Leer las siguientes variaciones con la cadencia y entonación adecuadas:
Guillermo Cabrera Infante goza con el ejercicio de la reescritura.
(Guillermo Cabrera Infante goza con el ejercicio de la reescritura).
(¿Guillermo Cabrera Infante goza con el ejercicio de la reescritura?).
(¡Guillermo Cabrera Infante goza con el ejercicio de la reescritura!).
¡Goza, Guillermo! ―Cabrera Infante― con el ejercicio, (de) la reescritura.
Guillermo Cabrera Infante, ¿goza? (¿con el ejercicio de la reescritura?).
Con el ejercicio... de la reescritura... Guillermo (Cabrera Infante)… goza.
Guillermo Cabrera Infante ―“con el ejercicio”―, ¿goza de la reescritura?
Guillermo goza con el Infante de Cabrera. ¿Ejercicio? ¡La reescritura!
Combinar hasta el infinito.
El ejercicio anterior pretende imitar modesta, tímidamente ―y quizá de forma hermética (o sea, usando las mismas palabras y sólo cambiando la intención, la sintaxis y la puntuación de la frase subvertida)― una de las técnicas favoritas de GCI: la recreación ―que es serpiente bífida: por una parte, proceso cíclico y serio (es decir, acto creativo que se repite, es decir, re-crea) y, por otra, bachata caribeña total (esto es, esparcimiento, playtime, recreo).
Si bien es cierto que en Vista del amanecer en el trópico —sobre el cual Encuentro de la Cultura Cubana me publicara este ensayo, en el número 34-35 de la revista—, el ejercicio de la reescritura es sublimado ―el autor, mediante la confrontación, el comentario y la compresión del corpus histórico-literario que le antecede, reescribe la Historia de Cuba, valiéndose exclusivamente de 101 viñetas (a falta de mejor nombre)―, es en Tres tristes tigres, su temprana consagración de la primavera isleña, donde el Infante lleva esta práctica a los límites del paroxismo.
Particularmente en dos instancias de TTT el palimpsesto se convierte en eje del libro, logrando que el leitmotif de la traducción (literaria, vernácula) y el pun-ible, pún-ico, pun-itivo, pun-tiagudo, pun-tual, pun-zante juego de palabras (puns are punishment, recuerda su traductora, Suzanne Jill Levine) ―ambos, grandes temas centrales del libro, esencia de una línea roja y traviesa que atraviesa la travesía del afligido y sin trigal trío de tigres― por momentos queden subordinados a esta técnica/ temática: la reescritura.
A pesar de lo que se pierde, debate, recupera a medias, tergiversa y disputa en las traducciones al español de los recuentos del señor y la señora Campbell ―y la consiguiente controversia que establecen sus voces en la sección «Los visitantes» (de TTT)―; a pesar del alevoso crimen de literalidad que, por momentos, comete el traductor de dichos textos; a pesar de las innecesarias note a pié di pagina que complementan, obstaculizan, aligeran, alargan sus narraciones; a pesar de las bastardillas usadas (en franca mímica del idioma inglés) en palabras y frases en español; a pesar de los neologismos, las voces tomadas en préstamo de otras lenguas, los anglicismos, los afrancesamientos, las expresiones en italiano; a pesar de que los reparos y correcciones de dichos visitantes respecto al misterioso bastón son obvias traducciones de textos originalmente escritos en la lengua de Alice in Wonderland, lo que define a este vasto fragmento (la imagen no es mía) de TTT es la existencia y el empeño por legitimarse ―pues se agolpan unas con otras/ y por eso no se matan― y, de esa forma, convertirse en realidad absoluta que demandan cada nueva traducción, cada nueva (sub)versión narrativa, cada nuevo ejercicio de reescritura.
El señor y la señora Campbell vuelven, una y otra vez, sobre sus pasos con tal de presentar sus versiones de los hechos y rectificarse el uno a la otra y viceversa; esto, en aras de establecer una verdad única («o si lo prefieren, húnica», como quería GCI) y, de paso, ganar la confianza del lector. Pero mientras la controversia (sobre la identidad, más bien, la trayectoria del bastón) acontece, dicho lector será testigo de las huellas que dejan los escritos de uno en la réplica de la otra (y a la inversa) y de cómo se reflejan ―juego de espejos que propone GCI, admirador confeso de Lewis Carroll― la anécdota de la visita a La Habana en ambas voces, en sus reparos, en sus correcciones.
