miércoles, marzo 25, 2009
Hablemos de pelota...
«Fue peor todavía cuando Matsuzaka dio una base por bolas y el jugador negro Jimmy Rollins, del equipo norteamericano (…)».
¿Y qué tiene que ver que Jimmy Rollins sea negro?
Parece que sus correctores de estilo —¿tendrá correctores de estilo este imbécil?— no notaron que se le salía el racista al Comandante.
H/T: Penúltimos días.
Una “entrevista”
Leo con angustia que el escritor Orlando Luis Pardo Lazo ha recibido una citación policial para “ser entrevistado” hoy, en la estación de la Policía Nacional Revolucionaria del municipio Diez de Octubre. La nota oficial apunta que «de no asistir a esta citación podrá ser multado según lo establecido en la ley penal vigente».De tal suerte —que es desgracia—, deseo para Pardo Lazo —y para todos los cubanos que habitan en la isla— un derecho que me asiste en mi tierra adoptiva y que queda recogido en la Cuarta Enmienda a la Constitución (de los Estados Unidos):
«El derecho de los habitantes de que sus personas, domicilios, papeles y efectos se hallen a salvo de pesquisas y aprehensiones arbitrarias, será inviolable, y no se expedirán al efecto mandamientos que no se apoyen en un motivo verosímil, estén corroborados mediante juramento o protesta y describan con particularidad el lugar que deba ser registrado y las personas o cosas que han de ser detenidas o embargadas».
martes, marzo 24, 2009
Sin violín ni tejado
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Hoy se reestrena el musical “El Violinista sobre el Tejado” en el Aula Magna de la UCV por “Producciones Palo de Agua” y dirigido por Michel Hausmann, el hijo de mi esposo Ricardo, es decir, también hijo mío. Es la conmovedora historia de una familia judía en el pueblo de Anatevka en la Rusia Zarista la cual sufre los abusos y maltratos de un gobierno intolerante. Los habitantes de Anatevka aman, sufren y sólo aspiran a caber en su propio país: que se les respeten sus ideas, sus costumbres y su religión. Es un mensaje para la Venezuela dividida de hoy. Una Venezuela en la cual podría decirse que todos somos violinistas sobre el tejado.
Tratamos de vivir con optimismo mientras con dificultad mantenemos el equilibrio sobre el inclinado tejado del abuso, la intolerancia, la división y el totalitarismo.
Es una obra magistral que unos talentosos jóvenes venezolanos han montado pues representa la historia universal del individuo oprimido por un Estado que viola sus derechos más fundamentales. Por eso Michel Hausmann decide montar esta obra; porque representa el amor a la Venezuela que aspira y el rechazo a la intolerancia que este gobierno nos quiere imponer.
Pero a Michel le pasó hace unos días algo que jamás nos hubiéramos imaginado. Luego del cobarde y nada “resuelto” ataque a la sinagoga de Maripérez, alguien —quien pidió permanecer en el anonimato— le comunicó a Producciones Palo de Agua que la Orquesta Gran Mariscal de Ayacucho se retiraba del proyecto El Violinista sobre el Tejado por ser “una obra judía”. ¡Así será la percepción de antisemitismo que está irradiando este gobierno! La razón esgrimida fue un triste reflejo del totalitarismo rampante: temían perder el subsidio del Gobierno Nacional.
Por ello invito a mi admirado amigo José Antonio Abreu a que se pronuncie sobre esta situación. Si no lo haces, José Antonio, mañana también vendrán por ti.
Pero Producciones Palo de Agua no esperó explicaciones, siguió adelante y decidió hacer lo que se llama un “ventetu” es decir invitar de manera individual a los músicos a participar; y para esperanza de todos, muchos respondieron positivamente. Jose Antonio Abreu, otro elemento para tu reflexión.
¿Qué nos está pasando? ¿Hasta dónde va a llegar la perversidad de esta maquinaria de odios y miedos? ¿Cómo es que mis hijos ahora se van a sentir extranjeros en su propia patria al igual que se sintió mi familia en la Cuba de Fidel o mis suegros en la Alemania de Hitler?
El arraigo de Michel no sólo le viene porque es venezolano de pura cepa sino porque así lo aprendió de sus abuelos sobrevivientes del Holocausto quienes encontraron aquí un paraíso de tolerancia y amor, de su madre Verónica, de su padre Ricardo, de sus amigos y de toda mi familia. Yo no soy judía, pero me case con un judío, soy nieta de libaneses y españoles canarios. Mi madre, Belkys, es cubana y se casó con mi padre, Braulio Jatar Dotti, venezolano, fundador de Acción Democrática e hijo de libanés mientras pasaba su exilio de la dictadura de Perez Jiménez en el hotel San Luís en La Habana. Hotel que por cierto fue propiedad de mi abuelo hasta que Fidel Castro se lo quitó. En cortas palabras, yo soy nieta, hija, esposa y madre de la Venezuela de la tolerancia, del respeto y de la libertad. Cuando mi única hija Joanna Hausmann Jatar, decidió ser judía por religión, toda mi familia cristiana la acompañó con amor fuerza y admiración. A nadie se le ocurrió pensar distinto. Ese es el camino de la libertad y la dignidad, el que lo pierde por miedo, lo pierde para siempre…
Esa maldita circunstancia
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Esa maldita circunstancia
Días atrás llamaron con la noticia de un hallazgo; esta vez en la barriga de una ballena suicida, que fue descubierta, boca arriba y despanzurrada, en la península de Terranova. Allá fui con la sospecha de que ese podría ser mi último servicio como experto en verificaciones. Quizás por eso aproveché el viaje de ida y vuelta para escribir estos apuntes que ahora se convierten en una suerte de discurso sobre la historia de la “Organización Botella”. Agradezco a la junta directiva, y a todos los miembros, el reconocimiento que significa dejar en mis manos estas palabras finales. Mucho ha llovido desde que decidimos embarcarnos en nuestra causa común. Como era de esperarse, los tiempos han cambiado y las nuevas condiciones nos obligan a la recapitulación. Esa es la tarea que hoy me toca y trataré de hacerla con la mayor brevedad, comprometiéndome a respetar, dentro de la medida de mis posibilidades, el orden cronológico y la veracidad de los acontecimientos. Comenzaré por el principio.
