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martes, agosto 05, 2008

Réquiem por el 5 de Agosto

Yo no tiré una piedra ni un insulto
cuando el pueblo salió a quemar el cielo
y hermano contra hermano en pleno duelo
daban cuenta de un rencor insepulto.

No formé parte de la barricada
que clamó libertad de cuerpo y mente…
(¿Yo pisaré las calles nuevamente
de lo que fue La Habana ensangrentada?).

El miedo, tan endémico a la tierra
que vio nacer a esbirros ilustrados,
me hizo quedarme en casa, cabizbajo,

perdiéndome esta despiadada guerra
de un contingente de obreros armados
contra los desvalidos, los de abajo.
____
La libertad guiando al pueblo (1830, Museo del Louvre, París),
del pintor francés Eugène Delacroix.

lunes, agosto 04, 2008

Paisaje sin río

No hace mucho, en su visita a Venezuela, Sean Penn declaró ante las cámaras que le han dado fama y fortuna: «Vine en busca de un gran país y he encontrado un gran país». La sinceridad de Penn me deslumbró: el actor optó por esconderse delante de sus prejuicios. No dijo que había ido a Venezuela a conocer el país. Penn fue, como las gallinas, directo al grano. ¿Quién tiene tiempo para conocer un país extranjero si ya decidió de antemano que es un “gran país”? Pasó por el pueblo, pero no vio las casas.

A propósito de ilusiones ópticas, hace un par de días leí un texto de Wendi Guerra titulado “La Habana y sus rutas interiores”. Por más que le di vueltas no logré reconocer esa ciudad que Guerra describe a manera de guía turística. Me llamó la atención que en el párrafo de cabecera la autora enfatizara que «no es el prisma turístico, no es el lado oficial, pero puedes decir que en sólo unos días tú sí que conociste la capital cubana». Discrepo. Siempre he pensado que La Habana ―esta Habana que describe Guerra y, ya que estamos, el resto de la isla― es una gran pecera colorida y antiséptica, diseñada para que los turistas que van ―como Sean Penn a Venezuela― en busca de un “gran país”, lo encuentren. Al margen de las cámaras desechables y los martinis a la roca quedarán los apagones, la represión, las miserias humanas, las colas del pan, los balcones al borde del colapso, la desidia que se come a la isla hambrienta mientras los neocolonialistas degustan un plato de camarones y admiran el paisaje.

El texto de Guerra contrasta con la carta que me enviara hace una semana Francesca Sammartino ―traductora de mi novela al italiano y hermana mía; no en ese orden―. Con su autorización, la reproduzco abajo, convoyada de unas fotos que tomara en el periplo mi sorella.

***
Hermano:

Aquí estamos. Acabamos de volver crecidos, diferentes, de nuestro viaje a la isla verde. Es difícil describir todo el viaje, y complejo decir lo que vimos y aprendimos, pero en fin, lo intentaré. Llegamos a La Habana por la noche, nadie nos estaba esperando y la primera cosa que me pareció rara fue que fuera del aeropuerto casi no había luces. De hecho, mientras esperábamos la guagua para el hotel, hubo un apagón (el chofer diría con un impresionante sentido del humor, un “alumbrón”, ya que parece ser la norma esa y no al revés). Nos chocó ver la gente que andaba por las calles oscuras a las tantas de la noche, tranquilitos o sentados fuera de las casas esperando no se sabe bien qué. Llegamos al hotel y nos desmayamos del cansancio.

Al día siguiente nos llamó nuestro guía que resultó ser un ambiguo personaje de casi 70 años que trabajaba para Cubatour, prácticamente el único tour operador que existe en la isla. La cosa más bonita fue saber que sólo éramos Luciano y yo los del “grupo”, eso quería decir que teníamos a un chofer y a un guía solo para nosotros.

Aquí va brevemente el tour que hicimos:
12- Llegada a La Habana
13- La Habana, Santa Clara, Trinidad
14- Trinidad
15- Trinidad, Sancti Spiritus, Camagüey
16- Camagüey, Bayamo, Santiago
17- Santiago
18-19- Santiago, La Habana
20- La Habana
21- La Habana, regreso

No sé por qué quisieron enseñarnos como primera ciudad Trinidad que sí que es bonita, muy coloreada y colonial, pero increíblemente pobre. La verdad es que durante toda la estancia no me podía creer que fuera tan pobre. Y lo que más me fastidiaba era pensar que hay un montón de gente (entre los mismos políticos que tenemos aquí) que siempre hablan de Cuba como del paraíso perdido. Y la verdad es que por naturaleza y maravilla de la gente lo es, pero no se puede esconder una pobreza tan descarada cuya motivación parece gritada a voces. Tuvimos miles de experiencias impresionantes para nosotros: ver plantas de café (¡que por lo visto no crece en paquetes de lavazza!), comer mangos desde el mismo árbol, oler el aire que sabía a flores de unos pueblitos de la montaña, ¡ver montañas con palmas! (¿pero la montaña no era aquella cosa con rocas y nieve?), ver cebúes, cocodrilos, iguanas, cangrejos que cruzaban las calles desafiando las ruedas sin piedad de nuestro chofer (uno se coló en nuestra habitación y dormimos con él), océanos de caña de azúcar, mares de personas a los lados de cualquier carretera esperando para que alguien los llevara a algún lugar, un mar preciosísimo salado y cálido, plátanos y bananas de formas y colores nunca vistos, todos los carros de los años 50 ―que no caben ni en un museo de carros de los años 50― apañados con cualquier tipo de ajuste, casas de estilo “estático-milagroso”, puros inverosímiles, niños, niñas, muchachos y hombres de una belleza despampanante de los que te preguntas si en serio no son actores o algo, tormentas tropicales que pensabas que iban a acabar con el ser humano, casas coloreadas que parecían pintadas por niños alegres (verdes, azules, rosas, rojas amarillas, como debería ser pintado el mundo), mariposas y lagartos de colores inquietantes, ridículos cambios de guardia a unos 32 grados centígrados con humedad tropical que derretían los cuerpos majestuosos de hombres en uniforme, tumbas de patriotas de guerras y patriotas del son, casas de la trova de un azul esperanzoso, culos olimpiónicos de negras generosas, ceguera hipócrita de blancos aturdidos, pavos reales, soportales decrépitos, pies hambrientos de zapatos, edificios de un pasado prometedor, amigos de primos hermanos de abuelos del que una vez prestó un bolígrafo a Hemingway para apuntarse la lista de la compra, banderas nacionales del primer tipo y del segundo, carteles de propaganda escritos por niños adultos y niños pequeños, colas para el abastecimiento, eufemismos crueles, controles ridículos de guardias en el aeropuerto, fuera del aeropuerto, cinco veces por la misma persona, aviones con hélices, falta de información, periódico de papel reciclado de solo dos colores, banderas del 26 de julio, océano aullante, hojas de todas las formas y tonalidades de verde, blanco de sonrisas, piel caoba, semillas que nunca crecerán en esta parte del charco, orgullo...

