
viernes, abril 03, 2009
jueves, abril 02, 2009
Oda a un documento inservible
Un pasaporte cubano,qué tremenda pesadilla:
para conocer Sevilla
o viajar al Vaticano
o a los Andes, ciudadano,
tienes que pedir permiso
y para ir al paraíso
que es un infierno dantesco,
ese régimen grotesco
te exigirá ser sumiso.
***
Imagen: Generación Y.
miércoles, abril 01, 2009
El futuro del Emperador
galerías del museo del Mercado de Trajano.
El antedicho fragmento —que consiste en la cabeza y casi la totalidad del cuello del emperador y fue hallado durante excavaciones que se llevaron a cabo en la parte sur del foro imperial en 2005— representa a Constantino, posiblemente luego de su victoria contra Maxentio en la batalla de Ponte Milvio (312 D.C.).
La combinación cabeza-cuello mide unos 60 centímetros, lo que indica que la estatua completa debió haber alcanzado los tres metros.
El hecho de que el artefacto fuera descubierto hace poco menos de un lustro no me llama tanto la atención como el sitio del hallazgo, que no fue otro que la cloaca del foro imperial.
Hay dos hipótesis que explican el suceso: (1) la estatua pudo haber sido destruida —con el consiguiente lanzamiento de la cabeza al vertedero— durante las revueltas —mayoritariamente paganas— de 326 D.C.; (2) la cabeza fue usada en algún momento para destupir dicho desagüe.
Salí del museo y pensé en el futuro; en el futuro de Cuba; en ese futuro en que seremos polvo sobre el polvo. Y pensé en los futuros arqueólogos de esa otra ciudad en ruinas que es La Habana. Y pensé en sus excavaciones en los más insólitos locales de la capital de la isla. Y hasta los vi buscando quién sabe qué en alguna cloaca capitalina. Y, en esta visión, ¿qué encontraron hundido en las aguas albañales? Un busto de Fidel Castro.
Esta noche me iré a la cama con esa inolvidable imagen.
martes, marzo 31, 2009
Revista Caleta: “Doña Margarita”
Como mencionaba anteriormente, el próximo número de la revista Caleta —que en menos de una semana verá la luz de estanquillos y librerías en Cádiz y el resto de la península— ha sido dedicado a los últimos 50 años de literatura cubana. Dicho número incluye un excelente cuento de César Reynel Aguilera, que me doy el gusto de reproducir en mi blog. Agradezco muy encarecidamente al autor y al editor el visto bueno para su publicación en Belascoaín y Neptuno.
***
Doña Margarita
—¡Ay, señor, si no fuera pecado yo quisiera morir! ¿Lo puedo llamar, señor? Estoy llena de achaques, y desde que mi esposo murió me siento cumplida en este mundo. La memoria me falla, antes me servía muy bien, ahora tengo que releer para recordar y, mire usted los espejuelos que tengo, son un desastre. Los hijos y los nietos me quieren; pero a su forma, claro está. A veces me parece que soy un estorbo. ¿Me parece? Estoy segura, fíjese que ahora están para una casa en la playa, y ni me invitaron. Pero discúlpeme, por favor, ¿Qué le trae por aquí? ¿Le gustó el café?
Jonathan Brimley se acomoda en el sillón de mimbre y sonríe. Le habría gustado quitarse las sandalias, sentarse como un Buda, sacar la pipa y montarla con lentitud. Un encanto de viejita para confesarse. Para decirle, señora, mi nombre real es bien distinto de ese que usted leerá en la identificación que pienso darle. Los pocos amigos que tengo me dicen El Gordo, y soy el oficial de caso de más alta graduación en la inteligencia de este país. Nunca he vestido un uniforme de tropas regulares, jamás he sido condecorado ni ascendido, no existo en términos oficiales. Manejé en mis buenos tiempos una red operativa y de información que cubría media centena de países. Hoy mis agentes duermen a la espera de la muerte o del beso resucitador, que casi siempre es lo mismo. En plan piyama estaba yo también. Pasaba mis días viendo el Béisbol de las mayores, leyendo a Julio César, a Suetonio y a Gibbon. Así habría seguido, a no ser por la desaparición de un ex alumno suyo. Resulta que el vejigo ha armado una cagazón tal que las altas esferas se han visto obligadas a reactivarme. El verracutín se llevó consigo un alto secreto, mi función es encontrarlo y donde quiera que esté, hacerle llegar una declaración de principios. Así le habría gustado hablar, pero prefirió hacerlo con otra verdad.
—Profesora, yo trabajo en el departamento de cuadros de la CTC. Aquí tiene usted mi identificación. El asunto que me trae por acá es muy simple. Un ex alumno suyo ha sido propuesto para la medalla de Héroe Nacional del Trabajo. El proceso de adjudicación de este alto reconocimiento incluye una revisión exhaustiva de la vida estudiantil y laboral del candidato...
