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martes, noviembre 04, 2008

Crónica electoral

No me compete decir que éstas fueron mis primeras elecciones, pues ya había votado —yo y otras 28 personas a lo largo y ancho del país— en las que se efectuaron en 2006. Recuerdo que cuando me aparecí en el colegio electoral, con mi licencia de conducción y una sonrisa de oreja a oreja, los voluntarios reaccionaron con cierta sorpresa (por no decir suspicacia) ante mi entusiasmo de primerizo. A la ligera, la diferencia más notable entre el electorado del 2006 y el del 2008 es que en aquella ocasión los votantes no se movían con el tumbao que tienen los guapos al caminar. De hecho, si mal no recuerdo, el número de votantes en el estado de Nueva Jersey estuvo por debajo del 20% durante esos comicios, efectuados entre los presidenciales de 2004 y 2008. (Aclaro que no me molesté en verificar la cifra de votantes de hace par de años y, puesto a ser preciso, tampoco me interesa; de paso, invito a los lectores a que piensen que, como el 47.3 % de las estadísticas a nivel mundial, ésta la inventé en el acto).

En lo que respecta a participación ciudadana, no me queda duda de que el 4 de noviembre de 2008 el panorama ha sido bien distinto: a pesar de que no me encontré con la multitud enardecida —ni el gato en casa, ¡todos a la Plaza!—, cocinándose a fuego lento en una cola que le daría dos vueltas a la manzana, me alegró constatar que entre mi entusiasmo por ejercer el voto y la urna que me acogería para tal efecto mediaba una modesta fila india que hizo que, desde el momento en que entré al recinto hasta mi salida, tardara media hora para adentrarme en la cabina improvisada a señalar con una cruz quien a mi juicio ha de regir los destinos de esta tierra (que es azul y también es roja) durante los próximos cuatro años.

En las afueras del colegio, se me acercó una periodista del Star Ledger que estaba involucrada en la famosa encuesta de salida (exit poll, para los anglófilos). La atrajo mi innegable cara de cumpleaños y el hecho de que mi esposa me tomaba fotos a la entrada del recinto. Cuando supo que éstas eran mis primeras elecciones presidenciales, me comió a preguntas. La primera: ¿a quién le había dado mi voto? A lo que contesté preguntándole si era legal lo que me preguntaba. Verán: el voto, además de secreto, tiene sus reglas y una de ellas establece que en un determinado perímetro de los colegios electorales queda prohibido hacer campaña a favor de ningún candidato —lo que incluye mencionar por quién se vota—, para evitar ejercer influencia en quienes no saben si decantarse por el pollo medio crudo o la mierda con vidrio molido —la analogía es del desopilante David Sedaris; Enrisco ya la desmenuzó con su acostumbrada gracia y buen tino—.

La periodista me explicó lo obvio: que ya no me podía influenciar pues había votado. (Debí haberle dicho que no lo decía por mí, que para mí, nada para mí, camaroncito; ¿qué he de querer yo?, pero Masicas y el resto de los votantes que venían acercándose, en teoría, podían haber escuchado mi respuesta y haber cambiado de opinión en los últimos diez metros, que por acá, al parecer, somos muy volátiles. Pero era una bella mañana de otoño, así que le dejé pasar la perogrullada). Le susurré mi candidato y mis razones. Y cuando escuchó que ésta era mi primera elección presidencial, pero no por el hecho de haber recién alcanzado la mayoría de edad —usaba espejuelos con algo de aumento, de ahí que me tomara por alguien mucho más joven—, sino por haberme naturalizado norteamericano hace sólo dos años, perdió interés en lo que tenía que decir. El brillo regresó a sus ojos cuando escuchó mi país de origen, pero ya era yo quien iba en retirada. (Mi esposa me aclara que no, que ni la mención de la isla pavorosa —la imagen feliz es de Juan Abreu— le hizo recuperar el interés perdido: la mujer tenía una misión: entrevistar nuevos votantes que fueran jóvenes y de cualquier raza menos la blanca). No hice más que despedirme de ella cuando me encontré con uno de mis vecinos. Mientras lo saludaba, una voz que salió de la nada, le dijo: «Si eres republicano, las elecciones son mañana. Regresa entonces». Todos rieron. Nadie cuestionó si la broma era legal en esa parte de las afueras del recinto. Entonces, casi sin notarlo, me puse a tararear el estribillo de una canción de Superávit: «Elegir nunca asegura acertar». Y me fui, con la enorme satisfacción del deber cumplido, alegre, como el jibarito, silbando así por el camino.

