viernes, abril 18, 2008
Diario de Campaña de José Martí (X)
Furia de la independencia
Transcribo un fragmento de Al norte del infierno, de Miguel Correa Mujica.
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¡Cállense! ¡Cállense, que no la van a abrir! ¡Cállense y siéntense, que si no, no la van a abrir! ¡Qué gente ésta tan estúpida! ¡Señores! ¡Qué ignorancia! ¡Apaga ese radio, vejigo! No te muevas de mi lado, que te cogen el puesto y se acabó tu viaje. ¡Hasta que no se organicen, no la van a abrir! Los perjudicados somos nosotros, señores. No se cuelen, hagan la cola. Allá dentro hay espacio para todo el mundo. Y mientras más se demoren en abrir, más gente va llegando. Parecen bestias. ¡Señores! Cuando él se asome y vea este molote desorganizado, no la va a abrir. ¡Señores! No echen a perder lo que ya tenemos adelantado. Llevamos cinco días frente a esta embajada, y ahora, en el último momento, que ya están al abrir, ustedes con esa molotera y esa bulla. Por Dios, callen a esos niños, apaguen los radios, desaparten a esos dos. Madre mía. Seguro que él ya se asomó. Seguro, seguro, seguro que ya se asomó y los vio. ¿Tú crees que alguien va a abrir con este desorden? Imposible, im-po-si-ble. Yo tampoco abriría. ¿Para qué, para que me pelen el jardín? Él se tuvo que haber asomado ya, porque ya era la hora de abrir. A no ser que esté desayunando. Pero ahí sí sé que está, porque nadie lo va a dejar salir sin abrir primero. A lo mejor lo ha dejado para mañana o para el viernes, que está feriado. Aunque no creo que él sea tan cruel de tenernos aquí así como si fuéramos los árboles de la avenida, sin condiciones para tenernos aquí, así, sin movernos de esta cola por tantos días, con sed y hambre, con dolores diversísimos. Y todo el mundo sabe que va a abrir, porque si no, la gente se fuera. No hemos perdido la esperanza de irnos del país. Y no fue él el que nos dio esa esperanza. Esa esperanza nos la dio el edificio mismo, la sede. Porque ese edificio quiere decir: irse del país. Esa construcción emana la suerte de podernos ir. Porque a través de ese edificio la gente se va, llega, huye, le saca la lengua, le dice una barbaridad, o sencillamente coge y escupe, o le tira una fotografía, o le enseña el fondillo nada más, a este país. ¡Ay, edificio mágico y bienaventurado, digno y virgen entre los demás edificios sometidos igual que nosotros! ¡Quién fuera la última loza de tu traspatio, la taza de tu inodoro, la pared más vieja, el respiradero de tu cocina! ¡Felices partes! Hasta las débiles plantas que adornan tu interior son más bellas que toda nuestra naturaleza, que todos nuestros árboles, torcidos y anudados a más no poder, jorobados y resecos a más no poder, sin fruto en todo el año, sin hojas masticables, metidos en el piso hasta la cintura para que no se puedan escapar de este país. Edificio todopoderoso, santo y divino, ahí estás para vergüenza de los demás que te rodean, sucios y detenidos para siempre, amarrados por debajo al núcleo de la Tierra. Bien que te conozco, bien que te he soñado. Sé del olor de tus maderos, del viento que conecta tus habitaciones espaciosas, de la suave melodía que rechinan tus ventanas enormes, de las plegarias a Dios que cada noche cuchicheas. Sé de todos tus secretos, del terror a que termine la cerca divisoria que te uniría a nuestros días, porque los días que aquí transcurren no son los que transcurren entre tus paredes silenciosas. Sé de tu incontrolable pánico a caer bajo la enumeración, a ser la siguiente cifra, y por tanto, invitado a la barbarie. Nosotros también tememos por ti, edificio, más que por nosotros mismos. Nosotros ya padecemos estas fiebres por muchos años; apenas notamos ya cuán minados y carcomidos nos tienen. Tú, en cambio, eres sano, erguido, libre; te levantas día a día con esa furia de la independencia, con esa soberbia que emana, exclusivamente, todo aquello que puede tomar decisiones. Y por eso eres distinto, meritorio, majestuoso y monolítico. Por ti tememos, edificio, porque sabemos que sólo tú sigues produciendo la esperanza; sólo tú, en toda esta comarca, nos hablas de otra cosa, de un lejano individuo que, al igual que tú, puede tomar o desechar a su antojo. Eso es lo que nos estás tratando de decir hace tanto tiempo. Y nosotros sin entenderte, sin saber qué hacías aquí donde no hay nada grandioso que hacer. Hasta que nos dimos cuenta de que tú tenías que tener alguna función entre nosotros. Porque si tú ni meneas papeles comerciales con nosotros, ni te interesará menearlos nunca, ni te mezclas con nosotros, ni sacas ni traes nada, ni sales en ningún periódico, ni te da una rabieta como aquí a todo el mundo le da, ni hablas yo creo, ¿qué haces tú aquí entonces? Fue así que nos dimos cuenta. ¿Cómo no trataste de hablarnos antes; cómo no sacaste un pañuelo o nos hiciste una murumaca? Tu mera presencia lo explicaba todo. ¡Cuánto tiempo perdimos! La más sencilla seña que nos hubieras hecho, la más complicada, nos hubiera traído a tiempo toda tu importancia. Nosotros sólo hablamos por señas, en murumacas, porque siempre dejan un margen de equivocación. La murumaca de aquí, la que nosotros entendemos, todo lo dice. Y todo lo confunde. ¡Y los enredillos que forma! Las murumacas son para las cosas que no se deben decir, para las cosas con problemas y que no se deben ni mentar. Pero como aquí todo tiene algún problema, la murumaca se ha convertido en el idioma oficial de la república y de los cayos adyacentes a la república. La murumaca se puede entender de una forma y a la vez de mil formas diferentes. Supongamos que tú quieres decirle a alguien que esto es una mierda. Ésa es una de las cosas que no se deben decir. Pero tú quieres decirlo, porque ya no puedes estar quieto sin dispararlo, sin decirlo, porque a veces a uno le cae esa desesperación por decir que esto es una mierda, y de no decirlo, ya posiblemente no puedas decir nada más en tu vida, te dan fiebres, te cae esa tos que aquí todo el mundo tiene, y ya no te queda otro remedio que decirlo. Yo he llegado a pensar que poder decir “esto es una mierda”, sin otro objetivo, sencillamente el poder decirlo, es una de las grandes necesidades del ser humano. Y para poder decirlo aquí, sin que te pase nada, debes decir “esto está malo”, una frase muy ambigua que puedes referir, en el momento en que te cojan, a una de tus manos, o a una parte podrida de un mango que te comiste hace tiempo. Y casi siempre te salvas. Y si eres diestro, le echas toda la culpa al agente disfrazado de hijo tuyo que te cogió. Que él lo entendió así, por lo malo, porque él tiene problemas ideológicos. Ideológicos es como les llaman a esos problemas aquí. También los llaman problemas de penetración ideológica. Yo no acabo de entender esa nomenclatura, porque a mí nadie me ha penetrado nunca. Yo pienso como pienso desde que empecé a pensar. Nadie ha venido de ninguna parte a cambiarme lo que yo pienso. Nadie. Porque para que uno piense así, como yo vengo pensando, nadie tiene que venir de ningún sitio a decírtelo; con mirar unos minutos aquí, basta. Ni me han penetrado, ni me han desviado nada. Y ahora ellos dicen que nos están desviando la mente desde el exterior. ¡Si en el exterior no saben ni la milésima parte de lo que nosotros pasamos aquí, metidos en el horno! Pero hay que decir que sí, que hay personas que están siendo desviadas ideológicamente por unos seres distantes, extraterrestres casi, que no saben nada del asunto, de la cosa en sí, pero que tienen esa siniestra labor, la de desviarnos la mente. Así es todo, o casi todo, porque esto es lo que me viene a la mente en estos momentos, edificio. Y todo esto te lo he dicho pensando, sin la más diminuta murumaca. Y te hablo desde mi puesto en esta cola de cinco días ya, sin ningún tipo de reservas. Porque ya hacia ti no tengo penas. Nunca sabremos lo que significa para ti tenernos aquí apilados, muriéndonos de vergüenza al tener que suplicarte un sitio entre tus paredes silenciosas. No sabremos cómo nos miras desde allí, qué ideas te vienen de momento al ver esta procesión de mendigos congestionando la ciudad. Nunca lo sabremos.
jueves, abril 17, 2008
Diario de Campaña de José Martí (IX)
Al norte del infierno
Acabo de releer Al norte del infierno. La oración es literal y figurada. Indica que leí Al norte del infierno, de Miguel Correa Mujica. Y que lo releí en Estados Unidos. Al norte... fue publicado, al norte del infierno, en 1983. A pesar de este detallito técnico, su vigencia data simultáneamente de 1961 y de la semana próxima. Obra imprescindible e inclasificable, Al norte..., en su infinita brevedad, puede ser leído como novela, colección de cuentos, ejercicio de ficción desesperada, testimonio de lo inenarrable, ensayo de la locura, crónica sensata, autobiografía de una isla silente y gritona que se durmió mientras la Historia le pasaba por encima, psicoterapia de grupo, vaticinio del pasado, lamento del porvenir, jamming session… en fin, el Marx.Éste es el libro, o uno de los libros, que quise haber escrito. Iré más lejos: cualquiera que haya vivido, al menos un lustro, en la Ínsula Barataria no sólo pudo haber escrito este libro, sino que lleva este libro adentro. Le guste o no. Al norte... regala un prisma a la vez aéreo y visceral del secuestro de una sociedad y la subsiguiente conversión de sus ciudadanos en ciudad-anos. Confesiones, delaciones, vejaciones, prohibiciones, cremaciones, migraciones, chivatos, retratos, castratos, ingratos, mulatos y la mar de malos ratos: ¡Todo mezclado!