La otra instancia de TTT en la que la reescritura toca su clímax es «La muerte de Trostky referida por varios escritores cubanos, años después ― o antes», en donde Cabrera Infante ―camaleón entre camaleones― cambia los colores de su prosa hasta asimilar e incorporar orgánicamente a su obra estilos tan variopintos como los de José Martí, el otro José (Lezama Lima), Virgilio Piñera, Lydia Cabrera, Lino Novás, Alejo Carpentier y Nicolás Guillén.
En esta ocasión la reescritura viene convoyada (con perdón) de una ―podría decirse elástica― capacidad de mimesis, que le permite al autor vestir la piel de estos significativos, disímiles y perfectamente reconocibles escritores cubanos. (A la par que los homenajea ―a algunos―, parodia despiadadamente sus tics narrativos). Para tal faena, GCI toma como punto de partida textos ―mejor aún, modelos literarios concretos― pre-existentes.
Cabrera Infante no sólo arranca de estos textos-modelos y, mientras avanza en la narración les cambia el derrotero, sino que desde el principio agarra el sartén por el mango, ciñe las riendas y se apropia completamente de lo que escribe. Y, entonces, escribe como Guillermo Cabrera Infante ―al respecto, entrevisto por Carlos Alberto Montaner en su libro De la literatura considerada como una forma de urticaria, señaló: «Yo no creo tener un estilo propio, si la noción de estilo significa algo más que el nombre que le damos a nuestras limitaciones. Es decir, quisiera no padecer esas limitaciones. De ahí mi amor por la parodia, que no es más que un ejercicio en apropiarse del estilo de los otros.»―, a la par que escribe como cada uno de los cubanos que usa para referir (años antes o después) la muerte del anarco.
En esta sección de Tres tristes tigres, el autor fusiona, de Martí, sus «Tres héroes» con «Los zapaticos de rosa» y el resultado es una pieza digna del mejor Modernismo: «Los hachacitos de rosa»; la carne de Trostky sangra como lo haría La carne de René, en «La tarde de los asesinos», que es su asimilación ―ah, la antropofagia― de la obra de Virgilio Piñera; donde Lino Novás Calvo alertaba: «¡Trínquenme ahí a ese hombre!», GCI le da nombre y rostro al sujeto anónimo al parafrasear: «¡Trínquenme ahí a ese Monard!»; El ocaso, de Alejo Carpentier ―escritor barroco francés del siglo XIX que escribe en español en el siglo XX, según Montaner― se transmuta en «El acoso»; y la (forzada) elegía de Guillén (Nicolás) a su Capitán Stalin queda convertida en loa al asesino Monard; mientras que de Lydia Cabrera y de Lezama Lima retoma su negritud (en ella) y su manera paradisíacamente esotérica de entender, procesar y exponer sus respectivas aristas de la realidad.
Cabrera Infante ―en entrevista concedida a Carlos Alberto Montaner en el libro antes citado― admite que: «Escribir es siempre luchar por darle forma a lo informe, ordenar un poco el caos. En ese sentido siempre me interesarán los problemas formales, que son los problemas de verdadero fondo». Pero lo cierto es que a GCI sólo le interesaban los problemas de verdadero fondo (no importa si estos fueran de carácter formal o conceptual). Sus trampas visuales (especialmente en TTT) ―entre ellas: el bustrófedon, las páginas en blanco, la página negra, la página que se mira en el espejo, el palíndromo―, sus trucos sonoros ―el trabalenguas, las trascripciones fonéticas del «cubano oriental» («La dejé hablal así na ma que pa dale coldel»), «el idioma habanero», el uso de la música (sobre todo en la parcela «Ella cantaba boleros»)―, sus juegos gráficos ―manipulaciones de las palabras dádiva, elevador, et al―, sus mañas lingüísticas ―el bilingüismo (a ratos, poliglotismo), las trascripciones fonéticas de los antedichas variantes del español cubano: la oriental y la habanera― merecen tanta consideración y crédito como la más audaz de sus hazañas conceptuales.
Si bien es cierto que, como afirma Jill Levine en The Subversive Scribe, «toda escritura es reescritura», cabría añadir que, definitivamente, toda reescritura es escritura y, por ende toda reescritura es, además, reescritura.
Y es en esta categoría ―escritura que es reescritura, reescritura que es escritura y el cúmulo de combinaciones posibles― donde, de una vez y por todas, Guillermo Cabrera, nuestro Infante, se alza de una vez y para siempre con la corona al mejor espécimen del género.
