playa, a pesar de los muros de concreto y la furia del último norte. Se puede decir que son la esencia de la dureza probada bajo múltiples circunstancias. Eso fue lo que los dioses pusieron bajo mi mano izquierda y, ya sabes, soy zurdo.

Me levanté en cámara lenta y le lancé la china pelona a uno de los tres Moros que estaba viendo; quizás por eso no abrí los dedos y me quedé con la piedra en la mano. El socio se agachó pensando que la dejaba pasar por encima de su cabeza y, sin detenerse, me embistió como un toro, los brazos estirados para agarrarme por la camisa. Extraña tauromaquia, Bro, agarré el pelo del Moro como si fuera el tarro de la bestia, el tipo empujando para arriba de mí y yo reculando, con cada paso le machaqué la frente hasta que la piedra se hizo arena entre mis dedos. Entonces empezó la pelea.

Más de cuarenta minutos prendidos, el Moro intentando partirme la columna con un invento japonés, y yo dándole en el arco superciliar derecho cada vez que podía. Ganando tiempo para que el sangramiento hiciera su trabajo. Ese es el problema de las artes marciales, están hechas a partir de una filosofía, tienen un código de honor, se combate con reglas que a nadie se le ocurre violar, y pobrecito del que lo haga, le espera el harakiri, bueno, si es verdad lo que dicen las películas. ¿Te das cuenta de la contradicción? El tipo me chocó la cara sin avisar y después quiso pelear según las reglas de su arte. Se fundió, metió para corto circuito, y le puse un par de cables que en cualquier competencia oficial me habrían costado la descalificación inmediata. Los cables son una forma intuitiva de anular la distancia, se trata de estirar los brazos lo más que se pueda, la idea es evitar que el contrario entre en la zona de combate, es como el agarre en el boxeo, pero al revés, impedir el espacio óptimo para la ejecución. Esa es la cosa, en el combate callejero no hay reglas, solo trampas. El socio quiso jalarme por la camisa y lo dejé con la prenda en la mano, me le escapé con el torso desnudo, agárrame si puedes. Se desesperó, le di un brazo, lo atrabancó y quiso entrarme con un Uchi Mata, pero volví a resbalarme entre sus dedos y le solté un coscorrón en la furnia sangrante que tenía encima de la ceja derecha. En su desesperación empezó a tirar zarpazos, lo dejé que me agarrara por el cinturón del Jean, tiré un pasito para atrás y le encajé unos cuantos ganchos en la herida, la sangre corría tibia y rutilante. El miedo se fue a bolina, la cosa se estaba poniendo buena, me di cuenta que las fuerzas se equilibraban, ya no era el Moro fuertote que podía cargarme en peso, ya no me llevaba seis años de ventaja, le entró flojera y caímos en la misma división. El tipo empujó y me eché hacia atrás; un, dos, tres, cha-cha-cha, y me puse a hablarle como si fuera mi pareja de baile, cositas dulces al oído, Morito, ahora que estamos solos, todo lo que tengo es tuyo, se desconcertó, eso iba en contra del código samurai. Moro, la noche se hizo para... pelear, se ofuscó y volvió a hacer movimientos innecesarios, gastaba aire y soltaba sangre a borbotones, le recordé que nadie iba a venir a separarnos, la cosa era hasta que uno de los dos cayera, una ola de miedo le corrió por el cuerpo, quiso acorralarme contra una pared y tanto empujó que me dio una idea. Enfilé hacia la baranda, ofreciendo resistencia, pero en dirección a la baranda, cuando estuve cerca cedí al empuje y me eché a un lado, el socio se fue de boca contra el tubo y casi se cae solito al agua, lo agarré por una trabilla y por los bajos del pantalón, pero antes de darle el último empujoncito cometí un error, le hablé del mar, lo invité a jugar con los pececitos de colores. Yo no sé de dónde sacó tanta fuerza, pero se dio una revirada asombrosa. El tipo tenía su trauma con el océano. Me pasó por hablantín. Cuando vine a darme cuenta lo tenía parado frente a mí, tirándome unos pescozones que si los llega a soltar desde el principio me habrían matado. Pero llevaban poca fuerza; y así fuimos cayendo, el Moro tirando guantazos y yo parándolos a como fuera. Caímos sin aire, el socio se acordó de su amor exagerado por el Judo y quiso meter para Ne Waza, se puso a ensayar inmovilizaciones, estrangulamientos y cosas de esas, volvió a enloquecer y tuve que repetirle el tratamiento. Agarré un caracol tibio que tenía cerca y se lo clavé en la herida. El grito llevó nuestra localización hasta la caseta del vigilante. La linterna se acercó con mareo. Cuando nos encontraron, el Moro estaba en el piso y yo de pie, me entretenía en patearle la cabeza con cierta dulzura, como hace uno cuando se encuentra una lata vacía en la calle, un toque suave, que ruede un poco, a ver el ruido que hace.