«Nosotros sólo hablamos en murumacas, porque siempre dejan un margen de equivocación», declara una de sus voces. Sin embargo, la obra no deja margen a equivocaciones. Al norte... es un libro terriblemente cómico. Y terrible. Y otra vez cómico. Y triste. He reído mi tristeza de Isla y Exilio en cada párrafo: una tristeza chovinista, endémica, interminable, una tristeza que se ríe de sí misma, una triste tristeza que goza la paranoia y el ancho mar de sus secuelas infinitas. Y entre tanta risa y nudo en la garganta, me ha conmovido la lucidez del autor, su capacidad de aprehender nuestro provincialismo, la génesis del miedo bajo un régimen que implantó la máscara como método universal de subsistencia y la hipocresía de un pueblo que salió a la calle a despedir a sus emigrantes con el cálido grito de «traidores», para luego, en su miseria cotidiana, aclarar que todo se debía a un error de dicción: la frase original era: «¡trae dólares!».
Mi gratitud por Al norte del infierno no conoce límites. Tal es así que la mejor manera que encontré de recomendarlo (y comenzar el culto) fue traducirlo al inglés. Dicha edición saldrá en un par de meses. A los lectores, sólo una súplica es válida: corran la voz al sur, al este, al oeste, al norte… y, no faltaba más, en el mismísimo infierno.
miércoles, abril 16, 2008
Diario de Campaña de José Martí (VIII)
En Barnes & Noble
Manifiesto UNEAC
para retar al ciberchancleteo
y a dormir en los brazos de Morfeo
y a soñar que el Pasado no ha pasado.
¿Qué tenemos? Congreso, celulares,
la dicha del grillete que acaricia,
el par de siglos que promete Alicia,
tantos años leyendo titulares
en busca de ese cambio prometido,
hace treinta, cuarenta… ¿quién se acuerda?
¡Seguiremos siendo incondicionales!
(A pesar de que todo se ha perdido).
Es agrio nuestro vino. (Buena mierda).
¡Que vivan nuestras aguas albañales!
El quinto clavadista
“Complejo deportivo” era una licencia poética utilizada para definir aquel espacio de estructura circular, pobremente techado y lleno hasta el límite de su capacidad. Tendría un diámetro de veinte metros y de sus cuatro puntos cardinales colgaban reflectores de media intensidad que lucían anacrónicos atados a las pencas de guano que conformaban la primitiva cúpula del estadio. La electricidad dependía de una extensión que, una semana antes del evento, se empataba varias veces desde la casa más cercana, hasta colarse entre las infinitas hendiduras del techo, convirtiéndose en la instalación eléctrica más impresionante del cuarto y más obsoleto de los mundos. Al igual que para el resto de las casas del poblado, “impermeabilidad” era un nombre de muchacha desconocida y eso justificaba que el evento tuviera una fecha fija: el decimotercer día de agosto, acompañando a un terrible periodo de sequía y a una jornada de festejos callejeros. La ventilación era natural, por lo que los pobladores se jactaban de haber situado el estadio en el descampado más limpio de la zona para aprovechar la brisa que atravesaba las paredes, sin otras cortinas rompevientos. De la misma forma entraban el vapor vespertino, las moscas y el resto de los insectos aéreos, pero en el evento social más importante de Las Palmas y ante la excitación de los competidores y del público, eran obstáculos menores que podían obviarse sin graves problemas.
La rutina había sido dictada por el Presidente y se cumplía con metódica religiosidad: en la mañana celebraban una feria juvenil en el parque del pueblo y las competencias de clavado se realizaban durante esa misma tarde. El resto del año el complejo deportivo permanecía cerrado.
El motivo de que la piscina tuviera tres lados respondía a una innovación en la etapa ejecutoria, que tenía el propósito de ahorrar el material constructivo enviado por el gobierno de turno con una carta de autorización dirigida a los miembros del caserío Las Palmas, en la que oficialmente se aprobaba la construcción de un local de esparcimiento si los vecinos se hacían responsables del diseño y de la futura puesta en práctica del mismo. El vecindario estaba poblado por unas setenta casas con igual número de familias repartidas hasta, a veces, habitar cuatro generaciones bajo un mismo techo, de las cuales, al menos las dos intermedias habían participado activamente en la ejecución de aquel sitial que era el único en la comunidad en donde cabían todos los palmeros apiñados en ocho filas de bancos dispuestos en espiral.
A pesar de que la información que los pobladores tenían del clavado era básica: “deporte olímpico que consiste en un clavadista que salta desde un trampolín u otro sitio de altura hacia una piscina e incluye toda suerte de giros gráciles y artificiosos en su caída”, la premisa les interesó al punto de que había pasado una década desde que se aventuraron en la tarea de ejecutar su propio estadio. Luego gastaron años en entrenar a los atletas nativos y, desde entonces, con la inauguración del evento anual, que andaba ya por su tercera edición, los espectáculos se habían caracterizado por varias constantes, donde la más notable era el público, que estaba presidido por los fundadores de la región, acompañados de sus orgullosos descendientes, que conformaban entre todos una audiencia campechana y jovial en la que nadie tenía permiso para entrar ni bebidas alcohólicas ni armas blancas. En el cinturón del Presidente de la comunidad se oxidaba un revólver que había adquirido un carácter simbólico y ornamental.
El Presidente de la comunidad basaba el éxito del torneo y de toda su campaña política en una teoría que había heredado con su cargo de máximo responsable de Las Palmas y que nunca tuvo una idea exacta de quién la había originado: “Sin importar su tamaño, su nivel cultural o sus aspiraciones, lo realmente necesario para dominar a cualquier grupo social es la distribución de pan y circo. Es imprescindible darles algo de comer y un poco de entretenimiento”.
En efecto, desde que el Presidente decretó feriado aquel caluroso día del octavo mes para que los vecinos pudieran disfrutar del evento deportivo, el impacto en los grupúsculos inconformes de la población había sido palpable. Organizaban menos revueltas callejeras, pintaban menos carteles en el triste mercado del pueblo, hacían menos comentarios subversivos y, finalmente, se dejaban llevar por el jolgorio y se reunían con el resto de los pobladores a compartir cervezas mal fermentadas y de producción casera, mientras los competidores se catapultaban y con ellos las apuestas, que iban desde una hasta tres gallinas y dos sacos de arroz.
El quinto clavadista comenzó su caminata hacia el trampolín con el pleno convencimiento de que estaba cercano a alcanzar la cumbre de su carrera. La teatralidad con que se desplazaba dio margen a que la excitación de los espectadores se desbordara en decenas de gritos y chiflidos. Era el último competidor y sobre él pesaba la responsabilidad de concluir aquel campeonato municipal. Aunque su entrenamiento lo había preparado para ese instante, los nervios lo estaban traicionando públicamente. Convirtió cada peldaño de la escalera que lo conducía al trampolín en el escenario de un drama personal que los palmeros no entendían.
Evitó mirar dentro de la piscina, pues sentía un vértigo monumental que siempre había interpretado como símbolo del peligroso acercamiento al éxito. Al llegar al final de su trayecto, se le escapó una lágrima que los presentes no pudieron notar. Su cuerpo estaba rígido y los músculos sobresalían embadurnados con la crema reglamentaria, que era preparada con manteca de majá de Santa María (una culebra fácil de encontrar en los riachuelos cercanos a Las Palmas).
La trusa del quinto clavadista era un pantalón corto, carmelita y oscuro, que todavía mostraba huellas de su reciente etapa en el trabajo agrícola.
¿En qué pensaba en ese momento tan cercano a su más elemental noción de gloria?