Fue una mañana que brillaba por la ausencia de signos premonitorios, y yo pescando en el Estrecho. Digo pescar por decir sentarse al sol con un sedal sin anzuelo ni carnada, mientras los pensamientos vagan entre sandías y sandeces. A las tantas horas me percaté que la mar no estaba serena y decidí regresar. Empezaba a recoger mi red de una sola cuerda cuando sentí un golpe en la banda de babor, que es siempre la contraria de estribor y que nunca sé donde está, así que le di la vuelta al bote asomándome por la borda. Esperaba un madero, pero encontré una botella con un papelito seco en su interior: Un saludo desde aquí para los que están por allá.
Regresé a tierra firme con un salto en el estómago que sólo pudo calmar una grillada al amparo de unas julianas crujientes. Los amigos del lugar preguntaron por la pesca y, con la boca llena, puse sobre la mesa el papel desdoblado. Sucede que a veces pesco lo que no puedo entender, para eso están los demás. Sin embargo, fue bien poco lo que alcancé a sacar en medio de la algarabía que se formó. Según iban contando logré saber que una historia rodaba y rodaba por Allá, o sea, al otro lado del Estrecho visto desde aquí. Parece que la gente de Allá terminaba de leer esas palabras sin poder resistir el incontrolable deseo de embotellar sus mensajes; los de Acá, ni cortos ni perezosos, se aprestaban a coleccionarlos con verdadera fruición. Recuerdo que por esa época se comentaba uno que decía: Túnica de medio paso, zapaticos de a cent ten.
Debo reconocer que, a pesar del entusiasmo reinante, el asunto me resbaló con esa indiferencia que siempre tengo por los grandes números. Cualquier cosa que implique a muchas personas me hace pensar, de forma ineluctable, en la maldición de los círculos cerrados. Es una de las pocas creencias que tengo y se las explicaré con el mismo ejemplo que utilizaron para regalármela hace ya muchos años: dile a tu mejor amigo un gran secreto, hazle jurar que sólo se lo dirá a uno de su entera confianza, insístele sobre ese punto y siéntate a esperar. El mensaje regresará para cerrar una viciosa circunferencia que lo hará morir por disipación energética. Dos meses de resonancia y listos, pensé. Pero no, las botellas siguieron llegando con más oleadas que el día D: Dulcinea, me salaste la existencia. Ándele no más manito con el bicarbonato. Ay San Eligio, yo lo que quiero es chocolate.
Por esos días el Gobierno de Allá estaba enfrascado en la cuarta campaña de alfabetización, esta vez en chino, para variar. El asunto de los mensajes embotellados fue visto como una moda pasajera, parecida a aquella de empinar chiringas con hilo negro a las doce de la madrugada. Esto explica que la única reacción de las autoridades haya sido cambiar los frijoles amarillos por unos verdes de cáscara dura y disminuir la intensidad de la iluminación artificial. La gente andaba por Allá con tormentas en las entrañas y candiles en las manos, así escribían sus cartas flotantes. En Cantón, amor también se escribe sin H.
Fueron tantos los mensajes que por Acá decidimos crear un museo para exponerlos al mundo. Tarea bien difícil si tomamos en cuenta que nuestros ahorros y algunas subvenciones sólo alcanzaron para copar con las primeras arribadas. Hoy puedo dejar a un lado la falsa modestia y decirles que fue a este servidor a quien se le ocurrió la idea de la organización. Es algo de lo que me enorgullezco, pues me permite considerar esta obra como mía sin detenerme en las culpas de mis dudas e indiferencias iniciales. Puedo, incluso, decirles más: fui yo quien propuso buscar ayuda en los medios de difusión masiva. Con mucho esfuerzo logramos convencer a los diarios más importantes de las grandes ciudades para que publicaran una pequeña sección en sus primeras planas: “La Botella del Día”. El éxito fue rotundo. En Buenos Aires causó sensación aquella que rezaba Cuídalos Fonsina, con un pie de nota explicando que había sido encontrada por un pesquero japonés frente a las costas de Madagascar. En San Juan se comentó mucho una que pedía Vuela paloma coja, que son dos tus alas en la cresta de una ola. Y en Barcelona, aún hoy, quien no entiende algo levanta sus manos al cielo y exclama ¡Ah Tápies, Tápies! ¡Qué bien forjaba Tápies! El resultado fue una gran afluencia de donaciones, y por primera vez pudimos ser escuchados con nuestras propias voces.
Ante el mal cariz que tomaba la situación, el Obierno de Allá decidió iniciar una pequeña ofensiva. Las estratégicas reservas de frutas y vegetales fueron puestas a disposición de la población, el suministro de electricidad fue restituido y, para mayor beneplácito, se estrenaron dos telenovelas extranjeras. Paradójicamente, los de Allá reaccionaron según lo inesperado, sus mensajes fueron más extensos y alcanzaron largas distancias en sus saltos hacia el horizonte. Así fue como recibimos éste que les leeré a continuación. Lo hago porque muchos lo consideran un intento de aviso temprano sobre los tiempos que corren. El nombre del abajo firmante nos lo reservamos por razones de elemental cautela. Dice así: ¿Qué les vais a pedir si no pueden imaginar la vida en tres dimensiones? ¿Los vais a matar? ¿Porque no saben que la bala entra en el plano como un punto que se agranda en círculos excéntricos? ¿Porque si los diámetros se superponen dirán que una distorsión lateral les acarició las orejas? No perdáis vuestro tiempo, dejadlos ondular, ya llegaran al punto de inflexión, y los estaré esperando. Tendríais que verlos cuando me acerco con el martillo en la mano y mis clavos hipercúbicos entre los labios. Se sueltan a pedir otra oportunidad, a jurar que harán esto y lo otro. No me queda más remedio que decirles que está muy bien lo que dicen. Para de paso dejarles caer que tienen eones de meditación por delante. Ni cuenta se dan, siguen hablando entre juramentos y sorpresas. Muchas veces terminan con una invocación a los héroes, momento que aprovecho para darle pasto al tiempo. ¡Ah los héroes, los héroes, esos farsantes! ¿Por qué evitaron responder una pregunta tan simple?