domingo, julio 27, 2008

Te doy una canción con mis dos manos, con las mismas de matar

Poco antes del cierre y secuestro de su blog ―aunque no necesariamente en ese orden―, los entrañables Mickeys de Miami revivieron un episodio tristemente célebre del deporte profesional: la muerte del boxeador cubano Benny “Kid” Paret a manos de Emile Griffith. La historia es conocida: días antes de la pelea, durante el pesaje, Paret había ―supuestamente― hecho comentarios despectivos sobre las preferencias sexuales de su contrincante. Una línea que ―según la opinión pública de la época y del propio Griffith― no debía haber cruzado. Ya en el ring, el americano se dejó llevar por la ira y el duelo ―desde sus inicios y quizá sin que los contrincantes lo supieran― estuvo marcado por el signo de la muerte.

Décadas después, a raíz de su salida del armario, Griffith declararía: «Yo maté a un hombre y la mayoría de las personas lo entiende y me perdona. Sin embargo, yo amo a un hombre y eso para muchas personas es imperdonable».

La semana pasada comentaba este episodio con César Reynel Aguilera, quien además de ser un excelente escritor es aficionado al boxeo. Esta combinación ―uso la palabrita a sabiendas― se evidencia a lo largo de su novela, R.U.Y., sobre todo en el fragmento que transcribo a continuación.