Votar con todo

Se vota con las narices,
se vota con la cultura,
con la cara fresca y dura
y con estas cicatrices…
Ya comeremos perdices
después del dichoso voto
y armaremos alboroto
cuando gane el candidato
que es blanco y negro (mulato)
o el viejo que fue piloto.

jueves, octubre 02, 2008

Sí, pero no

Rescato un detalle del recién televisado debate de los candidatos a la vicepresidencia: minutos después de finalizada la pugna entre Biden y Palin, las cámaras de CNN pasaron a un estudio en el que se encontraba la reportera Soledad O’Brien junto a un grupo de 32 votantes —que incluía demócratas, republicanos, independientes e indecisos—. Luego de casi diez minutos de hacer preguntas a esta limitada audiencia, O’Brien lanzó una bola de humo: «¿Cuántos de ustedes creen que Obama ganará las elecciones?». La mayoría de los presentes —de un segmento que pretendía ser lo más representativo del electorado norteamericano— levantó la mano. Quizá ignoraban que la bola de humo tenía una segunda parte: «¿Cuántos de ustedes votarán por Obama?». Cinco, seis, tal vez siete manos se alzaron tímidamente.

El detalle no me parece trivial. En noviembre tendremos la respuesta.

domingo, febrero 24, 2008

Premios “Lo Nuestro”

Esta noche, con la celebración de la octogésima ceremonia de entrega de los premios Oscar®, la Academia habrá demostrado una vez más su increíble falta de imaginación, así como la inflexibilidad que rige el proceso de selección de candidatos al panteón hollywoodense. ¿Qué entienden por «actuar» los miembros de este jurado? ¿Y qué requisitos debe cumplir un largometraje para figurar entre los contendientes al Gran Premio? La respuesta es simple: la película debe haber llegado a las pantallas de cine de Estados Unidos antes de cierta fecha y, respecto a los actores, optan por las interpretaciones más convincentes. Pongamos por ejemplo los nombres que se barajan para la categoría de mejor actor en un rol protagónico: Daniel Day Lewis, Johnny Depp, George Clooney, Viggo Mortensen y Tommy Lee Jones. Otros cinco señores se disputan la codiciada estatuilla al mejor actor de reparto. No es baladí señalar que ninguno de los nominados en el nicho de mejor actor secundario es Raúl Castro.

La oración anterior puede resultar traída por los pelos. Pero no lo es. Néstor Díaz de Villegas cierta vez confesó una dolencia común: sufre de pancastrismo, y sospecha que no es el único ―entre cubanos― que ve al longevo dictador hasta en la sopa. Y lleva razón. ¿Cómo no sentir a Castro ―o, en este caso, su ausencia― en la disputa de esta noche por la estatuilla al mejor actor en rol protagónico? Desde su temprano inicio en las tablas ―durante “La Violencia”, en Colombia, 1948―, Fidel Castro ha interpretado con éxito inigualable ―de crítica y taquilla― los disímiles roles de pandillero, agitador político, asaltante a cuarteles (o, lo que es lo mismo, golpista), abogado que asume su propia defensa ―inspirado en el personaje idealista de James Stewart en Mr. Smith Goes to Washington―, expedicionario, jefe guerrillero, campeón de los desvalidos, líder carismático que pregunta a grito pelado: «¿Elecciones, para qué?», estadista, peón en una posible guerra nuclear, meteorólogo… La lista es larga y conocida. Por estos días, mermadas ya sus cualidades histriónicas, tiene que conformarse con interpretar el papel de abuelito benévolo que en su delirio se cree atleta o periodista ―por eso el chándal y las reflexiones― y que necesita llevar su nombre impreso en la chaqueta Adidas, so pena de que su público no lo reconozca.

Hoy, en una Habana cada vez más uniforme, Fidel Castro ha logrado mantener su liderazgo en el Partido Comunista, pero ―producto de su renuncia al cargo― no fue ratificado como Presidente del Consejo de Estado; tarea que recaerá en el joven Raúl.

Pero su gran derrota del día ―que es la nuestra― será no recibir la estatuilla dorada de manos de la Academia.