Lo que no hemos visto: libertad.

Sé que es parcial e incompleta la descripción y que llevaré bastantes cartas sobre el mismo asunto, pero en fin, por algún lado quería empezar.

Pues, nada, he de ir. Volveré a contarte cosas de la isla verde. Por ahora te dejo algunas fotos que nos costaron un maravilloso aguacero... Llegamos a Belascoaín y Neptuno y sacamos éstas; espero reconozcas algo.
___
Fotos: cortesía de Francesca Sammartino.

domingo, agosto 03, 2008

Oda al de los pies ligeros

Un excelente reportaje publicado en la más reciente edición de The New Yorker trae a la palestra a Alan Rogers, mayor del U.S. Army y ―según evidencia el artículo― una de las mentes más brillantes de la Inteligencia norteamericana. Su muerte, en enero de este año, ha desatado un debate entre quienes optan por ocultar la inclinación sexual de Rogers ―una legión en sentido literal: el ejército― y un grupo de activistas que ha decidido usarlo como punta de lanza contra la política de “Don’t Ask, Don’t Tell” (no preguntes, no digas), que establece que en tanto los miembros del ejército norteamericano no manifiesten abiertamente una “conducta homosexual”, no se les preguntará al respecto y aquí no ha pasado nada.

Hasta la presidencia de Clinton, la homosexualidad estuvo prohibida en las filas del ejército. El demócrata intentó echar por tierra esta regla, pero ante la oposición que recibiera por parte de las altas esferas del Army tuvo que conformarse con pactar ese término medio de “Don’t Ask, Don’t Tell”, que establece una diferencia ―muy borrosa, todo sea dicho― entre la homosexualidad (la cual no es prohibida en teoría) y la conducta homosexual (que conlleva expulsión inmediata del ejército).

El reportaje de The New Yorker me hizo pensar en Aquiles ―quien sostuviera una estrecha relación con Patroclo, descrita en ocasiones como profunda amistad o amor― y en el sobrenombre que le endilgara Homero en ese libro dedicado a describir la cólera del héroe “de los pies ligeros”. En la década del cuarenta del siglo pasado, el eufemismo al uso en Estados Unidos para denotar que un hombre era gay era precisamente definirlo como alguien de “pies ligeros”. No me consta que el origen de la frase sea la Ilíada y el supuesto romance entre Aquiles y Patroclo, pero el paralelo me llevó a imaginar esta política de “Don’t Ask, Don’t Tell” durante el sitio de Troya. Las líneas que siguen se desprendieron solas.

Aquiles, semidiós de pies ligeros
―desolador de la ciudad sitiada―,
decidió compartir la madrugada
con uno de sus más fieles guerreros.

No digas ni preguntes al respecto.
No toques ese tema peliagudo.
Hermánate a tu lanza y a tu escudo,
que Patroclo es su hermano predilecto.

Mañana en la batalla lloraremos
cuando el talón mortal sea perforado
y el más veloz sucumba a su destino

y en las exequias no mencionaremos
su preferencia por el bien amado.
No siempre hay que llamar al vino, vino.

sábado, agosto 02, 2008

Plegaria a San Enrique y San Francisco


(a Francisco García y Enrique Del Risco)

Cuéntame el cuento de la buena pipa
desde Hatuey hasta Elián y Pérez Roque
y la génesis del birlibirloque…
Muéstrame pata, corazón y tripa

de ese pueblo tan culto que no sabe
(o no se acuerda de) los ingredientes
del buen ajiaco o la pasta de dientes
y que nunca jamás probó el casabe.

¿Qué pasó con las páginas perdidas
de aquel diario del hombre del busto?
Cuéntalo en broma, pero con aplomo:

los desembarcos y las despedidas,
la risa y luego el llanto del Gran Susto,
la leve historia de una isla de plomo.
***
Y dice Jorge Salcedo:

Déjame que te cuente de esa Leve
Historia y su veraz anecdotario,
del orgullo risueño y solitario
de Mabuya, que esconde el doble nueve.

Acércate a observar desde la acera
la innoble imbricación de tu destino:
la muerte misteriosa de un cochino
y una cochina muerte marinera.

Comparte con trompetas, milicianos,
alzados, trepadores, rasca-panzas,
agentes del azar y de las chanzas.

Toca las vértebras de los cubanos.
Comprueba como sangran sus tetillas.
Viven a plomo. Mueren de cosquillas.

jueves, julio 31, 2008

Saturnalia

Lo triste no es que devores
a tus hijos y a tus nietos
y que siembres de esqueletos
cada sitio donde mores.
Lo triste es la persistencia
del oprobio y de la afrenta.
Lo triste es que la tormenta
lleva tu hedor y tu esencia.
Lo triste de esta tristeza
es su innegable certeza.
***
Y dice Jorge Salcedo:

Lo triste de esta tristeza
es no saberla llevar,
cambio La Habana y el mar
por llegar a esta certeza:
soy de allí y no soy de esa
única veta creado.
Huérfano, no devorado
voy aprendiendo a nacer
entre mi hoy y mi ayer:
entre aquí y el otro lado.