Alexis Romay
Nueva Jersey, abril de 2008
miércoles, abril 23, 2008
Todos los bastones el bastón
No ebrios
***
NO EBRIOS
se ruega a los hombres que dejen de arder
se les conmina a lanzar su memoria
lejos de los tizones y si en esos recuerdos
vienen mujeres o dolor no entren
se le ordena a ese andrajo que se ha lanzado a zigzaguear
que pare en firme y se quite las alas
las carreteras no son para el vuelo
las mesas están preparadas para la tristeza
es allí solamente que se permite llorar
junto a un vaso el cenicero una luz azul que muerde el corazón
el gobierno se compromete a mantener la penumbra
a amenizar los desgarramientos con tangos y boleros
a romperle las cartas que no indiquen precisamente desamor
se indica en los carteles que la felicidad ha de cumplir normas y horarios
inscriba en esta planilla su amor perdido
su hijo lejano su madre casi muerta
el número de algo realmente imposible
llámese hambre o cielo nómbrese del tamaño que sea
tenemos una oferta bastante especial para cadáveres que no cesan
las pasiones de infancia irán aparte cuidamos la clientela
favor no mezclar recuerdos y deudas
se nos hace difícil clasificar penas y olores
sugerimos que no se llegue al extravío
nuestra misión es que pueda sufrir con absoluta tranquilidad
siempre en ligeras dosis siempre dejando un hueco al prójimo
se sugiere con absoluta convicción
que admitimos sólo a quienes cumplan lo previsto
la desesperanza ha de tener un orden lógico
beodos hijos de la noche hombres tristes
ligeramente desgarrados
prohibido protestar cuando cerremos
el patrón les regala esta ronda
se ordena que regresen mañana o pasado
con un desgarramiento mejor.
martes, abril 22, 2008
Nunca canté en Broadway
Ramón Fernández Larrea (Bayamo, Cuba, 1958) es poeta, humorista, realizador de radio, cine y televisión. Su obra poética abarca los siguientes títulos:
· El pasado del cielo (Ediciones Unión, La Habana, 1987), Premio Nacional de Poesía «Julián del Casal», Unión de Escritores y Artistas de Cuba, en 1985.
· Poemas para ponerse en la cabeza (Editora Abril, La Habana, 1989), Premio XX Aniversario El Caimán Barbudo, La Habana, en 1986.
· El libro de las instrucciones (Colección Ciclos, UNEAC, La Habana, 1991).
· Manual de pasión (Universidad de Guadalajara, México, 1993).
· El libro de los salmos feroces (Ediciones Extramuros, La Habana, 1995).
· Terneros que nunca mueran de rodillas (Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife, 1998), Premio de poesía Julio Tovar en 1997.
· Cantar del tigre ciego (Editorial Arlequín, Libros del arrayán, Guadalajara, México, 2001).
De Fernández Larrea supe por primera vez en La Habana de finales de los ochenta. Si la memoria no me falla, la cita era en Radio Ciudad, a las cinco. La excusa: El Programa de Ramón. Con aquella mezcla de humor, frescura, irreverencia, buena música y su toque de erudición, EPR ―como los iniciados (y el propio autor) llamábamos al programa― era el mejor aliciente para aplacar el tedio de aquellas tardes de bochorno insoportable. Y así fue hasta la dichosa hora en que sin mucho miramiento ni explicaciones lo sacaron del aire. Volví a saber de Fernández Larrea luego de década y media, gracias a sus proverbiales epístolas a ciertos arquetipos cubanos ―su carta al oso Prudencio es buen botón de muestra―, que eran publicadas en Encuentro en la red. (Dichas cartas me hicieron lector asiduo del diario y, con el tiempo y un ganchito, me incitarían a colaborar en sus páginas).
Ahora ando de plácemes: el próximo viernes (25 de abril), Fernández Larrea presentará Nunca canté en Broadway, una antología personal de su poesía, en New York University. La lectura estará moderada por otro ilustre que tampoco necesita presentación: Enrique del Risco. La cita es a las 6 pm, en el 19 de University Place, salón 222. Quedan todos invitados.
Pero, marquen, que hay cola.
Diario de Campaña de José Martí (XIV)
Candil de la calle
Hoy amanecí tarareando una canción de Raúl Torres. La escuché por primera vez quizá en el otoño de 1991. Días más tarde, conocería a su autor e intérprete en una de las descargas que pululaban en La Habana alternativa de esos años. Creo que el encuentro fue en el Café Alhambra —¿del cine Payret?—. Al terminar el concierto, veintitantos insomnes nos reunimos en el césped del Capitolio a cantar nuestro descontento. Pero tanto acorde disminuido, tanto pelo largo y tanta letra inconforme estaban destinados a durar lo que la alegría en casa del pobre. Al poco rato, llegó un policía a interesarse por la identidad y el origen de los allí congregados. Alguien dijo que éramos miembros de la Asociación Hermanos Saíz —lo que era, en el mejor de los casos, una verdad a medias—. El cuadrúpedo respondió con una pregunta: «¿Que ustedes son hermanos de quién?». Risas. Energúmeno acomplejado. Congregación disuelta.“Candil de nieve” marcó mi iniciación en la guitarra y hasta hace una década la tocaba, con mil forros, en do mayor. Hace años no comulgo con la estética lacrimosa de la Nueva Trova, sin embargo, todavía recuerdo con gratitud la «fuga catatónica, nocturna» con la que —en aquella Habana plagada de candiles de cera— nos quisiera alumbrar Raúl Torres.