Por Acá discutíamos sin cesar los mensajes como éste, mientras que por Allá el Bierno acusaba los primeros signos de estar llegando al límite de su paciencia. Supimos que varias divisiones de hombres-rana fueron enviadas a interceptar botellas. Los remitentes que pudieron ser identificados sufrieron penas de embotellamiento en formol y fueron remitidos hacia las facultades de medicina para el estudio de raras enfermedades tropicales. De poco sirvió el escarmiento que las autoridades quisieron dar; la gente de Allá replicó con el anonimato y a partir de ese momento firmaron sus misivas con el bíblico nombre de Jonás. Para mejor cobertura empezaron a utilizar las lenguas de antiguas campañas culturales. The true day of my soul dances in the middle of the night. Nadezhda umiraet posledney.
Intentando presionar en todos los frentes, las autoridades de Allá publicaron un bando interno. En un largo editorial se hablaba del enemigo que, sutil y silencioso, ahogaba por todas partes, el mismo que salaba la tierra, envenenaba las cosechas y que pretendía corroer, con su aliento, las bases de hierro que sustentaban la paz. Su poder maléfico había sido siempre la causa de todos los males. Una vez más buscaba emponzoñar, extendiendo las puntas de sus ondulantes brazos a los que quisieran sumarse a su obra destructora. Al Ierno de Allá no le quedaba otro remedio que una nueva ley primera: muerte al agresor y a los colaboracionistas. Una posible respuesta a semejante exabrupto la recibimos de las manos de un navegante solitario, que la encontró flotando cerca de las Islas Azores: Díganme por favor, ¿hubo policías en Numancia?
¡Guerra! Gritaron los tambores. El Erno de Allá acantonó sus ejércitos y por enésima vez llamó a la solidaridad internacional. Cada soldado recibió la orden de lanzar diez botellas por día. Fue un duro golpe para nosotros, que en unas pocas horas nos vimos desbordados por una avenida de disímiles continentes y un mismo contenido: Avanti, per sempre avanti. Llevó tiempo y mucho esfuerzo ordenar y clasificar aquel intento de confusión. Tuvimos que contratar grafólogos e ingenieros en lenguas para agrupar nuestras piezas según sus procedencias e intenciones. Al final ciertos patrones emergieron en medio del caos; por ejemplo, los mensajes solidarios se repetían entre el Champagne y los vinos caros. Cuando terminamos, el museo quedó dividido en las tres secciones que conocemos hoy: Mensajes Embotellados, Jonanismo Gubernamental y Ánforas Solidarias.
Tomando nuestra idea como un regalo, el Rno de Allá decidió hacer un censo grafológico nacional. Cada ciudadano, con independencia de edad, sexo o raza fue llamado a escribir sus vocales y sus consonantes para una base de datos que sería utilizada en la lucha contra el enemigo. Hasta los niños fueron convocados a dejar sus trazos balbucientes, y lo hicieron con mucho gusto, como si supieran que eran ellos los elegidos para ponerle la tapa al pomo. La oportunidad que aprovecharon los pequeños para lanzar sus mensajes fue la ceremonia que Acá conocemos como Fiesta del Arrepentimiento. Porque Allá, bastión al fin, se ven obligados a esconder ciertos cadáveres lanzándolos por encima de los dientes filosos de la frontera. Cada año, para calmar las conciencias, llevan a los niños hasta esos mismos lugares y les piden que lancen flores y cantos que en nada cambian el vaivén de los vientos. Pero en aquella ocasión los pequeños lanzaron sus propias palabras, y lo hicieron con letras zurdas y distintas, cada uno prestándole a otro su más bella tilde o la mejor de sus Aes. Una flor para ustedes y un beso para mi papá.
Esa fue la gota que desbordó la paciencia. El No de Allá, preocupado por las generaciones venideras, decidió apostar por las medidas extremas. Los hombres de ciencia, presionados por las circunstancias, encontraron dos grandes soluciones para defender el futuro. La primera fue pasar a la producción de botellas emplomadas (con un plan adjunto para convertir al país en una potencia mundial en el tratamiento del saturnismo infantil). La segunda fue la creación de diccionarios locales. En estos momentos ya sabemos con certeza que cada localidad ha sido dotada con un pequeño libro de palabras y acrónimos. Sólo estos términos pueden ser utilizados dentro de los límites precisos de ese territorio; el uso de un vocablo no autorizado se pena con gran severidad. La detección de un mensaje que utilice voces de una región ha sido esgrimida como prueba para castigar a los habitantes de la misma. Nos han llegado rumores de libros llenos de tachaduras y de personas que se han visto obligadas a mudarse por culpa de sus tatuajes. También sospechamos un aumento de los cantos y flores que terminan echados a las fauces sedientas del eterno enemigo.
Las señas proliferan entre los que viven Allá, mientras que los que vivimos Acá tenemos que conformarnos con el silencio y la duda. Los pocos textos que nos están llegando siembran más desconcierto que alegría. Esta es, en mi opinión, la característica fundamental de lo que llamamos la cuarta marejada. Una etapa cuyo comienzo puede ser definido por la llegada, entre los nudos de una cañabrava seca, de estos versos escritos, hace ya mucho tiempo, por un poeta casi olvidado: “Filiflama alabe cundre/ ala olalunea alífera/ alveolea jitanjáfora/ liris salumba salífera”.
Así van las cosas. Cada vez nos resulta más difícil interpretar a los que están por Allá y poco a poco nuestra perplejidad nos separa en dos grandes grupos: el de los Entendedores y el de los Desentendidos. Los primeros piensan que hay un sentido evidente en las señales que nos llegan. Para ellos un texto tiene el significado que el significante quiera darle. Traducir es, según la doctrina que defienden, un vuelo del deseo, y las ansias de saber el mejor de los cuidados para una traslación perfecta. Sin grandes complejos proponen y asumen un significado perfecto para el poema de la cañabrava: “Flama alabanza de lumbre/ olas de luna cautiva/ ánfora en mágica danza/ rumba de sal en mi lira”.