Huérfano, no devorado,
voy aprendiendo a nacer.
***

Lo triste de esta tristeza
acueste lado del mar
es tener, aún, que aceptar
este dolor. La certeza
de que a nadie le interesa
de nuestro pueblo el destino,
que aún impere el desatino
que nos obliga a emigrar
y que arrojarse a la mar
sea el único camino.
______
título: Saturno devorando a sus hijos
artista: Francisco Goya
año: 1819-1823
técnica: óleo sobre lienzo

miércoles, julio 30, 2008

La serpiente se muerde la cola

Barbuda, brutal y desenfrenada
la gran revolución de pacotilla
diseñó al Hombre Nuevo con arcilla,
plomo, miedo y sangre coagulada.

Y el Hombre Nuevo, en balsa improvisada,
salió a buscar la luz de la otra orilla,
cansado ya de guerra y de guerrilla,
hediondo de consigna y marejada.

El Hombre Nuevo —golem de un sistema
que (cual Saturno) devora a sus nietos—
se echó a la mar y encomendó su suerte

a Dios, al viento y cualquier teorema
y aferrado a recuerdos y amuletos
gritó su redundante: «¡Patria o muerte!».

martes, julio 29, 2008

Lectura en Montclair, Nueva Jersey

Damas y caballeros: tengan la bondad de correr la voz.

Mañana, miércoles 30 de julio, a las 7pm, en Cha Ma Gu Dao —una casa del té ubicada en 212 Glenridge Avenue, Montclair, NJ 07042—, compartiré panel con mi amigo (el poeta y traductor) Nicholas Benson. Benson leerá fragmentos de su traducción al inglés de Viaggio d’inverno y “algo de la chiflada obra de Aldo Palazzeschi”. Por mi parte, leeré esquirlas de mi traducción al inglés de Al norte del infierno, una divertidísima novela de ese animal de galaxia que es Miguel Correa Mujica. Juegos de palabras, tráfico entre lenguas, traiciones literarias y otros tópicos afines saldrán a colación.

Como dijera Obi-Wan-Kenobi: «la literatura es buena para el colesterol». Además, es probable que los asistentes al evento pierdan —o ganen, según sus necesidades— un par de libras, en el noble acto de beber té.

Dos notas al margen:

1- Esta presentación será en inglés.
2- Gracias, querida Isis. Me sumo a tu anhelo. Ojalá pudieras estar ahí.

Nos vemos.

Castro en la red de las maravillas

«¿Qué cosa es el hipertexto?»,
le pregunta el comandante
a su bovino ayudante
y éste le explica el contexto:
«La vida en la red de redes
se parece a aquel espejo
de Alicia, la del conejo:
laberinto sin paredes…».
Y el loco entendió solito:
Internet: el infinito.

Del primer objeto de su lujuria

Transcribo un cuento de Teresa Dovalpage.
***

Del primer objeto de su lujuria

La Víbora es un barrio con personalidad propia, diferente de cualquier otra zona de La Habana. La Víbora es cristiana, santera y metafísica. Tiene su Centro Rosacruz y su Loma del Burro repleta de matorrales entre los que se pudren plátanos manzanos amarrados con lazos rojos. Tiene la iglesia católica Los Pasionistas, donde las espiritistas locales les piden a los curas agua bendita para darle un toque ecuménico a su mediunidad.

San Anastasio es una calle viboreña que huele a sol y a asfalto derretido. Una calle bordeada de yerbitas que crecen en la acera por donde se pasea el gato de la carnicería —un gato gordo y negro, que responde al nombre de Musulungo. Cuando cae un aguacero de esos tropicalmente rápidos, el vaho de la tierra mojada envuelve a la calle como lluvia de semen. Así es.

En el año setenta (cuando la zafra de los Diez Millones) Teófilo vivía allá en San Anastasio, casi esquina con Vista Alegre. La casa era grande, con las paredes apagadas y musgo en los rincones. En el patio trasero crecían un árbol de naranjas agrias y un jazmín anémico cuyas pálidas florecitas sin olor cubrían la tierra cuando soplaba el viento de Cuaresma.

En el primer cuarto dormían Teófilo, Mami y el recuerdo de Papaíto. En el segundo se encerraba el abuelo, sesentón todavía fuerte y poseedor de una barriga empinada que le inflaba la camiseta como si tuviera debajo un barril de cerveza Hatuey. Lo llamaban Papá Pipón. De noche, por las rendijas de su puerta salía humo de tabaco y peste a ron.

El tercer cuarto era el último, el de allá atrás, transformado por la pronunciación barriotera del viejo y la infantil de Teófilo, en Allatrá. En Allatrá no dormía nadie, pero los ojos de un Jesucristo desteñido se enroscaban con rabia en los ojillos maliciosos de una mujer. Ésta vivía en un cuadro polvoriento que alguien había colgado frente por frente al del Sagrado Corazón.

La mujer alardeaba de unas piernas muy largas que asomaban por debajo de una falda muy corta. Tenía cara de no romper un plato, pero su sonrisita de modestia mentida no engañaba a nadie, mucho menos a su vecino de pared. En su mejilla izquierda negreaba un lunar falso y desteñido por los años. Las miradas incendiarias del Cristo censuraban en silencio a aquella flapper detenida en el tiempo, que lo retaba así a la descarada con el nacimiento del muslo.

Delante de la mujer montaba guardia un sucio vaso milagrero, para envidia del Jesús iracundo, cuya sed nadie se preocupaba de apagar. Cuando un rayo de sol del patio se deslizaba serpenteando hasta Allatrá encendía chispas polvorientas en el agua dormida. Sólo el vuelo de los moscones rasgaba la tranquilidad del cuarto, hasta el día en que Teófilo descubrió a la mujer.

A Teófilo le habían puesto así por empeño de su padre, que era loco al boxeo. Para que nos salga un campeón como Stevenson, con los cojones bien macizos, había decretado en cuanto el chiquillo nació. A la madre no le gustaba mucho el nombre, pero quien manda, manda. Su marido la convenció.

Los primeros recuerdos del futuro campeón se perdían entre besos con olor a cebolla y pellizquitos en las nalgas, prodigados por Mami. Papaíto ya no estaba. De él no quedaban más que una medalla, un par de botas viejas con huellas de tierra africana, y un uniforme verde olivo. Mi papá se murió en Angola, decía Teófilo sin pena y sin miedo. Yo no me acuerdo de él.