—¡Pero bueno! ¿De quién se trata?
—Carlos Brosky.
—Carlos Manuel Brosky Varela.
—Efectivamente.
—Lo recuerdo muy bien. ¿Cómo no lo voy a recordar? Ese fue un curso maravilloso. Fue el año que nos mudamos del antiguo Colegio Roston para el edificio que está en la Calle Primera entre 32 y 34. Las aulas son muy buenas, la iluminación perfecta y el olor del mar. ¡Ay, ese olor de mar que acariciaba! Imagínese usted, leer a Neruda con sal en las ventanas. La disciplina era militar, pero no existía ese control ideológico que tenemos hoy. Las clases de literatura eran mucho más abiertas. Dentro del aula yo era reina y señora. El primer día de clases era muy interesante. Nunca quise saber de mis alumnos más de lo que ellos quisieran decirme. Eso de leer Expedientes Acumulativos para saber quién era quién no me parecía bueno. En el primer encuentro me presentaba con mi nombre, el de mi esposo y los de mis hijos. Les decía el nombre y la ocupación de mis padres, los estudios que había cursados y mis trabajos anteriores. Acto seguido les pedía que se levantaran, de uno en uno, y se presentaran más o menos de la misma forma. Como ellos quisieran. Le digo esto porque recuerdo dos detalles interesantes en la presentación de ese curso. El primero fue un alumno que se paró y me dijo que su nombre era Bictor con be, sus padres eran dos guajiros de Manicaragua que, entre otras cosas, no sabían escribir bien y lo habían inscrito con un nombre que, a fuerza de repetirlo, ya le gustaba. Desde ese año, todos los días de las madres me ha enviado una tarjeta firmada Bictor Combé. ¿Gracioso, verdad? El otro incidente lo protagonizó Carlos Brosky. Cuando llegó su turno se levantó y con una voz muy neutral me dijo: “Mi nombre es Carlos Manuel Brosky Varela, soy hijo de Ella Varela Valdés, ex terrorista, y de Carlos Brosky Marticorena, un cazador de sueños que murió buscando uno más hermoso que yo”. ¿Triste, verdad?
Jonathan aprovecha la pausa para preguntar si puede encender la pipa. Doña Margarita va por más café, y regresa hablando de Carlos.
—Era un estudiante muy tranquilo, casi nunca participaba en la clase, pero si lo hacía yo terminaba confundida. Era ese tipo de muchacho que a uno le parece que nació sabiendo. Fue el año que más estudié preparando mis clases. Entre él y Bictor Combé me obligaron a prepararme con mucho cuidado. Varias veces me hicieron preguntas que no pude responder. Carlos tenía un gran poder de síntesis, en los exámenes escritos era capaz de responder las preguntas de desarrollo con unas cuantas oraciones. Su capacidad para manejar conceptos era muy alta. Yo pensaba que iba a ser filósofo y de hecho él pidió irse a China a estudiar filosofía oriental, pero no lo dejaron ir. ¿Usted sabe? Aquella fue una época de grandes exabruptos, cualquier cosa podía ser considerada una afrenta al proceso revolucionario; y Carlos no resaltaba por su cuidado en esos asuntos. Todavía recuerdo el escándalo de aquel concurso de poesía. Los alumnos haciendo poemas comprometidos y él se apareció con una “Receta andaluza para hacer cantar superficies lisas en reposo”. La que se formó, pocos lograron leer más allá del título. Imagínese, ¡una cántico al vicio de Onán! Los que terminaron de leerlo no pudieron resistir la tentación de organizar un linchamiento moral con todas las de la ley. Y hubieran prosperado si la madre de Carlos no interviene. Yo la vi en la reunión donde estaban analizando a su hijo. ¡Qué carácter! ¡Qué pelo tan rojo! No recuerdo que haya entrado por la puerta. Siempre he pensado que lo hizo a través de la pared. Si existieran las amazonas del Apocalipsis esa mujer sería una de ellas. Apareció, se sentó y no dijo ni esta boca es mía. No hizo falta, la reunión terminó en loas a Carlitos y exhortaciones a que escribiera algo más acorde con los tiempos que corrían. Espérese un momentico y le enseño el poema adolescente, yo debo tener una copia en mi archivo.
Jonathan le entrega la taza vacía, controla una sonrisa innecesaria y muerde su pipa sin poder evitar la sensación de estar en un convento. La viejita deja la sala con pasos cortos y él sigue con el juego de las confesiones. No se moleste, profesora, ya tengo una copia de esa rima en mi oficina. La salida de sus hijos al balneario no fue casualidad, yo la preparé. En cuanto comprobamos que usted se quedaba sola mi gente vino y revisó la casa. Un trabajo fino, nada de chapucerías de policía política, todo según el mejor de los manuales. En estos momentos yo sé de usted y de su familia mucho más de lo que mandan las buenas costumbres. A mí no me importan sus recuerdos, sólo sus olvidos, y sus omisiones. Eso es lo que tiene valor para mí. Pero bueno, ahí la veo regresar, mejor seguimos como estábamos. Reiré divertido cuando lea el papelito, preguntaré si puedo copiarlo y usted dirá, con mucha cortesía, que prefiere confiar en mi memoria; y mi sonrisa será de admiración por saber que la decencia todavía sobrevive en este mundo.
