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viernes, febrero 27, 2009

“Cuba: Revolución o Terrorismo”

Ino Martel me acaba de pasar una invitación —que extiendo a los lectores del área— a visitar mañana sábado, 28 de febrero, la muestra: “Cuba: Revolución o Terrorismo”, que presenta una cronología periodística tomada de los archivos del New York Times y otros medios de prensa, y se dedica a ilustrar los nexos entre ambos conceptos (revolución y terrorismo).

La muestra se exhibe en la Federación Mercantil, ubicada en el 4113 Palisades Avenue (entre las calles 40 y 41), Union City, 07087. El local abrirá sus puertas de 8 de la mañana a 8 de la noche.

Quienes deseen más información, no duden en llamar a Martel al número: (201) 790 1095.

miércoles, enero 28, 2009

Lectura en Montclair, Nueva Jersey

Damas y caballeros:

Tengan la bondad de correr la voz. Mañana, jueves 29 de enero, a las 7 p.m., en Watchung Booksellers, leeré esquirlas de mi traducción al inglés de Al norte del infierno, una excelente y divertidísima novela de Miguel Correa Mujica.

Juegos de palabras, tráfico entre lenguas, traiciones literarias y otros tópicos afines saldrán a colación.

La presentación será en inglés.

miércoles, diciembre 10, 2008

De Cuba y otros demonios

Ayer no pude dedicarle un minuto al blog pues pasé parte del día en la carretera —“tuve que manejar noventa millas”, parafraseando a Willi Chirino— rumbo a Blair Academy, una escuela ubicada a un respiro de la frontera con Pensilvania. Pero vayamos al principio. Hace un par de meses, Blair Academy me había invitado a dar una charla sobre “la transición” en Cuba. En algún momento de mi intercambio epistolar con el Dr. Miller —director del programa de Skeptics, que cada martes lleva a un orador a estimular la curiosidad del estudiantado—, le había dicho que con gusto arrastraría a esos parajes una perspectiva inédita del problema que es Cuba y de paso comentaría sobre el deplorable estado actual de cosas en la isla, pero ¿transición?, ¿de qué transición estábamos hablando? En ese punto, el Dr. Miller —que para mi fortuna resultaría un iluminado, sobre todo en lo concerniente a totalitarismos de izquierda— me recordó que era probable que los estudiantes —de noveno a duodécimo grado— tuvieran una idea bastante inexacta de la nación caribeña y que por tanto lo más efectivo y apropiado sería que les brindara una panorámica general del país y luego abriera el foro a las posibles preguntas. Yo, que hasta entonces tenía en mente hacer una presentación del recién publicado North of Hell —mi traducción al inglés de una imprescindible novela de Miguel Correa Mujica, que cuenta las cosas que han sido, las que son y las que serán—, opté por seguir su consejo y darle al evento un cariz más conversacional, cuyo tono facilitaría el intercambio.

Llegué a la escuela —de una belleza descomunal, asentada en una propiedad de quinientos acres— poco después de las cuatro de la tarde. Mi anfitrión me recibió en el acto y a los pocos minutos estábamos hablando cómoda y animadamente en la sala de su casa. Se nos fue la hora y media sin que nos diéramos cuenta. Nos recomendamos libros, películas, debatimos la cosa cubana sin repetir clichés y nos vimos forzados a interrumpir el diálogo a las seis de la tarde para enrumbar al comedor, donde cenaríamos con el resto de la escuela. La cena, deliciosa. Al concluir la misma, el director de Blair Academy agarró el micrófono y, no con poco entusiasmo, presentó al primer escritor cubano que arribaba a esos lares para pararse en el podio a hablar sobre la isla. Y me cedió el artefacto. Mi locución aquí sería el anzuelo, pues el evento tendría lugar en un auditorio que estaba en otro edificio. Comencé —¡horror!— con un chiste que nadie entendió, pero rescaté de inmediato la debacle diciéndoles que teníamos en común el hecho de que yo también había asistido a una escuela becada, pero que las diferencias eran notables pues mi adolescencia había transcurrido en una sociedad completamente militarizada y, para colmo, mi escuela era una academia castrense —la Escuela Militar Camilo Cienfuegos, de la cual, para mi eterno orgullo, me habían expulsado tildándome “una deshonra al uniforme militar”. Omití la parte de la expulsión. Por modestia. Por no hablar de mí mismo—. Y luego les dije que si venían a mi presentación les revelaría la única similitud que existe entre Cuba y Estados Unidos.