Los Desentendidos, por su parte, piensan que los de Allá no se entienden entre ellos mismos, ni con el mundo, ni con su O, y mucho menos con nosotros. Esta facción considera que cualquier intento por comprender es hacerle el juego a una circunstancia que ha llegado hasta los límites de lo permisible. Para burlarse de los descifradores han publicado una versión del texto de la cañabrava que, por razones de elemental decencia, no puedo repetir aquí.
Proponen los Desentendidos desentenderse de todo y disolver nuestra organización. En cambio, los Entendedores responden con golpes de pecho, sacan a relucir unos picos de botellas y amenazan con expulsiones. De paso niegan cualquier relación con algunos mensajes inteligibles (y apócrifos) que han aparecido recientemente. La discusión ha alcanzado su punto álgido con el descubrimiento de estas voces en un trozo de cañería forrada con caucho vulcanizado: tin marín/ de do pingüe/ cuca la maca/ la títere fue.
Los Entendedores celebran el hallazgo y reclaman a todo grito que se trata de una forma de queja comedida que tiene la gente de Allá. Para demostrarlo acuden a las acepciones de las palabras y dicen saber del pingüe beneficio que algún títere está obteniendo con un engaño muy astuto. Los Desentendidos, mientras tanto, insisten en que pudiera tratarse del estribillo perdido de una antigua tonada popular, la misma que habla, entre sus muchas estrofas, de una vieja y un viejito que se cayeron en un pozo después de haber montado cachumbambé. Una vez más se burlan de los otros bailando al ritmo de una reiteración muy pegajosa.
En fin, el cisma se profundiza y no es mi intención ahondar en el abismo. Este discurso sólo pretende crear el marco apropiado para presentarles algo que unos podrán interpretar como el final de esta historia y otros como un nuevo comienzo. Quiero aclarar que yo no participo en la polémica; mis dudas e indiferencias iniciales me invalidan para la contienda. Además, me basta con velar por la autenticidad de las palabras que otros utilizan para defenderse o agredir. Eso explica la unanimidad con que decidieron delegarme esta presentación. Creo que he cumplido mi promesa de ser breve. Para terminar los dejaré en compañía de nuestro último hallazgo. Quiero repetir que fue descubierto por un grupo de ecologistas franceses, dentro de la barriga de una ballena suicida. Puedo asegurarles que se trata de una gran adquisición, un verdadero original que nos llegó protegido por tres cilindros de madera tallada. Hasta ahora ningún lingüista ha podido encontrarle relación alguna con un idioma conocido. Le llamamos el tiritar del pigmeo y en cuanto lo lean sabrán por qué: Ágea átete gea a acétece átege cetécete teátete gécete.
Muchas gracias.
***
Este texto fue publicado originalmente en La Jornada Semanal. Lo reproduzco aquí cortesía del autor.
lunes, marzo 23, 2009
Tema del traidor
repentistas, oradores
que tocan trompeta y tuba
y hacen que su canto suba
al oído del imperio.
No se rían, que esto es serio:
¡Roma transmutada en Cuba!
domingo, marzo 22, 2009
El Hermano en Jefe sueña con la gloria en el deporte
Sting: “Ellas bailan solas”
Aquí el original en inglés: “They Dance Alone”.
sábado, marzo 21, 2009
Estampas habaneras (XX)
Teresa Dovalpage
Tras su nacionalización, a la que siguió una década de hibernación, la antigua Sears se abrió exclusivamente para los “viajeros de la comunidad”, o, como les decía la gente, los gusanos que retornaban convertidos en polícromas mariposas. En ese sentido fue un antecedente directo de las diplotiendas de los 90. La venerable abuela de las shoppings, vaya. Como en mi familia no teníamos parientes comunitarios, no llegué a conocerla. Fatalidad.
Después cerraron el local de nuevo y pasaron tres o cuatro años más para que reencarnara como el Supermercado Centro, durante los ochenta. Allí se vendían ¡por la libre! pollos, cakes, quesitos de lujo y me parece que bebidas también. Digo “me parece” porque tampoco logré visitarlo. Dado que las colas eran más largas que la del cometa Halley, mi padre marcaba a las tres de la mañana, lo relevaba mi abuela a eso de las siete y cuando llegaba la hora de entrar, allá iba la comandanta, esto es, mi madre, que era quien decidía lo que se podía comprar y lo que no. Un día hablaré más del tema, pero les aseguro que mi familia era un matriarcado. El caso es que, por más que le pedí a la mandamás que me dejara acompañarlos, me azoró siempre. “¿Qué tienes tú que hacer ahí, chica, en medio de una cola donde te van a estar dando empujones? Ponte a estudiar o entretente con un palito y mierda, anda”.
Unos diez años más tarde, cuando el difunto Centro había vuelto a dar otra vuelta kármica, ahora transformado en un Joven Club de computación, me dirigí a sus puertas a fin de ver de cerca una computadora. Aunque a consecuencia de mi apresurado paso por la facultad de cibernética me hacía poca gracia todo lo relacionado con esta ciencia arcana, pudo más la curiosidad y allá me fui.
A la entrada del Joven Club me detuvo una guardiana envuelta en uniforme verdealgo y creo que hasta con pistolón a la cintura.
—¿Adónde tú vas?
—Yo… esto… yo soy profesora de la universidad y vengo a ver si puedo usar una computadora —tartamudeé.
—No, mija, no, ¿qué tú te piensas? Tienes que traer una autorización de tu departamento que explique para qué necesitas saber computación. Además, hay que pasar un curso primero, no es cosa de llegar y de sentarse delante de uno de esos aparatos así de a Pepe. Y luego tienes que hacerte socia del club y traer tus documentos y pedir tiempo de máquina y…
Pero en mi departamento me comunicaron que no había motivo alguno para que una simple profesora de inglés perteneciera a un Joven Club, que mejor me pusiera a traducir un artículo de Alfredo Guevara a la lengua de Shakespeare —lo que constituía el equivalente a mandarme a jugar con un palito y mierda, supongo.