lunes, abril 21, 2008
Diario de Campaña de José Martí (XIII)
Cambios en Cuba
- Libre arriendo de casas y habitaciones, tanto a extranjeros como a nacionales, y posteriormente la venta controlada de inmuebles por parte de sus propietarios registrados.
- Eliminación del decreto que limita el desplazamiento de los ciudadanos dentro del país, principalmente hacia La Habana. - Compraventa sin restricción de automóviles que antes no tenían traspaso. Se estudia también la venta de autos por parte del gobierno.
Fotos: EFE.
Las venas abiertas de Eduardo Galeano
y el furor de saberse en sus palabras
incitó violentos abracadabras,
algún acto de oprobio y su paliza.
Repitió su metáfora sangrante.
Fue best-seller de la inocencia ajena.
Su índice conjuraba la condena.
Su pulgar aplastaba al discrepante.
Equivocó lo diestro y lo siniestro…
Un cubano se opuso a sus mandatos
y encontró mucho exilio y pocas nueces.
La ironía hoy actúa en favor nuestro:
sus venas se abren sólo a los ingratos,
convierten sus victorias en reveses.
domingo, abril 20, 2008
Diario de Campaña de José Martí (XII)
sábado, abril 19, 2008
Las Furias
***
8 de mayo
''Año del Esfuerzo Decisivo''
Querida tía Inocencia: (¡ay, déjate ya de esas boberías!) yo no sé si tú te acordarás de mí (¡termina esa carta pronto y ven a ayudarme a recoger los trapos!) pero yo de ti no me olvido un minuto (¡ay, eso fue lo primero que ella hizo apenas se subió al avión: enterrarnos!) a pesar de que tú te fuiste de Cuba cuando yo tenía cinco días de nacido (¡ay, corre, que ya empezó a llover!) yo soy el hijo de tu hermana Mireya (¡hijo, que me va a caer un trueno!) de Yeya como le dicen en la familia (¡ponle de tu hermana La Mula para que veas cómo se acuerda enseguida!) aquel niño que tú querías bautizar ¿te acuerdas, tía? (¡una mujer que en tantos años no nos ha escrito una letra!) y aunque no me puedo imaginar tu rostro (¡ay, pues yo sí: ella era igualitica a un chipojo!) te he empezado a reconocer entre las fotos que dejaste (¡hijo, que me va a matar un relámpago!) y por los cuentos que me hacen los mayores (¡hijo, que esa mujer ya no entiende el habla de aquí!) te diré que por aquí todos estamos bien (¡pues yo me estoy muriendo de apoplejía y de tristeza!) yo estoy muy bien extrañándote mucho (¡hijo, no le vayas a poner esa barbaridad que se va a reír de nosotros) pensando en cuando te volveremos a ver (¡hijo, tú no comprendes que esa mujer hará todo lo posible por no vernos más nunca!) pensando (¡hijo, no le escribas palabras raras que ella es un arado!) en conocer a mis primos que nacieron allá (¡que los muchachos que ella tiene son adoptados!) americanos de nacimiento (¡que ella es machorra y no puede tener familia!) yo estoy seguro que tú les hablas de nosotros (¡hijo, apúrate que se está al desbordar la cañada!) de nuestras vidas (¡si les habla de mi vida tendrá que explicarles cómo es que viven los piojos!) de lo unida que nuestra familia siempre ha sido (¡hijo, tú crees que esa mujer quisiera volver a comer fango!) aquí nadie te echa a mal que te hayas ido del país (¡que nos haya dejado es lo que no le podremos perdonar nunca!) al contrario nos alegramos (¡si esa luz toca los alambres de púa quedo carbonizada aquí mismo!) de que te vayan tan bien las cosas (a mí me dijeron que ella se había hecho millonaria vendiendo papas rellenas en la puerta de su casa) como aquí dicen que las cosas te van (¡pregúntale si es verdad que se compró la palangana eléctrica que ella siempre soñó tener!) que Dios te siga abriendo los caminos (¡hijo, si no me ayudas a recoger la ropa te la tendrás que poner mojada!) y que sigas prosperando como hasta ahora (¡hijo, basta de peroratas: la lista de las cosas que necesitamos está en la gaveta de la vitrina!) tía Ino: aquí se comenta que dentro de poco ustedes podrán visitar Cuba (¡te dije que no le escribieras palabras raras que ella es un arado!) y podrán traer lo que deseen a sus familiares (¡si le sigues dando vueltas no va a terminar de leer esa carta!) tú sabes cómo se vive aquí (¡eso no tienes que explicárselo: ella tuvo que comer hasta babosas cuando vivía aquí!) tú sabes que aquí falta desde la pasta dental hasta las dentaduras (¡ponle que yo no me lavo la boca desde 1959!) y no se sabe por cuánto tiempo esas cosas estarán en falta (¡hijo, tu única camisa blanca se me ripió toda con el alambre de púas!) queremos embullarte a que vengas (¡agrega a la lista una camisa blanca porque ésta se hizo trizas!) a pasarte una semana con nosotros (ella no va a venir: ella siempre dijo que la miseria era infecciosa) y a ver si nos traes algunas cositas que