Los besos encebollados solían enredarse con extrañas preguntas, cuyas respuestas le habían sido dictadas al chiquillo con antelación suficiente. ¿De quién es este rabito? Beso en la frente y apretón allá abajo. De mi Mami. ¿Y de quién son estos huevitos? De mi Mami también. Beso en la barbilla, y más masacoteo. ¿Y tú me quieres mucho, nada más que a mí? Ay. Sí.

Hasta que Papá Pipón, incomodado, advirtió un día que aquello sonaba muy mal. Sentó a Teófilo en sus rodillas y, apretujando con su mano terrosa los órganos ya mencionados, le informó muy serio que debía contestar “de las muchachas” a las dos primeras interrogantes. Después fue a buscar a su hija y la puso de vuelta y media:

—¡A ver si traumatizas al chamaco con tus comemierderías, sanaca! ¿Cómo lo vas a dejar que diga que su pichita es tuya? ¿O lo quieres tener toda la vida pegado a ti, para que termine maricón?

Quizás temiendo que “las muchachas” llegasen en manada para arrebatarle su legítima propiedad, una tarde Teófilo, a solas en el cuarto, se estrujaba el rabito entre los dedos cuando Papá Pipón lo descubrió. Instintivamente, el niño soltó el cuerpo del delito y se sentó en la cama muy derecho.

—¿Qué estaba haciendo usted ahí? —preguntó el viejo con voz ácida y ojos de sapo exasperado—. ¿Qué estaba haciendo, eh?
—Nada —musitó Teófilo, poniéndose coloradísimo.
—¿Y por qué estás tan sofocado?
—Porque… me puse a saltar en el colchón.
Las arrugas de Papá Pipón se acentuaron en un visaje de simio socarrón.
—¡No seas mentiroso! ¿Te crees que yo me chupo el dedo? Si todavía tienes el pantalón abierto... ¡A los cinco años, carajo! ¡Los chiquillos de hoy nacen sabiendo sinvergüencerías!
Teófilo improvisó un puchero.
—No, no tengas miedo —el abuelo, sorpresivamente, endulzó la voz y la bajó hasta un ronroneo—. Yo no te voy a castigar, bobito. Seguro que tú no sabes bien cómo se hace. Mira, échate pa acá.

El viejo tenía dedos largos y expertos en hurgar las intimidades de hierro de los carros. Había sido mecánico de lujo, especialista en Fords, hasta que un goteo aceitoso de los lagrimales lo mandó de cabeza al patio de chatarra del mundo laboral. Con una mueca cómplice, Papá Pipón se levantó el capó de su propio carromato y le empezó a enseñar al nieto cómo mecaniquear.

A partir de ese día, Papá Pipón y su aprendiz se encerraban con engañosos pretextos en el cuarto del viejo o en Allatrá. Mientras tanto, Mami se ajetreaba en la cocina o cabeceaba inocente frente al televisor, absorta en las telenovelas o en Cocina al Minuto, de Nitza Villapol.

Pero Teófilo presentía que había algo apócrifo en aquel masajeo frenético. Adivinaba que a él le fallaba la mecánica, aunque no sabía dónde. Pues ¿por qué su rabito no explotaba en catarata cálida como el surtidor que brotaba de la tubería de Papá Pipón?

—Paciencia, hijo —lo tranquilizaba el viejo—. Dale tiempo al tiempo, que todo llega. Un día te vas a sorprender.

Aquello lo consolaba un poco, aunque, por las noches, lo perseguía la imagen del apéndice del abuelo. Éste crecía, llenando la penumbra del cuarto y eclipsando con su potencia al avergonzado rabito, diminuto y tan pálido como los jazmines anémicos que crecían en el patio.

El viejo Pipón no era malo. Pero eso sí, mejor ponerse a salvo cuando se encabronaba porque solía cegarse como un potro cerrero. Le sacó dos muelas de un bofetón a su hija Luisa, la menor, cuando ésta se enredó con un joven barbudo, un teniente rebelde recién bajado de la Sierra. El tal teniente, tronco de mulatón camagüeyano, deslumbró a la habanera ingenua y la dejó preñada, para perderse luego en la marea creciente de la burocracia militar.

A Luisa le quedó de recuerdo una mulatita de pelo malo y piel azafranada que acudía dando brincos cuando la madre berreaba ¡Algohá! A los que se interesaban por la génesis del nombre, Luisa les contestaba encogiéndose de hombros que algo había que llamarla, ¿no?

Pese a la mulatita y al marinovio evaporado, una vez que a Luisa le bajó la hemoglobina hasta las chancletas por causa de un aborto, su padre fue a cuidarla. Al fin es que la sangre es la sangre. Y estas hijas mías han estado sin la guía de una madre desde que murió mi mujer, que en paz descanse, cuando ellas eran unas señoritas. ¿Qué culpa tienen las pobres si me salieron un par de huevos cluecos en esta rebambaramba que se nos armó aquí?

—Yo me voy a pasar un par de días con su tía Luisa y su primita. Usted es ahora el hombre de la casa, así que compórtese —le advirtió Papá Pipón al nieto antes de irse.

Lucía el viejo muy serio, con un paquete bajo el brazo. En el paquete había cuatro libras de carne de tercera que el carnicero le acababa de cambiar por un ventilador americano del año cuarenta y dos.

Teófilo se quedó solo. Era sábado y Mami había ido, con resignación bolchevique, a hacer trabajo voluntario en las afueras de La Habana. El muchacho se dedicó al ilícito goce de registrar las pertenencias de los mayores. Entre las de su madre encontró una bolsa llena de blúmeres que despedían efluvios acres y una caja forrada de terciopelo rosa en la que se ocultaban adornos decadentes. Se probó una gargantilla, dos collares de perlas falsas, un pasador dorado y un corsage muy ajado de violetas marchitas.

El corsage era recuerdo piadoso de un baile al que asistieran Mami y Papaíto en el Casino Español, a finales de los años cincuenta. Papaíto estudiaba el tercer año de medicina en la universidad y compraba, cuando tenía dinero, algún bono del 26 de julio. Se había enamorado a primera vista de Mami, dependienta simpática de la Farmacia Taquechel. Ilusionado, la invitó a una cena de Noche Buena en el Casino Español. Se hicieron novios mientras compartían una pechuga de pavo y media botellita de champagne.

