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sábado, abril 18, 2009

Sobre la relatividad de la belleza

No se equivocan los optimistas. El árbol es precioso. Pero está tras las rejas.

jueves, abril 16, 2009

Orden en el caos (y viceversa)

Un compositor ultramoderno sube al escenario, habla durante cinco minutos de su pieza —que dura siete—, de cómo está estructurada, de por qué escribe como escribe y cuál es la razón por la que esta pieza que en breve escuchará el respetable público cita a otra que le antecede, también de su autoría. Habla de su hipótesis personal del caos y de lo importante que es para él que todos los instrumentos del octeto interpreten solos simultáneamente y coincidan aquí, allá y acullá, y cómo incluso en algunos instantes tocarán desafinando, como si hubieran querido alcanzar una nota, pero el esfuerzo fuese en vano. La audiencia aplaude. El maestro toma la batuta, empieza a conducir y yo me quedo en Babia. Quiere el Altísimo que en esos siete minutos infinitos no me rinda al sueño. Las notas que desafinan y la puesta en práctica de la teoría del caos me lo impiden.

Después del intermedio, los músicos regresan a escena y tocan el concierto número 115 de Johannes Brahms, que consta de cuatro movimientos: allegro; adagio; andantino-presto non assai, ma con sentimento; con moto. Nadie presenta la pieza. Nadie explica el contexto histórico en que vino al mundo. Nadie diserta sobre la composición musical en el siglo XIX. Nadie habla de teorías de vanguardia. Ni falta que hace.
___
Imagen: Shigeo Fukuda.

domingo, abril 12, 2009

Fábula del pintor canciller y viceversa

Robertico, Robertico,
que te dio por la pintura,
¡tienes la cara tan dura
como de oro era tu pico!
Tú vendes en Puerto Rico,
en Miami y en La Habana
tu
obra plástica malsana
¡y la compra alguna gente!
Mal pintor, mal dirigente,
me burlo y de buena gana.
___
Imagen:
Fotos desde Cuba.

jueves, abril 09, 2009

Chutzpah

Es la palabra del día. Chutzpah. Quizá se deba a la resaca de Passover, pero no me viene otro término más apropiado a la mente.

¿Cuál es el origen y que quiere decir la dichosa palabrita?

Ésta se usa con bastante frecuencia en inglés —en Nueva York y zonas aledañas o ciudades más proclives a una “sensibilidad judía”—; nos llega del yiddish y significa: tener “tabla”, “cara dura” o, para escribirlo mal y pronto, “cojones”. Un ejemplo socorrido de “chutzpah” es el del chico que luego de asesinar a sus padres pide clemencia a la justicia… ¡por ser huérfano!

Pues sí, hay que no tener vergüenza —atributo, por demás, típico del régimen de la isla— para pedir visas para los parientes de los cinco espías cubanos convictos en Estados Unidos, luego de juicios efectuados, nunca mejor dicho, con todas las de la ley.

Mientras redactaba esta nota, sin que viniera mucho a cuento, me puse a tararear la melodía de “Dos gardenias”. Y, como andaba de buen humor, imaginé al despótico y decrépito Fidel Castro entonando la siguiente canción para los muy despistados congresistas norteamericanos, en aras de que éstos, de paso, le fueran con el recado al Presidente.

“Cinco espías” (con la música de “Dos gardenias”)

Cinco espías para ti,
con ellos quiero pedir: ¡Dinero!
¡Malboro! ¡Comida!
Te harán subir la presión,
te darán hipertensión,
¡Qué lío!

Cinco espías para ti:
van a espiar con fervor
¡aun presos!

Los espías que te di
algún día los reclamaré
sencillamente por joder.

En tu tierra vivirán
y comerán
todo tu pan y tu trigo.
Se empacharán y pedirán…
¡plomeros!

Pero si un atardecer,
los espías del terror
se mueren,
es que se han indigestado
pues los he envenenado
porque yo no sé perder.

Es que se han indigestado
pues los he envenenado
porque yo no sé perder.
***
Imagen: Salms, en Flickr.

lunes, marzo 30, 2009

En lo tocante (divertimento disonante)

No tocar el pan, que no es un piano.
No tocar la tecla que está suelta.
No tocar la melodía revuelta
que canta desde el fondo del pantano.

No tocar el pan, aunque es de flauta.
No tocar la flauta que no es nuestra.
No reinventar la música siniestra.
No respetar la clave ni la pauta.

No toques, que aquí todo está prohibido
—y lo que no lo está es obligatorio—
y quien quiera tocar será tocado

y el toque no será tan divertido:
nada de Paraíso: ¡Purgatorio
donde todo lo que es, es trastocado!
***
Y dice Jorge Salcedo:

No me toques el pan, que no es un piano,
no me muerdas el pan, que está caliente,
no lastimes mi flauta con tu diente,
cuidado, Macorina, con la mano.

Si tienes hambre, saborea el habano,
saborea mi música silente,
un cable azucarado es tu presente,
el cielo de tu boca es mi verano.

Si quieres pan, avisa a tu pariente;
dile que el cambio es duro pero el hambre
todo lo puede, y el amor lo paga;

dile que mande más, que estás pendiente,
que sufren tus mandíbulas calambre
de tanto comer pinga y verdolaga.
___
Foto: Fernando Mata Galileo (en Flickr)

miércoles, marzo 25, 2009

Oda leve a Facebook

Mira que yo tengo amigos:
¡son trescientos treinta y nueve!
Son como copos de nieve,
como campanas, como higos,
como estrellas, como trigos,
como recuerdos distantes,
con tanto swing, tan galantes…
¡y a muchos ni los he visto!
¿Julián qué? ¿Cuál Evaristo?
¡Son todos tan importantes!

martes, marzo 24, 2009

Sin violín ni tejado

Gracias a la gestión de Daniel S. —a quien agradezco encarecidamente—, reproduzco un texto de Ana Julia Jatar.
***

Hoy se reestrena el musical “El Violinista sobre el Tejado” en el Aula Magna de la UCV por “Producciones Palo de Agua” y dirigido por Michel Hausmann, el hijo de mi esposo Ricardo, es decir, también hijo mío. Es la conmovedora historia de una familia judía en el pueblo de Anatevka en la Rusia Zarista la cual sufre los abusos y maltratos de un gobierno intolerante. Los habitantes de Anatevka aman, sufren y sólo aspiran a caber en su propio país: que se les respeten sus ideas, sus costumbres y su religión. Es un mensaje para la Venezuela dividida de hoy. Una Venezuela en la cual podría decirse que todos somos violinistas sobre el tejado.