Diez minutos más tarde, para mi profunda sorpresa, no cabía un alma en el auditorio. Luego de una muy amable presentación del Dr. Miller, tomé el podio. Empecé revelando lo que ambos países tienen en común: tanto en Cuba como en Estados Unidos se puede hablar mal de Estados Unidos. Hubo risas. Di la panorámica empezando con el golpe de estado de Batista y concluyendo con que el remedio había sido siete veces peor que la enfermedad: en su fase dictatorial, Batista estuvo en el poder siete años; Castro multiplicó su estadía por siete y se aplatanó en el trono (para luego cederlo a su heredero) durante cuarenta y nueve años; en cuanto a número de víctimas: los muertos de ambos bandos desde aquel 10 de marzo en que se malogró la República hasta el 1 de enero en que se malogró la Nación no llegaban a los 2300 —cifra horrenda por demás, que un muerto por razones políticas ya es demasiada muerte—. Las muertes atribuidas a Fidel Castro y su régimen —de las que da fe el
Archivo Cuba— a fecha de hoy sobrepasan las 9000. Aclaré que estas muertes sólo abarcan los fusilamientos, las muertes en prisión, los asesinatos, las ejecuciones extrajudiciales, pero excluyen las decenas de miles de personas —el cálculo es conservador— que han perdido y pierden la vida en el mar, huyendo del tan cacareado paraíso socialista. Y, ya expuestas las vísceras de la isla, invité al debate.

La primera reacción vino de un profesor de la escuela, inmigrante de origen haitiano. Dijo que ya quisieran en su tierra natal tener los problemas que tenemos nosotros en Cuba. (Este maniqueísmo es enternecedor por su torpeza). Le respondí que en ningún momento me atrevería a minimizar la problemática haitiana —en donde la situación, lo sé, es de cuidado—, y que por respeto a las víctimas de ambas tragedias no me permitía comparar cuáles muertos eran más muertos, pero que el hecho de que su país viviera un infierno no justificaba en forma alguna el infierno que es Cuba. A esto respondió con el sonsonete de los “logros de la educación”; mi contraargumento: de qué servía educar a las masas para luego prohibirles los libros. Al hablar del muy limitado acceso a la información en la isla, mencioné que la negativa del diario Granma de darle el 5 de noviembre de 2008 la cobertura en primera plana que merecía la elección del primer presidente negro de este país —destacando en su lugar los resultados de alguna cosecha de cítricos u otro tema absolutamente irrelevante—, se debía al hecho de que mientras nosotros vivimos en el mundo de la realidad, la prensa cubana vive en el mundo de
Las crónicas de Narnia. La carcajada sacudió el recinto. Y el maestro de ceremonias cortó el careo, alegando que el resto del público también tenía derecho a participar en el intercambio.

Las preguntas de los estudiantes fueron, en su totalidad, cándidas e inteligentes —dos categorías que no tienen por qué excluirse entre sí— y abarcaron desde lo personal —si en mi “malestar” con Cuba había espacio para encontrar algo digno de ser rescatado luego de este medio siglo (en realidad, la joven dijo “odio”, pero después me comentó que había usado un término impreciso)— hasta lo global —la razón de ser del embargo—, a lo que respondí alegando, por una parte, que, obviamente, mi malestar no era con Cuba, sino con los miembros de la cúpula que la dirige (que aunque hayan intentado, con éxito, metamorfosearse en una misma entidad, eran dos cosas separadas) y, por la otra, al hecho de que, como reportara Roger Cohen en su
tendencioso artículo para The New York Times: «Estados Unidos es el mayor exportador de comida a Cuba, alcanzando el monto de $600 millones este año» y que el único embargo que en realidad me preocupaba es el que el gobierno cubano le ha impuesto durante medio siglo al pueblo de la isla. En algún momento señalé un par de pifias —entre tantas— del texto de Cohen: se refiere a Castro como alguien que ha sido durante cincuenta años “intermitentemente despiadado”; declara que en la isla parece existir “una especie de apartheid económico”. Lo cuestionable, claro está, yace en lo de “una especie”. Hay apartheid o no hay apartheid, señores. Y en medio siglo de calentar el trono sin intervalos, se es despiadado o no se es despiadado, pero sin intermitencias. Y, no faltaba más, destaqué la joya de la contradicción que contamina el reportaje: «Ha habido cientos de ejecuciones, sobre todo en los primeros años, pero él nunca ha sido un dictador sangriento, un Ceausescu caribeño». Ay, y con estos bueyes tenemos que seguir arando.

Al final de la velada, se me acercó un grupo de estudiantes y continuamos la conversación en privado, haciendo hincapié en la novela de Correa Mujica, la obra de Reinaldo Arenas, la fascinación hollywoodense con el matón argentino. La plática pudo haberse extendido hasta el infinito, pero ellos se debían a sus quehaceres y a mí me esperaba una hora y media en la carretera.


Al llegar a casa, cansado y cayéndome de sueño, me di el salto de rigor por Penúltimos días para enterarme no con poca tristeza de la brutalidad policial perpetrada contra un grupo de opositores pacíficos en Cuba, en la víspera del aniversario del Día Internacional de los Derechos Humanos.

Hoy escribo esto a la carrera, con el asco inevitable ante la infamia y con la esperanza de que alguno de mis interlocutores de anoche lo lea. Si alguien se lo hace llegar al profesor haitiano —cuyo nombre desconozco—, quedaré inmensamente agradecido.

lunes, octubre 27, 2008

¡Ciao, Cuba!