Aquél fue uno de los últimos bailes del Casino Español. Luego la Navidad fue desterrada por contrarrevolucionaria, el pavo por burgués y el champagne por imperialista. Mami pasó a decirles a los clientes de Taquechel (convertida en Unidad Farmacéutica número 2341) que no había ni aspirinas, y a ponerles cara de estreñimiento. Papaíto, enviado a Angola con la primera oleada de internacionalistas, trató de remendar los cuerpos destrozados de sus compañeros de armas hasta que la ráfaga del AKM ruso de un angoleño despistado lo cortó en dos a él.

Pero Teófilo, ajeno al pedazo de historia familiar que tenía delante, se aburrió pronto y pasó al cuarto del abuelo. Encontró una nube de cajetillas de cigarros vacías, un enjambre de cabos de tabaco, una botella mediada de ron y dos gavetas llenas de camisetas ripiadas y calzoncillos orinados mil veces y secados al sol del patio. Bah. Pateó con rabia un mocho de tabaco y fue al patio a jugar.

Por la tarde se metió en Allatrá, último reducto de su esperanza. Al entrar se fijó por primera vez en el retrato de la mujer, al que hasta entonces había mirado sin prestarle atención. Detrás de su vaso de agua, la flapper se levantó la falda hasta la cadera haciéndole una mueca putesca. El descubrimiento de que no llevaba blúmeres se le reflejó a Teófilo con un cosquilleo grato en la entrepierna.

De quién es este rabito y empezó a masajearlo suavemente, como Papá Pipón le había enseñado. Pero en mala hora se le ocurrió dar media vuelta, y, al tropezar su vista con el Jesús del cuadro, le pareció notar una chispa colérica en sus ojillos verdemar.

Papá Dios lo ve todo y te castiga si haces cosas feas, le había advertido Mami una vez. Los niños malos van derechito pal infierno, pero no hables de eso en la escuela porque puede perjudicar. Y si alguien te pregunta si aquí somos creyentes o si tenemos cuadros de santos o de vírgenes, tú le dices que no.

Teófilo ya sabía que con el rabito no se jugaba delante de Mami, a no ser que ella iniciara el toqueteo. Seguro que tampoco se podía manosear delante de Papá Dios. Las miradas ardientes de aquel señor tan serio lo desconcertaron y se volvió otra vez de espaldas a él, concentrándose en las piernas de la mujer, que seguía guiñándole el ojo y hurgándose con perverso placer en la pelusa oscura que tenía entre los muslos.

Pícara suerte que sonó la cerradura en ese momento y el chiquillo tuvo que salir de Allatrá echando un pie. Era la madre, que venía en mala hora a interrumpirle la ceremonia púbica y el de quién es este rabito, eh.

Por la noche se comieron la raspa empelotada del arroz, que llevaba dos días escarchándose en el refrigerador, y una tortilla de cebollas.

—Mañana voy a preparar frijoles negros, hoy estoy demasiado cansada para ponerme a cocinar —dijo Mami al servirle.
Se notaba agotada y de mal humor, después de haber pasado el día recogiendo tomates en una finca allá por Luyanó. Al filo de las nueve, la luz dijo adiós Lola y el barrio completo se ensombreció.

Teófilo masticaba callado la raspa del arroz, tan gomosa que se le adhería a los dientes como si fuera chicle. Empezó a improvisar versitos bobos:

La peste gris y blanca de la luz brillante me hace cosquillas.
¿Por qué era tan chiquita la tortilla?
Mami tiene las tetas gordas como una nube
cuando va a llover.
Pero me gustan más las otras, las de aquella mujer.

Unos bichitos de alas finas rondaban lentamente la esfera luminosa del quinqué. El niño los miraba rozándose las ingles. A cada rato desviaba la vista para escrutar los pechos de su madre, cuyos pezones se transparentaban debajo de la bata de casa.

Al levantarse de la mesa se lanzó en una carrerita de galgo hasta Allatrá. Lo paró en seco el temor a que Mami lo descubriera allí, a usted qué hace metido en ese cuarto, renacuajo, y a la oscuridad que amortajaba la casa. Se echó en su cama opaca con la promesa de mañana sí, tú verás que mañana sí.

Al fin mañana se convirtió en hoy, un hoy que era domingo rojo. Mami volvió a tener trabajo voluntario. Esta vez se trataba de barrer las calles viboreñas, que no se limpiaban desde que el ciclón Flora descuajeringó a todos los árboles que las bordeaban. El viento de Cuaresma, que soplaba implacable desde hacía una semana, contribuía al reguero desparramando polvo, hojas, ramas rotas, papeles sucios y hasta ropa que conseguía arrancar de las tendederas entre silbiditos de burla.

Teófilo se tomó la leche fría porque el gas se había ido y Mami andaba demasiado apurada para encender el reverbero.

—Pórtate bien y no salgas hasta que regrese tu abuelo —le advirtió su progenitora, que seguía de un humor de perros—. ¡Mira que te pongo de penitencia como no andes al hilo!

De penitencia puso Teófilo al Cristo, por librarse de sus miradas. Lo viró cara a la pared, apoyándolo en una mesa vieja. Y ya puesto a descolgar cuadros, descolgó también el de la mujer para observarlo a gusto, sosteniéndolo con cuidado entre los dedos de apretar el rabito. Después de soplar una capa de polvo, Teófilo pegó la nariz al cristal. Entonces percibió claramente el aroma de un perfume desconocido. Je Reviens.

—Tú eres mi novia —resolló casi ahogándose, en tanto que el rabito se le elevaba vertiginosamente hacia el techo despintado de azul—. Nosotros vamos a casarnos, eh.

Se anegó en el sofoco que le nacía en lo más profundo de la entrepierna, en la ola cálida que prometía esta vez no disolverse, sino explotar gloriosa entre sus dedos. Ahora sí, jadeaba, ahora sí, y los ojos se le cerraban para abrirse a un teatro interior donde, a colores y en plena animación, la mujer del cuadro movía rígidamente sus piernas de modelo y le mostraba con descaro la chocha peluda. Ponme la mano aquí, Macorina, pon, pon, cantaba la sonsacadora y Teófilo oía el estribillo repiquetear dentro de su cabeza. Ponme la mano aquí que la tengo fría. Pon.