Los palmeros habían estado en plena algarabía, dando brincos y hurras mientras los concursantes anteriores recorrieron el estadio para concluir parados en la cúspide de sus vidas, pero luego guardaban un respetuoso silencio para propiciar un ambiente tranquilo en el que los deportistas pudieran concentrarse y superar sus miedos. Cuando el quinto clavadista se preparó para ejecutar sus audaces maniobras voladoras, las expresiones de los vecinos del caserío Las Palmas lucieron petrificadas, como si solamente sus órganos vitales estuvieran al tanto de mantenerlos respirando.
De los saltos de los cuatro competidores anteriores, lo más notable fue cuando el segundo estuvo a punto de tocar el techo con sus pies (que puntearon, buscando prolongar la línea vertical en el giro que marcó la altura máxima de su parábola); el primer contendiente, al igual que el cuarto, intentó un doble salto mortal en el que se encogió durante las vueltas para entrar parado a la piscina; el tercero ejecutó el famoso “uno y medio”, que era un complicado ejercicio que exigía dar una vuelta entera y luego estirarse en posición perpendicular a la alberca, con las manos por delante. El quinto clavadista pegó los brazos a su cuerpo y después de aguantar la respiración se dejó caer.
La calma se rompió con el impacto. Al ver como se hacía pedazos, uniéndose a los cuerpos destrozados de los cuatro participantes anteriores y a los aplausos eufóricos de aquel público que escandalizaba una alegría incomprensible. Un público igualmente digno de haber perdido la voz siglos atrás en los entretenimientos salvajes del coliseo romano.
La piscina nunca tuvo agua pues nadie del gobierno de turno le explicó al Presidente que el clavado era un deporte acuático.
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Fragmento de Salidas de emergencia.
martes, abril 15, 2008
Diario de Campaña de José Martí (VII)
Viñeta desesperada
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Publicado originalmente en Encuentro en la red.
lunes, abril 14, 2008
Diario de Campaña de José Martí (VI)
Abrazos. Todos traen rifle, machete, revólver. Vinieron a gran loma. Los enfermos resucitaron. Cargamos. Envuelven la jutía en yagua. Nos disputan la carga. Sigo con mi rifle y mis 100 cápsulas, loma abajo, Tibisial abajo. Una guardia. Otra. Ya estamos en el rancho de Tavera, donde acampa la guerrilla. En fila nos aguardan. Vestidos desiguales, de camiseta algunos, camisa y pantalón otros, otros chamarreta y calzón crudo: yareyes de pico: negros, pardos, dos españoles,―Galano, blanco. Ruenes nos presenta. Habla erguido el General. Hablo. Desfile, alegría, cocina, grupos. En la nueva avanzada: volvemos a hablar. Cae la noche, velas de cera, Lima cuece la jutía y asa plátanos, disputa sobre guardias, me cuelga el General mi hamaca bajo la entrada del rancho de yaguas de Tavera. Dormimos envueltos en las capas de goma. ¡Ah! antes de dormir, viene, con una vela en la mano, José, cargado de dos catauros, uno de carne fresca, otro de miel. Y nos pusimos a la miel ansiosos. Rica miel, en panal.―Y en todo el día, ¡qué luz, qué aire, qué lleno el pecho, qué ligero el cuerpo angustiado! Miro del rancho afuera, y veo, en lo alto de la cresta atrás, una paloma y una estrella. El lugar se llama Vega de la…
Donde dije digo, digo Diego
Muy a mi pesar, al hablar del foro en Madrid y el espectador airado, combiné dos anécdotas en una. María Werlau me corrige: quien la acusó de mentir no fue un miembro del público, sino (lo que es aún más triste) un panelista. Cosas veredes, Sancho.A los lectores y a María, ofrezco mis más sinceras disculpas por tergiversar los hechos.
En palabras de Werlau:
Querido Alexis:
Para ser preciso, te sugiero corregir la anécdota. [Tu descripción] se trata de un evento que se suscitó a propósito del foro en Madrid en marzo del 2007. Fue un debate televisivo en CNN Plus que sostuve con Manuel Martín Medem, autor del libro Fidel, ¿Por qué no me enseñaste cómo se vive sin ti?, reciente corresponsal de televisión española en Cuba durante cuatro años. Éramos los invitados de un conocido programa cuyo anfitrión es el destacado periodista español José María Calleja. Medem no pudo más que alegar, al tratarse el tema de las víctimas, de que eran puras mentiras.
Por cierto, entre otras cosas, veo en el internet en entrevistas que ha condedido Medem que él sostiene que Cuba no es una dictadura comparada con los regímenes militares que gobernaron en Latinoamérica el siglo pasado, calificó a Osvaldo Payá de mercenario, y se refiere a la FNCA [Fundación Nacional Cubano Americana] como “mafia terrorista de Miami”.
Para tu información, fue un intercambio muy cívico (el mismo Calleja luego me dijo que era el debate más sobrio que había visto sobre temática cubana). Luego, invité a Medem a acompañarme a Madrid en el carro que me llevaba de regreso a la ciudad contratado por el canal. Le dije que para qué utilizar dos carros y así podíamos conversar. Tuvimos una conversación cordial y aproveché para entregarle material sobre el proyecto y contarle más sobre las víctimas. Le pedí que me avisara qué le parecía. Nunca más supe de él. Me parece que traté de llamarlo por teléfono antes de irme de Madrid y no di con él. Así que si sigue insistiendo en que es mentira, al menos ya no puede afirmarlo con la conciencia limpia.
A propósito de “Tribuna Barcelona”
Esta escena de los amantes del castrismo (allende los mares) defendiendo lo inexcusable me recuerda una anécdota que me contara no hace mucho María Werlau, directora del antes mencionado Archivo Cuba.El año pasado, Werlau participó en calidad de panelista en un foro sobre la situación en la isla. Dicho foro tuvo lugar en Madrid. Luego de que Werlau expusiera con fechas y datos precisos y constatables un muestrario de las víctimas del régimen cubano, uno de los amanuenses de la dictadura, desde el público, le gritó: «Eso es mentira».
El grito sumado a la caterva de insultos ―por parte del espectador― es significativo. Expone, como pocas cosas, el modus operandi de los seguidores del régimen: ante la incontestable evidencia, agreden.
Viví un episodio similar a raíz del traspaso de poderes que tuvo lugar a finales de febrero en la monarquía cubana: en una mini feria de libros, un colega de la industria osó pedirme mi opinión sobre el Heredero en Jefe©. Cuando le dije que si Pinochet o Franco o cualquier otro dictador pasara el poder a su hermano en The New York Times habría una avalancha de editoriales en su contra, una cadena de infartos masivos o ambas, mi interlocutor contestó que no podía comparar a Fidel con Pinochet, pues este último era un «dictador malo». Lo dijo con esas palabras. Luego de preguntarle si creía que el mandatario cubano era un “dictador bueno” y pedirle que me explicara dónde radicaba la diferencia entre dictaduras buenas y malas ―habida cuenta de que con los 49 años que detentó el poder en Cuba, Castro había casi triplicado el número de víctimas y la permanencia en el poder de su homólogo chileno―, el castrista light me dijo que habíamos ido a la feria del libro a hacer negocios, no a discutir de política.
Estos ejemplos muestran la férrea voluntad de no escuchar que se gastan quienes prefieren creer en aquella utopía que les vendieron a precio de saldo a principios de los sesenta. Es duro para ellos, después de tantas décadas, admitir que les dieron gato por liebre. A nadie le gusta que le pinchen el globo, aunque sea un globo tinto en sangre.
Al margen de eso, debemos seguir insistiendo en mostrar la naturaleza despótica del régimen en cuanta oportunidad se presente, aunque esté más que demostrado que no se le puede dar la verdad a quien no sabe qué hacer con ella.
Crónica de un evento anunciado
Ayer, en horas de la tarde y como parte de las actividades del Festival de Cine de La Habana en Nueva York, fue presentada en New York University (NYU) la mejor lograda obra de ficción de Estela Bravo. Este largometraje de fantasía parcial y desbordante se titula Fidel. Su contenido se podría resumir de la siguiente manera: “documental” donde la manipulación reina y la objetividad brilla por su ausencia.Mi amiga y colega María Werlau, directora del Archivo Cuba, asistió a la presentación de Fidel. Desde aquí le agradezco la gentileza de compartir esta crónica del evento con los lectores de Belascoaín y Neptuno:
La sala estaba abarrotada y no había donde sentarse cuando llegué. Había sillas y gente parada hasta en los pasillos y la entrada. Por suerte, me colé por una esquinita de atrás. Me cogió bastante tráfico en el túnel para entrar a la ciudad, así que llegué cuando Estela Bravo estaba terminando de hablar antes de comenzar la proyección del documental. No sé qué dijo aparte de que fue a última hora que se decidió incluir una sección más larga sobre los logros de Fidel en África.