—Disculpe que no se la pueda entregar, léala cuantas veces quiera, pero yo soy de las que creen en la discreción del magisterio. Además, me parece un detalle poco importante. Déjeme decirle que eso lo escribió en décimo grado, tres años más tarde, en grado trece, había cambiado muchísimo. Se puso críptico, oscuro. Le dio por leer a esos escritores que orbitan en sus propios universos. Y me obligó a leerlos también. Carlitos utilizaba referencias e intertextualidades que yo no alcanzaba a comprender. Varias veces sentí la tentación de otorgarle una mala calificación. Pero de alguna forma vislumbraba un sentido en sus palabras y decidía dejarlas correr al tiempo. Siempre he pensado que en este mundo hay demasiada gente jugando a ser dios, y yo no quiero ser una de ellas. Discutí con Carlos, pero no lo castigué. Una vez le dije que su estilo estaba bien para publicar, pero no para un examen. No me compró la idea, siguió en sus trece, entonces, un día, le solté la famosa frase de Ortega y Gasset. Delante de toda el aula le entregué su examen y le recordé que la claridad era la cortesía del filósofo. Me miró bajito y con mucho respeto me dijo: “Una idea clara es como el viejo cauce de un río, yo prefiero la burbujeante cortesía de los manantiales”. ¿Qué le iba a decir? ¿Eh? Si me recordó a mi hermano, que le encantaban los contradichos, si usted le decía que al que madruga dios le ayuda, él respondía que no por mucho madrugar se amanece más temprano. Lo único que se me ocurrió fue reírme y darle las gracias. Sin embargo, mire usted, Carlos cambió. El último año del preuniversitario nos hizo la vida un poco más fácil a los profesores. Se enamoró. Eso debe haber influido. Muy linda muchacha. ¿Cómo se llama? ¿No le digo que estoy perdiendo la memoria? Bueno, que se le va a hacer. Muy linda, más de un santo varón suspiraba por ella; y de la noche a la mañana, sin avisar, era la novia de Carlos. Ya puede usted imaginar los comentarios, que si él no es muy buen mozo, que si ella no sabía lo que hacía. Comidilla de gorriones. La verdad es que se enamoraron como manda el amor. Nada más había que verlos juntos, eran pura risa. Siempre tomados de las manos, siempre riendo. Así los recuerdo, nunca más los he vuelto a ver. Supe por alguien que estudiaron medicina. ¡Ya! Ella se llama Brisas Martínez. ¿Interesante verdad?
El Gordo se despide a las dos horas de café, tabaco y confesiones. Su promesa de ayuda para unos espejuelos es recibida con grandes esperanzas. Antes de subir al carro golpea la pipa contra el canto de la mano. Su gente ocupa las posiciones convenidas. Le interesa saber que hará Doña Margarita una vez que esté sola. Tiene la idea de que la profesora guardará sus papeles en el archivo e irá, ensimismada, a buscar algo en su escaparate de caoba. En la gaveta del centro hay una antigua caja de bombones en forma de corazón. Está llena de tarjetas. Una de ellas es la única cosa que no fue mencionada en la conversación. Con letra pequeña y descuidada, Carlitos escribió, muchos años antes, una nota muy rara: “Profe, me habría gustado conocerla donde el río se estrecha”. Jonathan sabe que la profesora, acostumbrada a las referencias mitológicas, pudo haber pensado en el río de Caronte; pero él, un hombre educado en códigos y quebraduras, sabe que ese podría ser un lugar bien preciso de la geografía terrestre. De la fecha también podría decir lo mismo. La tarjeta fue enviada un día sin sentido para las multitudes. Para Jonathan, sin embargo, es la coordenada en el tiempo de la muerte de su amigo Carlos Brosky Marticorena.
—¡Viejita, cará! Usted lo sabe todo y su Dios no la deja partir.
lunes, marzo 30, 2009
En lo tocante (divertimento disonante)
No tocar la tecla que está suelta.
No tocar la melodía revuelta
que canta desde el fondo del pantano.
No tocar el pan, aunque es de flauta.
No tocar la flauta que no es nuestra.
No reinventar la música siniestra.
No respetar la clave ni la pauta.
No toques, que aquí todo está prohibido
—y lo que no lo está es obligatorio—
y quien quiera tocar será tocado
y el toque no será tan divertido:
nada de Paraíso: ¡Purgatorio
donde todo lo que es, es trastocado!