—¡Degenerado, haciéndote una paja a costillas de mi señora difunta! —le desbarató la tonada el grito de Papá Pipón—. ¡De tu propia abuela! ¡Tan rebejío y tan cabrón!

Un puñetazo lanzó al niño de bruces contra el suelo. El retrato cayó con él, haciéndose añicos y entintándole la frente con los pedazos rotos del primer objeto de su lujuria.

¿Cómo va a ser mi abuela? Las abuelas son viejas y tienen canas, espejuelos y las piernas flacas y jorobadas. Las abuelas no andan por ahí enseñando la florimbamba. Cómo va a ser mi abuela si yo no tengo abuela, yo no tengo papá, yo no tengo nada.

Papá Pipón envenenaba el aire quieto de Allatrá con maldiciones viboreñas. El viento de Cuaresma, afuera, seguía haciendo volar el polvo gris sobre San Anastasio. Jesucristo, triunfante, le sacó medio palmo de lengua al chiquillo asustado. Eso es para que aprendas. ¿No sabías que Papá Dios lo ve todo y te castiga si haces cosas feas? Merecido que te lo tienes, ¿eh?

Teófilo se incorporó con el corazón desbocado. Le ardían en el mismo centro de la vida los insultos del viejo, la burla de Jesús y las cortaduras que le laceraban dedos y frente.

—Cuidadito con decir nada de esto a nadie, porque le arranco la lengua con un alicate y se la pico en la máquina de moler —le advirtió el viejo, tremebundo—. Si su madre se entera de lo que estaba haciendo, lo bota para la calle, ¿sabe? Lo manda para una beca, para Rusia, para la casa del carajo. A ella le vamos a decir que jugando con el cuadro se cayó y se cortó.

Que me manden para el infierno. Total.

El domingo rojo se cerró con las lamentaciones de Mami que regresó hambrienta, llena de polvo hasta las cejas y otra vez, por variar, con el humor emponzoñado.

—¡Ay, que por estar yo ocupándome de lo que no me importa mi hijo casi se saca los ojos! ¡Ay, que se rompió el único retrato que conservaba de la pobre mamá! ¡Ay, que se acabó el agua y ahora no me puedo bañar hasta mañana!

Media hora más tarde la luz siguió los pasos del agua. Aquella noche tampoco hubo tiempo para cocinar los frijoles. Lo único que comieron fue pan con aceite y ensalada de coles.

lunes, julio 28, 2008

El “modelo chino”

Inspirado en una caricatura de Tejuca y unas rimas de Salcedo, escribo unas líneas.
***

Raúl piensa seriamente
hurtar el modelo chino
—que andando se hace camino—,
y lo que diga la gente
del longevo combatiente
y su fuero y desatino
a Raúl le da un comino,
que para algo es “Presidente”.
Raúl sueña con “la China”
y la pasión lo domina.

domingo, julio 27, 2008

Te doy una canción con mis dos manos, con las mismas de matar

Poco antes del cierre y secuestro de su blog ―aunque no necesariamente en ese orden―, los entrañables Mickeys de Miami revivieron un episodio tristemente célebre del deporte profesional: la muerte del boxeador cubano Benny “Kid” Paret a manos de Emile Griffith. La historia es conocida: días antes de la pelea, durante el pesaje, Paret había ―supuestamente― hecho comentarios despectivos sobre las preferencias sexuales de su contrincante. Una línea que ―según la opinión pública de la época y del propio Griffith― no debía haber cruzado. Ya en el ring, el americano se dejó llevar por la ira y el duelo ―desde sus inicios y quizá sin que los contrincantes lo supieran― estuvo marcado por el signo de la muerte.

Décadas después, a raíz de su salida del armario, Griffith declararía: «Yo maté a un hombre y la mayoría de las personas lo entiende y me perdona. Sin embargo, yo amo a un hombre y eso para muchas personas es imperdonable».

La semana pasada comentaba este episodio con César Reynel Aguilera, quien además de ser un excelente escritor es aficionado al boxeo. Esta combinación ―uso la palabrita a sabiendas― se evidencia a lo largo de su novela, R.U.Y., sobre todo en el fragmento que transcribo a continuación.