No sé qué será del local ahora. ¿Es todavía un Joven Club, es una shopping, se ha convertido en patrimonio de la humanidad? Quizás, si un día regreso a Cuba, tendré más suerte y podré trasponer sus umbrales. Quizás, quizás, quizás...
viernes, marzo 20, 2009
Notas al vuelo sobre la “Primera Semana de la Cultura Cubana en Qatar”
Hay en Qatar un eventoque festeja la cultura
de la torpe dictadura,
de su medio siglo cruento.
Ay, qué dolor, qué tormento:
hay folclor y artesanía,
hay pose e hipocresía;
hay cine, música y danza;
hay infamia y destemplanza…
¡Celebran la tiranía!
jueves, marzo 19, 2009
Revista Caleta: “Apuntes en blanco y negro”
El próximo número de la revista Caleta —que en menos de una quincena verá la luz de estanquillos y librerías en Cádiz y el resto de la península— ha sido dedicado a los últimos 50 años de literatura cubana. El listado de autores que conforma dicho dossier es largo y variopinto. No destaco a ninguno —para evitarme la tarea de tener que excluir a otros—, pero sí dedico el texto mío que figura en dicho número a quienes fueran sus dos primeros (y muy sagaces) lectores: Enrique del Risco y César Reynel Aguilera.
A la revista Caleta y —en específico— a su editor, agradezco la gentileza de dar el visto bueno a la publicación de mis “Apuntes en blanco y negro” en Belascoaín y Neptuno.
A los habituales, una advertencia: la extensión del texto que sigue se aleja un poco de lo acostumbrado para el formato de blog, pero, queridos amigos, no sólo de décimas y sonetos vive el hombre.
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APUNTES EN BLANCO Y NEGRO
Todos conocemos el chiste: Fidel Castro arenga —en los albores de aquello que cínicos y optimistas decidieron llamar “la Revolución Cubana”— a una multitud enardecida. Grita que a partir de ese instante ya no habrá más blancos o negros en la isla. Explica que una verdadera revolución no se puede permitir esas distinciones. Y decreta que, de ese momento en adelante, todos serán verdes. La jauría chilla. La emoción es tangible. Los verdes en el público se abrazan. Algunos lloran. Otros se desmayan. En esas, Castro se aclara la garganta, da dos golpecitos en el micrófono con su dedo índice —ese índice que dictaría los destinos de millones de sus, ay, súbditos— y proclama: «Los verdes claro, para acá; los verdes oscuro, para allá».
Recreo esta broma de mal gusto pues hace un par de semanas, R., un entrañable amigo —cubano y escritor, aunque, según él, también tiene otros defectos—, me preguntó cuándo había descubierto que era negro. (Dicho sea de paso, R. no es su inicial verdadera: en este texto, los nombres, qué nombres, las iniciales de los implicados han sido cambiadas para proteger a inocentes y culpables). La pregunta me tomó por sorpresa. Creo que bebíamos unas copas. Creo que me atraganté al escucharla. Y creo que no supe contestarle. Quizá debí haberle dicho que no había una línea divisoria precisa; que no me era posible determinar el momento exacto en que había tomado eso que, si me perdonan el lugar común, denominaría conciencia étnica. El conocimiento, ya se sabe, es paulatino.
La pregunta de mi amigo puede resultar —a no-cubanos y a simple vista— torpe, poco seria o irracional, pero les aseguro que no lo es, máxime viniendo, como antes dije, de un avezado y avisado escritor de la isla. El hecho de que ambos hayamos nacido y crecido después del “accidente” propicia y justifica su duda, pues entre otros espejismos e ilusiones ópticas, dicho proceso (a)histórico se encargó de diseminar en suelo patrio y —sobre todo— en sus afueras la idea de que el racismo había sido erradicado de plano con la llegada de los barbudos al poder, en aquella prehistoria que fue el umbral de los años sesenta.
Para responderle (por escrito) a mi amigo, he decidido establecer una cronología mínima, una suerte de mapa personal que recoja los incidentes raciales que, para bien y mal, me configuraron. Ante todo, debo insistir en que durante mi infancia la raza como tal no estuvo presente. Ya adulto —y en el exilio— comprendería que la oración anterior es una falacia. La discriminación racial, al igual que su contraparte —que en Cuba no es la aceptación o la tolerancia, sino la negación más tozuda de la existencia de dicha discriminación racial— estaba en todas partes. Por tanto, me corrijo: la raza no estuvo presente de un modo que fuera obvio para un infante que aún no había leído a Caín.
¿Dónde y cuándo comenzó a hacerse sentir la diferencia cromática?
Gracias (es un decir) a que mi padrastro era militar —la autora de mis días pudo haberse jactado en su juventud de un pésimo gusto en materia de hombres—, pasé mis primeros años dando tumbos por toda la isla, con mi madre y este señor que me llevaban al retortero: a Camagüey, Santiago de Cuba, Holguín, otra vez Camagüey y, por fin, de regreso a La Habana, luego de una odisea de casi ocho años por el centro y el este del país.
De mi época en el (medio y lejano) Oriente, recuerdo haberme codeado con parte de la vieja y nueva alcurnia camagüeyana; haberme curado los ataques de “tos perruna” en unas obstinadas escaladas de nuestro Fiat Polski (o polaquito), el pobre, a La Gran Piedra; haber cargado infinitos cubos de agua hasta un quinto piso de un horroroso edificio santiaguero, mientras aprendía a querer y a odiar la conga que tenía el don de la ubicuidad en esa región del país; y recuerdo una sensación de malestar que no me abandonó durante el tiempo que pasamos en Holguín, un lugar que me era inhóspito desde su nombre agudo, hasta sus paisajes anodinos y su clima árido.