No me toques el pan, que no es un piano,
Si tienes hambre, saborea el habano,
Si quieres pan, avisa a tu pariente;
dile que mande más, que estás pendiente,
domingo, marzo 29, 2009
Las evidencias
Los que no pueden volver a Cuba y los que no pueden salir de ella: el tópico es triste; el listado, inmenso. Para nuestra fortuna y memoria, acaba de surgir un blog que recoge las evidencias.Esto me parece una excelente iniciativa. Desempolvo el testimonio de lo que le sucedió a mi hermana y mi madre en el aeropuerto internacional José Martí (en La Habana), mientras la primera hacía escala de varias horas en la capital de la isla, rumbo a un tercer país: no la dejaron salir al otro lado del cristal (en el mismo aeropuerto) a saludar a nuestra madre que había ido a recibirla.
Al respecto, escribí una crónica de esta infamia que en su momento publicó el diario Encuentro en la red y no hace mucho reproduje en este blog.
Donde se invita a cierta ciudad entrañable a recoger la antorcha
Miami de mis amores,tú, que eres tan lindo y bello
y tanto te afecta aquello
—la isla de los mil pavores—,
no desoigas los dolores,
la sempiterna estulticia,
la represión, la impudicia
que nos robó nuestra tierra
y que a nuestro pueblo aterra:
¡grítale “NO” a la malicia!
Imagen: Garrincha.
sábado, marzo 28, 2009
Colas de Manhattan
Hoy aparece en Penúltimos días mi traducción al cubano de “Tails of Manhattan”, un muy divertido y disparatado cuento de Woody Allen, publicado en el más reciente número de The New Yorker. Para abrirles el apetito, transcribo aquí el primer parrafo:
Hace un par de semanas, Abe Moscowitz se murió de un infarto y vino a reencarnar en una langosta. Lo atraparon en la costa de Maine y lo enviaron a Manhattan, donde fue a parar a un tanque de un lujoso restaurante especializado en mariscos. En el tanque había otras langostas, una de las cuales lo reconoció: «¿Abe, eres tú?», preguntó la criatura levantando las antenas.
Para continuar leyendo, tengan la bondad de hacer clic aquí.
viernes, marzo 27, 2009
Bienal de la Habana. Obras recientes
Cathryn Griffith, Havana Postcards.
Maqueta de Miramar, Calle 28 entre 1ra y 3ra.
Estudio abierto, obras recientes de J. A. Vincench.
Abierto desde el domingo 29 a las 2pm.

Estampas habaneras (XXI)
En fin, lo cuco del asunto es lo que sucedió después del concurso. Fue en nuestra benemérita Academia de Ciencias, lugar seleccionado para la distribución de los premios. Todos llegamos entusiasmadísimos. No es que esperásemos que nos regalaran bicicletas chinas ni robots parlantes, que tan ingenuos no éramos. Pero ya que nos citaban para un sitio así de imponente, imaginábamos que algo bueno nos esperaría allí.jueves, marzo 26, 2009
In vino veritas
miércoles, marzo 25, 2009
Hablemos de pelota...
«Fue peor todavía cuando Matsuzaka dio una base por bolas y el jugador negro Jimmy Rollins, del equipo norteamericano (…)».
¿Y qué tiene que ver que Jimmy Rollins sea negro?
Parece que sus correctores de estilo —¿tendrá correctores de estilo este imbécil?— no notaron que se le salía el racista al Comandante.
H/T: Penúltimos días.
Una “entrevista”
Leo con angustia que el escritor Orlando Luis Pardo Lazo ha recibido una citación policial para “ser entrevistado” hoy, en la estación de la Policía Nacional Revolucionaria del municipio Diez de Octubre. La nota oficial apunta que «de no asistir a esta citación podrá ser multado según lo establecido en la ley penal vigente».De tal suerte —que es desgracia—, deseo para Pardo Lazo —y para todos los cubanos que habitan en la isla— un derecho que me asiste en mi tierra adoptiva y que queda recogido en la Cuarta Enmienda a la Constitución (de los Estados Unidos):
«El derecho de los habitantes de que sus personas, domicilios, papeles y efectos se hallen a salvo de pesquisas y aprehensiones arbitrarias, será inviolable, y no se expedirán al efecto mandamientos que no se apoyen en un motivo verosímil, estén corroborados mediante juramento o protesta y describan con particularidad el lugar que deba ser registrado y las personas o cosas que han de ser detenidas o embargadas».
martes, marzo 24, 2009
Sin violín ni tejado
***
Hoy se reestrena el musical “El Violinista sobre el Tejado” en el Aula Magna de la UCV por “Producciones Palo de Agua” y dirigido por Michel Hausmann, el hijo de mi esposo Ricardo, es decir, también hijo mío. Es la conmovedora historia de una familia judía en el pueblo de Anatevka en la Rusia Zarista la cual sufre los abusos y maltratos de un gobierno intolerante. Los habitantes de Anatevka aman, sufren y sólo aspiran a caber en su propio país: que se les respeten sus ideas, sus costumbres y su religión. Es un mensaje para la Venezuela dividida de hoy. Una Venezuela en la cual podría decirse que todos somos violinistas sobre el tejado.