La película dura 90 minutos y debería titularse A Fidel Love Fest. Está muy bien filmada, con mucho pietaje original e histórico, mucho de Fidel en cámara en sus momentos más carismáticos, aparte de cuanto líder, intelectual y multitud dentro y fuera de Cuba que aparece adorándolo. El libreto está muy bien hecho para confundir al que no conoce la historia y presentar al líder en su infinita brillantez, avocado al bienestar de su pueblo, a la defensa de la revolución contra el imperio y los que se fueron. Por supuesto, cualquier viso de algo negativo es culpa del bloqueo, la CIA, etc., no sólo en Cuba sino en el Chile de Allende, etc. Hasta el Papa es usado para avalar a Fidel y denunciar el bloqueo. Hay algunos errores crasos (por ejemplo: los 20 000 muertos de Batista), pero éstos son pocos. Lo que sí hay es una enorme y consistente manipulación, y muy bien hecha, de hechos históricos que van desde la Sierra hasta el presente, así como la total omisión de cualquier cosa que pudiera presentar a Fidel en menos que luminosa brillantez, incluyendo la represión, los crímenes del régimen, el descalabro económico, y demás. El público parecía en su inmensa mayoría gran simpatizante de Fidel y algunos aplaudían enérgicamente durante la proyección. Ya para los últimos treinta minutos, miraba mi reloj con ansiedad, creía que no podría soportar más, me dio hasta dolor de pecho.
Al final, salí rápido y dejé unos volantes que hablan de la represión y las víctimas [ver volante aquí] en una mesa donde habían puesto panfletos sobre el Festival y salí a la acera, para interceptar al público que salía. Repartí los volantes a todos los que pasaron y vi que casi todos se iban leyéndolos. Algunos ya los traían de adentro, tomados de la mesa donde los dejé, así que al parecer los organizadores no se dieron cuenta de que eran un “outside job”. Cuando vi pasar al admirador más vociferante de Fidel, quien estaba cerca mío durante la proyección y aplaudía más que nadie, le dije: «Ah, vi que le gustó mucho la película, entonces por favor tome uno de estos volantes». Cuando lo leyó empezó a insultarme y me gritaba mientras se alejaba, pero no me viré y seguí con los volantes. Nadie más fue grosero conmigo.
Cuando se me terminaron los volantes, regresé al salón, donde quedaba alguna gente y me presenté a la mujer que dirige el festival, Carole Rosenberg, la presidenta del Friends of the Ludwig Foundation of Cuba. Comenzamos a charlar cordialmente y me contó cómo comenzaron con el proyecto de la Ludwig Foundation. Me explicó que su interés primordial era el arte, no la política, a lo cual le respondí que eso es prácticamente imposible, especialmente con respecto a Cuba. Luego cuando quedaba muy poca gente, vino a nuestro encuentro Estela Bravo y me saludó, dándome las gracias por haber asistido. De manera respetuosa, le dije que encontraba su película completamente parcializada y que me había causado mucho sufrimiento verla, pues no dudaba que Fidel tiene simpatizantes, tal como lo presentó, pero él también había y ha causado enorme sufrimiento y descalabro, lo que no figura en ninguna parte del documental, como tampoco aparecen opiniones divergentes sobre él. Entonces se viró y me presentó al marido —un argentino que escribió el libreto— y me dijo que le reclamara a él. Les dije que además también había encontrado algunos errores históricos puntuales, tales como aseverar que Batista había dejado 20,000 muertos. Bravo me dijo que en Argentina hay discrepancia sobre los números de las víctimas y después de un breve intercambio sobre esto, se fueron.
Hablé un poco más con la presidenta de la Ludwig Foundation, quien sentía mucho alivio de que no le hubieran hecho un piquete y siguió muy cordial. Le dije que mi objeción al documental no se trata de política, sino que va más allá a un asunto de derechos humanos fundamentales. Le pregunté si pondrían películas hechas desde la perspectiva de cubanos en el exilio y me dijo que sí, pero que nunca se las habían presentado. Creo que se deberían buscar varias películas sobre Cuba para presentarlas para el próximo festival.
Por cierto, me confirmó que Bravo y su marido viven en Cuba hace años. No he podido encontrar quién financió la película Fidel y los otros documentales que hace Bravo sobre Cuba y los oprimidos de América Latina. No dudaría que fuera el estado cubano, ya que al menos éste es pura propaganda a favor del régimen. Si alguien sabe algo concreto sobre esto, favor de escribirme a info@CubaArchive.org.
domingo, abril 13, 2008
Diario de Campaña de José Martí (V)
El regreso del Chacal
Hace cuestión de un año, un artículo de The New York Times sobre José Conde suscitó una nota en Penúltimos días, así como un hostil intercambio de comentarios entre al menos un par de lectores de dicho blog.
A decir verdad, la canción de José Conde y Ola Fresca ―cuyo video clip aparece en el enlace a la nota de PD― no se me antojó nada del otro mundo; esto es: ni tan buena como para ameritar una mención en el NYT, ni tan mala como para merecer el despecho o el olvido. Así que me olvidé del asunto.
2
La semana pasada, una amiga me regaló Café cubano, un disco del sello Putumayo Records. (A los melómanos: lo he buscado en todas partes, pero aún no ha salido a la venta; ni siquiera está anunciado en la página web de la disquera). La carátula deja mucho que desear: presenta esa imagen bucólica que a ratos se tiene de la isla. Sólo faltan el taparrabo, el taburete y la tacita de café para convoyar el título del álbum.
Con esos truenos, pospuse el momento de sentarme a escuchar el CD… hasta que por fin anoche decidí meterle mano. Las notas de apertura de la primera canción me recordaron un poco a “Marc Ribot y los cubanos postizos”: una mezcla agraciada de tambores con guitarras, algo que Habana Abierta define ―y ejecuta― con gracia inimitable: el rock and roll con timba. Pero cuando después del segundo compás entró la letra, ésta me hizo soltar lo que estaba haciendo y prestarle atención a lo que cantaba José Conde:
Obligaron a ponerte
en histórica altura,
promovieron tu bravura
al mundo entero con tu muerte.
Aquí se quedó tu cara
en camisetas y postales…
No dicen todas las verdades
del Chacal de la Cabaña.
La canción que interpreta Ola Fresca es un buen ejemplo de cómo arar con útiles mellados o cómo construir sobre los escombros. Conde modificó la letra y la melodía de la plañidera “Hasta siempre, Comandante” ―que compusiera e interpretara hasta el hastío Carlos Puebla― lo suficiente como para hacer que la nueva canción se disfrute y lo ponga a bailar a uno por sus propios méritos, pero no demasiado como para que ésta perdiera vínculo con el lamento guevariano de Charly People.
Hay un inconveniente: “El Chacal” sólo puede ser apreciado a plenitud por un grupo selecto: quienes vivieron en la isla desde finales de los sesenta hasta quienes la habitan estos días. Hoy ―por poner un ejemplo fresquito―, se la tarareaba a unos compatriotas que ―por haberse fugado de la jaula grande hace varias décadas―, desconocían el original de Puebla y, aunque les gustó la idea, no captaron las varias vueltas de tuerca que presupone el tema de Conde. En ese aspecto, “El Chacal” recuerda al proverbial árbol que se cae en medio del monte: si no hay alguien por los alrededores que se entere, ¿se cayó en realidad? (Aclaro que no intento hacer leña del árbol caído).
No es difícil encontrar sátira en la música popular cubana. Sin embargo, una buena parodia cuesta tiempo y talento. El resto del álbum depara muy gratas sorpresas, entre las que se cuentan “Ay, mi vidita”, de Pedro Luis Ferrer, “Morenita”, de La Orquesta Mágica de La Habana y “Fue una de mambo”, de Kelvis Ochoa. Pero si recomiendo que se tomen un buchito de este Café cubano, es para que no se pierdan las venturas y desventuras del Chacal de la Cabaña.
sábado, abril 12, 2008
Diario de Campaña de José Martí (IV)
viernes, abril 11, 2008
Diario de Campaña de José Martí (III)
jueves, abril 10, 2008
Tour de Force
Tour de Force
Longeva bailarina ensimismada
por su propia figura pizpireta,
cuando en el aire lanza una pirueta
se va en blanco. (La pobre, no ve nada).
Su silueta se pierde en la memoria
de esa nación chillona y paranoica.
Alicia —desde la Era Mesozoica—
entra bailando al aro de la Historia.
La chusma diligente la reclama
—con eso sueña el pobre cisne ciego—.
Venerable a sus años infinitos,
martiriza al chofer y a la mucama,
deja a su partenaire fuera del juego...
que no está el horno para pastelitos.
Dicotomía habanera
***
Consuelo fue la embajadora entre dos mundos; al principio sola, y después con la ayuda de Bettina, empezó a borrar la última barrera, clase o estrato que seguía en pie: la que separaba a los “guapos” de los “pepillos”.