***

Eso fue lo que pasó. Salieron a matarse. Ya se conocían bien y perdieron poco tiempo para meterse en el tercer ring. El réferi fue Ruby Goldstein, un buen hombre que se estaba recuperando de un infarto, y del que se dice que esa noche tuvo su peor actuación. Padrino no cree en eso, Padrino jura que es verdad que al Nano le gustaba hacerse el que estaba en malas condiciones, se hacía el muerto pa’ ver el entierro que le hacían, cuando el contrario se acercaba a prenderle la última velita el Nano lo clavaba en la lona, eso es verdad, y también es verdad que el bueno de Goldstein lo sabía. Pero eso poco importa, lo que importa es que esos dos salieron a preguntar quién merecía vivir. Porque hay cosas que no se dicen, porque hay cosas que no se hacen; y si las decimos, o las hacemos, entonces tenemos que aprender a cargar con ellas por la vida, a menos que tengamos el valor de preguntar el veredicto de los que mandan. Eso es algo que nunca van a entender los que gritan en las gradas, eso es algo que nunca van a entender los que lloran entre cuerdas de guitarras. Esos dos no se subieron allá arriba por nada ni por nadie que no fueran ellos mismos y sus asuntos pendientes con la vida. Ahora hablamos de la culpa, hablamos de la civilización, ahora decimos que estas cosas deben evitarse, que deben ser prohibidas y olvidadas, ahora queremos creer que se puede vivir sin el concurso de los guerreros, sin la compañía de los que saben mirar de frente a la muerte, de los que corren hacia el humo y el polvo, hacia la sangre y la furia, siempre en contra de la multitud. Decimos que son bobos, imbéciles, retrasados mentales que terminaron haciendo esas cosas porque no pudieron hacer otras. Pero de tanto en tanto, y de vez en vez, los dioses nos recuerdan que la civilización es el sueño de los bárbaros; y para que no lo olvidemos nos mandan un asesino a la puerta de la casa, un violador al próximo callejón, un degenerado que nos levanta sobre sus hombros para tirarnos al vacío o a las olas del mar. Ese día rezamos por un guerrero, ese día nos quedamos en una sola pieza y descubrimos el valor de un simple movimiento de nuestros brazos, ese día, coño, ese día cambiaríamos cada uno de nuestros dólares por ser capaces de tirarle un golpe a la muerte que nos corroe las entrañas. Eso fue lo que hizo Benny Kid Paret, le apostó al peso de sus palabras y salió a cumplirlas con la fuerza de sus puños. El Nano aguantó durante cinco rounds el ataque feroz de Emile Griffith, en el sexto salió a combatir sangrando por la nariz y con una herida en la ceja derecha, se estaban dando palo a palo, pero en un momento el Nano empezó a dominar, sus combinaciones empezaron a llegar con más fuerza y certeza, tiraba y tiraba con la secuencia de una ametralladora y la precisión de un francotirador, hasta que logró atrabancar a míster Griffí con una combinación que pudo haber sido mortal, pero no lo fue. Porque Padrino no se cansa de repetir que en el tercer ring las cosas suceden más despacio de lo que nadie puede imaginar, en el tercer ring los golpes se dosifican y el tiempo alcanza para echar un párrafo con la muerte, la dama se acerca melosa con su propuesta “ahora es cuando es, soy yo, o eres nada”. Y el fajador le dice que ni ella ni la madre que la parió. Que va a ser un nocao de quince segundos, los suficientes para que míster Griffí se levante y acepte las disculpas de su vencedor, o la solicitud de que traiga al marido, lo mismo da en un mundo donde no hay vencedores ni vencidos, culpables ni pecadores. Así fue la derecha que envió a Emile Griffith a la lona, la puntilla que lo clavó por ocho segundos que debieron ser quince. Pero estaban en New York, y la muerte rondaba entre las cuerdas, y el público gritaba por su ídolo, y los dioses jugaban con el tiempo. Al conteo de ocho sonó la campana, siete más le hicieron falta a míster Griffí para recuperarse. En el próximo round el Nano volvió a machacar a su contrincante, pero las cosas empezaron a cambiar, la muerte desviaba los golpes; se colgaba de los brazos del Nano y le hablaba de la leña que Gene Fullmer le había dado unos meses antes, la muerte le hacía guiños al neoyorquino y le decía que no se preocupara, Patroclo y Aquiles habían apostado por él. Así llegaron al doce, y los brazos de Emile Griffith se convirtieron en guadañas. El Nano iba retrocediendo y tropezó, fue a dar contra las cuerdas y uno de sus puños se enredó. Griffith se adelantó como un tigre y sin darle tiempo para sacar el brazo enredado lo trituró sin piedad, lo molió al ritmo de las tres sílabas que no se dicen, el brazo siguió enredado entre las cuerdas, y el bueno de Goldstein nada hizo, ¿qué iba a hacer? Si no estaban ni allí. Sus ojos vieron algo que ya estaba escrito. El Nano recibiendo golpes a mansalva, el Nano con la cabeza rebotando contra el poste de la esquina, y la muerte diciendo “ahora es cuando es, soy yo, o eres nada”. Y míster Griffí quiso ser algo más que un peleador, y el público no quiso que parara, y el réferi tampoco pudo hacerlo. Sólo dos compartían el mismo ring, uno ya estaba muerto.

―Con las zapatillas puestas.

sábado, julio 26, 2008

Aquí se construye un edificio de microbrigada

En vista de que la revolución cubana nació muerta ―aquel sangriento 26 de julio―, en Salcedo Diario le damos santo sepulcro de la mejor de las maneras: con un cadáver exquisito. Armamos el muñeco como sigue: un verso, Salcedo, otro, yo.
***
Este 26, ¡todos a la vaquería!

26 no, una sola, ésta es tu deuda:
la leche prometida no aparece,
la leche programada crece y crece
con tanta mala leche que me endeuda.

Láctea es la fe con que las masas leudas
en láctea perorata que envilece,
lácteas las reces, ¡pero no aparece
ni una res! ¡Ni los feudos me enfeudas!

Mamando marabú encontré a mi novia,
mis primas van por leche a los hoteles
y ordeñan puercos hasta la mañana.

Supera de una vez la lactofobia.
Las vacas rojinegras son peleles.
¡Que por fin llueva leche en Centro Habana!

26 de Julio: Imágenes del Gran Circo

Hoy van a festejar otra victoria
los huérfanos de todas las batallas,
los ciegos por afán con sus medallas,
los necios con sus gritos y su euforia,

los hijos de los hijos de la tierra,
los muertos convencidos y sonrientes,
la ira del campeón de los valientes,
los crédulos y su botín de guerra.

Hoy quieren empezar el festín pronto,
gozar el carnaval hasta la aurora...
El júbilo se extingue poco a poco.

«¿Victoria sobre qué?», pregunta el tonto.
Dice el líder: «Victoria abrumadora».
«Victoria indiscutible», aplaude el loco.

viernes, julio 25, 2008

De cómo Dr. Seuss predijo los penúltimos días de Fidel Castro

Traducción literal:
Y hoy el gran Yertle,
ese maravilloso ser,
es el rey del lodo.
Es todo cuanto puede ver.

Traducción al cubano:
Y hoy Fidel el marrano,
ese insólito ser,
se revuelca en el fango.
¿Qué otra cosa va a hacer?

jueves, julio 24, 2008

Avispero revuelto

Salcedo sigue haciendo de las suyas. Acaba de colgar en su blog unos versos a Antonio Guerrero, uno de los espías castristas de la tristemente célebre “Red Avispa”. Por acá, con gratitud y entusiasmo de chiquillo, le sigo la rima:

Antonio Guerrero lucha
contra el pueblo anti-castrista;
le teme a San Juan Bautista
y al bugarrón de la ducha.
Antonio Guerrero intenta
desde su celda de espía
aprender mercadería:
pondrá sus cuadros en venta.
Antonio, ilustre chivato,
tienes cárcel para rato.

Cuando lo cóncavo es convexo

Hoy, en mi trayecto al trabajo y a merced de las inclemencias del tiempo y la carretera, sintonicé mi estación de Jazz favorita justo en el momento en que Don Braden interpretaba “Speedball”, del álbum Gentle Storm. “Gentle Storm”, traducido mal y pronto al castellano, quedaría como «tormenta “gentil”, “suave”».