1
Cíclico, torpe, predecible, con el andar cansino de quien ha tenido un largo día, así regresó en la noche del sábado el tópico típico del trópico. Habíamos asistido a una presentación de
Ciao America —un film independiente, de pocos recursos y muchos aciertos— y, al final de ésta, salimos a cenar un (des)nutrido grupo de amigos, conocidos, perritos y gatitos. El restaurante: italiano, para no desentonar con el largometraje. La conversación: amena, evitando en todo momento el elefante rosado de las inminentes elecciones norteamericanas. Y, de repente, al otro extremo de la mesa, el bombazo: «Tengo ganas de ir a Cuba mientras todavía esté Fidel o Ricardo (o como quiera que se llame su hermano) en el poder».

El mal gusto es el buen gusto de la gente de mal gusto.

2
Ya que estamos: no me gustan las apuestas, pero hay veinte dólares en mi bolsillo que dicen que a este señor jamás se le habría ocurrido espetarle a un exiliado chileno: «Tengo ganas de ir a tu país mientras todavía esté Pinochet en el poder». Ya sé que no se puede comparar a ambos golpistas. ¡Faltaría más! Que el dictador cubano casi triplicó el número de víctimas y la permanencia al mando de su homólogo del Sur. Y, para colmo y mayor escarnio, Castro ha dejado una economía en ruinas.

3
El sábado no tuve que involucrarme. Al otro extremo de la mesa, L. —cubano también— me ahorró repetirme como un disco viejo. Le dio al turista (de dictaduras ajenas) un breve repaso de las indignidades nuestras de cada día. La cara del tipo me recordó un poco a mi perra la primera vez que vio la nieve. Sus ojos gritaban: «¡Inconcebible!».

4
Se repite aquí y allá que hablar con alguien que no está dispuesto a escuchar es como argumentar con la pared. Esto es impreciso. La pared —cualquier pared— puede carecer de raciocinio y facultades auditivas, pero tiene una ventaja: no está capacitada para responder estupideces.

5
El intercambio sabatino tuvo un final feliz. Después de todo, el curioso prestó atención y limitó las tonterías al mínimo. Para curarlo de su ignorancia, al final de la velada, me las di de médico de la familia y le receté algunos libros y documentales cubanos. No hay que preocuparse. Le advertí que los tomara con mucha agua. A pesar del desparpajo que quiere caracterizarnos, en el fondo —y a ratos en la superficie—, somos bastante densos.

sábado, septiembre 20, 2008

¿Qué pensarán de nosotros en Japón?

Transcribo (y subscribo) un comentario de César Reynel Aguilera sobre ¿Qué pensarán de nosotros en Japón?, ese excelente libro de Enrique del Risco, con el cual ganara hace unos meses el Premio Iberoamericano de Relatos “Cortes de Cádiz”.
***

En Cuba usamos la frase “sacar un sable” para referirnos a una sorpresa que llega envuelta en palabras. Termino de leer estos cuentos y quedo con la sensación de haber paseado por una impresionante galería de armas blancas. En este libro —además de sables que cuelgan en las paredes— hay una Katana que corta enloquecida en el metro de Nueva York, una navaja que salva vidas, y un cuchillo que apunta, con dudas, al viejo dilema de ser libres matando. La sorpresa más grata, sin embargo, que dejan estas historias es la comprobación de un viejo adagio: nada corta mejor que una página bien escrita. La prosa de Enrique del Risco destella honestidad y elegancia, tiene el filo de una hoja forjada sin excesos, hecha con golpes de inteligencia y puesta a enfriar con un gran respeto por el lector. La risa que salta en cada uno de estos relatos tiene la rara cualidad de dar alegría sin caer en la burla o el cinismo, de hacernos creer que en el Japón los machetes son un despilfarro de acero.

César Reynel Aguilera
autor de R.U.Y.

viernes, septiembre 05, 2008

Kabiosile Enrique Jorrín

Transcribo un fragmento de Kabiosiles, del multi-talentoso Ramón Fernández-Larrea, a propósito de la presentación de dicho libro, hoy, 5 de septiembre, en el Club Cubano de Elizabeth (New Jersey).

***
Kabiosile Enrique Jorrín

No le cabían los dientes en la boca ni la música en el cuerpo. Tal vez por eso le vi siempre sonreír, y llevando el violín como el ciego su bastón y el perro al ciego, en los espejismos de la gran ciudad, y al pairo, las estrellas, ese brillo remoto que es el incendio de todas sus corazas.

Desde la muerte —esa ausencia injustificada, la inexplicable selección de un Dios colérico— le siento en mi distancia física con una dulce alegría que nunca comprendí viviendo en sus alrededores. Esa es su piedra de bondad: derrumba las distancias.

Su legado, que alzo y escondo, que saco a relucir contra los malos vientos, la desmemoria, la maldad de los hombres y las piedras del largo camino: una alegría que me hace pertenecer al cielo de una isla que no termina en la breve línea filosa del mar. Un país que se expande y me acompaña, con el compás jubiloso de su invento: el chachachá.