Pototo es un guapo de libro; el pelo untado con brillantina, el peinado con una raya lateral y un par de motas sobre las orejas, en cuanto pudo un bigotico y una cadena bañada en oro. El cuello de la camisa es puro almidón y está cubierto con un pañuelo fijado con presillas, las mangas tienen un filo que corta, el único ojal desabrochado deja ver un pecho que estornuda talco. La camisa va por dentro y el pantalón se abrocha a la altura del ombligo; la hebilla del cinto reluce y los genitales hacen un bulto donde empiezan las patas del pantalón, unas patas que tienen que bajar en corte recto o en campana. Los machos no se aprietan las piernas. Las botas relucen como charolina, los cordones van entre sueltos y amarrados, el cuero brilla limpiecito, tinta, betún, alcohol y candela, al que me pise lo mato. Camina de lado para que no te conozcan, mientras menos sombra mejor, un hombro por adelante, el brazo abriendo vereda, otro pañuelo tapando la boca, que no sepan si estoy hablando, que no me huelan el aliento, no quiero intriga, comentarios o vicisitudes. Hombre a todo y amigo de unos cuantos, pero de verdad, por la pura lo juro, porque madre hay una sola y padre es cualquiera. En la playa la trusa tiene que hacer bulto y los erizos se aplastan a pisotones, hombre que se deja pinchar es penco, si las púas hincan entonces hay que bañarse con tenis; y nadar con la cabeza afuera, mirando para los lados con cada brazada, sin hacer mucho alboroto, la espuma es cosa de mujeres. Eso es un guapo, el presidio sin haber estado, el peligro en cualquier esquina, los cataos siempre arriba, la candela provocada a fuerza de evitarla.
Un pepillo es Horacio con el pelo largo y despeinado, la camisa ancha y estrujada, el pantalón por la cadera y las patas en tubito; si es un Jean, mejor, si termina arrastrándose sobre unas zapatillas de marca, perfecto. Un chamaco que no está en nada, un tipo mortal, míralo cómo camina, relajado, parece un esqueleto rumbero, y con la trusa puesta se le ven los pelitos del pubis y la punta de la rabadilla. A la playa se va en chancletas o descalzo, los erizos se tantean, se les pide permiso antes de poner el pie en firme, el que se deja pinchar es un cheo que no sabe encontrar la piedra adecuada para el descanso, el que se baña con zapatos es un abusador que maltrata las olas porque les tiene miedo.
En la esquina Pototo se ríe de Horacio, en la playita es al revés, hasta que los dos aprenden a reírse juntos de Buenavista y de Miramar.
miércoles, abril 09, 2008
Jamás jamé jamón
Orden en el caos
La cita del día corresponde a Carlos Rivero Collado. Y tanto dio el cántaro que me obligó a ir a la fuente. Así que, ni corto ni perezoso, le eché mano al mataburros. Encontré esta interesante definición en el Diccionario de la Real Academia Española:
«collado. (Del lat. collis, -is, colina, altura).
1. m. Tierra que se levanta como un cerro, menos elevada que el monte.
2. m. Depresión suave por donde se puede pasar fácilmente de un lado a otro de una sierra».
Fiel a su sino, así pasó este señor (ahora compañero) de un lado a otro de la Sierra.
Un rapto de cordura
Un lustro antes de que los revolucionarios encañonaran al por entonces corredor más rápido del mundo, ya había tenido lugar el secuestro más significativo de la historia nacional: el de José Julián Martí Pérez. ¿El comando a cargo? Los hermanos Castro y su grupo autodenominado “Generación del Centenario”.
Años después, la Revolución se ocuparía de convertir a José Martí en lema de matutinos escolares, estatua de mármol, busto a la intemperie, panfleto, aeropuerto internacional, sinónimo de uncool… Pero primero era necesario trocar al Apóstol en “Autor Intelectual del asalto al Cuartel Moncada”. La estocada mortal fue asestada hace medio siglo. La herida todavía sangra.
El subsiguiente uso y abuso por parte del régimen del autor de los “Versos sencillos” posibilitó que en la isla ―más allá del cacareado fervor martiano que dizque profesa la masa― una parte considerable de la población rechazara la obra del más grande de los cubanos, por el delito de (libre) asociación con el gobierno que es yunque y es martillo.
Menciono esto pues hoy es una fecha martiana donde las haya: el 9 de abril de 1895, José Martí escribió la primera entrada de su Diario de Campaña.
En los próximos 38 días me tomaré la libertad de reproducir el contenido de dicho Diario en estas páginas. Será mi discreto homenaje. Y una manera de rescatar lo que a todos nos pertenece.
martes, abril 08, 2008
Para ir haciendo boca
***
Al cuatro esquina no me dejan jugar, me vieron una vez y ahí mismo decidieron que soy el ampaya, por umpire, Bro, el árbitro. Recojo las apuestas, canto las jugadas y le doy su dinero al que gane. Cinco pesos por jugador, si es un tres contra tres, entonces son a quince pesos las siete entradas. Se juega con un casco, eso es una pelota de tenis que ha perdido la capa protectora, una bola negra con una costura de goma blanca, Puppy le inyecta aire para que camine más, yo tengo que rebotarla un rato contra el pavimento hasta que se caliente, lo que pongo en las manos de los jugadores es un petardo.
Bro, una de las esquinas se convierte en la punta de un rombo, desde ahí se batea la bola y se camina hacia las bases; la esquina que está a la derecha es la primera base, la que está enfrente y en la diagonal es la segunda, y la que está a la izquierda es la tercera, solo se puede batear hacia una de las bandas, casi siempre la que está entre segunda y tercera, la mayoría de los jugadores son derechos. ¿Tú nunca has visto un juego de cuatro esquinas? A las dos de la tarde, cuando la gente huye del calor y las calles están vacías; cuando el pavimento es un espejo negro y los bichitos de candela se esconden bajo las hojas de los laureles. Las camisas colgadas de las ramas de los árboles, los torsos desnudos y sudorosos; play ball, y la pelota flotando sobre la palma de la mano del primer bateador, el brazo como un resorte que se suelta desde bien atrás, el puño cerrado si busca fuerza, la mano abierta si quiere colocación. La bola recibe el impacto y sale como un cohete, rebota contra el asfalto y se desliza, negro sobre negro, como una piedra plana sobre un mar en calma chicha. Es un juego de súper-reflejos, bien jugado es una cosa digna de verse, interceptar esa bola que va saltando sobre la calle es algo que no se puede enseñar, atraparla es un acto de magia. Los buenos jugadores se mueven con un sincronismo increíble, un defensor captura la bola y sabe que en la primera base ya tiene que estar uno de los suyos esperando por su lanzamiento, el bateador sale caminando a ver si llega a la primera base antes que la bola que están lanzando. Ese es mi trabajo, chequear que el bateador no corra, que vaya caminando desde el home plate hasta la primera, mirar cual de los dos llega primero, el hombre o la bola. Ruy, no me digas que eso es quieto. Ruy, no me digas que eso es out. Es lo que yo diga y al carajo el mundo, al que no le guste que se vaya a jugar a otra esquina, en esta mando yo. Okey.
Si la bola se pierde tengo que ir a buscarla, en un juego de profesionales eso pasa pocas veces, pero cuando pasa es una verdadera jodientina, tengo que salir corriendo detrás del petardo, averiguar la trayectoria y adónde fue a parar, si se metió por una ventana la cosa se complica, tengo que asomarme a ver si hay alguien y pedirle, disculpando la molestia, con mucha humildad, que nos devuelva la bola, mil promesas a flor de labio, tendremos más cuidado la próxima vez. Las viejas gritan y pelean, los hombres refunfuñan y las muchachas, bueno, las muchachas se bañan desnudas.
Al César lo que es del César
Los personajes de Aguilera gozan de una profundidad abrumadora. Son más tridimensionales que gente con quien comparto café matutino e incontables reuniones. Hasta el gato tiene personalidad en este libro. (Esto es literal. Hay un gato que tiene personalidad).
A los incautos: abrir R.U.Y. es condenarse ―grata condena― a leer la novela de una sentada. Es rastrear La Habana en busca de un reloj maldito. Es ir a Angola a cazarle la pelea a Savimbi, o salir a repartir mil trompones y recibir otros tantos desde las alturas de Buenavista hasta las bajezas de Miramar. Es financiar una carrera de medicina con ciertos negocios turbios. Es sumergirse hasta el primer veril y no querer salir a por aire. Y es intimar con Ruy, Bettina, Humbertico, El Loco, El Puppy, Nieves la Negra y todo un catálogo tan diverso como verosímil de personas (que no personajes). Es intuir cómo piensan y qué les quita la picazón a estos seres que buscan aliviarse ese escozor que provoca el vivir rodeado de la maldita circunstancia y que sólo se puede curar, si acaso, con la única libertad que es posible alcanzar en la isla: esa que enarbola el sexo como bandera.