Tratamos de vivir con optimismo mientras con dificultad mantenemos el equilibrio sobre el inclinado tejado del abuso, la intolerancia, la división y el totalitarismo.
Es una obra magistral que unos talentosos jóvenes venezolanos han montado pues representa la historia universal del individuo oprimido por un Estado que viola sus derechos más fundamentales. Por eso Michel Hausmann decide montar esta obra; porque representa el amor a la Venezuela que aspira y el rechazo a la intolerancia que este gobierno nos quiere imponer.
Pero a Michel le pasó hace unos días algo que jamás nos hubiéramos imaginado. Luego del cobarde y nada “resuelto” ataque a la sinagoga de Maripérez, alguien —quien pidió permanecer en el anonimato— le comunicó a Producciones Palo de Agua que la Orquesta Gran Mariscal de Ayacucho se retiraba del proyecto El Violinista sobre el Tejado por ser “una obra judía”. ¡Así será la percepción de antisemitismo que está irradiando este gobierno! La razón esgrimida fue un triste reflejo del totalitarismo rampante: temían perder el subsidio del Gobierno Nacional.
Por ello invito a mi admirado amigo José Antonio Abreu a que se pronuncie sobre esta situación. Si no lo haces, José Antonio, mañana también vendrán por ti.
Pero Producciones Palo de Agua no esperó explicaciones, siguió adelante y decidió hacer lo que se llama un “ventetu” es decir invitar de manera individual a los músicos a participar; y para esperanza de todos, muchos respondieron positivamente. Jose Antonio Abreu, otro elemento para tu reflexión.
¿Qué nos está pasando? ¿Hasta dónde va a llegar la perversidad de esta maquinaria de odios y miedos? ¿Cómo es que mis hijos ahora se van a sentir extranjeros en su propia patria al igual que se sintió mi familia en la Cuba de Fidel o mis suegros en la Alemania de Hitler?
El arraigo de Michel no sólo le viene porque es venezolano de pura cepa sino porque así lo aprendió de sus abuelos sobrevivientes del Holocausto quienes encontraron aquí un paraíso de tolerancia y amor, de su madre Verónica, de su padre Ricardo, de sus amigos y de toda mi familia. Yo no soy judía, pero me case con un judío, soy nieta de libaneses y españoles canarios. Mi madre, Belkys, es cubana y se casó con mi padre, Braulio Jatar Dotti, venezolano, fundador de Acción Democrática e hijo de libanés mientras pasaba su exilio de la dictadura de Perez Jiménez en el hotel San Luís en La Habana. Hotel que por cierto fue propiedad de mi abuelo hasta que Fidel Castro se lo quitó. En cortas palabras, yo soy nieta, hija, esposa y madre de la Venezuela de la tolerancia, del respeto y de la libertad. Cuando mi única hija Joanna Hausmann Jatar, decidió ser judía por religión, toda mi familia cristiana la acompañó con amor fuerza y admiración. A nadie se le ocurrió pensar distinto. Ese es el camino de la libertad y la dignidad, el que lo pierde por miedo, lo pierde para siempre…
Esa maldita circunstancia
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Esa maldita circunstancia
Días atrás llamaron con la noticia de un hallazgo; esta vez en la barriga de una ballena suicida, que fue descubierta, boca arriba y despanzurrada, en la península de Terranova. Allá fui con la sospecha de que ese podría ser mi último servicio como experto en verificaciones. Quizás por eso aproveché el viaje de ida y vuelta para escribir estos apuntes que ahora se convierten en una suerte de discurso sobre la historia de la “Organización Botella”. Agradezco a la junta directiva, y a todos los miembros, el reconocimiento que significa dejar en mis manos estas palabras finales. Mucho ha llovido desde que decidimos embarcarnos en nuestra causa común. Como era de esperarse, los tiempos han cambiado y las nuevas condiciones nos obligan a la recapitulación. Esa es la tarea que hoy me toca y trataré de hacerla con la mayor brevedad, comprometiéndome a respetar, dentro de la medida de mis posibilidades, el orden cronológico y la veracidad de los acontecimientos. Comenzaré por el principio.
Fue una mañana que brillaba por la ausencia de signos premonitorios, y yo pescando en el Estrecho. Digo pescar por decir sentarse al sol con un sedal sin anzuelo ni carnada, mientras los pensamientos vagan entre sandías y sandeces. A las tantas horas me percaté que la mar no estaba serena y decidí regresar. Empezaba a recoger mi red de una sola cuerda cuando sentí un golpe en la banda de babor, que es siempre la contraria de estribor y que nunca sé donde está, así que le di la vuelta al bote asomándome por la borda. Esperaba un madero, pero encontré una botella con un papelito seco en su interior: Un saludo desde aquí para los que están por allá.