necesitamos (¡termina esa carta y ven a ayudarme con los ripios!) sin las cuales no se puede vivir (¡deja que tú veas lo que le pasó a tu camisa blanca!) mamá ha hecho una lista de las cosas que necesitamos con más urgencia (¡con más desesperación!) y te la vamos a enviar junto con esta carta para que la pongas en la pared (¡la camisa quedó que no sirve ni para trapo de culo!) para cuando te decidas a venir (¡una camisa menos!) te guíes por ella (¡si sigues con esa carta te vas a tener que envolver en una yagua!) para hacer las compras (en seguida que ella vea esa lista cambia el teléfono y se muda para otra parte) que nosotros sabemos que esas cosas no deben ser muy caras allá (¡hijo, la ropa se me ha caído toda en un fanguero!) y aquí no se encuentran a ningún precio (¡hijo, que esto es un huracán!) no olvides que aquí todas las cosas son de primera necesidad (¡ya esta ropa no sirve para más nada!) todas nos hacen la misma falta (¡no cierres el sobre todavía que mi ajustador se cayó por una cueva de arañas!) y si demoras en venir la necesidad se hará cada vez más dolorosa (¡ahora nos tendremos que sentar desnudos a esperar por ella!) también puedes enviarnos lo que se te ocurra con alguien que venga para acá (¡las vacas se han empezado a comer la ropa enfangada!) nos da mucha pena tener que pedirte todas estas cosas (¡yo me siento aquí mismo!) pero ya no tenemos escapatoria (¡vacaaaaaaa! ¡vacaaaaaaaa!) y le damos gracias a Dios de tenerte por lo menos a ti (¡que se la coman toda!) en ese país (¡yo no puedo más!) disculpa si te parece que estamos abusando de tu generosidad (¡hijo, cuando te asomes y veas lo que ha ocurrido te vas a morir de la tristeza!) pero aunque no nos envíes nada el mero hecho de decírtelo nos alivia (¿tú o alguien nos podrá socorrer?) la ropa hecha jirones sobre el potrero (tú te fuiste cuando la nueva miseria recién se instalaba) y sobre el potrero el cielo como una enorme tapia blindada (tú no te puedes imaginar lo que se siente cuando nuestro único ajustador es devorado por las arañas) impenetrable y callado cerrándonos el paso por todos los flancos (tú no te imaginas lo que se siente debajo de los cordeles de púas) asediándonos a punta de rayo (tú siempre diciéndonos que la desesperación florece entre las güásimas) como blancos perfectos para un tirador enloquecido que dispara contra la manada de lechones en estampida (tú convencida de que ni siquiera el mar detiene este tipo de espanto) que en nerviosa confusión huyen a protegerse bajo la esperanza de no ser alcanzados (tú comiendo inmundicias y babosas pero con la mirada fija en esa otra puerta) entonces la noche una noche metálica atornillada por los cuatro testeros contra las paredes del mundo (si yo pudiera hacerte la lista de las cosas que verdaderamente necesitamos) conforma en un dos por tres el techo celestial de la celda (anotaría ''estropajos'': para por lo menos tener una desgracia definida) una celda con capacidad para varios millones de seres empeñados en la quimérica labor de sobrevivir (fideos: es inconcebible tener que acudir a un pariente emigrado para conseguir unos fideos) por supuesto que irrumpirán aplausos y cantos en medio de la gran celda tapiada (una camiseta de farol chino) los cantos y el estruendo de promesas hechas a dioses altísimos que tienen en sus manos el destino de millones de gargantas (un ñame: ¿habrá ñames allá donde tú vives?) la intensidad de los aplausos creciendo con la intensidad de la asfixia (una latica de bija) las aves post-diluvianas se apresuran a recorrer los cielos tapiados (maíz: necesitamos diez mazorcas de maíz para hacer unas arepas) son ellas las encargadas de recoger la intensidad de los aplausos colectivos (tía Ino: aunque te parezca mentira necesitamos azúcar: no te aparezcas sin un saco de azúcar prieta) las vibraciones en los pechos emotivos (yo me pongo a mirar las cañas y las miro y las miro y no hay modo de transformarlas en azúcar) los colores de las mejillas amaestradas (azúcar: ven a ver esto: azúcar) que los dioses se encargarán de registrar y clasificar como las emociones correctas (tú no te imaginas lo que se siente cuando bebemos refresco de limón al tiempo sin limón y sin azúcar) y habrá recompensas si los pechos cimbran y se estremecen (tú no te imaginas lo que sienten las ratas escogidas para experimentos de laboratorio) entonces tal vez entonces los dioses corran las cortinas y permitan el paso de la luz hasta el piso de la celda (tú no sabes lo que se siente debajo de los cordeles de púas arrente al piso de esta celda) tú ni nadie que no seamos nosotros se lo imagina...