Tratamos de vivir con optimismo mientras con dificultad mantenemos el equilibrio sobre el inclinado tejado del abuso, la intolerancia, la división y el totalitarismo.

Es una obra magistral que unos talentosos jóvenes venezolanos han montado pues representa la historia universal del individuo oprimido por un Estado que viola sus derechos más fundamentales. Por eso Michel Hausmann decide montar esta obra; porque representa el amor a la Venezuela que aspira y el rechazo a la intolerancia que este gobierno nos quiere imponer.

Pero a Michel le pasó hace unos días algo que jamás nos hubiéramos imaginado. Luego del cobarde y nada “resuelto” ataque a la sinagoga de Maripérez, alguien —quien pidió permanecer en el anonimato— le comunicó a Producciones Palo de Agua que la Orquesta Gran Mariscal de Ayacucho se retiraba del proyecto El Violinista sobre el Tejado por ser “una obra judía”. ¡Así será la percepción de antisemitismo que está irradiando este gobierno! La razón esgrimida fue un triste reflejo del totalitarismo rampante: temían perder el subsidio del Gobierno Nacional.


Por ello invito a mi admirado amigo José Antonio Abreu a que se pronuncie sobre esta situación. Si no lo haces, José Antonio, mañana también vendrán por ti.

Pero Producciones Palo de Agua no esperó explicaciones, siguió adelante y decidió hacer lo que se llama un “ventetu” es decir invitar de manera individual a los músicos a participar; y para esperanza de todos, muchos respondieron positivamente. Jose Antonio Abreu, otro elemento para tu reflexión.

¿Qué nos está pasando? ¿Hasta dónde va a llegar la perversidad de esta maquinaria de odios y miedos? ¿Cómo es que mis hijos ahora se van a sentir extranjeros en su propia patria al igual que se sintió mi familia en la Cuba de Fidel o mis suegros en la Alemania de Hitler?

El arraigo de Michel no sólo le viene porque es venezolano de pura cepa sino porque así lo aprendió de sus abuelos sobrevivientes del Holocausto quienes encontraron aquí un paraíso de tolerancia y amor, de su madre Verónica, de su padre Ricardo, de sus amigos y de toda mi familia. Yo no soy judía, pero me case con un judío, soy nieta de libaneses y españoles canarios. Mi madre, Belkys, es cubana y se casó con mi padre, Braulio Jatar Dotti, venezolano, fundador de Acción Democrática e hijo de libanés mientras pasaba su exilio de la dictadura de Perez Jiménez en el hotel San Luís en La Habana. Hotel que por cierto fue propiedad de mi abuelo hasta que Fidel Castro se lo quitó. En cortas palabras, yo soy nieta, hija, esposa y madre de la Venezuela de la tolerancia, del respeto y de la libertad. Cuando mi única hija Joanna Hausmann Jatar, decidió ser judía por religión, toda mi familia cristiana la acompañó con amor fuerza y admiración. A nadie se le ocurrió pensar distinto. Ese es el camino de la libertad y la dignidad, el que lo pierde por miedo, lo pierde para siempre…

jueves, marzo 19, 2009

Revista Caleta: “Apuntes en blanco y negro”

El próximo número de la revista Caleta —que en menos de una quincena verá la luz de estanquillos y librerías en Cádiz y el resto de la península— ha sido dedicado a los últimos 50 años de literatura cubana.

El listado de autores que conforma dicho dossier es largo y variopinto. No destaco a ninguno —para evitarme la tarea de tener que excluir a otros—, pero sí dedico el texto mío que figura en dicho número a quienes fueran sus dos primeros (y muy sagaces) lectores: Enrique del Risco y César Reynel Aguilera.

A la revista Caleta y —en específico— a su editor, agradezco la gentileza de dar el visto bueno a la publicación de mis “Apuntes en blanco y negro” en Belascoaín y Neptuno.

A los habituales, una advertencia: la extensión del texto que sigue se aleja un poco de lo acostumbrado para el formato de blog, pero, queridos amigos, no sólo de décimas y sonetos vive el hombre.

***
APUNTES EN BLANCO Y NEGRO

Todos conocemos el chiste: Fidel Castro arenga —en los albores de aquello que cínicos y optimistas decidieron llamar “la Revolución Cubana”— a una multitud enardecida. Grita que a partir de ese instante ya no habrá más blancos o negros en la isla. Explica que una verdadera revolución no se puede permitir esas distinciones. Y decreta que, de ese momento en adelante, todos serán verdes. La jauría chilla. La emoción es tangible. Los verdes en el público se abrazan. Algunos lloran. Otros se desmayan. En esas, Castro se aclara la garganta, da dos golpecitos en el micrófono con su dedo índice —ese índice que dictaría los destinos de millones de sus, ay, súbditos— y proclama: «Los verdes claro, para acá; los verdes oscuro, para allá».

Recreo esta broma de mal gusto pues hace un par de semanas, R., un entrañable amigo —cubano y escritor, aunque, según él, también tiene otros defectos—, me preguntó cuándo había descubierto que era negro. (Dicho sea de paso, R. no es su inicial verdadera: en este texto, los nombres, qué nombres, las iniciales de los implicados han sido cambiadas para proteger a inocentes y culpables). La pregunta me tomó por sorpresa. Creo que bebíamos unas copas. Creo que me atraganté al escucharla. Y creo que no supe contestarle. Quizá debí haberle dicho que no había una línea divisoria precisa; que no me era posible determinar el momento exacto en que había tomado eso que, si me perdonan el lugar común, denominaría conciencia étnica. El conocimiento, ya se sabe, es paulatino.

La pregunta de mi amigo puede resultar —a no-cubanos y a simple vista— torpe, poco seria o irracional, pero les aseguro que no lo es, máxime viniendo, como antes dije, de un avezado y avisado escritor de la isla. El hecho de que ambos hayamos nacido y crecido después del “accidente” propicia y justifica su duda, pues entre otros espejismos e ilusiones ópticas, dicho proceso (a)histórico se encargó de diseminar en suelo patrio y —sobre todo— en sus afueras la idea de que el racismo había sido erradicado de plano con la llegada de los barbudos al poder, en aquella prehistoria que fue el umbral de los años sesenta.

Para responderle (por escrito) a mi amigo, he decidido establecer una cronología mínima, una suerte de mapa personal que recoja los incidentes raciales que, para bien y mal, me configuraron. Ante todo, debo insistir en que durante mi infancia la raza como tal no estuvo presente. Ya adulto —y en el exilio— comprendería que la oración anterior es una falacia. La discriminación racial, al igual que su contraparte —que en Cuba no es la aceptación o la tolerancia, sino la negación más tozuda de la existencia de dicha discriminación racial— estaba en todas partes. Por tanto, me corrijo: la raza no estuvo presente de un modo que fuera obvio para un infante que aún no había leído a Caín.