Ahora es fácil decir los límites de su textura humana, de un diciembre a otro diciembre, con 61 años de latir: 25 de diciembre de 1926, el inicio de su andadura, la fecha de su asombro contra el cielo de un pueblecito llamado Candelaria, allá en Pinar del Río, la provincia más occidental y olvidada, alejada de los caminos del son; y la despedida, el último mes del malhadado año de 1987, en la capital cubana, que usted había puesto a bailar como pocos, con aquel violín suyo que fuera techo del mundo, tabla de salvación, cetro y corona de su invento.

No fueron los aires de Candelaria, sitio sereno, sino la barriada de El Cerro en la capital, donde vivió Enrique Jorrín su infancia de modesto esplendor, lo que le fue metiendo en el cuerpo el ardor de la música. Cerca, con las mismas locas sinuosidades del humo de leves cigarrillos, subían al cielo las notas de encanto que le arrancaba al aire el mago Antonio Arcaño, y ellas le invitaron a completar ese desquicio del mundo. El Cerro, antiguos refugios de hacendados que fueron cubriéndose de la inexorable ceniza, y a donde subieron los negros más tarde a desgranar la música irrespetuosa, la música loca, la música de la lujuria total que ahuyentaba la muerte.

En esa amalgama de noche compacta aprendió el corazón de Enrique Jorrín los vuelos fieros del violín, y se graduó como hombre de pasión.

Entonces llegó la década del 40 y él era ya maestro joven, con ganas desaforadas de brindarle sus pedazos al mundo. Graduado del Conservatorio Municipal de La Habana emprendió su camino de condotiero en la Orquesta del Instituto Nacional de la Música, que dirigía, con armoniosa imaginación, esa lumbre que fuera González Mántici.

Y era entonces el danzón la hoguera más pausada, la prueba suprema, el ritmo de los cuerpos cadenciosos entre los torrentes desaforados del son oriental que había irrumpido con mil disfraces e ilimitados caminos. Enrique entró en el sacerdocio del danzón como violinista de la Orquesta Los Hermanos Contreras. Era 1941. Dos años y cien danzones más tarde ingresaría en la cripta más sublime del género, aquella fabulación no repetida nunca más que fuera la orquesta del maestro Arcaño, el mismo que le tendió la trampa sonora con su flauta hechicera. De ese modo le tomó el pulso a lo viejo para degustar la honda rebelión creadora en sus filas, cerca de Orestes López y su hermano Cachao, que engendraron las invisibles riendas de un hijo increíble del danzón: el mambo esplendoroso que luego pasearía Dámaso Pérez Prado sobre la faz de la tierra.

En esa fragua, su alma inquieta bordó las primeras preguntas. Y salió de ella con el absoluto irrespeto por la música que da el amor desmedido. Insatisfecho con lo ya realizado, con lo rotundo, con lo creado, hizo lo que siempre hacen los dioses con las luces del mundo: cambiarlas, modificarlas, reemplazarlas por el dictado venial de sus sangres impetuosas. Se había estrenado ya en la orquesta de Arcaño, que obligaba a sus músicos, en un reto tierno y fraternal, a demostrar que eran la maravilla. Con tales magos se atrevió a escribir danzones de feliz acogida: Hilda, Central Constancia, Liceo del Pilar.

Ya andaba su germen revuelto para asombrarnos. Cuando llegó a la Orquesta América, de Ninón Mondéjar —que más tarde quiso apuntarse un poco de gloria con su ritmo— iba cargado de otras ensoñaciones que le dictaron los tiempos. Era 1951 cuando lanzó el primero de sus impactos, y dos años más tarde, el mundo se rindió ante la evidencia de aquel ritmo menos endemoniado, de cadencia seductora en el que los cubanos volvíamos a ser los guapos de la pista. Un ritmo que nació desde los pies, cuando Enrique Jorrín observaba, desde su atalaya de nuevo Dios, las sensuales evoluciones de las parejas. El chachachá había nacido, con ese nombre que es onomatopeya, resumen de sonidos del movimiento, como una metáfora que desplazaría la luna hacia el brillo de la pista.

Y con ellos, el candor de un doble sentido que hoy nos parece casi infantil, en el juego de un montuno que quiere decir más de lo que el cuerpo aguanta; o que pronuncia menos de lo que la mente pretende para el enlace. La engañadora puso una esquina habanera a girar sobre el mundo. Más tarde, todos quisieron atravesar la bahía por El túnel, que más que agujero subterráneo es un conducto en el tiempo, postal de aquella ciudad que luego cambió sus rostros de jubiloso pecado.

Ahora dicen los que saben que su invento tiene de todo. Hijo del danzón, desprendimiento de la elegante furia, y hasta una pizca del chotis madrileño.

Yo prefiero escucharle ahora en dos momentos de mi suerte: con la orquesta América en 1954, cuando las voces tenían el susto de la juventud, y luego, en grabaciones de 1986, con la voz del gran Tito Gómez poniendo en su punto la jauría de un mundo de esperanzas. Vuela el violín de Enrique y destellan sus dientes, como para que el barro de la muerte se distraiga.