Regresé a tierra firme con un salto en el estómago que sólo pudo calmar una grillada al amparo de unas julianas crujientes. Los amigos del lugar preguntaron por la pesca y, con la boca llena, puse sobre la mesa el papel desdoblado. Sucede que a veces pesco lo que no puedo entender, para eso están los demás. Sin embargo, fue bien poco lo que alcancé a sacar en medio de la algarabía que se formó. Según iban contando logré saber que una historia rodaba y rodaba por Allá, o sea, al otro lado del Estrecho visto desde aquí. Parece que la gente de Allá terminaba de leer esas palabras sin poder resistir el incontrolable deseo de embotellar sus mensajes; los de Acá, ni cortos ni perezosos, se aprestaban a coleccionarlos con verdadera fruición. Recuerdo que por esa época se comentaba uno que decía: Túnica de medio paso, zapaticos de a cent ten.
Debo reconocer que, a pesar del entusiasmo reinante, el asunto me resbaló con esa indiferencia que siempre tengo por los grandes números. Cualquier cosa que implique a muchas personas me hace pensar, de forma ineluctable, en la maldición de los círculos cerrados. Es una de las pocas creencias que tengo y se las explicaré con el mismo ejemplo que utilizaron para regalármela hace ya muchos años: dile a tu mejor amigo un gran secreto, hazle jurar que sólo se lo dirá a uno de su entera confianza, insístele sobre ese punto y siéntate a esperar. El mensaje regresará para cerrar una viciosa circunferencia que lo hará morir por disipación energética. Dos meses de resonancia y listos, pensé. Pero no, las botellas siguieron llegando con más oleadas que el día D: Dulcinea, me salaste la existencia. Ándele no más manito con el bicarbonato. Ay San Eligio, yo lo que quiero es chocolate.
Por esos días el Gobierno de Allá estaba enfrascado en la cuarta campaña de alfabetización, esta vez en chino, para variar. El asunto de los mensajes embotellados fue visto como una moda pasajera, parecida a aquella de empinar chiringas con hilo negro a las doce de la madrugada. Esto explica que la única reacción de las autoridades haya sido cambiar los frijoles amarillos por unos verdes de cáscara dura y disminuir la intensidad de la iluminación artificial. La gente andaba por Allá con tormentas en las entrañas y candiles en las manos, así escribían sus cartas flotantes. En Cantón, amor también se escribe sin H.
Fueron tantos los mensajes que por Acá decidimos crear un museo para exponerlos al mundo. Tarea bien difícil si tomamos en cuenta que nuestros ahorros y algunas subvenciones sólo alcanzaron para copar con las primeras arribadas. Hoy puedo dejar a un lado la falsa modestia y decirles que fue a este servidor a quien se le ocurrió la idea de la organización. Es algo de lo que me enorgullezco, pues me permite considerar esta obra como mía sin detenerme en las culpas de mis dudas e indiferencias iniciales. Puedo, incluso, decirles más: fui yo quien propuso buscar ayuda en los medios de difusión masiva. Con mucho esfuerzo logramos convencer a los diarios más importantes de las grandes ciudades para que publicaran una pequeña sección en sus primeras planas: “La Botella del Día”. El éxito fue rotundo. En Buenos Aires causó sensación aquella que rezaba Cuídalos Fonsina, con un pie de nota explicando que había sido encontrada por un pesquero japonés frente a las costas de Madagascar. En San Juan se comentó mucho una que pedía Vuela paloma coja, que son dos tus alas en la cresta de una ola. Y en Barcelona, aún hoy, quien no entiende algo levanta sus manos al cielo y exclama ¡Ah Tápies, Tápies! ¡Qué bien forjaba Tápies! El resultado fue una gran afluencia de donaciones, y por primera vez pudimos ser escuchados con nuestras propias voces.
Ante el mal cariz que tomaba la situación, el Obierno de Allá decidió iniciar una pequeña ofensiva. Las estratégicas reservas de frutas y vegetales fueron puestas a disposición de la población, el suministro de electricidad fue restituido y, para mayor beneplácito, se estrenaron dos telenovelas extranjeras. Paradójicamente, los de Allá reaccionaron según lo inesperado, sus mensajes fueron más extensos y alcanzaron largas distancias en sus saltos hacia el horizonte. Así fue como recibimos éste que les leeré a continuación. Lo hago porque muchos lo consideran un intento de aviso temprano sobre los tiempos que corren. El nombre del abajo firmante nos lo reservamos por razones de elemental cautela. Dice así: ¿Qué les vais a pedir si no pueden imaginar la vida en tres dimensiones? ¿Los vais a matar? ¿Porque no saben que la bala entra en el plano como un punto que se agranda en círculos excéntricos? ¿Porque si los diámetros se superponen dirán que una distorsión lateral les acarició las orejas? No perdáis vuestro tiempo, dejadlos ondular, ya llegaran al punto de inflexión, y los estaré esperando. Tendríais que verlos cuando me acerco con el martillo en la mano y mis clavos hipercúbicos entre los labios. Se sueltan a pedir otra oportunidad, a jurar que harán esto y lo otro. No me queda más remedio que decirles que está muy bien lo que dicen. Para de paso dejarles caer que tienen eones de meditación por delante. Ni cuenta se dan, siguen hablando entre juramentos y sorpresas. Muchas veces terminan con una invocación a los héroes, momento que aprovecho para darle pasto al tiempo. ¡Ah los héroes, los héroes, esos farsantes! ¿Por qué evitaron responder una pregunta tan simple?