Para mi sorpresa actual, lo que resaltaría negativamente en mi regreso a La Habana —con doce años aún por cumplir—, no sería el tono de la piel, sino —para citar un blog que frecuento— el tono de la voz. Por aquel entonces, cursaba el cuarto grado y cantaba como el más consagrado tomeguín. (Nota a los no-cubanos: en el este del país no se habla: se trina). Bastó una semana de burlas despiadadas a mis cantares —provenientes de maestros y alumnos— y un sábado y un domingo en casa empeñados en aprender a pronunciar “páq-que” (versión habanera de “parque”) en lugar de su homólogo oriental: “palque”… a la par de otras lindezas fonéticas imprescindibles para dejar atrás ese pesado lastre. Que lo de negro va y pasa, ¡pero además santiaguero!
Ronda nocturna
La única vez que dormí en una estación de policía fue hace un par de décadas. Eso de dormir es una artimaña narrativa. No pude pegar un ojo en toda la noche. Al miedo ―aquel ente palpable― y la incertidumbre de verme en un cuarto de la temida y hasta entonces mitológica Quinta Estación de Policía de La Habana, se sumaban los dieciséis años que estaba por cumplir y el desconcierto al no entender qué había hecho para ir a dar a lugar tan aciago. Lo sorprendente del arresto de la noche anterior era precisamente que no había hecho nada. No quiero decir nada heroico o digno de mención. Digo nada. Horas antes, deambulaba por el Vedado con dos o tres amigos, luego de pasar un fin de semana acampados en algún punto distante del litoral norte. Recuerdo que a esta modalidad de campismo, por aquellos tiempos, le llamábamos «guerrilla» (tan en boga estaba el lenguaje bélico en la isla). Y, guerrilleros al fin, regresábamos a la capital andrajosos, hambrientos, felices, con ese buen humor que es a ratos producto de la adolescencia, de no tener la más mínima idea de qué pasa alrededor de uno y de creer que en realidad se vive en un país libre, cual solamente puede ser libre. Debo aclarar que el ambiente a nuestro alrededor también se prestaba para entusiasmos: andábamos en época de carnavales.
Luego de sobrevivir el viaje en unos camiones que nos dejaron en Santa Cruz del Norte y soportar el errático tren de Hersey, la quejumbrosa lanchita de Regla que nos cruzó ―como pudo― La Bahía y aquella guagua Girón que nos adelantó hasta el Páq-que Maceo, nos unimos por inercia al molote y ―evitando discusiones, puñaladas y el orine que se escurría de los baños públicos instalados de cualquier manera y a intervalos irregulares a lo largo del Malecón― caminamos rumbo oeste hasta que, ya hastiados de tanto gentío y tanto desentonar con aquella indumentaria, dejamos el Malecón y nos adentramos en una calle cualquiera.
Hasta ese momento jamás había oído hablar de zonas congeladas.
Las circunstancias del arresto fueron ―ahora lo sé― predecibles, pero no por eso menos arbitrarias. Sin darnos cuenta, habíamos entrado en el área de la Oficina de Intereses de los Estados Unidos. No tuvimos tiempo de regresar sobre nuestros pasos. Puntual como las abejas, un policía ―y luego otro y otro― se nos acercó para pedirnos el dichoso carné de identidad. Y por cuenta del pigmento de esta piel mía y el hecho de que «mi documento no estaba en orden» ―le faltaba la foto, algo que, si mal no recuerdo, era obligatorio luego de cumplir los catorce años―, en menos de lo que se cuenta nos habían detenido y nos conducían a la infame estación.
Hago un aparte: en este grupo, yo era el único “ciudadano con características” —eufemismo que sería puesto de moda entre la fuerza policial capitalina de los noventa para describir a hombres (jóvenes, por lo general) mestizos o de la raza negra—. El carné de identidad de uno de mis amigos tampoco tenía la foto reglamentaria, pero no pasó nada. El socio era blanco. Fue al llegar a mí que ardió Troya. Establecer esa conexión entre la piel y el arresto, por raro que parezca, me tomaría años. No hay que olvidar que había crecido escuchando una y otra vez las bondades de la Revolución, mientras me repetían —mi padrastro, sus colegas, cualquier imbécil que estuviera a tiro— que en la Cuba de Batista o en Estados Unidos yo sería un simple limpiabotas. (¿Han notado que aún persiste un fetiche nacional con la idea de los negros arrodillados frente a los blancos? La imagen del limpiabotas capta la esencia de este capricho erótico a plenitud).
Regreso a la Quinta Estación, de la que nos soltaron a eso de las 4 de la mañana. El padre de uno de mis amigos, un flamante coronel del Ministerio de las Fuerzas Armadas, se personó e intercedió por el grupo. (Desde aquí, una vez más, le doy las gracias). Hasta esa tarde que devino noche y madrugada, creía —con la inocencia propia de la edad— que la Revolución era la causa justa por excelencia. Alguien ha dicho que a nadie le duele un pisotón en el juanete ajeno. Y sólo entonces la bota castrista hacía su debut en mi pie. Ya llevo casi una década de vida en los Estados Unidos —¡y sin limpiar zapatos!—, o lo que es lo mismo: nueve años de no temer a que un gobierno totalitario me pise los callos, pero ahora que escribo esto no puedo menos que recordar el horror que comenzó ―y que ya no me abandonaría en mi vida en el archipiélago antropófago desde― aquella tarde remota en que La Revolución me llevó a conocer el miedo.
Los (primeros) pasos (perdidos)
Crecí con amigos de todos los colores imaginables. Y en el patio de recreo de la escuela no había razas. Tampoco las había en la cancha de fútbol, el terreno de pelota o el mismo mar de todos los veranos. En teoría, todos éramos iguales. (A mis espaldas, ya Orwell había sentenciado que «todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que los otros»). De tal suerte, varios de mis amigos de infancia me trataban como si fuera un hermano. Y la hermandad era sincera y mutua. Mientras no me tuvieran de cuñado.
