En lo que respecta a participación ciudadana, no me queda duda de que el 4 de
En las afueras del colegio, se me acercó una periodista del Star Ledger que estaba involucrada en la famosa encuesta de salida (exit poll, para los anglófilos). La atrajo mi innegable cara de cumpleaños y el hecho de que mi esposa me tomaba fotos a la entrada del recinto. Cuando supo que éstas eran mis primeras elecciones presidenciales, me comió a preguntas. La primera: ¿a quién le había dado mi voto? A lo que contesté preguntándole si era legal lo que me preguntaba. Verán: el voto, además de secreto, tiene sus reglas y una de ellas establece que en un determinado perímetro de los colegios electorales queda prohibido hacer campaña a favor de ningún candidato —lo que incluye mencionar por quién se vota—, para evitar ejercer influencia en quienes no saben si decantarse por el pollo medio crudo o la mierda con vidrio molido —la analogía es del desopilante David Sedaris; Enrisco ya la desmenuzó con su acostumbrada gracia y buen tino—.
La periodista me explicó lo obvio: que ya no me podía influenciar pues había votado. (Debí haberle dicho que no lo decía por mí, que para mí, nada para mí, camaroncito; ¿qué he de querer yo?, pero Masicas y el resto de los votantes que venían acercándose, en teoría, podían haber escuchado mi respuesta y haber cambiado de opinión en los últimos diez metros, que por acá, al parecer, somos muy volátiles. Pero era una bella mañana de otoño, así que le dejé pasar la perogrullada). Le susurré mi candidato y mis razones. Y cuando escuchó que ésta era mi primera elección presidencial, pero no por el hecho de haber recién alcanzado la mayoría de edad —usaba espejuelos con algo de aumento, de ahí que me tomara por alguien mucho más joven—, sino por haberme naturalizado norteamericano hace sólo dos años, perdió interés en lo que tenía que decir. El brillo regresó a sus ojos cuando escuchó mi país de origen, pero ya era yo quien iba en retirada. (Mi esposa me aclara que no, que ni la mención de la isla pavorosa —la imagen feliz es de Juan Abreu— le hizo recuperar el interés perdido: la mujer tenía una misión: entrevistar nuevos votantes que fueran jóvenes y de cualquier raza menos la blanca). No hice más que despedirme de ella cuando me encontré con uno de mis vecinos. Mientras lo saludaba, una voz que salió de la nada, le dijo: «Si eres republicano, las elecciones son mañana. Regresa entonces». Todos rieron. Nadie cuestionó si la broma era legal en esa parte de las afueras del recinto. Entonces, casi sin notarlo, me puse a tararear el estribillo de una canción de Superávit: «Elegir nunca asegura acertar». Y me fui, con la enorme satisfacción del deber cumplido, alegre, como el jibarito, silbando así por el camino.