¿Dónde y cuándo comenzó a hacerse sentir la diferencia cromática?

Gracias (es un decir) a que mi padrastro era militar —la autora de mis días pudo haberse jactado en su juventud de un pésimo gusto en materia de hombres—, pasé mis primeros años dando tumbos por toda la isla, con mi madre y este señor que me llevaban al retortero: a Camagüey, Santiago de Cuba, Holguín, otra vez Camagüey y, por fin, de regreso a La Habana, luego de una odisea de casi ocho años por el centro y el este del país.

De mi época en el (medio y lejano) Oriente, recuerdo haberme codeado con parte de la vieja y nueva alcurnia camagüeyana; haberme curado los ataques de “tos perruna” en unas obstinadas escaladas de nuestro Fiat Polski (o polaquito), el pobre, a La Gran Piedra; haber cargado infinitos cubos de agua hasta un quinto piso de un horroroso edificio santiaguero, mientras aprendía a querer y a odiar la conga que tenía el don de la ubicuidad en esa región del país; y recuerdo una sensación de malestar que no me abandonó durante el tiempo que pasamos en Holguín, un lugar que me era inhóspito desde su nombre agudo, hasta sus paisajes anodinos y su clima árido.

Para mi sorpresa actual, lo que resaltaría negativamente en mi regreso a La Habana —con doce años aún por cumplir—, no sería el tono de la piel, sino —para citar un blog que frecuento— el tono de la voz. Por aquel entonces, cursaba el cuarto grado y cantaba como el más consagrado tomeguín. (Nota a los no-cubanos: en el este del país no se habla: se trina). Bastó una semana de burlas despiadadas a mis cantares —provenientes de maestros y alumnos— y un sábado y un domingo en casa empeñados en aprender a pronunciar “páq-que” (versión habanera de “parque”) en lugar de su homólogo oriental: “palque”… a la par de otras lindezas fonéticas imprescindibles para dejar atrás ese pesado lastre. Que lo de negro va y pasa, ¡pero además santiaguero!

Ronda nocturna
La única vez que dormí en una estación de policía fue hace un par de décadas. Eso de dormir es una artimaña narrativa. No pude pegar un ojo en toda la noche. Al miedo ―aquel ente palpable― y la incertidumbre de verme en un cuarto de la temida y hasta entonces mitológica Quinta Estación de Policía de La Habana, se sumaban los dieciséis años que estaba por cumplir y el desconcierto al no entender qué había hecho para ir a dar a lugar tan aciago. Lo sorprendente del arresto de la noche anterior era precisamente que no había hecho nada. No quiero decir nada heroico o digno de mención. Digo nada. Horas antes, deambulaba por el Vedado con dos o tres amigos, luego de pasar un fin de semana acampados en algún punto distante del litoral norte. Recuerdo que a esta modalidad de campismo, por aquellos tiempos, le llamábamos «guerrilla» (tan en boga estaba el lenguaje bélico en la isla). Y, guerrilleros al fin, regresábamos a la capital andrajosos, hambrientos, felices, con ese buen humor que es a ratos producto de la adolescencia, de no tener la más mínima idea de qué pasa alrededor de uno y de creer que en realidad se vive en un país libre, cual solamente puede ser libre. Debo aclarar que el ambiente a nuestro alrededor también se prestaba para entusiasmos: andábamos en época de carnavales.

Luego de sobrevivir el viaje en unos camiones que nos dejaron en Santa Cruz del Norte y soportar el errático tren de Hersey, la quejumbrosa lanchita de Regla que nos cruzó ―como pudo― La Bahía y aquella guagua Girón que nos adelantó hasta el Páq-que Maceo, nos unimos por inercia al molote y ―evitando discusiones, puñaladas y el orine que se escurría de los baños públicos instalados de cualquier manera y a intervalos irregulares a lo largo del Malecón― caminamos rumbo oeste hasta que, ya hastiados de tanto gentío y tanto desentonar con aquella indumentaria, dejamos el Malecón y nos adentramos en una calle cualquiera.

Hasta ese momento jamás había oído hablar de zonas congeladas.

Las circunstancias del arresto fueron ―ahora lo sé― predecibles, pero no por eso menos arbitrarias. Sin darnos cuenta, habíamos entrado en el área de la Oficina de Intereses de los Estados Unidos. No tuvimos tiempo de regresar sobre nuestros pasos. Puntual como las abejas, un policía ―y luego otro y otro― se nos acercó para pedirnos el dichoso carné de identidad. Y por cuenta del pigmento de esta piel mía y el hecho de que «mi documento no estaba en orden» ―le faltaba la foto, algo que, si mal no recuerdo, era obligatorio luego de cumplir los catorce años―, en menos de lo que se cuenta nos habían detenido y nos conducían a la infame estación.

Hago un aparte: en este grupo, yo era el único “ciudadano con características” —eufemismo que sería puesto de moda entre la fuerza policial capitalina de los noventa para describir a hombres (jóvenes, por lo general) mestizos o de la raza negra—. El carné de identidad de uno de mis amigos tampoco tenía la foto reglamentaria, pero no pasó nada. El socio era blanco. Fue al llegar a mí que ardió Troya. Establecer esa conexión entre la piel y el arresto, por raro que parezca, me tomaría años. No hay que olvidar que había crecido escuchando una y otra vez las bondades de la Revolución, mientras me repetían —mi padrastro, sus colegas, cualquier imbécil que estuviera a tiro— que en la Cuba de Batista o en Estados Unidos yo sería un simple limpiabotas. (¿Han notado que aún persiste un fetiche nacional con la idea de los negros arrodillados frente a los blancos? La imagen del limpiabotas capta la esencia de este capricho erótico a plenitud).

Regreso a la Quinta Estación, de la que nos soltaron a eso de las 4 de la mañana. El padre de uno de mis amigos, un flamante coronel del Ministerio de las Fuerzas Armadas, se personó e intercedió por el grupo. (Desde aquí, una vez más, le doy las gracias). Hasta esa tarde que devino noche y madrugada, creía —con la inocencia propia de la edad— que la Revolución era la causa justa por excelencia. Alguien ha dicho que a nadie le duele un pisotón en el juanete ajeno. Y sólo entonces la bota castrista hacía su debut en mi pie. Ya llevo casi una década de vida en los Estados Unidos —¡y sin limpiar zapatos!—, o lo que es lo mismo: nueve años de no temer a que un gobierno totalitario me pise los callos, pero ahora que escribo esto no puedo menos que recordar el horror que comenzó ―y que ya no me abandonaría en mi vida en el archipiélago antropófago desde― aquella tarde remota en que La Revolución me llevó a conocer el miedo.