Ahora mismo se pone mi sangre a alzar piedras de la memoria. Suena en la gris mañana de Barcelona esa pieza perfecta que se llama Nada para ti, que es como un leve guiño a todas las pasiones. Regresa Enrique por la Calzada del Cerro. Regresan mis padres a la pista. El cielo de La Habana arrastra los pies con una cadencia caliente.

Vuelvo a resucitar en Prado y Neptuno, mirando los cuerpos que ahora llevan la sed de su herencia total.

miércoles, septiembre 03, 2008

El regreso de Ramón

El próximo viernes 5 de septiembre, el escritor Ramón Fernández-Larrea presentará su libro Kabiosiles, en el Club Cubano de Elizabeth (New Jersey). Habrá comida (a)típica y tragos. El plato fuerte, no faltaba más, será el propio Fernández-Larrea.

Kabiosile —palabra yoruba de salutación al orisha Shangó, dios de la música, la guerra, el rayo y el trueno en la religión afrocubana— da título a este hermoso libro, donde Ramón Fernández-Larrea dibuja con lenguaje poético, retratos emocionales de músicos cubanos, que, en palabras del propio autor, “han conformado nuestra esencia sonora”.

Tipo cómico, profundo y sagaz, donde los haya, Ramón Fernández-Larrea —que además de buena gente es poeta, periodista, guionista de cine, radio y televisión— en estos momentos reside en Miami, donde trabaja como productor creativo del programa Esta noche tu night, que conduce Alexis Valdés en Megatv. Residió en Barcelona durante diez años, donde escribió, dirigió y condujo, entre los años 1999 y 2002, dos programas de radio en la emisora Radio Gladys Palmera: Memorias de la Habana, programa que convierte la música en historia y ésta última en poesía, y Al tanto, programa de actualidad musical. En el periódico digital Encuentro en la Red, mantuvo una columna de humor durante cinco años, en la que a través del género epistolar y con un lenguaje irónico y mordaz instaba a los personajes de la vida cultural, social y política cubana a que le respondieran todas las dudas que sus actuaciones en el desarrollo de esta pequeña nación, le habían suscitado. Ha sido laureado con premios de poesía nacionales e internacionales. Su primer libro, El pasado del cielo, consiguió el premio de poesía Julián del Casal, que otorga la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, en 1985. Terneros que nunca mueran de rodillas obtuvo el premio Julio Tovar en Santa Cruz de Tenerife, España, en 1996. Ha sido publicado en Guadalajara, México, con su libro Cantar del tigre ciego, en el 2001. Sus libros más recientes Nunca canté en Broadway. Antología poética; Kabiosiles. Los músicos de Cuba, han sido editados ambos por la editorial Linkgua, en Barcelona, en los años 2004 y 2005, respectivamente.

martes, julio 29, 2008

Lectura en Montclair, Nueva Jersey

Damas y caballeros: tengan la bondad de correr la voz.

Mañana, miércoles 30 de julio, a las 7pm, en Cha Ma Gu Dao —una casa del té ubicada en 212 Glenridge Avenue, Montclair, NJ 07042—, compartiré panel con mi amigo (el poeta y traductor) Nicholas Benson. Benson leerá fragmentos de su traducción al inglés de Viaggio d’inverno y “algo de la chiflada obra de Aldo Palazzeschi”. Por mi parte, leeré esquirlas de mi traducción al inglés de Al norte del infierno, una divertidísima novela de ese animal de galaxia que es Miguel Correa Mujica. Juegos de palabras, tráfico entre lenguas, traiciones literarias y otros tópicos afines saldrán a colación.

Como dijera Obi-Wan-Kenobi: «la literatura es buena para el colesterol». Además, es probable que los asistentes al evento pierdan —o ganen, según sus necesidades— un par de libras, en el noble acto de beber té.

Dos notas al margen:

1- Esta presentación será en inglés.
2- Gracias, querida Isis. Me sumo a tu anhelo. Ojalá pudieras estar ahí.

Nos vemos.

jueves, mayo 29, 2008

Sushi para paranoicos


sábado, mayo 17, 2008

La noche de anoche

Salvando las distancias y los horrores, ¿qué tiene en común un espectáculo de variedades que comienza a las siete de la noche y se extiende hasta las dos de la madrugada con una dictadura próxima a cumplir medio siglo? Elemental, Watson. Que hay cosas que no deberían durar tanto.

Luego de casi una década por estos lares, es de suponer que ya sabría a qué atenerme en determinadas circunstancias. Pero cualquiera diría que anoche pagué la novatada. Y la pagué por llegar temprano. Y por crédulo. Salí rumbo al teatro (que hace las veces de salón de bailes o viceversa) luego de prolongar a conciencia y de mutuo acuerdo un café de media tarde con mi estimado Eufrates del Valle ―quien, a pesar de que tenía en planes asistir a la velada, en su inmensa sabiduría, decidió pasarse con ficha―. Ah, Eufrates, ¡enséñame cómo lo haces, Maestro!