Por Acá discutíamos sin cesar los mensajes como éste, mientras que por Allá el Bierno acusaba los primeros signos de estar llegando al límite de su paciencia. Supimos que varias divisiones de hombres-rana fueron enviadas a interceptar botellas. Los remitentes que pudieron ser identificados sufrieron penas de embotellamiento en formol y fueron remitidos hacia las facultades de medicina para el estudio de raras enfermedades tropicales. De poco sirvió el escarmiento que las autoridades quisieron dar; la gente de Allá replicó con el anonimato y a partir de ese momento firmaron sus misivas con el bíblico nombre de Jonás. Para mejor cobertura empezaron a utilizar las lenguas de antiguas campañas culturales. The true day of my soul dances in the middle of the night. Nadezhda umiraet posledney.
Intentando presionar en todos los frentes, las autoridades de Allá publicaron un bando interno. En un largo editorial se hablaba del enemigo que, sutil y silencioso, ahogaba por todas partes, el mismo que salaba la tierra, envenenaba las cosechas y que pretendía corroer, con su aliento, las bases de hierro que sustentaban la paz. Su poder maléfico había sido siempre la causa de todos los males. Una vez más buscaba emponzoñar, extendiendo las puntas de sus ondulantes brazos a los que quisieran sumarse a su obra destructora. Al Ierno de Allá no le quedaba otro remedio que una nueva ley primera: muerte al agresor y a los colaboracionistas. Una posible respuesta a semejante exabrupto la recibimos de las manos de un navegante solitario, que la encontró flotando cerca de las Islas Azores: Díganme por favor, ¿hubo policías en Numancia?
¡Guerra! Gritaron los tambores. El Erno de Allá acantonó sus ejércitos y por enésima vez llamó a la solidaridad internacional. Cada soldado recibió la orden de lanzar diez botellas por día. Fue un duro golpe para nosotros, que en unas pocas horas nos vimos desbordados por una avenida de disímiles continentes y un mismo contenido: Avanti, per sempre avanti. Llevó tiempo y mucho esfuerzo ordenar y clasificar aquel intento de confusión. Tuvimos que contratar grafólogos e ingenieros en lenguas para agrupar nuestras piezas según sus procedencias e intenciones. Al final ciertos patrones emergieron en medio del caos; por ejemplo, los mensajes solidarios se repetían entre el Champagne y los vinos caros. Cuando terminamos, el museo quedó dividido en las tres secciones que conocemos hoy: Mensajes Embotellados, Jonanismo Gubernamental y Ánforas Solidarias.
Tomando nuestra idea como un regalo, el Rno de Allá decidió hacer un censo grafológico nacional. Cada ciudadano, con independencia de edad, sexo o raza fue llamado a escribir sus vocales y sus consonantes para una base de datos que sería utilizada en la lucha contra el enemigo. Hasta los niños fueron convocados a dejar sus trazos balbucientes, y lo hicieron con mucho gusto, como si supieran que eran ellos los elegidos para ponerle la tapa al pomo. La oportunidad que aprovecharon los pequeños para lanzar sus mensajes fue la ceremonia que Acá conocemos como Fiesta del Arrepentimiento. Porque Allá, bastión al fin, se ven obligados a esconder ciertos cadáveres lanzándolos por encima de los dientes filosos de la frontera. Cada año, para calmar las conciencias, llevan a los niños hasta esos mismos lugares y les piden que lancen flores y cantos que en nada cambian el vaivén de los vientos. Pero en aquella ocasión los pequeños lanzaron sus propias palabras, y lo hicieron con letras zurdas y distintas, cada uno prestándole a otro su más bella tilde o la mejor de sus Aes. Una flor para ustedes y un beso para mi papá.
Esa fue la gota que desbordó la paciencia. El No de Allá, preocupado por las generaciones venideras, decidió apostar por las medidas extremas. Los hombres de ciencia, presionados por las circunstancias, encontraron dos grandes soluciones para defender el futuro. La primera fue pasar a la producción de botellas emplomadas (con un plan adjunto para convertir al país en una potencia mundial en el tratamiento del saturnismo infantil). La segunda fue la creación de diccionarios locales. En estos momentos ya sabemos con certeza que cada localidad ha sido dotada con un pequeño libro de palabras y acrónimos. Sólo estos términos pueden ser utilizados dentro de los límites precisos de ese territorio; el uso de un vocablo no autorizado se pena con gran severidad. La detección de un mensaje que utilice voces de una región ha sido esgrimida como prueba para castigar a los habitantes de la misma. Nos han llegado rumores de libros llenos de tachaduras y de personas que se han visto obligadas a mudarse por culpa de sus tatuajes. También sospechamos un aumento de los cantos y flores que terminan echados a las fauces sedientas del eterno enemigo.