Los (primeros) pasos (perdidos)
Crecí con amigos de todos los colores imaginables. Y en el patio de recreo de la escuela no había razas. Tampoco las había en la cancha de fútbol, el terreno de pelota o el mismo mar de todos los veranos. En teoría, todos éramos iguales. (A mis espaldas, ya Orwell había sentenciado que «todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que los otros»). De tal suerte, varios de mis amigos de infancia me trataban como si fuera un hermano. Y la hermandad era sincera y mutua. Mientras no me tuvieran de cuñado.

Arte (facto)
Para demostrar que existe la justicia poética —y de paso cerrar un ciclo que abrieran los prevaricadores que anunciaban el fin del mundo en mi infancia en la isla—, descubrí que no era negro precisamente en Estados Unidos. El hallazgo ocurrió a principios del 2001. Unos meses antes había ideado un plan para traer de visita a Nueva York a mi madre y a F. —mi mejor amigo de mis años en la universidad—. ¿En qué consistía esta fuga que nada tendría que envidiarle a Bach o a los milimétricos cálculos de Papillón? La cosa era sencilla. Le presenté a una galería ubicada en Chelsea (Manhattan) un proyecto de exposición colectiva en el que un grupo de artistas cubanos, residentes en la isla, exploraría temas raciales. En vista de que F. era —y es, hay cosas que no cambian— blanco, no limité la participación en el proyecto a artistas negros.

Aunque Rush Arts Gallery se abarrotó durante la inauguración y llovieron las palmaditas en el hombro, la muestra (en su conjunto) no fue buena. Tampoco tenía que serlo. No me interesaba hacer carrera como curador de arte en este país. Me interesaba el reencuentro en estos predios y luego de par de años con mis seres queridos.

Durante la preparación de este show hubo un episodio que no dudaría en tildar “endémico de Cuba”. Le había enviado una carta a mi madre —que por aquellos días era rehén, es decir, vivía en La Habana—, explicándole el proyecto y el tema central de la muestra: las diferencias raciales en Cuba. La misiva, sin yo saberlo y por motivos que en esta ocasión no vienen a cuento —pero que tienen que ver con esa falta de privacidad que corroe a mi tierra—, cayó en manos de S., amigo también de los años de universidad, borrachín ilustre y trovador demérito, o sea, de mérito. Y S. se sintió en la necesidad de responder a una carta que no iba dirigida a él y —de paso— a mi osadía, blandiendo ese tabla de náufrago de la mente esclava: que los trapos sucios se lavaban en casa; que yo no tenía derecho a hablar de racismo en Estados Unidos, país rociado con la sangre de Martin Luther King, Malcolm X y otros tantos activistas negros. Mi respuesta fue simple: yo había lavado —y a él le constaba— esos trapos sucios en La Habana, pero acá había agua y mejor detergente. Esto que cuento en tres o cuatro líneas fue un intercambio de casi veinte folios que marcó el inicio del fin de nuestra amistad —que había nacido entre apagones, escasez general, pedazos de pan compartidos entre pocos y que, por ende, intuía indestructible—.

Pero decía que descubrí en los Estados Unidos que, después de todo, no, que no soy negro. No encajo en este grupo racial norteamericano. No soy parte de su cultura, no domino sus modismos. No me identifico y no me identifican. Tal es el caso que, si eres latino —esa inocua sombrilla que nos agrupa y desdibuja, esa fantasía anglo—, sin importar el color de tu piel, en el censo de este país tienes una casilla reservada que te denomina “hispano” —o cualquiera que sea el término que la corrección política nacional haya autorizado para ese día—.

La balanza
Mientras esperaba el momento de solicitar la residencia y normalizar mi vida de inmigrante —en otras palabras, en los meses que estuve ilegal en Estados Unidos—, no sentí el miedo que consumió mis años de desandar las calles de mi ciudad natal, como el ciudadano de segunda que era: otro más que malvivía ateniéndose a los muy estrictos parámetros de la ley. Hubo días en los que en las diez cuadras de trayecto a mi trabajo —era maestro de una secundaria básica en el centro habanero barrio de Cayo Hueso— era detenido por casi igual número de agentes del orden, cuya labor al parecer radicaba en pedirme el carné de identidad, comunicarse con su unidad policial para obtener información sobre mi persona y, confirmado lo confirmado, dejarme seguir mi camino… hasta que me detuviera a unos pocos metros el próximo policía. El mismo oficial que me había detenido el día anterior. El mismo oficial que me detendría el día siguiente. Sin embargo, cuando caminaba en plan alien por Nueva York, al toparme con un policía, jamás me sudó la frente, nunca me puse nervioso. ¡Hasta perdí el recelo a interactuar con ellos! Y, horror de horrores, ¡me devolvían el saludo!

La ilusión, la realidad
S. —el autor de la carta de repudio en respuesta a la exposición que organicé en Chelsea y titulé “Tenía que ser negro”— es, por supuesto, blanco. Me atrevo a decir que su primer encontronazo con el racismo fue ya de adulto, en La Habana de finales de los noventa, mientras caminaba por los alrededores del Teatro Nacional, o lo que es casi lo mismo, en el área de la Plaza de la Revolución con C. —que es negro, víctima del Síndrome de Estocolmo y vive en Alemania—. Un policía los detuvo, y le pidió el consabido carné de identidad (h)únicamente a C. S., que además de blanco y buena gente era naïve, le quiso entregar su documento al policía, pero éste le espetó que no hacía falta, que sólo quería ver los papeles de su acompañante. Dicho policía —y el detalle es importante: a esto en inglés se le llama racial profiling— era negro. S., que además de blanco y buena gente era porfiado, reiteró el reclamo. Y, para su desgracia, quizá citó a algún poeta maldito —que el policía jamás había escuchado mentar— e hizo una leve referencia a la discriminación racial —sugiriendo que el agente del orden en ese momento pecaba de dicho mal, violando así la primera ley de la subsistencia en Cuba: ¡Jamás llames racista a un negro!—. S. no esperaba la trifulca subsiguiente, como tampoco se imaginaba que este acto le haría dar con sus huesos en una estación de policía. A C. —esposado aunque sin matrimonio a la vista— no le sorprendió pasar la noche tras las rejas.