Recién daban las cinco y llovía con una impertinencia propia de mayo. Al despedirme del previsor Eufrates, aún estaba al otro lado del túnel, en Nueva York, en medio de la hora pico. Iba rumbo al Holland Tunnel, antro que, una vez más, se regodeaba en su tráfico vespertino. (Los neoyorquinos deben haberlo bautizado Holland Tunnel porque en ocasiones es más fácil y rápido llegar a Holanda que a Nueva Jersey). Pero como había partido con la fresca, llegué al Schuetzen Park con tiempo para matar. (La metáfora no es gratuita. Durante la noche se me despertarían insólitos instintos homicidas).

Faltaba un cuarto para las siete cuando Enrisco, que tenía mi ticket, me llamó para alertarme que venía con unos quince minutos de atraso. Dichoso él. (Como me precio de conocer a mis amigos, le sumé quince minutos más a su optimismo). Las puertas abrirían a las siete en punto. Pero entre lo que el palo iba y venía, descansaba el hacha. Ya en el lobby se congregaba una multitud que pedía el último y que, en su bullicioso entusiasmo, me hizo salir a la intemperie, alegando mi proverbial alergia a las colas. Enrique no tardó mucho más de lo pronosticado. Ticket en mano, llegaba como quien va a una guerra o vuelve de ella. Saludo efusivo. Cacheo a la entrada. Resignados, pedimos que nos condujeran a la mesa reservada a Paquito D’Rivera y Armando López. Y una vez allí, de las 7:20pm a las 8:30pm, estuvimos hablando por señas; estudiando el panorama; bebiendo; él, un Jack Daniels; yo, una cerveza cualquiera. Hablábamos por señas pues el disc jockey tenía el volumen a límites jamás escuchados (valga la imagen, no el sonido). Las mesas temblaban. El público sufría en la espera. Enrique y yo nos turnábamos para ir hasta la mesa del torturador a pedirle que bajara los decibeles. El bárbaro, como la de Lima. Yo que me había ido de Cuba, entre otros motivos de infeliz mención, para no tener que volver a escuchar “Lady Laura”, ahora me veía forzado a tararearla en versión merengue, a todo lo que daban las bocinas. Cuéntame un cuento, Lady Laura. Y el cuento, a esa hora, habría sido de horror y misterio.

En vista de que la comida que ofrecían para picar (frita y deprimente) no estaba a la altura del momento histórico y a un paso de la sordera total, decidimos salir a comer a otra parte. Llamamos al resto del grupo para que se nos uniera en un restaurant de la 32 y Bergen. Salimos a pie, para no perder mi sitio en el parqueo, que estaba abarrotado. El chubasco nos perseguía como la Seguridad del Estado a los disidentes.

Al poco rato de llegar al restaurant, se nos sumaron, Paquito, Brenda Feliciano, Armando López, Frank Zimmerman, Martín Ruiz y Mayra (cuyo apellido desconozco). Gente buena. La comida fue grata, entre risas, bacalao con pan ―que comiera el Paco, quizá rememorando sus tiempos en Irakere― y los mil y un cuentos que intercalaran Frank y Armando. A las diez de la noche, luego de sendos flanes de coco para matar la jugada y sendas tazas de café cubano para alejar los demonios, salimos andando, que, dicen, es la mejor manera de quitar el frío.

Al llegar al Schuetzen Park, nos esperaba a la mesa David Oquendo y su esposa (cuyo nombre, entre la cerveza y la bulla, no escuché). Desde el escenario, “Azuquita” imitaba a Celia Cruz con mucha gracia y menos voz. En algún momento se le fue un gallo de Morón y lo disimuló muy bien. Pero cuando a éste le siguió el gallinero en vilo, paró de cantar (mientras la música seguía andando) y preguntó: «¿No se oye?». Hubo risas benignas. Hay gente que nace con carisma. Y esta señora me ganó con su inesperada salida de emergencia. (A quienes no hayan leído la novela: ¿a qué esperan, tiernas criaturas? Fin del comercial).

Poco antes de las once, Enrique colgó los guantes. Hasta el momento, el espectáculo ―palabra, en esta ocasión llana y aguda, con énfasis en las dos sílabas finales― era, cuando menos, lamentable. Pero diez minutos después de que el Henry hiciera mutis por el foro, llegó el plato fuerte. A decir verdad, lo de Alexis Valdés fue apoteósico. Entró a escena encarnando a su popular Cristinito. Y el teatro, a cupo lleno, se fue abajo. Reí desde que abrió con aquel: «¿cómo se dice toro gay en inglés? Repuesta: Gatorade» (que se pronuncia guei-toreid), hasta que abandoné el salón, a la una y media, con el Paq-Man y Brenda, de ilustre compañía.

Hay palabras cuya sola mención me provoca una incomodidad similar a la que siente cualquier escolar cuando la tiza de la maestra raya la pizarra. De esas palabras, destaco: actividad, mural, brigada. Este evento, de alguna manera, evocó esa olvidada trinidad.