Este gentil contrasentido me trajo a la mente el quizá más tierno de todos los disparates que escuché en mis días en la isla. La frase es atribuida —como tantas otras— a ese inolvidable exegeta del castrismo y la mala idea que es Pedro Ross —por entonces ya a cargo de la gubernamental CTC (Central de Trabajadores de Cuba)—. La joya prosaica del susodicho rezaba:

«El periodo especial ni nos perjudica ni nos favorece. ¡Todo lo contrario!».
Recordar tamaña burrada me hizo reír, derramar café en el asiento del pasajero y salir a la caza del oxímoron perfecto. El tráfico y la lluvia me dieron la excusa; Cuba me dio los (pre)textos:

- inteligencia militar
- ministerio de cultura
- pensamiento crítico
- revolución cubana
- permiso de salida
- premio literario
- héroe nacional

Como siempre, se aceptan sugerencias.

***
Listado (ampliado) de contrasentidos
Jorge Salcedo:
- moneda nacional
- los derechos humanos que defendemos
- picadillo de soya
- higiene sexual
- Cubavisión
- Machado Ventura
- reflexiones del compañero Fidel

César Reynel Aguilera:
- órgano oficial

F.C.:
- trabajo voluntario

Constancio Baraguá (alias Cuco):
- batalla de ideas
- primer secretario
- dictadura del proletariado
- poder popular
- ministerio del azúcar,
- ministerio de agricultura,
- ministerio de la pesca,
- comandante en jefe

N:
- quedó bonita la actividad
- 31 y más pa'lante
- en el marco de esta actividad
- croqueta al plato
- oso prudencio

Bustro:
- juventud rebelde
- revolucionario honesto
- intelectual orgánico
- crítica constructiva
- nuevo vedado
- almuerzo escolar
- canción protesta
- moral revolucionaria
- periodo especial
- libreta de abastecimiento
- discurso breve
- dignidad socialista
- futuro prometedor
- derechos ciudadanos
- consejo de ayuda mutua económica

miércoles, julio 23, 2008

Chiquita Blues

Transcribo —con su venia y en exclusiva— una nota que me envió Paquito D’Rivera. A quienes vivan en Connecticut: no se pierdan el concierto.

***
Dice el Paq Man:

Aunque aún no he terminado de escribirla completa, “Chiquita Blues” —inspirada en la graciosa biografía novelada del escritor cubano Antonio Orlando Rodríguez— tendrá su estreno oficial en el festival de Jazz de Litchfield, Connecticut, el próximo 1ro de agosto.

“Chiquita Blues” es una pieza muy alegre, combinación de la armonía típica del “twelve bar Blues” americano y la estructura rítmica de contradanza cubana, de la época que le tocó vivir a la liliputiense. Será lindo estrenarla en ese festival de Litchfield que es un evento trascendente.

martes, julio 22, 2008

Salcedo Diario y Bustro Esporádico


Para dar fe de que Salcedo viene chapeando bajito, transcribo una décima suya a un señor de infeliz memoria. Y aprovecho para añadirle una coda.

Dice Salcedo:

“Eliades Acosta Matos, Secretario de Cultura del Comité Central del PCC, ha sido liberado de su cargo”, anuncia PD en exclusiva.

Eliades Acosta Matos,
un hombre de pensamiento
oficial, de gran talento
policial, marxista innato,
reformador del castrato
en castrismo, bailador
social, buen historiador
de historias, crítico impar,
se va a Madrid a salvar
los logros del logrador.

***
Y mi coda:

Eliades Acosta Matos
a España enfila su vela:
a apostar en la quiniela
y beber vinos baratos.
Hastiado de malos ratos
de la jauría se aleja
y hasta de la Habana Vieja
y sus hermanos chivatos.
Que me engañes bien, chaleco.
que tu manga tiene un hueco.

Salcedonia

La siguiente noticia me aligera la carga en medio de un día de por sí triste: Jorge Salcedo estrena blog. Y yo me tomo el descarado atrevimiento de transcribir su nota de bienvenida a sus lectores e invito a los míos a frecuentar Salcedo Diario y apoyar al vate en su intento kamikaze de colgar “un poema cada día, todos los días, por un año”.

***
Dice Salcedo:

Hace algo menos de un mes, comencé a comentar en sonetos y décimas las noticias del día y los temas propuestos en los blogs que frecuento. El ritmo de mis comentarios ha ido creciendo a diario, y con él, la sospecha de que tanto verso puede resultar un estorbo para los blogeros y sus lectores. Con esta sospecha en mente y el firme o dudoso propósito de versificar cada día, todos los días, por un año, he abierto Salcedo Diario. Aquí quedarán recogidas mis cubanerías poéticas, solo para quienes decidan, voluntariamente, someterse a su lectura. (...) Mi única promesa es un poema diario, todos los días, por un año. O perecer en el intento.

Cuando un amigo se va

Con profundo pesar, transmito la noticia del fallecimiento de María “Cuca” Pino tras una larga y penosa batalla contra el cáncer. Nuestra amistad nació a principios de este siglo, cuando nos conocimos gracias al Archivo Cuba —un imprescindible proyecto que está documentando el costo en vidas del proceso político-histórico conocido como la Revolución Cubana; este empeño es capitaneado por su hija, María Werlau—.

Cuca fue fundadora del Archivo Cuba, así como del capítulo de M.A.R. Por Cuba (Mothers Against Repression) en Puerto Rico y directora de dicha organización. La última vez que la vi en vida fue hace cuestión de cuatro meses, cuando nos reunimos en su casa para una reunión ordinaria de la Junta de Directores del Archivo Cuba. Hasta entonces, mi estima y admiración por Cuca eran muy altas, pero verla —en medio de su batalla contra la terrible enfermedad— librar otra batalla que le era igual de importante —por la memoria, verdad y justicia de las víctimas del totalitarismo cubano— me hizo tener una idea mucho más cabal de su grandeza.

Cuca nos deja en desconsuelo a quienes tuvimos la dicha y la suerte de conocerla. A su hija, mi querida María Werlau, sus nietos, familiares y amigos, les extiendo mi más sentido pésame.

En paz descanse, María “Cuca” Pino .