La génesis
Todo este rodeo para responderle a mi entrañable amigo su inesperada y muy sagaz pregunta. Lo cierto es que el estigma estuvo presente mucho antes de mi infeliz encuentro con la policía en La Habana de los ochenta. Y lo cierto es que mientras más lo miro, más se parece a un culebrón mexicano o brasilero, pero de los peorcitos. En este punto no resulta ocioso ni baladí señalar que mi padre, oh ironía, es daltónico. Pues bien, este caballero —y aquí lo saco del clóset racial: hijo de mulato achinado y de blanca, hombre de piel ídem y de pelo “que engaña” (esto es, que si lo corta bajito, no hay quien le haga esa pregunta que ha aterrado a tantas familias cubanas a lo largo de los años: «¿Y tu abuela dónde está?», refiriéndose, obviamente, a la posibilidad de un ancestro negro)—, quedó prendado de una belleza mestiza, pero al parecer —a mí no me crean, que no me gustan los melodramas y a estas alturas todavía nadie me ha pasado el casete de arriba abajo—, la relación no fue bien vista por mi futura familia paterna y, en medio de las presiones y los «yo no estoy para hacer trenzas», se llamó a capítulo y se separó de mi madre en pleno embarazo.

Pasó el tiempo y pasó la guagua para Alamar. Y casi tres años después, cuando le apareció a mi madre un pretendiente rubio, de ojos azules —que si la cosa funcionaba le iba a criar al negrito—, mi abuela y algunas de sus amigas empezaron a meterle a ese señor por los ojos. Y tanto da el cántaro en la fuente… El tipo era un troglodita. Era un asno con garras. Si se caía comía tierra, que la hierba es para los rumiantes.

Pero era blanco.

Así es que para responderle a mi amigo, sin caer en la tentación de los pañuelos sacados, tengo que hacer uso del condicional. Si por descubrir se entiende una imagen inteligible y consciente de la realidad, no me queda más remedio que referirme al primer episodio con la policía; por el contrario, si la palabra “descubrimiento” se extiende hasta abarcar ese concierto de señales e impresiones que un feto recibe de su madre, entonces tengo que reconocer que la primera noticia de mi negritud la tuve en la dulce oscuridad del vientre materno.

Nunca fui verde.

***
Alexis Romay
New Jersey, 15 de octubre de 2008

martes, marzo 17, 2009

La (r)evolución

Cuando le dije a mi esposa que Benicio del Toro interpretará próximamente al hombre lobo, me respondió: «¡Un paso de avance!».

domingo, marzo 15, 2009

Cosas y azares

A unos pasos del Templo de la Concordia —uno de los templos de orden dórico mejor conservados en el mundo— en las colinas de Agrigento, una familia española removía con sus alegres pasos el polvo milenario. Al aproximarnos, escuché una algarabía propia de la infancia. Razón sobraba: el más pequeño de los chicos tenía un lagarto apresado en sus manos y con el júbilo de quien descubre el agua tibia lo enseñaba a sus padres, su hermanito mayor y su abuela. El reptil tiraba dentelladas a diestra y siniestra en un intento desesperado por zafarse de su inocente depredador y el chico se jactaba del nuevo juguete cuando sucedió lo inevitable: el animal pudo por fin morderle un dedo. Estas tres acciones que describo acontecieron casi al unísono: el niño lo soltó con más sorpresa que dolor, el lagarto cayó al suelo y puso pies en polvorosa y el hermano mayor tuvo una idea tan feliz como terrible: agarrar al lagarto por la cola.

La cola se partió.

El mayorcito hizo un puchero, pero antes de que perturbara la paz con una perreta, tanto su padre como yo dijimos a la vez y con palabras similares que no tenía que preocuparse: la cola regeneraría. El chico se tranquilizó al momento, en tanto los adultos nos saludábamos y despedíamos en castellano. Nosotros íbamos; ellos venían.

Seguimos caminando rumbo al templo. Llevaba en mis manos la consabida botella de agua y una edición bilingüe de la obra poética de Borges: entre ruina y ruina intentaba memorizar su “Poesia dei doni”. Ya sólo me restaba dominar las últimas dos estrofas cuando descubrí con vago horror sagrado que yo era el lagarto: para ganar la vida, había sacrificado un pedazo de mí. La cola que perdió el animal —pasada por el filtro de la metáfora— era ese cúmulo de impresiones y lugares comunes y extraordinarios que el tiempo no borra: mis calles, mis amigos, la mar de tías que hace una década no veo y aún añoro, los ojos de mi abuela que no pude ver apagarse, el olor a mar, el parque donde metía unos goles concebidos en Brasil, la cadencia y el acento del español que se masculla en La Habana y la posibilidad misma de desenvolverme a diario en la lengua que aprendí en la cuna, los baches de mi ciudad natal, en los que no cabía mi incredulidad, pero sí tres cuartas partes de mi bicicleta…

Pasada la reacción inicial, sentí un alivio profundo: en mi caso, por fortuna, la cola ya ha regenerado. Sin más pesares, regresé al poema en italiano. La estrofa que escogí —de manera aleatoria— reza en el original: «Algo que ciertamente no se nombra/ con la palabra azar rige estas cosas».

sábado, marzo 14, 2009

Otorrinolaringólogo vs. podiatra

Me preguntaba mi esposa —cuya lengua adoptiva es el castellano— por qué había usado en un texto del blog un rejuego de palabras que generaba una ligera cacofonía.

Mi respuesta fue rápida y torpe: «Yo escribo con el oído».

La de ella no tiene desperdicio: «Ok. Yo leo con el pie».

miércoles, marzo 11, 2009

Carne de identidad

Anoche fuimos a cenar a una trattoria local. A la entrada, el camarero nos recibió con amabilidad extrema, nos escoltó hasta la mesa con sendos menús, me trajo una cerveza a falta de Gin & Tonic y —en el momento en que me levanté para ir al baño— le preguntó a mi esposa sobre nuestra procedencia, dado que parlamos el italiano con poco acento y mucho desparpajo. Mi esposa nos ahorró mi pasatiempo favorito, que practico en todas partes y en todas las lenguas. En inglés es mucho más divertido: la semana pasada, por ejemplo, un interlocutor pasajero que intentaba adivinar mi origen en un Starbucks cualquiera camino de cualquier parte me llamó libanés, luego, egipcio, luego, israelí. Para ponerle la tapa al pomo, dijo que quizá era del Caribe francófono o angloparlante y que a lo mejor había estudiado en Inglaterra. Ahí fue cuando mi esposa, entre risas, reveló el secreto.