Arte (facto)
Para demostrar que existe la justicia poética —y de paso cerrar un ciclo que abrieran los prevaricadores que anunciaban el fin del mundo en mi infancia en la isla—, descubrí que no era negro precisamente en Estados Unidos. El hallazgo ocurrió a principios del 2001. Unos meses antes había ideado un plan para traer de visita a Nueva York a mi madre y a F. —mi mejor amigo de mis años en la universidad—. ¿En qué consistía esta fuga que nada tendría que envidiarle a Bach o a los milimétricos cálculos de Papillón? La cosa era sencilla. Le presenté a una galería ubicada en Chelsea (Manhattan) un proyecto de exposición colectiva en el que un grupo de artistas cubanos, residentes en la isla, exploraría temas raciales. En vista de que F. era —y es, hay cosas que no cambian— blanco, no limité la participación en el proyecto a artistas negros.
Aunque Rush Arts Gallery se abarrotó durante la inauguración y llovieron las palmaditas en el hombro, la muestra (en su conjunto) no fue buena. Tampoco tenía que serlo. No me interesaba hacer carrera como curador de arte en este país. Me interesaba el reencuentro en estos predios y luego de par de años con mis seres queridos.
Durante la preparación de este show hubo un episodio que no dudaría en tildar “endémico de Cuba”. Le había enviado una carta a mi madre —que por aquellos días era rehén, es decir, vivía en La Habana—, explicándole el proyecto y el tema central de la muestra: las diferencias raciales en Cuba. La misiva, sin yo saberlo y por motivos que en esta ocasión no vienen a cuento —pero que tienen que ver con esa falta de privacidad que corroe a mi tierra—, cayó en manos de S., amigo también de los años de universidad, borrachín ilustre y trovador demérito, o sea, de mérito. Y S. se sintió en la necesidad de responder a una carta que no iba dirigida a él y —de paso— a mi osadía, blandiendo ese tabla de náufrago de la mente esclava: que los trapos sucios se lavaban en casa; que yo no tenía derecho a hablar de racismo en Estados Unidos, país rociado con la sangre de Martin Luther King, Malcolm X y otros tantos activistas negros. Mi respuesta fue simple: yo había lavado —y a él le constaba— esos trapos sucios en La Habana, pero acá había agua y mejor detergente. Esto que cuento en tres o cuatro líneas fue un intercambio de casi veinte folios que marcó el inicio del fin de nuestra amistad —que había nacido entre apagones, escasez general, pedazos de pan compartidos entre pocos y que, por ende, intuía indestructible—.
Pero decía que descubrí en los Estados Unidos que, después de todo, no, que no soy negro. No encajo en este grupo racial norteamericano. No soy parte de su cultura, no domino sus modismos. No me identifico y no me identifican. Tal es el caso que, si eres latino —esa inocua sombrilla que nos agrupa y desdibuja, esa fantasía anglo—, sin importar el color de tu piel, en el censo de este país tienes una casilla reservada que te denomina “hispano” —o cualquiera que sea el término que la corrección política nacional haya autorizado para ese día—.
La balanza
Mientras esperaba el momento de solicitar la residencia y normalizar mi vida de inmigrante —en otras palabras, en los meses que estuve ilegal en Estados Unidos—, no sentí el miedo que consumió mis años de desandar las calles de mi ciudad natal, como el ciudadano de segunda que era: otro más que malvivía ateniéndose a los muy estrictos parámetros de la ley. Hubo días en los que en las diez cuadras de trayecto a mi trabajo —era maestro de una secundaria básica en el centro habanero barrio de Cayo Hueso— era detenido por casi igual número de agentes del orden, cuya labor al parecer radicaba en pedirme el carné de identidad, comunicarse con su unidad policial para obtener información sobre mi persona y, confirmado lo confirmado, dejarme seguir mi camino… hasta que me detuviera a unos pocos metros el próximo policía. El mismo oficial que me había detenido el día anterior. El mismo oficial que me detendría el día siguiente. Sin embargo, cuando caminaba en plan alien por Nueva York, al toparme con un policía, jamás me sudó la frente, nunca me puse nervioso. ¡Hasta perdí el recelo a interactuar con ellos! Y, horror de horrores, ¡me devolvían el saludo!
La ilusión, la realidad
S. —el autor de la carta de repudio en respuesta a la exposición que organicé en Chelsea y titulé “Tenía que ser negro”— es, por supuesto, blanco. Me atrevo a decir que su primer encontronazo con el racismo fue ya de adulto, en La Habana de finales de los noventa, mientras caminaba por los alrededores del Teatro Nacional, o lo que es casi lo mismo, en el área de la Plaza de la Revolución con C. —que es negro, víctima del Síndrome de Estocolmo y vive en Alemania—. Un policía los detuvo, y le pidió el consabido carné de identidad (h)únicamente a C. S., que además de blanco y buena gente era naïve, le quiso entregar su documento al policía, pero éste le espetó que no hacía falta, que sólo quería ver los papeles de su acompañante. Dicho policía —y el detalle es importante: a esto en inglés se le llama racial profiling— era negro. S., que además de blanco y buena gente era porfiado, reiteró el reclamo. Y, para su desgracia, quizá citó a algún poeta maldito —que el policía jamás había escuchado mentar— e hizo una leve referencia a la discriminación racial —sugiriendo que el agente del orden en ese momento pecaba de dicho mal, violando así la primera ley de la subsistencia en Cuba: ¡Jamás llames racista a un negro!—. S. no esperaba la trifulca subsiguiente, como tampoco se imaginaba que este acto le haría dar con sus huesos en una estación de policía. A C. —esposado aunque sin matrimonio a la vista— no le sorprendió pasar la noche tras las rejas.
La génesis
Todo este rodeo para responderle a mi entrañable amigo su inesperada y muy sagaz pregunta. Lo cierto es que el estigma estuvo presente mucho antes de mi infeliz encuentro con la policía en La Habana de los ochenta. Y lo cierto es que mientras más lo miro, más se parece a un culebrón mexicano o brasilero, pero de los peorcitos. En este punto no resulta ocioso ni baladí señalar que mi padre, oh ironía, es daltónico. Pues bien, este caballero —y aquí lo saco del clóset racial: hijo de mulato achinado y de blanca, hombre de piel ídem y de pelo “que engaña” (esto es, que si lo corta bajito, no hay quien le haga esa pregunta que ha aterrado a tantas familias cubanas a lo largo de los años: «¿Y tu abuela dónde está?», refiriéndose, obviamente, a la posibilidad de un ancestro negro)—, quedó prendado de una belleza mestiza, pero al parecer —a mí no me crean, que no me gustan los melodramas y a estas alturas todavía nadie me ha pasado el casete de arriba abajo—, la relación no fue bien vista por mi futura familia paterna y, en medio de las presiones y los «yo no estoy para hacer trenzas», se llamó a capítulo y se separó de mi madre en pleno embarazo.