Las señas proliferan entre los que viven Allá, mientras que los que vivimos Acá tenemos que conformarnos con el silencio y la duda. Los pocos textos que nos están llegando siembran más desconcierto que alegría. Esta es, en mi opinión, la característica fundamental de lo que llamamos la cuarta marejada. Una etapa cuyo comienzo puede ser definido por la llegada, entre los nudos de una cañabrava seca, de estos versos escritos, hace ya mucho tiempo, por un poeta casi olvidado: “Filiflama alabe cundre/ ala olalunea alífera/ alveolea jitanjáfora/ liris salumba salífera”.
Así van las cosas. Cada vez nos resulta más difícil interpretar a los que están por Allá y poco a poco nuestra perplejidad nos separa en dos grandes grupos: el de los Entendedores y el de los Desentendidos. Los primeros piensan que hay un sentido evidente en las señales que nos llegan. Para ellos un texto tiene el significado que el significante quiera darle. Traducir es, según la doctrina que defienden, un vuelo del deseo, y las ansias de saber el mejor de los cuidados para una traslación perfecta. Sin grandes complejos proponen y asumen un significado perfecto para el poema de la cañabrava: “Flama alabanza de lumbre/ olas de luna cautiva/ ánfora en mágica danza/ rumba de sal en mi lira”.
Los Desentendidos, por su parte, piensan que los de Allá no se entienden entre ellos mismos, ni con el mundo, ni con su O, y mucho menos con nosotros. Esta facción considera que cualquier intento por comprender es hacerle el juego a una circunstancia que ha llegado hasta los límites de lo permisible. Para burlarse de los descifradores han publicado una versión del texto de la cañabrava que, por razones de elemental decencia, no puedo repetir aquí.
Proponen los Desentendidos desentenderse de todo y disolver nuestra organización. En cambio, los Entendedores responden con golpes de pecho, sacan a relucir unos picos de botellas y amenazan con expulsiones. De paso niegan cualquier relación con algunos mensajes inteligibles (y apócrifos) que han aparecido recientemente. La discusión ha alcanzado su punto álgido con el descubrimiento de estas voces en un trozo de cañería forrada con caucho vulcanizado: tin marín/ de do pingüe/ cuca la maca/ la títere fue.
Los Entendedores celebran el hallazgo y reclaman a todo grito que se trata de una forma de queja comedida que tiene la gente de Allá. Para demostrarlo acuden a las acepciones de las palabras y dicen saber del pingüe beneficio que algún títere está obteniendo con un engaño muy astuto. Los Desentendidos, mientras tanto, insisten en que pudiera tratarse del estribillo perdido de una antigua tonada popular, la misma que habla, entre sus muchas estrofas, de una vieja y un viejito que se cayeron en un pozo después de haber montado cachumbambé. Una vez más se burlan de los otros bailando al ritmo de una reiteración muy pegajosa.
En fin, el cisma se profundiza y no es mi intención ahondar en el abismo. Este discurso sólo pretende crear el marco apropiado para presentarles algo que unos podrán interpretar como el final de esta historia y otros como un nuevo comienzo. Quiero aclarar que yo no participo en la polémica; mis dudas e indiferencias iniciales me invalidan para la contienda. Además, me basta con velar por la autenticidad de las palabras que otros utilizan para defenderse o agredir. Eso explica la unanimidad con que decidieron delegarme esta presentación. Creo que he cumplido mi promesa de ser breve. Para terminar los dejaré en compañía de nuestro último hallazgo. Quiero repetir que fue descubierto por un grupo de ecologistas franceses, dentro de la barriga de una ballena suicida. Puedo asegurarles que se trata de una gran adquisición, un verdadero original que nos llegó protegido por tres cilindros de madera tallada. Hasta ahora ningún lingüista ha podido encontrarle relación alguna con un idioma conocido. Le llamamos el tiritar del pigmeo y en cuanto lo lean sabrán por qué: Ágea átete gea a acétece átege cetécete teátete gécete.
Muchas gracias.
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Este texto fue publicado originalmente en La Jornada Semanal. Lo reproduzco aquí cortesía del autor.
lunes, marzo 23, 2009
Tema del traidor
repentistas, oradores
que tocan trompeta y tuba
y hacen que su canto suba
al oído del imperio.
No se rían, que esto es serio:
¡Roma transmutada en Cuba!
domingo, marzo 22, 2009
El Hermano en Jefe sueña con la gloria en el deporte