Diario de Campaña de José Martí (XI)
El marido mató al chino denunciante de su rancho, y a otro―a Caridad la hirieron por la espalda; el marido se rodó muerto―la guerrilla huyó―Caridad recoge su hija al brazo, y chorreando sangre, se les va detrás: “si hubiera tenido un rifle”. Vuelve, llama a su gente, entierran al marido, manda por Boza: “¡vean lo que me han hecho!” Salta la tropa: queremos ir a encontrar a ese capitán. No podía estar sentado en el campamento. Caridad enseñaba su herida. Y siguió viviendo, predicando, entusiasmando en el campamento. Entra el vecino dudoso Pedro Gómez y trae de ofrenda café y una gallina.―Vamos haciendo almas.―Valentín, el español que se le ha puesto a Gómez de asistente, se afana en la cocina.―Los seis hombres de Ruenes hacen su sancocho al aire libre.―Viene Isidro, muchachón de ojos garzos, muy vestido, con sus zapatos orejones de vaqueta: ése fue el que se nos apareció donde Pineda, con un dedo recién cortado: no puede ir a la guerra: “tiene que mantener tres primos hermanos”. A las 2 ½ después del chubasco, por lomas y el río Guayabo, al mangal, a 1 legua de Imía. Allí Felipe Dom, el alcalde de P.―Juan Rodríguez nos lleva, en marcha ruda de noche, costeando vecinos, a cerca del alto de la Yaya.
viernes, abril 18, 2008
Fragmento de mi discurso humano
Al norte del infierno naufragamos,
entre un idioma extraño y gente extraña,
enredados en una telaraña
de nostalgia, dolores y reclamos:
reclamos de un pasado que regresa
(esa factura nunca antes pagada),
y en esta telaraña ilusionada,
reinventamos la patria y su certeza,
recordamos las tardes en Atillo,
las tiñosas, las mujeres decentes,
los telegramas que anunciaban guerra,
aquel bodrio en lugar de picadillo,
los discursos, las jaulas, los tenientes…
¡y más nos aferramos a esta tierra!
Diario de Campaña de José Martí (X)
Furia de la independencia
Transcribo un fragmento de Al norte del infierno, de Miguel Correa Mujica.