Pocos libros he recomendado en mi vida con tanta vehemencia.
***
Portada: «Venn con vista al mar», Jennifer Grossman
lunes, abril 07, 2008
Aberraciones de la naturaleza
jueves, abril 03, 2008
E(pistola)rio
Luego de irse por las ramas como sólo él sabe, en la soporífera Carta de Fidel al VII Congreso de la UNEAC, el susodicho se destaca una vez más por practicar su regla de oro: “haz lo que yo digo, no lo que yo hago”. En esos lances, regala al respetable frases dignas de la antología universal del bostezo. Transcribo y comento las más curiosas:«Las palabras bellas, necesarias como portadoras de ideas, no bastan; hacen falta meditaciones profundas».
El lector despierto notará que la frase anterior no es bella. Cabría añadir que tampoco es profunda.
Más adelante, luego de mencionar varios artefactos —de cuyo uso no se priva y entre los que se cuentan: «disco compacto, GPS y DVD, teléfono celular, fax, Internet, microonda, Facebook, cámara digital, correo electrónico», y un moderado etcétera— «que transformaron el mundo» —no escribe revolucionaron, pues sólo él tiene el copyright de la dichosa palabrita y sus disímiles derivados—, al referirse al uso de los mismos, dispara:
«Peor todavía: cada uno de ellos será sustituido por otro invento más efectivo y ya no puede siquiera garantizarse el secreto de lo que habla una pareja en el banco de un parque».
Llama la atención que quien sembró micrófonos ocultos a lo largo y ancho de la isla y pasó su vida obsesionado por enterarse de lo que se hablaba en cualquier banco de cualquier parque quiera a estas alturas garantizar la privacidad al pueblo que con tanto éxito y saña ha vigilado.
Va más allá. Sin sonrojarse, quien ha regido la vida en la isla y el máximo responsable de que ésta perdiera todo valor en sus confines, pregunta:
«¿Tiene algún sentido ese tipo de existencia que promete el imperialismo? ¿Quiénes rigen la vida de las personas?».
Después de anunciar que observa «al imperio y sus siniestros planes» y antes de regalar a la audiencia un fuerte abrazo —que, dadas las circunstancias, intuyo enclenque—, el Regidor en Jefe traza una vez más la línea entre el Bien y el Mal, modificando aquel dictum tristemente célebre —«dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada»— con el descafeinado: «todo lo que fortalezca éticamente a la revolución es bueno, todo lo que la debilite es malo». (Por cierto, la ausencia de las mayúsculas de rigor en su nueva cita le pertenece por completo).
Sospecho que si hubo alguna manifestación unánime durante la lectura de la carta serían los cabeceos de los asistentes al Congreso.
martes, abril 01, 2008
Amnesia del trovador
Cantándole al harapo, ganó fama…
Y esas sillas al borde del camino
y Santiago de Chile y el destino
del pobre mundo poblaron su cama
de púberes, flautistas y patriotas
de cualquier patria humilde y derrotada.
Luego, compuso el Son de la Camada
y el aplauso llegó como sus notas
desafinadas, sosas, sin memoria.
Este bardo innombrable, manco y ciego,
se burló de la audiencia enamorada.
Hoy se hunde en los pantanos de la Historia
este juglar absurdo y palaciego,
este burdo empresario de la Nada.
sábado, marzo 29, 2008
Próximamente
Vivo en una zona donde muy pocos hijos de vecino podrían decir a ciencia cierta qué cosa es un tamal en cazuela. Así que mi alegría fue grande cuando hace varios meses, caminando por una de las arterias principales de mi ciudad, me topé con un anuncio prometedor: un restaurant cubano abriría sus puertas próximamente. Del anuncio me cautivó el diseño ―que es simple, a pesar de sus florilegios, y quiere recordar los vitrales que nos son tan caros a los cubiches―, la tipografía del texto y el hecho de que para el nombre del local los dueños tuvieran la delicadeza de cambiar la grafía de la isla y escribir el resultado en minúsculas. Pero lo que más me fascinó fue el texto encerrado en la burbuja que sobresale en la esquina superior derecha: Próximamente.Lo tomé como una premonición. Vinculé la apertura del restaurant con la posibilidad de una apertura política y económica en la isla. Pero tras varios meses de ver cómo el cartelito se burla de mí desde la vidriera de un restaurant que quién sabe cuándo abrirá sus puertas y luego de constatar que la deplorable situación de Cuba sigue su curso en picada, el anuncio me hace pensar en lo relativos que pueden ser ciertos adverbios de tiempo y me obliga a rememorar esa frase que les robamos a los judíos ―quienes, por estas fechas, repiten «El año próximo en Jerusalén»― y a la que nosotros sólo tuvimos que reemplazar la ciudad de destino.
Próximamente. Las puertas de un restaurant en Nueva Jersey o las jaulas de una isla que es una jaula. Ojalá se abran primero las segundas.
jueves, marzo 27, 2008
Justicia poética
Luego de medio siglo enfrascado en convertir a los cubanos, esos eternos amantes de la carne y el colesterol, en herbívoros ―o, lo que es peor, en rumiantes―, varias décadas después de su estrepitosa idea de sembrar café en el llano, en días en que lo único que prolifera en la isla es el marabú y ahora que a cada minuto se acerca más a su añorado estado vegetal, Fidel Castro recibe el sello, diploma y placa de fundador del Jardín Botánico Nacional de Cuba. Da gusto.miércoles, marzo 26, 2008
Demiurgo de Remedios, la bella
(aunque le hago un soneto inoportuno).
El Gabo va a tomar su desayuno
a la ciudad que es trampa boca arriba.
Sus colegas de oficio y de calibre
aglutinan palabras inmediatas
y se pudren en cárceles baratas…
Y el Premio Nobel bebe un Cubalibre.
Vivió para contarla a su manera:
una historia parcial, desvencijada.
José Arcadio, Aureliano y sus compinches:
héroes de una nube pasajera,
caudillos de ilusión apasionada…
Y el Nobel: en La Habana y sus bochinches.
domingo, marzo 23, 2008
Los miserables
Una de mis expresiones favoritas en inglés reza: You can’t have your cake and eat it, too. Esto, traducido mal y pronto al castellano, quedaría como: no puedes quedarte con el cake y comértelo a la vez; lo que equivale a que no se puede estar con Dios y con el Diablo. A pesar de que la lógica más elemental apoya este simple razonamiento, un grupo de voluntariosos que responde al folclórico y kilométrico nombre de “Cubanos Residentes en el Exterior contra el Bloqueo y el Terrorismo”, se empeña en demostrar ―con pobre sintaxis y una mar de cacofonías― que si se carece de escrúpulos y memoria sí es posible esta metafísica. A tal fin, el Grupo, en un comunicado conjunto, declara que «la batalla de ideas se convierte en la más importante a librar en el ámbito internacional», y sin perder pie ni pisada se apura en hacer votos porque la salud del Comandante le permita contar con el ídem por muchos años más.No deja de hacerme gracia el hecho de que en la tierra del Partido Único, sus seguidores allende los mares «hagan votos» por la salud de quien durante medio siglo se empeñó en no permitirles votar. Ah, gajes del oficio de la abyección.
Por último, en aras de demostrar que el régimen de la isla y sus acólitos nada tienen que envidiarle al peor culebrón de turno, el Grupo cierra el comunicado con un predecible: «Usted siempre será nuestro Comandante».
Hemos escuchado mil variantes de esta despedida en los tantos culebrones que intentaban hipnotizarnos desde la pantalla chica. De ese inmenso catálogo de frases que pueden provocar un coma diabético, traigo a colación la que más se acerca (por contexto): imagino a una puta diciéndole a su chulo que él siempre será su macho.
martes, marzo 18, 2008
Ronda nocturna
Horas antes, deambulaba por el Vedado con dos o tres amigos, luego de pasar un fin de semana acampados en algún punto del Litoral Norte. Recuerdo que a esta modalidad de campismo, por aquel entonces, le llamábamos «guerrilla» (tan en boga estaba el lenguaje bélico en la isla). Y, guerrilleros al fin, regresábamos a la capital andrajosos, hambrientos, felices, con ese buen humor que es a ratos producto de la edad, de no tener la más mínima idea de qué pasa alrededor de uno y de creer que en realidad se vive en un país libre, cual solamente puede ser libre. Debo aclarar que el ambiente a nuestro alrededor también se prestaba para entusiasmos: andábamos en época de carnavales.
