Los rumores de la muerte de Fidel Castro crecen y crecen y el público expectante —no hay que olvidar que el castrismo ha sido un espectáculo largo y sin interrupciones, un show que no por aburrido y predecible ha dejado de ser sangriento— se cuestiona la veracidad del murmullo ensordecedor y se pregunta para cuándo la próxima puesta en escena, la caída del telón, el season finale, la despedida histriónica de la Gran Diva. Todos —tanto en la isla, como en sus múltiples provincias del exilio— siempre hemos querido un palco desde el cual contemplar —y lanzarle la póstuma trompetilla— al féretro. ¡Y ya casi se nos presenta la oportunidad! ¡Qué emoción! «Showtime! Señoras y señores. Ladies and gentlemen. Muy buenas noches, damas y caballeros, tengan todos ustedes». (Cabrera Infante dixit).
Admito que hasta ahora he sido escéptico y he tirado a relajo lo relativo a la muerte de ese señor que a golpe de pistola y porrazo se hizo con el destino de mi tierra y la llevó a su más deplorable estado, pero hoy se me dificulta mucho no hacerme eco de la sospecha de que el cadáver ya se descompone. ¿En qué me baso?, preguntarán los incrédulos. Quisiera responder: «en la intuición», pero el razonamiento tiene más de lógica que de vaticinio: Castro I ha manipulado a su antojo la opinión pública internacional —ya, por fin, por desgracia, podemos decir que— durante medio siglo. (Tal es así que los chistosos aún especulan que si Napoleón hubiera tenido los órganos de prensa del dictador cubano, nadie se habría enterado de su derrota en Waterloo).
Pocas veces se manifestaron tan cabalmente sus dotes de titiritero como en la llamada Primavera Negra de 2003, fecha en que el régimen de La Habana desató una razzia en contra de la oposición pacífica cubana. En horas de la madrugada del 18 de marzo, mientras caían las primeras bombas en Iraq, a lo largo y estrecho de la isla, 79 disidentes fueron arrestados bajo cargos que —de no ser por las injustas condenas que conllevaron y que actualmente aún cumple la mayoría— serían considerados risibles por cualquier persona con dos dedos de frente. En aquella ocasión, Castro usó el incipiente conflicto bélico como cortina de humo tras la cual ocultar sus desmanes. Pero el hombre no siempre se esconde tras la noticia. A veces —por desgracia, casi siempre— prefiere el primer plano.
Pocas veces se manifestaron tan cabalmente sus dotes de titiritero como en la llamada Primavera Negra de 2003, fecha en que el régimen de La Habana desató una razzia en contra de la oposición pacífica cubana. En horas de la madrugada del 18 de marzo, mientras caían las primeras bombas en Iraq, a lo largo y estrecho de la isla, 79 disidentes fueron arrestados bajo cargos que —de no ser por las injustas condenas que conllevaron y que actualmente aún cumple la mayoría— serían considerados risibles por cualquier persona con dos dedos de frente. En aquella ocasión, Castro usó el incipiente conflicto bélico como cortina de humo tras la cual ocultar sus desmanes. Pero el hombre no siempre se esconde tras la noticia. A veces —por desgracia, casi siempre— prefiere el primer plano.
Convencido de la muerte de Fidel Castro, sólo me queda especular sobre cuándo se hará pública, oh, la madre de todas las noticias. Ya cumplido el sueño de irse a la tumba habiendo sobrevivido al cincuentenario de su arribo al poder, no habrá que llamar a expertos en numerología ni a ningún avezado politólogo para que nos expliquen que sólo existe una fecha posible para anunciar que —agotado el socialismo que preconizaba su redundante lema— al dictador no le quedó más remedio que optar por la muerte. Se equivocan quienes subestiman los delirios de grandeza del susodicho. Él se sabe el ombligo del mundo. Y para demostrarlo, hará todo lo posible por robarle cámara al primer presidente negro que llega a la Oficina Oval de la Casa Blanca. ¡Qué es eso de un negro en primera plana! (Con lo racista que siempre ha sido el Comandante). El día en que todos los diarios del mundo deberán dedicar su portada a la inauguración presidencial de Barack H. Obama, Fidel Castro —su osamenta— querrá competir con este acontecimiento.
Que lo compre quien no lo conozca, Comandante. Desde mi modesto blog, anticipando su movida, le boicoteo la sorpresa.
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Alexis Romay
Nueva Jersey
En la tribuna antiimperialista del malecón, celebrando el 50 Aniversario del triunfo de la revolución.