A Alexis Valdés: gracias por rescatar lo rescatable. A los aquí aludidos: gracias por hacer más leve la tortura.

A los lectores: el lunes, cortesía de Jorge Gómez, colgaré fotos de la velada.

martes, mayo 13, 2008

A lo cubano

Aquí, los detalles.

jueves, mayo 01, 2008

miércoles, abril 30, 2008

Traductor, traidor (II)

Ayer escribí un post sobre la calidad de las traducciones al español de ciertos anuncios que se dejan ver a menudo por las calles de Nueva Jersey. En respuesta, un lector anónimo envió la siguiente nota:

«Desde mi esquina, donde a diario cometo este tipo de errores y cuando me oigo me asustan a mí mismo, ¿qué propone usted que puedo hacer para eliminarlos? ¿Qué puede hacer el resto de los mortales, no muy intelectuales, para disminuir la cantidad de “abrochate o boleto” en nuestro día a día?».

Su comentario reúne varias de las razones por las que eché a rodar Belascoaín y Neptuno. Por tanto, doy las gracias a este lector por brindarme una excusa para ahondar otro poco en el tema.

(Antes de seguir, hago un paréntesis: el “abrochate o boleto” que menciona el lector hace referencia a la traducción al español del muy efectivo Click It or Ticket; una campaña encaminada a hacer que los conductores usen el cinturón de seguridad, so pena de multa).

Estimado anónimo: en primer lugar, este tipo de pifia no es patrimonio del común de los mortales. Nadie que viva una vida bilingüe está exento de estos errores. Yo ―que me jacto de haber trabajado varios años como corrector de estilo―, dejo caer, con más frecuencia de lo que me gustaría admitir, unos disparates que no tienen precio. Admito que no les temo tanto a los errores más obvios ―pongamos por caso el “abrochate o boleto” del anuncio en los autobuses de NJ―. Los que me causan pavor son los más sutiles; esos que se cuelan por el hueco de una aguja: por ejemplo, hace un lustro, en un contexto cubano, traduje al español “rice pudding” como “pudín de arroz”. Si no se hace mucho caso a la frase y no se es muy quisquilloso, no hay problema. Excepto por el hecho de que en Cuba ―y el resto de los países hispanohablantes, creo― no se le dice a ese dulce “pudín de arroz”, sino “arroz con leche”... rima infantil que, después de mi pobre traducción, ya no se quiere casar con una viudita de la capital. El diablo está en Cuba. Y también en los detalles. L.Q.Q.D. (Lo que queda demostrado).

No creo que exista un método infalible para evitar estos errores. O, si existe, lo desconozco. Compartiré el mío, con la esperanza de que le ayude. Dicho método es simple, pero pide constancia. Consiste en (1) vigilar constantemente lo que se va a decir. A veces, implica hablar un poco más despacio. (Esto le ha venido muy bien a mi dicción: llegué de La Habana hablando en ráfagas; ahora hablo tiro a tiro). (2) Hacer todo lo posible por evitar el uso de voces inglesas al hablar en castellano... y viceversa. (3) Ante la duda, hacerse la siguiente pregunta: ¿cómo se diría esto en la isla?

He aquí mis herramientas. Por el momento, no se me ocurre más nada. O sí: abrir el foro: pedir la colaboración del resto de los lectores de este blog. Damas y caballeros: ¿cómo hacen «para disminuir la cantidad de “abrochate o boleto” en nuestro día a día?».

Yours truly,

martes, abril 29, 2008

Traductor, traidor

«Abrochate o Boleto». Ésta ―más que una broma de mal gusto que ignora a cabalidad el uso de la tilde o la mayúscula― es toda una amenaza: o “me abrocho” o no hay Dios que me libre de un “boleto”. Semejante disparate hasta hace unos meses se paseaba por las calles de Union City, tatuado en los autobuses del sistema de transporte público. Al leerlo, muchos trabajadores, visitantes y vecinos del área se harían las mismas preguntas que me hice yo: ¿abrocharme qué?, ¿la portañuela?, ¿la camisa?, ¿los zapatos?, ¿qué tipo de boleto me darán?, ¿de tren?, ¿de avión?, ¿o acaso están rifando entrada para una función en el Park Theater?

La primera vez que leí dicho cartel, pensé automáticamente en su muy efectivo equivalente en lengua inglesa: “Click It or Ticket”. Sólo gracias a esa referencia, es decir, sólo gracias a mi diálogo interno con mi otro idioma ―y, debo admitir, al complemento visual del anuncio en español que muestra las imágenes de un policía y La Parca, ambos al acecho de conductores desabrochados―, pude entender que quienes tradujeron esta frase en realidad querían decir: “abróchese su cinturón de seguridad o de lo contrario será multado”. Lamentablemente, dichos traductores decidieron sacrificar el contenido del mensaje en busca de una frase corta (y, muy a su pesar, incomprensible).