No siempre ha sido así. En mi época de recién llegado a Nueva York, parecía tener un anuncio neón en la frente con la leyenda: «Soy cubano, ¡pregúnteme cualquier cosa!». Años más tarde, el cartel —con la paulatina asimilación— se fue disipando hasta desaparecer; pero entre uno y otro punto me han llamado desde peruano hasta marroquí, desde indio de Bombay hasta descendiente de tribus aborígenes norteamericanas. Un detalle notable: con el paso del tiempo ha desaparecido casi por completo mi “background hispano”. Por estos días hay gente que se asombra cuando —tras pasar revista al listado de países miembro de la ONU— descubre que soy de la isla.

Pero volvamos a la trattoria. Al regresar a la mesa, el camarero más carismático del mundo —muy para mi sorpresa— me dijo: «¡Cubano!». Este entusiasmo a ratos me pone suspicaz. Por lo general, va acompañado de: «¡Me encanta Fidel!», o alguna torpe variación sobre el tema, que hace que una comida que podría haber trascendido sin mayores altibajos se convierta en un intercambio —a veces sensato, a veces no tanto— de impresiones sobre la isla que se repite entre dos seres tan distintos como distantes: uno de los cuales no ha pisado jamás Cuba, mientras el otro se jacta de haberla recorrido desde uno a otro confín, delfín.

Le pregunté cómo había reconocido mi origen. Se señaló a la cara, como diciendo: «lo llevas escrito». No pude evitar una sonrisa. Acto seguido, mientras hacía un gesto con la mano —que luego usaría yo para indicar que el plato fuerte estaba delicioso— me dijo: «¡Chicas!».

(Por cierto, Jorge Ferrer destacaba recientemente el hecho de que en primera plana de El País coincidieran en el mismo día dos Cubas: una, en la deplorable imagen de quien ha luchado a brazo partido por imponer su voluntad así en la tierra como en el exilio; la otra, en un despampanante trasero de mujer).

Para mi fortuna —y quizá para facilitar mi digestión futura—,
el camarero optó por la levedad en el intercambio; a diferencia de todos los “expertos en Cuba” que en situaciones similares argumentan en defensa del régimen, queriendo hacer alarde de conocer la historia de la isla con el simple hecho de mencionar a Batista, para luego desear que se los trague la tierra cuando les pregunto su nombre y no saben responder “Fulgencio”.

Lo cierto es que estas conversaciones de ahora para luego sobre Castro o sobre las chicas cubanas tienen algo en común: la trivialidad.

No saquen las pistolas, lectores, que no aún no termino.

Como lo pide la ocasión, me remito a Los italianos, de Luigi Barzini: «No todos los miembros del partido comunista quieren iniciar una revolución. La mayoría de ellos prefiere disfrutar el estatus de revolucionario en una asustadiza sociedad capitalista».

Aceptémoslo: a quienes defienden lo indefendible les importa un bledo la suerte o desgracia de nuestra nación. No están capacitados para dialogar pues ya han decidido a priori que tienen la razón y no hay argumento en el universo capaz de convencerlos de lo contrario. Más allá de redundar en los ya desmontados mitos de la educación y la salud, no les interesa admitir su ignorancia en el tema que (mal)tratan. Por muy profundo que sea el análisis que hagamos de la realidad cubana, no querrán oírlo, enfrascados como estarán en regresar a donde dan pie: las aguas turbias de los lugares comunes.

Hoy —que duermo cerca del mar— pienso que no quieren profundidad, pues no saben cómo nadar en ella.

lunes, marzo 09, 2009

Parte del día

Ocho horas de vuelo, una lectura minuciosa de Los apuñaladores y varios poemas de Borges, el repaso de un libro de ejercicios de ajedrez convoyado de una película que olvidé —entre bostezos— tan pronto subieron los créditos, el cansancio transatlántico y familiar que me acoge a cualquier lado del océano, este acceso limitado a internet y, cuando al fin encuentro un par de minutos para conectarme a la red de redes, dos mensajes de sendos amigos que me anuncian que los lectores de Belascoaín y Neptuno han encontrado en su lugar otra esquina notoria: la de Blanco y Trocadero.

Al parecer, los visitantes del blog —quién sabe por cuánto tiempo— sólo han tenido acceso a la columna de la derecha, pero en la izquierda, donde aparecen las entradas diarias, los ha recibido el silencio.

(Hago un aparte para felicitar a los muchachos de la UCI y demás brigadas cibernéticas de apoyo al régimen cubano por laborar horas extra. Les deseo de todo corazón ¡que Castro se los pague con un Moskovich!).

Las conclusiones del día son obvias: es sabido que los escritores —y los lectores— le tenemos pavor a la página en blanco. Pero los dictadores —y sus secuaces— temen mucho más a la página escrita.

miércoles, febrero 25, 2009

Fábula de la cotorra y el mono

Mira qué bien entrenado,
mírale el porte y aspecto,
ese don, ese intelecto
del gorila colorado
—el golpista fracasado—
que anuncia a los cuatro vientos,
entre un millón de aspavientos,
que va a dictar de por vida…
Ay, Venezuela sufrida,

te aguardan mil y un tormentos.

martes, febrero 24, 2009

Leñazo virtual

Reproduzco un texto de Rebeca Ulloa. La caricatura es de Arístide.
***


Qué sorpresa para la oficialidad cubana la pequeña y grande concentración de cuarenta personas en el césped de la Cabaña alrededor del libro de cuentos de Orlando Luis Pardo Boring Home. Narraciones sencillas con alguna alusión a la realidad nacional de los 90 y de los 2000, en un tono aparentemente sencillo. Amenazas, persecución, vigilancia y ni siquiera la creencia de una población paniqueada por medio siglo, pudieron evitar que estos nuevos jóvenes se reunieran , contaran con la asistencia de algunos extranjeros y escritores reconocidos, presentaran el libro y hablaran de los peligros que se avecinan para el autor y para los presentes. La editorial Letras Cubanas había aprobado el libro, sin embargo no lo imprimió, parece que no por el libro, sino porque Pardo Lazo decidió unirse a los bloggers cubanos y usar la palabra en el sentido martiano: “la palabra es para decir la verdad”. Pero una vez más la tecnología de punta en manos jóvenes entrenadas supera la represión gubernamental: Boring Home está publicado en el blog Generación Y, circulando en el mundo entero, un sencillo cliqueo y estamos listos para leer los 17 cuentos del libro. Si yo fuera pelotera, hablaría de un jonrón; si mi afición fuera el futbol, diría que ha sido un gol; pero como soy cibernauta, lo llamo un leñazo virtual.

lunes, febrero 23, 2009

Uno

Hoy me desperté con una sensación de déjà vu. ¿Qué? Decía que hoy me desperté con una sensación de déjà vu. Esta película ya la había visto. Sí, esto definitivamente ya lo había vivido. El problema es dónde y cuándo. ¿Cuál fue la última vez en que coincidieron una aburridísima noche de ceremonias de los premios Oscar® y esta obsesión mía con Cuba? ¡Ah, claro! ¡En febrero de 2008!