Luego de sobrevivir el viaje en unos camiones que nos dejaron en Santa Cruz del Norte y soportar el errático tren de Hersey, la quejumbrosa lanchita de Regla que nos cruzó ―como pudo― La Bahía y aquella guagua Girón que nos adelantó hasta el Parque Maceo, nos unimos por inercia al molote y ―evitando discusiones, puñaladas y el orine que se escurría de los baños públicos instalados de cualquier manera y a intervalos irregulares a lo largo del Malecón― caminamos rumbo oeste hasta que, ya hastiados de tanto gentío y tanto desentonar con aquella indumentaria, dejamos el Malecón y nos adentramos en una calle cualquiera.
Hasta ese momento jamás había oído hablar de zonas congeladas.
Las circunstancias del arresto fueron ―ahora lo sé― predecibles, pero no por eso menos arbitrarias. Sin darnos cuenta, habíamos entrado en el área de la Oficina de Intereses de los Estados Unidos. No tuvimos tiempo de regresar sobre nuestros pasos. Puntual como las abejas, un policía ―y luego otro y otro― se nos acercó para pedirnos el dichoso carné de identidad. Y entre el pigmento de esta piel mía y el hecho de que «mi documento no estaba en orden» ―le faltaba la foto, algo que, si mal no recuerdo, era obligatorio luego de cumplir los catorce años―, en menos de lo que se cuenta nos habían detenido y nos conducían a la infame estación.
Nos soltaron a eso de las 4 de la mañana. El padre de uno de mis amigos, un flamante coronel del MINFAR, se personó en La Quinta e intercedió por el grupo. Desde aquí, una vez más, le doy las gracias.
Hoy que se cumplen 5 años de la injusta redada que llevó a prisión a casi ochenta de mis compatriotas ― de los cuales más de la mitad sigue tras las rejas por el insólito delito de pensar y expresarse a sus anchas―, me conduelo una vez más con su causa, que es la mía, y no puedo menos que recordar el horror que comenzó ―y que ya no me abandonaría desde― aquella tarde remota en que La Revolución me llevó a conocer el miedo.
Elogio del poeta preso
Malvivo en un país de soledades
―isla de circunstancias patrioteras,
cubil lleno de sangre y de banderas―,
paisaje dividido en seis mitades.
Despierto en una tierra inoportuna,
―espejo de verdugos camuflados,
horizonte de olvidos desterrados,
cementerio global de la fortuna―.
Me queda poco: un perro, una guitarra,
un libro confiscado, un cenicero,
las cuatro esquinas de mi manicomio
y una voz que me salva y me desgarra.
Hoy me voy a llamar Raúl Rivero.
Hoy mi mujer será mi patrimonio.
jueves, marzo 13, 2008
El pez y el pescado
Nunca se me dio bien la piscicultura. Esto es debido a que jamás me hicieron gracia las peceras, esas pequeñas prisiones acuáticas que siempre se las agenciaban para transmitirme una insoportable sensación de claustrofobia. Sin embargo, como cualquier habanero que se respete, tengo amigos y parientes expertos en el tema y éstos, en más de una ocasión, han intentado ―sin éxito― pasarme el entusiasmo por el (in)sano pasatiempo. Del arte de mirar a las burbujas recuerdo una regla elemental: al traer un pez nuevo a la pecera, éste no entra en contacto directo con el agua, sino que se pone en una bolsa de nylon, en la que nadará por un tiempo (in)determinado hasta que se adapte a la temperatura de su nuevo hábitat. Una vez adaptado, se saca de la bolsa y se le permite unirse al resto de sus congéneres. A este proceso estándar, los entendidos lo denominan «aclimatación».Sobre las peceras volveré más adelante. (No hay que olvidar que Cuba más que una isla es eso, una gran pecera). Mientras tanto, me voy por la tangente: ahora que se confirman los rumores de que cinco miembros del equipo de fútbol cubano han puesto pies en polvorosa luego de asistir a la convocatoria de la Copa CONCACAF en Tampa (Estados Unidos), les doy la bienvenida y pienso (cuando me alegro) en las diversas fases de aclimatación por las que invariablemente pasarán los recién llegados.
Estas fases son aplicables a cualquiera que salga de la isla por avión y decida no regresar a la jaula grande. (Los balseros llegan a Estados Unidos ―si llegan― curados de espanto; quienes cruzan la frontera o quienes piden asilo político tan pronto pisan el primer aeropuerto foráneo también suelen estar exentos de estas fases). Cuánto tiempo dura cada fase varía por caso y depende de factores internos ―el peso corporal de cada individuo―, así como de condicionantes externos que incluyen: número de familiares que dejó en la isla; número de compatriotas en fase militante (ver definición abajo) con quienes está en contacto sistemático; acceso enfermizo a internet, donde leerá decenas de blogs que toquen el tema cubano; etc. Etcétera ―decía un eximio profesor hace década y media― es lo que uno no sabe.
Las fases que siguen tienden a ser ―como el socialismo en Cuba― irreversibles.
La fase inicial: La disonancia
En esta fase, los recién llegados evitarán dar a la deserción un cariz político. Repetirán frases que denoten su postura completamente neutral respecto a la situación en la isla. Hablarán de la decisión de no regresar a Cuba como un gesto profesional. En otras palabras: no jugarán ni con la cadena ni con el mono. Gracias a esta fase se debe ese gracioso eufemismo que tanto abunda por ahí: emigrantes económicos cubanos.
Una segunda fase: El pánico
En este peldaño, ya habrán superado la disonancia ―que no negación― inicial. Pero seguirán hablando con cautela de La Cosa. No perderán aun el hábito de mirar por encima del hombro cuando sostengan conversaciones comprometedoras en lugares públicos y se lo pensarán dos veces antes de decir frases contrarrevolucionarias por teléfono. El lema de esta fase: No quiero que se enteren (de lo que pienso) en Cuba.
La tercera fase: La indiferencia
Ya acostumbrados a la ausencia de la mordaza, no ahorrarán calificativos para describir al sátrapa. Tirarán de la cadena con fuerza y les tendrá sin cuidado si despiertan al mono. El lema de esta fase sube la parada: Me da igual que se enteren (de lo que pienso) en Cuba.
La fase final: La militancia
Es más sencillo resumirla con el lema que revela su esencia: Yo lo que quiero es que se enteren (de lo que pienso) en Cuba.
La fase superior de La militancia, todo parece indicar, es el blogger.
domingo, marzo 09, 2008
Relecturas
EL GOLEM
Si (como el griego afirma en el Cratilo)
el nombre es arquetipo de la cosa,
en las letras de rosa está la rosa
y todo el Nilo en la palabra Nilo.
Y, hecho de consonantes y vocales,
habrá un terrible Nombre, que la esencia
cifre de Dios y que la Omnipotencia
guarde en letras y sílabas cabales.
Adán y las estrellas lo supieron
en el Jardín. La herrumbre del pecado
(dicen los cabalistas) lo ha borrado
y las generaciones lo perdieron.
Los artificios y el candor del hombre
no tienen fin. Sabemos que hubo un día
en que el pueblo de Dios buscaba el Nombre
en las vigilias de la judería.
No a la manera de otras que una vaga
sombra insinúan en la vaga historia,
aún está verde y viva la memoria
de Judá León, que era rabino en Praga.
Sediento de saber lo que Dios sabe,
Judá León se dio a permutaciones
de letras y a complejas variaciones
y al fin pronunció el Nombre que es la Clave,
la Puerta, el Eco, el Huésped y el Palacio,
sobre un muñeco que con torpes manos
labró, para enseñarle los arcanos
de la Letras, del Tiempo y del Espacio.
El simulacro alzó los soñolientos
párpados y vio formas y colores
que no entendió, perdidos en rumores
y ensayó temerosos movimientos.
Gradualmente se vio (como nosotros)
aprisionado en esta red sonora
de Antes, Después, Ayer, Mientras, Ahora,
Derecha, Izquierda, Yo, Tú, Aquellos, Otros.
(El cabalista que ofició de numen
a la vasta criatura apodó Golem;
estas verdades las refiere Scholem
en un docto lugar de su volumen.)
El rabí le explicaba el universo:
Esto es mi pie; esto el tuyo; esto la soga
y logró, al cabo de años, que el perverso
barriera bien o mal la sinagoga.
Tal vez hubo un error en la grafía
o en la articulación del Sacro Nombre;
a pesar de tan alta hechicería,
no aprendió a hablar el aprendiz de hombre.
Sus ojos, menos de hombre que de perro
y harto menos de perro que de cosa,
seguían al rabí por la dudosa
penumbra de las piezas del encierro.
Algo anormal y tosco hubo en el Golem,
ya que a su paso el gato del rabino
se escondía. (Ese gato no está en Scholem
pero, a través del tiempo, lo adivino.)
Elevando a su Dios manos filiales,
las devociones de su Dios copiaba
o, estúpido y sonriente, se ahuecaba
en cóncavas zalemas orientales.