***

Eso fue lo que pasó. Salieron a matarse. Ya se conocían bien y perdieron poco tiempo para meterse en el tercer ring. El réferi fue Ruby Goldstein, un buen hombre que se estaba recuperando de un infarto, y del que se dice que esa noche tuvo su peor actuación. Padrino no cree en eso, Padrino jura que es verdad que al Nano le gustaba hacerse el que estaba en malas condiciones, se hacía el muerto pa’ ver el entierro que le hacían, cuando el contrario se acercaba a prenderle la última velita el Nano lo clavaba en la lona, eso es verdad, y también es verdad que el bueno de Goldstein lo sabía. Pero eso poco importa, lo que importa es que esos dos salieron a preguntar quién merecía vivir. Porque hay cosas que no se dicen, porque hay cosas que no se hacen; y si las decimos, o las hacemos, entonces tenemos que aprender a cargar con ellas por la vida, a menos que tengamos el valor de preguntar el veredicto de los que mandan. Eso es algo que nunca van a entender los que gritan en las gradas, eso es algo que nunca van a entender los que lloran entre cuerdas de guitarras. Esos dos no se subieron allá arriba por nada ni por nadie que no fueran ellos mismos y sus asuntos pendientes con la vida. Ahora hablamos de la culpa, hablamos de la civilización, ahora decimos que estas cosas deben evitarse, que deben ser prohibidas y olvidadas, ahora queremos creer que se puede vivir sin el concurso de los guerreros, sin la compañía de los que saben mirar de frente a la muerte, de los que corren hacia el humo y el polvo, hacia la sangre y la furia, siempre en contra de la multitud. Decimos que son bobos, imbéciles, retrasados mentales que terminaron haciendo esas cosas porque no pudieron hacer otras. Pero de tanto en tanto, y de vez en vez, los dioses nos recuerdan que la civilización es el sueño de los bárbaros; y para que no lo olvidemos nos mandan un asesino a la puerta de la casa, un violador al próximo callejón, un degenerado que nos levanta sobre sus hombros para tirarnos al vacío o a las olas del mar. Ese día rezamos por un guerrero, ese día nos quedamos en una sola pieza y descubrimos el valor de un simple movimiento de nuestros brazos, ese día, coño, ese día cambiaríamos cada uno de nuestros dólares por ser capaces de tirarle un golpe a la muerte que nos corroe las entrañas. Eso fue lo que hizo Benny Kid Paret, le apostó al peso de sus palabras y salió a cumplirlas con la fuerza de sus puños. El Nano aguantó durante cinco rounds el ataque feroz de Emile Griffith, en el sexto salió a combatir sangrando por la nariz y con una herida en la ceja derecha, se estaban dando palo a palo, pero en un momento el Nano empezó a dominar, sus combinaciones empezaron a llegar con más fuerza y certeza, tiraba y tiraba con la secuencia de una ametralladora y la precisión de un francotirador, hasta que logró atrabancar a míster Griffí con una combinación que pudo haber sido mortal, pero no lo fue. Porque Padrino no se cansa de repetir que en el tercer ring las cosas suceden más despacio de lo que nadie puede imaginar, en el tercer ring los golpes se dosifican y el tiempo alcanza para echar un párrafo con la muerte, la dama se acerca melosa con su propuesta “ahora es cuando es, soy yo, o eres nada”. Y el fajador le dice que ni ella ni la madre que la parió. Que va a ser un nocao de quince segundos, los suficientes para que míster Griffí se levante y acepte las disculpas de su vencedor, o la solicitud de que traiga al marido, lo mismo da en un mundo donde no hay vencedores ni vencidos, culpables ni pecadores. Así fue la derecha que envió a Emile Griffith a la lona, la puntilla que lo clavó por ocho segundos que debieron ser quince. Pero estaban en New York, y la muerte rondaba entre las cuerdas, y el público gritaba por su ídolo, y los dioses jugaban con el tiempo. Al conteo de ocho sonó la campana, siete más le hicieron falta a míster Griffí para recuperarse. En el próximo round el Nano volvió a machacar a su contrincante, pero las cosas empezaron a cambiar, la muerte desviaba los golpes; se colgaba de los brazos del Nano y le hablaba de la leña que Gene Fullmer le había dado unos meses antes, la muerte le hacía guiños al neoyorquino y le decía que no se preocupara, Patroclo y Aquiles habían apostado por él. Así llegaron al doce, y los brazos de Emile Griffith se convirtieron en guadañas. El Nano iba retrocediendo y tropezó, fue a dar contra las cuerdas y uno de sus puños se enredó. Griffith se adelantó como un tigre y sin darle tiempo para sacar el brazo enredado lo trituró sin piedad, lo molió al ritmo de las tres sílabas que no se dicen, el brazo siguió enredado entre las cuerdas, y el bueno de Goldstein nada hizo, ¿qué iba a hacer? Si no estaban ni allí. Sus ojos vieron algo que ya estaba escrito. El Nano recibiendo golpes a mansalva, el Nano con la cabeza rebotando contra el poste de la esquina, y la muerte diciendo “ahora es cuando es, soy yo, o eres nada”. Y míster Griffí quiso ser algo más que un peleador, y el público no quiso que parara, y el réferi tampoco pudo hacerlo. Sólo dos compartían el mismo ring, uno ya estaba muerto.

―Con las zapatillas puestas.

jueves, abril 10, 2008

Dicotomía habanera

Transcribo un fragmento de R.U.Y., de César Reynel Aguilera.

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Consuelo fue la embajadora entre dos mundos; al principio sola, y después con la ayuda de Bettina, empezó a borrar la última barrera, clase o estrato que seguía en pie: la que separaba a los “guapos” de los “pepillos”.

Pototo es un guapo de libro; el pelo untado con brillantina, el peinado con una raya lateral y un par de motas sobre las orejas, en cuanto pudo un bigotico y una cadena bañada en oro. El cuello de la camisa es puro almidón y está cubierto con un pañuelo fijado con presillas, las mangas tienen un filo que corta, el único ojal desabrochado deja ver un pecho que estornuda talco. La camisa va por dentro y el pantalón se abrocha a la altura del ombligo; la hebilla del cinto reluce y los genitales hacen un bulto donde empiezan las patas del pantalón, unas patas que tienen que bajar en corte recto o en campana. Los machos no se aprietan las piernas. Las botas relucen como charolina, los cordones van entre sueltos y amarrados, el cuero brilla limpiecito, tinta, betún, alcohol y candela, al que me pise lo mato. Camina de lado para que no te conozcan, mientras menos sombra mejor, un hombro por adelante, el brazo abriendo vereda, otro pañuelo tapando la boca, que no sepan si estoy hablando, que no me huelan el aliento, no quiero intriga, comentarios o vicisitudes. Hombre a todo y amigo de unos cuantos, pero de verdad, por la pura lo juro, porque madre hay una sola y padre es cualquiera. En la playa la trusa tiene que hacer bulto y los erizos se aplastan a pisotones, hombre que se deja pinchar es penco, si las púas hincan entonces hay que bañarse con tenis; y nadar con la cabeza afuera, mirando para los lados con cada brazada, sin hacer mucho alboroto, la espuma es cosa de mujeres. Eso es un guapo, el presidio sin haber estado, el peligro en cualquier esquina, los cataos siempre arriba, la candela provocada a fuerza de evitarla.