***
¡Cállense! ¡Cállense, que no la van a abrir! ¡Cállense y siéntense, que si no, no la van a abrir! ¡Qué gente ésta tan estúpida! ¡Señores! ¡Qué ignorancia! ¡Apaga ese radio, vejigo! No te muevas de mi lado, que te cogen el puesto y se acabó tu viaje. ¡Hasta que no se organicen, no la van a abrir! Los perjudicados somos nosotros, señores. No se cuelen, hagan la cola. Allá dentro hay espacio para todo el mundo. Y mientras más se demoren en abrir, más gente va llegando. Parecen bestias. ¡Señores! Cuando él se asome y vea este molote desorganizado, no la va a abrir. ¡Señores! No echen a perder lo que ya tenemos adelantado. Llevamos cinco días frente a esta embajada, y ahora, en el último momento, que ya están al abrir, ustedes con esa molotera y esa bulla. Por Dios, callen a esos niños, apaguen los radios, desaparten a esos dos. Madre mía. Seguro que él ya se asomó. Seguro, seguro, seguro que ya se asomó y los vio. ¿Tú crees que alguien va a abrir con este desorden? Imposible, im-po-si-ble. Yo tampoco abriría. ¿Para qué, para que me pelen el jardín? Él se tuvo que haber asomado ya, porque ya era la hora de abrir. A no ser que esté desayunando. Pero ahí sí sé que está, porque nadie lo va a dejar salir sin abrir primero. A lo mejor lo ha dejado para mañana o para el viernes, que está feriado. Aunque no creo que él sea tan cruel de tenernos aquí así como si fuéramos los árboles de la avenida, sin condiciones para tenernos aquí, así, sin movernos de esta cola por tantos días, con sed y hambre, con dolores diversísimos. Y todo el mundo sabe que va a abrir, porque si no, la gente se fuera. No hemos perdido la esperanza de irnos del país. Y no fue él el que nos dio esa esperanza. Esa esperanza nos la dio el edificio mismo, la sede. Porque ese edificio quiere decir: irse del país. Esa construcción emana la suerte de podernos ir. Porque a través de ese edificio la gente se va, llega, huye, le saca la lengua, le dice una barbaridad, o sencillamente coge y escupe, o le tira una fotografía, o le enseña el fondillo nada más, a este país. ¡Ay, edificio mágico y bienaventurado, digno y virgen entre los demás edificios sometidos igual que nosotros! ¡Quién fuera la última loza de tu traspatio, la taza de tu inodoro, la pared más vieja, el respiradero de tu cocina! ¡Felices partes! Hasta las débiles plantas que adornan tu interior son más bellas que toda nuestra naturaleza, que todos nuestros árboles, torcidos y anudados a más no poder, jorobados y resecos a más no poder, sin fruto en todo el año, sin hojas masticables, metidos en el piso hasta la cintura para que no se puedan escapar de este país. Edificio todopoderoso, santo y divino, ahí estás para vergüenza de los demás que te rodean, sucios y detenidos para siempre, amarrados por debajo al núcleo de la Tierra. Bien que te conozco, bien que te he soñado. Sé del olor de tus maderos, del viento que conecta tus habitaciones espaciosas, de la suave melodía que rechinan tus ventanas enormes, de las plegarias a Dios que cada noche cuchicheas. Sé de todos tus secretos, del terror a que termine la cerca divisoria que te uniría a nuestros días, porque los días que aquí transcurren no son los que transcurren entre tus paredes silenciosas. Sé de tu incontrolable pánico a caer bajo la enumeración, a ser la siguiente cifra, y por tanto, invitado a la barbarie. Nosotros también tememos por ti, edificio, más que por nosotros mismos. Nosotros ya padecemos estas fiebres por muchos años; apenas notamos ya cuán minados y carcomidos nos tienen. Tú, en cambio, eres sano, erguido, libre; te levantas día a día con esa furia de la independencia, con esa soberbia que emana, exclusivamente, todo aquello que puede tomar decisiones. Y por eso eres distinto, meritorio, majestuoso y monolítico. Por ti tememos, edificio, porque sabemos que sólo tú sigues produciendo la esperanza; sólo tú, en toda esta comarca, nos hablas de otra cosa, de un lejano individuo que, al igual que tú, puede tomar o desechar a su antojo. Eso es lo que nos estás tratando de decir hace tanto tiempo. Y nosotros sin entenderte, sin saber qué hacías aquí donde no hay nada grandioso que hacer. Hasta que nos dimos cuenta de que tú tenías que tener alguna función entre nosotros. Porque si tú ni meneas papeles comerciales con nosotros, ni te interesará menearlos nunca, ni te mezclas con nosotros, ni sacas ni traes nada, ni sales en ningún periódico, ni te da una rabieta como aquí a todo el mundo le da, ni hablas yo creo, ¿qué haces tú aquí entonces? Fue así que nos dimos cuenta. ¿Cómo no trataste de hablarnos antes; cómo no sacaste un pañuelo o nos hiciste una murumaca? Tu mera presencia lo explicaba todo. ¡Cuánto tiempo perdimos! La más sencilla seña que nos hubieras hecho, la más complicada, nos hubiera traído a tiempo toda tu importancia. Nosotros sólo hablamos por señas, en murumacas, porque siempre dejan un margen de