Resulta que inmerso en los preparativos de la manifestación del próximo 1 de marzo, por poco paso por alto el hecho de que Belascoaín y Neptuno cumple hoy su primer aniversario. ¡Vaya momento para festejos! Al respecto, creo que puedo escribir los versos más obvios esta tarde; escribir, por ejemplo: «Un año, que viejita te nos pones/ bitácora que anuncias mi delirio…», pero, para nuestra fortuna, he descartado la idea antes de terminar la primera estrofa.

Sin mucho tiempo para el autobombo, me limito a dejar constancia de lo mucho que me he divertido con la vorágine del blog, un ejercicio de creatividad y catarsis que me ha regalado más amigos que detractores. Al repasar a revientacaballo los 516 posts que han aparecido en este espacio, revivo la alegría que sentí al publicar —en “tiempo real”, o sea, desde el 9 de abril hasta el 17 de mayo— el Diario de Campaña de José Martí. También rememoro el gozo que he experimentado al publicar textos inéditos (y no tanto) de César Reynel Aguilera, Jorge Luis Borges, Miguel Correa Mujica, Néstor Díaz de Villegas, Teresa Dovalpage —quien además tiene acá su propia columna semanal de estampas habaneras—, Radamés Molina, Carlos Pintado, Jorge Salcedo, Manuel Sosa… entre otros. Me río solo y de mis maldades me acuerdo al comprobar que he parodiado hasta el paroxismo la muerte de Fidel Castro, usando como brújula “La muerte de Trotsky referida por varios escritores cubanos, años después ― o antes”, que figura en los Tres tristes tigres de Cabrera Infante. Ya que hablamos de parodia —ese terreno tan fértil que me es tan querido—, destaco las 72 décimas y los 68 sonetos con los que me he mofado de la decrépita dictadura que aun martiriza al pueblo de Cuba... Podría seguir la lista de felices hallazgos, pero —parafraseando el horrible poema de Guillén al no menos horrible Che Guevara— prefiero no hacerlo. Por modestia, por no hablar de mí mismo.

A tono con el somnífero rito anual de la Academia, quiero agradecer públicamente a quienes me han acompañado en estos doce meses de dar cabezazos contra el muro, a quienes han dejado comentarios en estas páginas, a quienes han optado por permanecer silentes, a quienes han reenviado el enlace del blog a sus contactos, a quienes no lo han hecho, a quienes se propusieron encontrarme en la red e hicieron de Belascoaín y Neptuno parte de su recorrido habitual por la blogosfera, a quienes llegaron a esta esquina virtual por accidente, a quienes decidieron regresar, a quienes me han dado su aliento, a los tontos útiles que se han esforzado en aguar la fiesta y, por supuesto, a Clint Eastwood. ¡Gracias!

viernes, febrero 13, 2009

Programa de la Feria del Libro de Minería (UNAM)

ESCRITORAS LATINOAMERICANAS EN LA XXX FERIA DE MINERÍA
(coordinadora: Odette Alonso)

Jueves 26 de febrero, 16:00 horas, Auditorio Uno Sotero Prieto: Lectura de poetas latinoamericanas. Con Eleonora Requena (Venezuela), Ana Franco Ortuño (México) y Odette Alonso (Cuba-México).

Viernes 27 de febrero, 14:00 horas, Galería de Rectores: Lectura de narradoras latinoamericanas. Participantes: Teresa Dovalpage (Cuba-USA), Carla Quintanar (México) y Odette Alonso (Cuba-México).

Viernes 27 de febrero, 17:00 horas, Auditorio Uno Sotero Prieto: Presentación de la novela Espejo de tres cuerpos, de Odette Alonso (Quimera Ediciones). Con Teresa Dovalpage, Sergio Téllez Pon y la autora.

Sábado 28 de febrero, 15:00 horas, Auditorio Cuatro: Sáficas, lectura de poesía lésbica. Con Rosamaría Roffiel, Reyna Barrera, Artemisa Téllez y Odette Alonso.

Sábado 28 de febrero, 17:00 horas, Galería de Rectores: Presentación de la antología Dos Orillas. Voces en la narrativa lésbica (Editorial Egales, Barcelona). Con Minerva Salado (editora), Rosamaría Roffiel, Artemisa Téllez y Odette Alonso. Modera: Bertha de la Maza.

Domingo 1 de marzo, 12:00 horas, Auditorio Cuatro: Mesa redonda: Ensayistas latinoamericanas. Participantes: Carla Quintanar (México) y Teresa Dovalpage (Cuba-USA). Moderadora: Odette Alonso.

jueves, febrero 12, 2009

Fricciones

A sugerencia de mi amiga QF, leí en El País sobre la polémica que se ha desatado en la tierra de Piazzola y Lionel Messi debido a que una «diputada oficialista presentará un proyecto de ley para repatriar a Argentina los restos del escritor Jorge Luis Borges». Estaba a punto de escribir una repulsa en contra de dicho proyecto de ley y en apoyo a la viuda del escritor, María Kodama, cuando me vino a la mente ese regalo que es “El poema de los dones”, cuyos versos memoricé hace años en un vuelo trasatlántico y todavía recito con entusiasmo de chiquillo. Este desmedido amor por la parodia —que es, ya se sabe, una suerte de homenaje y me viene de leer a uno de los creadores de Isidro Parodi— me impulsó a modificar el primer verso del poema y luego el segundo y luego el tercero y así, sucesivamente, respetando rima, métrica y estructura del texto original. Quiero creer que al autor de “Pierre Menard, autor del Quijote” le habría hecho gracia este guiño.

Lectoras y lectores: tened la bondad de circular este texto entre argentinos y no tanto (como es mi caso). Si algún alma caritativa se lo hace llegar a la señora Kodama, le quedaré eternamente agradecido.

***
Los senderos que se bifurcan


Que alguien rebaje a lágrima y reproche
esta demostración de la osadía
de alguna diputada en su porfía
que quiere perturbar la larga noche

de Borges que descansa entre otros sueños:
sueña con que el sepulcro le transgreden
—¿sus huesos reclamados por qué dueños?—,
con el infierno de quienes se exceden,

con albas que le aguardan, con el día
de torpe exhumación, de torpes ritos
basados en sus arduos manuscritos.
(¿En balde soñó con Alejandría?).