Un pepillo es Horacio con el pelo largo y despeinado, la camisa ancha y estrujada, el pantalón por la cadera y las patas en tubito; si es un Jean, mejor, si termina arrastrándose sobre unas zapatillas de marca, perfecto. Un chamaco que no está en nada, un tipo mortal, míralo cómo camina, relajado, parece un esqueleto rumbero, y con la trusa puesta se le ven los pelitos del pubis y la punta de la rabadilla. A la playa se va en chancletas o descalzo, los erizos se tantean, se les pide permiso antes de poner el pie en firme, el que se deja pinchar es un cheo que no sabe encontrar la piedra adecuada para el descanso, el que se baña con zapatos es un abusador que maltrata las olas porque les tiene miedo.

En la esquina Pototo se ríe de Horacio, en la playita es al revés, hasta que los dos aprenden a reírse juntos de Buenavista y de Miramar.

martes, abril 08, 2008

Para ir haciendo boca

Transcribo un fragmento de R.U.Y., de César Reynel Aguilera.

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Al cuatro esquina no me dejan jugar, me vieron una vez y ahí mismo decidieron que soy el ampaya, por umpire, Bro, el árbitro. Recojo las apuestas, canto las jugadas y le doy su dinero al que gane. Cinco pesos por jugador, si es un tres contra tres, entonces son a quince pesos las siete entradas. Se juega con un casco, eso es una pelota de tenis que ha perdido la capa protectora, una bola negra con una costura de goma blanca, Puppy le inyecta aire para que camine más, yo tengo que rebotarla un rato contra el pavimento hasta que se caliente, lo que pongo en las manos de los jugadores es un petardo.

Bro, una de las esquinas se convierte en la punta de un rombo, desde ahí se batea la bola y se camina hacia las bases; la esquina que está a la derecha es la primera base, la que está enfrente y en la diagonal es la segunda, y la que está a la izquierda es la tercera, solo se puede batear hacia una de las bandas, casi siempre la que está entre segunda y tercera, la mayoría de los jugadores son derechos. ¿Tú nunca has visto un juego de cuatro esquinas? A las dos de la tarde, cuando la gente huye del calor y las calles están vacías; cuando el pavimento es un espejo negro y los bichitos de candela se esconden bajo las hojas de los laureles. Las camisas colgadas de las ramas de los árboles, los torsos desnudos y sudorosos; play ball, y la pelota flotando sobre la palma de la mano del primer bateador, el brazo como un resorte que se suelta desde bien atrás, el puño cerrado si busca fuerza, la mano abierta si quiere colocación. La bola recibe el impacto y sale como un cohete, rebota contra el asfalto y se desliza, negro sobre negro, como una piedra plana sobre un mar en calma chicha. Es un juego de súper-reflejos, bien jugado es una cosa digna de verse, interceptar esa bola que va saltando sobre la calle es algo que no se puede enseñar, atraparla es un acto de magia. Los buenos jugadores se mueven con un sincronismo increíble, un defensor captura la bola y sabe que en la primera base ya tiene que estar uno de los suyos esperando por su lanzamiento, el bateador sale caminando a ver si llega a la primera base antes que la bola que están lanzando. Ese es mi trabajo, chequear que el bateador no corra, que vaya caminando desde el home plate hasta la primera, mirar cual de los dos llega primero, el hombre o la bola. Ruy, no me digas que eso es quieto. Ruy, no me digas que eso es out. Es lo que yo diga y al carajo el mundo, al que no le guste que se vaya a jugar a otra esquina, en esta mando yo. Okey.

Si la bola se pierde tengo que ir a buscarla, en un juego de profesionales eso pasa pocas veces, pero cuando pasa es una verdadera jodientina, tengo que salir corriendo detrás del petardo, averiguar la trayectoria y adónde fue a parar, si se metió por una ventana la cosa se complica, tengo que asomarme a ver si hay alguien y pedirle, disculpando la molestia, con mucha humildad, que nos devuelva la bola, mil promesas a flor de labio, tendremos más cuidado la próxima vez. Las viejas gritan y pelean, los hombres refunfuñan y las muchachas, bueno, las muchachas se bañan desnudas.