El rabí lo miraba con ternura
y con algún horror. ¿Cómo (se dijo)
pude engendrar este penoso hijo
y la inacción dejé, que es la cordura?
¿Por qué di en agregar a la infinita
serie un símbolo más? ¿Por qué a la vana
madeja que en lo eterno se devana,
di otra causa, otro efecto y otra cuita?
En la hora de la angustia y de luz vaga,
en su Golem los ojos detenía.
¿Quién nos dirá las cosas que sentía
Dios, al mirar a su rabino en Praga?
sábado, marzo 08, 2008
El sueño de la (sin)razón
1Las pesadillas también hacían lo suyo. Como casi todo lo que acontece en Cuba, éstas eran increíblemente mundanas y circunstanciales: en época de exámenes, me hacían suspender; si tenía algún problema en el trabajo, éste me perseguía a la cama y se las agenciaba para destrozar la paz de mi letargo... Y cosas por el estilo.
Ahora que lo pienso, no recuerdo haber tenido una pesadilla recurrente.
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He aquí que la dichosa yegua me visitaba con dos monturas. (1) En mitad de la noche, saltaba de la cama ―como la horrible canción de Alfredito Rodríguez: empapado de sudor― y con la aún más horrible sensación de que estaba despertando en Cuba. O (2) soñaba que, desoyendo a mi esposa y el sentido común, iba a la isla a visitar a familiares, amigos y recuerdos. Y cuando quería montarme en el tren de las 3:10 para Yuma, las autoridades cubanas no me lo permitían. Esta última versión de la pesadilla era doblemente frustrante, por el hecho de que entraba mansamente y por voluntad propia a la jaula grande y se la ponía en bandeja de plata a los siempre entusiastas cancerberos.
Han pasado varios años desde la última vez que me visitó la susodicha. No la echo de menos, pero recuerdo no con poca gratitud el alivio que sentía al comprobar que ―ya despierto― eran de Nueva York las luces que veía a través de la ventana.
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jueves, marzo 06, 2008
La gravedad o De las desventajas de escupir hacia arriba
(a Roberto Fernández Retamar)
Dijo: «¿quién recibió la bala mía?».
Formuló un Calibán muy conveniente.
Lo hicieron de una Casa el Presidente.
Lo acusaron de escribir poesía…
¡y hasta un premio le dieron en el brete!
Publicó sus panfletos altruistas,
inspirado en sinsontes y amatistas:
su cómoda visión del palacete.
Muchos años después, en sus poderes,
tuvo el lujo de decidir la muerte
de algunos condenados a la suerte
de escapar del país de los placeres.
Con su firma apoyó la cruel sentencia.
Pasó un rato… y de vuelta a la docencia.
martes, marzo 04, 2008
Mentes autónomas
lunes, marzo 03, 2008
Notas a propósito de “Music Freedom Day”
Hoy, 3 de marzo de un año bisiesto, se conmemora Music Freedom Day, una efeméride dedicada a la música que ha pasado por el tamiz de la censura en cualquier parte del orbe. Y, como ya es natural, en Cuba acontece otro día más, sin grandes penas ni glorias y sin mencionar ni de pasada a quienes por motivos ajenos a su voluntad tuvieron que irse con su música a otra parte.
Miento descaradamente. Hay un ejemplo, tangencial y oportunista, que sirve de excepción de una regla de por sí bien torcida. Gracias a Tania Quintero y Penúltimos días, me llega la siguiente noticia: hoy los medios de prensa cubanos (sic) anunciaron que Ela O’Farrill, la estigmatizada autora de “Adiós, felicidad” ―aquella infeliz canción que interpretara, entre otros y como ninguno, el gran Bola de Nieve―, ha regresado a la isla para formar parte de la próxima producción musical de Omara Portuondo ―cantante exquisita que tiene en su haber una voz única y plañidera, un refinado gusto por el filin y el muy mal hábito de firmar declaraciones de apoyo a la dictadura cubana―.
En la década de los sesenta, la canción de marras fue presa de la jauría más ortodoxa que la acusó de contrarrevolucionaria por declarar abiertamente que (la autora) jamás había conocido la dicha, pecado inconfesable en la tierra donde todo lo que no es prohibido es obligatorio. (La felicidad cae en la segunda categoría).
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El inventario de compositores e intérpretes contraindicados por los galenos de la censura oficial goza de una salud envidiable; cambia y crece constantemente. Quien hoy es excomulgado, mañana puede recibir una dádiva. Quién ayer perteneció al grupo de los favorecidos, sin saberlo (o quererlo), hoy puede encontrarse al otro lado de la raya.
En Cuba, querida Celia, la vida no es un carnaval. Es una veleta.
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No deja de picarme una curiosidad que peca de inocente: ¿quién está a cargo de componer la lista de los renegados? ¿Cómo llega el edicto al común de los mortales? ¿Es la censura hereditaria? ¿Acaso, como las alergias, pasa de generación en generación? No conozco a nadie que haya visto ese panfleto aciago que dicta quién sí y quién no. Tampoco recuerdo que, durante mi infancia y adolescencia, en mi casa nadie prohibiera nunca escuchar a X o Y. Sin embargo, todos sabíamos a qué atenernos.
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¿Cuánto de autocensura encierra dicha lista? ¿Cuánto colaboramos los no censores en la diseminación de ese mar de prohibiciones? Siempre he sido de la opinión de que es igual hablar con alguien desde un teléfono cuya línea está tomada que hablar con alguien desde un teléfono pensando que la línea está tomada.
En el segundo de los casos, le ahorramos tiempo y trabajo al censor.
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«La memoria prepara su sorpresa». El verso es de Lezama Lima. Mi memoria tiene lagunas que intento (re)llenar en este blog. Entre ellas, rescato un episodio: a finales de los ochenta (o principios de los noventa; ya advertí que no recuerdo), en medio de una etapa al campo, a un alumno le descubrieron una hoja con la letra manuscrita del éxito del momento: “Ya viene llegando”, de Willy Chirino. Cómo llegó el papel a manos del inquisidor general sigue siendo un misterio. Lo que recuerdo, vagamente, es que el que tenía el sartén por el mango ―un coronel que años más tarde pasaría a engrosar el inmenso inventario de suicidas cubanos― reunió al campamento en vilo para aleccionarnos sobre los peligros de la penetración ideológica de la que éramos, ay, pobres criaturas, objeto. Luego de despotricar contra Chirino, desde un podio improvisado a último minuto, quiso poner un ejemplo de lo nocivo de dicha canción. Y leyó la primera estrofa.
Apenas siendo un niño allá en la Antilla,
mi padre me vistió de marinero,
tuve que navegar noventa millas
y comenzar mi vida de extranjero.
Fe de erratas: donde escribí leyó, sería más justo poner tarareó. Mortal al fin, el militar conocía y había sucumbido al ritmo pegajoso, la letra picante y la desviación ideológica de que nos acusaba y que destilaba por los cuatro costados el son de Chirino.
Desde las filas del público, todo un campamento a sotto voce le siguió la rima.
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Esto de la música cautiva me hace pensar en dos campos análogos: las letras y las artes visuales. Al de las letras prometo regresar en notas futuras. Respecto al otro: evoco una exposición a mediados de los noventa, en una galería de la periferia habanera. Dicha expo incluía un lienzo que mostraba ―con perdón de la imagen manida― una bandera cubana que se hundía en el mar. Los censores prohibieron la obra. La directora de la galería, en un inútil intento por razonar con las paredes, les dijo que la mala idea provenía de sus mentes. Los censores eran los malpensados. La bandera no estaba al lado de una flecha que indicara que iba hacia abajo. Según ella, la insignia ―cual Excalibur o fénix ultra patriótico― bien podía estar emergiendo de las aguas.
El resultado es obvio. El lienzo no fue expuesto.
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Si tomamos como punto de partida el concepto de Music Freedom Day, deberíamos hacer campaña por la creación de un día del escritor, otro dedicado a las artes visuales, otro a las artes escénicas... De hecho, en el caso cubano debería existir un día para todas y cada una de las disciplinas ―de las bellas artes, las ciencias, los servicios, etc.― donde se homenajeara a quienes han sido censurados por motivos políticos o ideológicos. Dicha lista de efemérides incluiría los siguientes días festivos: del agrónomo libre, del ingeniero naval libre, del físico nuclear libre, del meteorólogo libre, del diseñador industrial libre, del doctor en ciencias médicas libre, del educador libre…
Temo que será necesario conmemorar dos efemérides en una misma fecha. Y, aún así, sospecho que con 365 jornadas por año no daremos abasto.
domingo, marzo 02, 2008
Paranoia I
Los miedos se alternan.
El hambre amiga proclama su delirio.
Cada palabra es una patria clandestina,
una mentira átona, uniforme,
un vicio innecesario que redunda.
Se escucha un disparo.
Amanece.