Otro de mis disparates favoritos también podía leerse recientemente en autobuses de NJ Transit y proclamaba, en un español que no envidiarían ni Chita, la sabia mona de Tarzán, ni Felipe Pérez Roque: «Hable a sus hijos sobre LAS GANGAS antes de que NOSOTROS tenemos que hacerlo». No me voy a enredar con la desatinada conjugación del verbo “tener”. Es obvio que, si no saben dónde va una tilde, estos traductores jamás aprendieron el modo subjuntivo.

Lo cierto es que no supe cómo reaccionar al leer tan tierna barrabasada. Me debatía entre la risa y el llanto. El motivo es simple: “ganga”, en su acepción más usada, significa, según el Diccionario de la Real Academia Española: “cosa apreciable que se adquiere a poca costa o con poco trabajo”. (O sea, que si tradujéramos la frase de vuelta al inglés, quedaría: Talk to your kids about BARGAINS… before we have to).

Por si las moscas (que no ha de ser traducido como “by if the flies”), busqué en dicho mataburros y, para mi sorpresa, encontré que en su última acepción, “ganga”, en Puerto Rico, significa: “pandilla callejera de mala reputación”. El único detalle notable es que New Jersey no es la bella isla caribeña, como tampoco es ―no puede serlo― El Salvador, Honduras, Nicaragua, etc. New Jersey ―casi en la misma medida que New York― es el melting pot, la olla en pleno proceso de ebullición, el punto de encuentro de infinidad de tribus, la Torre de Babel, lo múltiple, lo diverso… Y en medio de esa multiplicidad, quienes no son portorriqueños no tienen por qué entender esta acepción (local) de la palabra “ganga”.

Estos ejemplos intentan demostrar que de lo que se quiere expresar a lo que, en efecto, se expresa, en ocasiones, va un largo tramo. En el primer caso, los anunciantes optaron por mantener el mismo formato de la frase en inglés: “esto o lo otro”. Y al hacerlo, erraron al tutear al público, erraron al traducir literalmente el imperativo “Click It” y erraron una vez más al desconocer que la palabra que buscan en español es “multa”, no “boleto”. En el segundo caso, pecaron al traducir la voz inglesa gang por un falso amigo: la palabra que más se le acerca en la tan vilipendiada lengua del Quijote.

Los anunciantes tienen la tarea de comunicar un mensaje (cualquiera) y la necesidad de hacerse entender por el mayor número de gente posible. Si dicho mensaje viene plagado de errores o lleno de regionalismos, su efectividad, su alcance y, por tanto, su propósito, peligran. (A los amigos y lectores portorriqueños, les pido que imaginen cómo luciría dicho anuncio si en lugar de “ganga”, se usara el vocablo que designa “pandilla callejera” en los contextos argentino, mexicano, costarricense o de cualquier otro país del Caribe o el centro o sur de, ay, Nuestra América. Sería como si a mí en este texto se me escaparan mis temibles cubanismos y dijera “guaguas” en lugar de “autobuses”. ¿Quién me iba a entender más allá de los que nos fugamos de las garras del Traductor en Jefe?).

El uso inapropiado ―casi podría decirse barbárico― del castellano en estas tierras pobladas de hispanohablantes, en mis días de más puro optimismo, cuando menos, me asusta. Esta práctica irresponsable e indiscriminada necesita un parche, un dique, todo un muro de contención para evitar que se nos desangre la lengua, que se ahogue en la hemorragia que le provocan sus victimarios y muera, como no mueren los buenos boleros, rodeada de “traductores” y de gangas y de boletos.

sábado, marzo 29, 2008

Próximamente

Vivo en una zona donde muy pocos hijos de vecino podrían decir a ciencia cierta qué cosa es un tamal en cazuela. Así que mi alegría fue grande cuando hace varios meses, caminando por una de las arterias principales de mi ciudad, me topé con un anuncio prometedor: un restaurant cubano abriría sus puertas próximamente. Del anuncio me cautivó el diseño ―que es simple, a pesar de sus florilegios, y quiere recordar los vitrales que nos son tan caros a los cubiches―, la tipografía del texto y el hecho de que para el nombre del local los dueños tuvieran la delicadeza de cambiar la grafía de la isla y escribir el resultado en minúsculas. Pero lo que más me fascinó fue el texto encerrado en la burbuja que sobresale en la esquina superior derecha: Próximamente.

Lo tomé como una premonición. Vinculé la apertura del restaurant con la posibilidad de una apertura política y económica en la isla. Pero tras varios meses de ver cómo el cartelito se burla de mí desde la vidriera de un restaurant que quién sabe cuándo abrirá sus puertas y luego de constatar que la deplorable situación de Cuba sigue su curso en picada, el anuncio me hace pensar en lo relativos que pueden ser ciertos adverbios de tiempo y me obliga a rememorar esa frase que les robamos a los judíos ―quienes, por estas fechas, repiten «El año próximo en Jerusalén»― y a la que nosotros sólo tuvimos que reemplazar la ciudad de destino.

Próximamente. Las puertas de un restaurant en Nueva Jersey o las jaulas de una isla que es una jaula. Ojalá se abran primero las segundas.