Pasó el tiempo y pasó la guagua para Alamar. Y casi tres años después, cuando le apareció a mi madre un pretendiente rubio, de ojos azules —que si la cosa funcionaba le iba a criar al negrito—, mi abuela y algunas de sus amigas empezaron a meterle a ese señor por los ojos. Y tanto da el cántaro en la fuente… El tipo era un troglodita. Era un asno con garras. Si se caía comía tierra, que la hierba es para los rumiantes.
Pero era blanco.
Así es que para responderle a mi amigo, sin caer en la tentación de los pañuelos sacados, tengo que hacer uso del condicional. Si por descubrir se entiende una imagen inteligible y consciente de la realidad, no me queda más remedio que referirme al primer episodio con la policía; por el contrario, si la palabra “descubrimiento” se extiende hasta abarcar ese concierto de señales e impresiones que un feto recibe de su madre, entonces tengo que reconocer que la primera noticia de mi negritud la tuve en la dulce oscuridad del vientre materno.
Nunca fui verde.
***
Alexis Romay
New Jersey, 15 de octubre de 2008
miércoles, marzo 18, 2009
Memoria, verdad y justicia
Sí, en el antiguo imperio —por la época en que convivían humanos y deidades— los dioses tenían la costumbre de recibir ofrendas de sus devotos. Dichas ofrendas variaban en dependencia del poder adquisitivo de quienes las hacían. Las más comunes involucraban diferentes tipos de alimentos: vegetales, frutas, miel... aunque también recibían ofrendas de animales, denominadas, no sin razón, “sacrificios”. En el altar de los sacrificios, se cortaba el cuello de la bestia —que solía ser blanca y, por lo general, de la familia de los bovinos, aunque no escatimaban aves u otros cuadrúpedos de menor tamaño—; luego, el animal era parcialmente quemado. Si la quema de la víctima era total, el acto era denominado “holocausto”. En las ocasiones en que toda la población celebraba un sacrificio público de muchos animales, el rito era conocido como una “hecatombe” (que significa “cien bueyes”).
Hoy, 18 de marzo de 2009, día en que se conmemora el sexto aniversario de la tristemente célebre Primavera Negra —aquella infame ola de represión que sacudió Cuba de uno a otro confín— y ya cumplidos cincuenta años de totalitarismo, en los que si algo se ha derrochado es precisamente sangre, me tomo la libertad de recordar al gobierno de la isla que mientras exista un cubano digno, sus crímenes no quedarán impunes ni serán olvidados.
La sangre —por suerte o por desgracia— es tan espesa como indeleble.
martes, marzo 17, 2009
La (r)evolución
lunes, marzo 16, 2009
Autorretrato con vértigo y servilleta
un jodedor sabroso y muy cubano
que se burla a diario del tirano
y su imperio vulgar y palaciego.
De mi tierra me queda un fiel apego
al desparpajo libre y soberano,
al color subversivo del verano,
al gemido de un piano viejo y ciego,
a ciertas insondables tradiciones,
a la noche que es mía y es de todos
—esa patria fugaz que me recibe
y me cura del odio y las traiciones:
de los polvos que hicieron estos lodos—
y a una tarde perdida en el Caribe.
domingo, marzo 15, 2009
Cosas y azares
La cola se partió.
Pasada la reacción inicial, sentí un alivio profundo: en mi caso, por fortuna, la cola ya ha regenerado. Sin más pesares, regresé al poema en italiano. La estrofa que escogí —de manera aleatoria— reza en el original: «Algo que ciertamente no se nombra/ con la palabra azar rige estas cosas».
sábado, marzo 14, 2009
Otorrinolaringólogo vs. podiatra
Mi respuesta fue rápida y torpe: «Yo escribo con el oído».
La de ella no tiene desperdicio: «Ok. Yo leo con el pie».
viernes, marzo 13, 2009
Estampas habaneras (XIX)
Teresa Dovalpage
Se le llamaba en tiempos más felices a la intersección de Galiano y San Rafael, como recordará todavía algún que otro habanero recalcitrante. Allá por los cincuenta, en el Ten Cent vendían helados de barquillo “a la moda americana.” Las vidrieras de Flogar y de El Encanto exhibían modelitos que parecían sacados de revistas de modas. No muy lejos, por Prado y Neptuno, se contoneaba la Engañadora, aquella chiquita que:
Estaba gordita
Muy bien formadita
Y en resumen, colosal.
Antes de que se descubriera el relleno que la aderezaba, a manera de pavo navideño…
Pero ya en los setenta no quedaban ni el olor de la Engañadora ni helados de barquillos ni ropita de moda. En cuanto al concepto de pecado, éste entonces se hallaba bastante devaluado —ahora lo está más todavía, claro—. El caso es que a mis cinco o seis años caminaba yo por aquellas calles de la mano de mi abuela, a quien se le ocurre decirme que estábamos pasando por “la esquina del pecado”.
—¿Y qué quiere decir pecado, abuela?
La susodicha hizo una pausa antes de contestarme. Miró alrededor, en silencio. Yo seguí la dirección de su mirada y vi lo mismo que ella: la acera sucia, manchada de desperdicios entre los que se destacaba un plátano podrido; Flogar cerrada por reparaciones, como medio país; cuatro pomos de champú y un par de ollas de aluminio en las vidrieras sucias del antiguo Ten Cent; una guagua Leyland que pasaba junto a nosotras, echando al aire vapores nauseabundos… Mi abuela abarcó todo aquello con un ademán y contestó, bajito:
—Esto es pecado, corazón.