A Buenos Aires (cual fábula ciega)
secuestran su osamenta. Qué trajines:
fatigarán sus restos mil confines:
Odisea argentina (¿acaso griega?).

Enciclopedias, atlas, el Oriente
y el Occidente, siglos, dinastías,
símbolos, cosmos y cosmogonías
nos dejó escritos, ¿pero inútilmente?

Ya no hay reposo. La penumbra hueca
explora reinventando lo preciso.
Él, que se figuraba el Paraíso
como fantasma en una biblioteca.

Algo, que ciertamente no se nombra
(y aquí no he de nombrar), rige estas cosas;
otro fue repatriado en las borrosas
tardes, sin muchos libros y con sombra.

Al errar por las lentas galerías
ha de sentir su paso confinado:
acaso es otro muerto que ya ha dado
los mismos pasos en los mismos días.

¿Cuál de los dos inspira este poema
de un yo plural y de una sola sombra?
¿Qué importan Aladino ni su alfombra
si es indiviso y uno el anatema?

Demiurgo o Borges, mira este querido
mundo que se deforma y que se apaga
en una burocracia vil y vaga
que se parece al sueño y al olvido.

***
Alexis Romay
Nueva Jersey, 11 de febrero de 2009

miércoles, febrero 11, 2009

Dos buenas noticias

La primera es que mi amigo Enrique del Risco —el irrepetible Enrisco— anuncia —y lo he constatado en persona— que acaba de parar de fumar.

La segunda es que el ex fumador ha descrito estos primeros días del proceso en un texto tan breve como antológico; lo que se dice: una joya.

El común de los mortales deja de fumar y se desespera. Enrisco, que es de otra estirpe, quizá se desespere también, pero se desquita del vicio con ese humor tan fino, tan agudo, tan —cuál es la palabra— adictivo.

Para celebrar ambas noticias, no encuentro mejor manera que —la muy apropiada canción de Vanito Brown— “Yo quisiera parar de fumar”, interpretada en vivo por Gema Corredera y Pavel Urquiza.

Enrique: ¡dímelo cantando!

Desmaya esa trova, compadre

(a Eida, a Enrique y a Sosa)
***
Cuando digo presente

En el borde del camino hay una silla.
La rapiña merodea aquel lugar.
El pintor de las mujeres soles
(como un cuadro del viejo Chagall)
va cabalgando sobre una palma escrita.
Viene a mí.
Blasfemo una nota y apago el reloj.

Una mujer innombrable
con pamela, impertinentes y botón,
va corrompiéndose al centro del miedo:
unos dicen que aquí,
otros dicen que allá
y Mariana quiere ser canción.

Mi unicornio azul
huye como una gaviota.
Boga, boga, boga, vuelve a bogar.
(Es concebible
y no imposible
que yo sujete mis africanas con imperdibles).

La gota de rocío
está pariendo un corazón
a mil kilómetros del ropero y del refrigerador.
(Es una historia que tiene que ver
con el curso de la Vía Láctea).

Han echado basura en mi verde jardín.
Hay que ayunar al filo del amanecer.
Oh, melancolía.
Te convido a creerme.

___
Este texto está formado exclusivamente por versos —de alguna manera hay que llamarlos— del trovador (devenido diputado devenido empresario) Silvio Rodríguez. Pertenecen, en orden alfabético, a: “Canción del elegido”, “Canción en harapos”, “Cuando digo futuro”, “Debo partirme en dos”, “El extraño caso de las damas de África”, “El mayor”, “El pintor de las mujeres soles”, “El sol no da de beber”, “Historia de las sillas”, “La gota de rocío”, “La era está pariendo un corazón”, “Oh, melancolía”, “Óleo de una mujer con sombrero”, “Sueño de una noche de verano”, “Y Mariana”.

Propongo un ejercicio a los lectores: reescriban el poema —de alguna manera hay que llamarlo— cambiando el orden de los factores, que sí alterará el producto. Podrán escribir los versos más hilarantes esta noche. Escribir, por ejemplo:

Mi unicornio azul
va corrompiéndose al centro del miedo.

Las variantes son ilimitadas. Admito que en pocas ocasiones me he divertido tanto.

***
No en balde había dedicado este post a
Manuel Sosa, cuyo desopilante experimento con versos de Silvio Rodríguez —que antecede al mío— transcribo abajo, invitando a los lectores a que adivinen de dónde salieron los fragmentos:

Si capturo al culpable

En la ciudad que posee la isla en el centro
el nuevo tiempo exige su alimento
con menos humo sobre nuestras calles,
homosexuales por el firmamento
y ballenas felices en sus valles.
Los mares se han torcido
con no poco dolor hacia tus costas,
un reloj se transforma en cangrejo
y la capa de un viejo da con una tempestad de comején
para sacar chispas del agua que me das,
y como combustible me llena de anhelos…
Me quito el rostro y lo doblo encima del pantalón,
el teléfono persiste en coleccionar absurdos:
embrumarme sigue siendo un deporte universal.
El nuevo tiempo se simula en cueros
pintándose la piel sobre el vestido.
¿Quién se atreve a decirme que debo arrepentirme
de la esperma quemante que me trajo?
Y mientras por su esófago paseo voy pensando en qué vendrá.
Seguro estoy requetemal, debo sufrir algo extraño,
pues ni la hiel ni el desengaño me dan razón de funeral.
Porque sangra de abajo yo no vendo ni rajo mi pasión
y al que diga que me aguante debajo de una sotana
le encajo una caravana de sentimientos gigantes.
Mis entrañas no entienden de estética y cambios
y en la espalda del día se queda ese algo...
En mi sábana blanca vertieron hollín,
han echado basura en mi verde jardín.
Luego un rival, narcotraficando el mar,
escupía con ron y alfilereaba un feliz corazón.
Una esponja sin dueño, un silbido buscando resultaba ser yo:
sólo de sal que el delectador también alude.
Me trata de tragar pero se atora con un trébol.
Trota sobre la espuma
seguido por un mar de negros en machete y sin encadenar.
Tú la perdiste, pero aquí se queda,
al fin y al cabo está con un obrero
y yo, con poca voz, pero de pecho,
canto porque el derecho sea más zurdo.
Dicen que me arrastrarán por sobre rocas,
que me arrancarán los ojos y el badajo.
Si capturo al culpable de tanto desastre lo va a lamentar.