equivocación. La murumaca de aquí, la que nosotros entendemos, todo lo dice. Y todo lo confunde. ¡Y los enredillos que forma! Las murumacas son para las cosas que no se deben decir, para las cosas con problemas y que no se deben ni mentar. Pero como aquí todo tiene algún problema, la murumaca se ha convertido en el idioma oficial de la república y de los cayos adyacentes a la república. La murumaca se puede entender de una forma y a la vez de mil formas diferentes. Supongamos que tú quieres decirle a alguien que esto es una mierda. Ésa es una de las cosas que no se deben decir. Pero tú quieres decirlo, porque ya no puedes estar quieto sin dispararlo, sin decirlo, porque a veces a uno le cae esa desesperación por decir que esto es una mierda, y de no decirlo, ya posiblemente no puedas decir nada más en tu vida, te dan fiebres, te cae esa tos que aquí todo el mundo tiene, y ya no te queda otro remedio que decirlo. Yo he llegado a pensar que poder decir “esto es una mierda”, sin otro objetivo, sencillamente el poder decirlo, es una de las grandes necesidades del ser humano. Y para poder decirlo aquí, sin que te pase nada, debes decir “esto está malo”, una frase muy ambigua que puedes referir, en el momento en que te cojan, a una de tus manos, o a una parte podrida de un mango que te comiste hace tiempo. Y casi siempre te salvas. Y si eres diestro, le echas toda la culpa al agente disfrazado de hijo tuyo que te cogió. Que él lo entendió así, por lo malo, porque él tiene problemas ideológicos. Ideológicos es como les llaman a esos problemas aquí. También los llaman problemas de penetración ideológica. Yo no acabo de entender esa nomenclatura, porque a mí nadie me ha penetrado nunca. Yo pienso como pienso desde que empecé a pensar. Nadie ha venido de ninguna parte a cambiarme lo que yo pienso. Nadie. Porque para que uno piense así, como yo vengo pensando, nadie tiene que venir de ningún sitio a decírtelo; con mirar unos minutos aquí, basta. Ni me han penetrado, ni me han desviado nada. Y ahora ellos dicen que nos están desviando la mente desde el exterior. ¡Si en el exterior no saben ni la milésima parte de lo que nosotros pasamos aquí, metidos en el horno! Pero hay que decir que sí, que hay personas que están siendo desviadas ideológicamente por unos seres distantes, extraterrestres casi, que no saben nada del asunto, de la cosa en sí, pero que tienen esa siniestra labor, la de desviarnos la mente. Así es todo, o casi todo, porque esto es lo que me viene a la mente en estos momentos, edificio. Y todo esto te lo he dicho pensando, sin la más diminuta murumaca. Y te hablo desde mi puesto en esta cola de cinco días ya, sin ningún tipo de reservas. Porque ya hacia ti no tengo penas. Nunca sabremos lo que significa para ti tenernos aquí apilados, muriéndonos de vergüenza al tener que suplicarte un sitio entre tus paredes silenciosas. No sabremos cómo nos miras desde allí, qué ideas te vienen de momento al ver esta procesión de mendigos congestionando la ciudad. Nunca lo sabremos.
jueves, abril 17, 2008
Diario de Campaña de José Martí (IX)
Al norte del infierno
Acabo de releer Al norte del infierno. La oración es literal y figurada. Indica que leí Al norte del infierno, de Miguel Correa Mujica. Y que lo releí en Estados Unidos. Al norte... fue publicado, al norte del infierno, en 1983. A pesar de este detallito técnico, su vigencia data simultáneamente de 1961 y de la semana próxima. Obra imprescindible e inclasificable, Al norte..., en su infinita brevedad, puede ser leído como novela, colección de cuentos, ejercicio de ficción desesperada, testimonio de lo inenarrable, ensayo de la locura, crónica sensata, autobiografía de una isla silente y gritona que se durmió mientras la Historia le pasaba por encima, psicoterapia de grupo, vaticinio del pasado, lamento del porvenir, jamming session… en fin, el Marx.Éste es el libro, o uno de los libros, que quise haber escrito. Iré más lejos: cualquiera que haya vivido, al menos un lustro, en la Ínsula Barataria no sólo pudo haber escrito este libro, sino que lleva este libro adentro. Le guste o no. Al norte... regala un prisma a la vez aéreo y visceral del secuestro de una sociedad y la subsiguiente conversión de sus ciudadanos en ciudad-anos. Confesiones, delaciones, vejaciones, prohibiciones, cremaciones, migraciones, chivatos, retratos, castratos, ingratos, mulatos y la mar de malos ratos: ¡Todo mezclado!
«Nosotros sólo hablamos en murumacas, porque siempre dejan un margen de equivocación», declara una de sus voces. Sin embargo, la obra no deja margen a equivocaciones. Al norte... es un libro terriblemente cómico. Y terrible. Y otra vez cómico. Y triste. He reído mi tristeza de Isla y Exilio en cada párrafo: una tristeza chovinista, endémica, interminable, una tristeza que se ríe de sí misma, una triste tristeza que goza la paranoia y el ancho mar de sus secuelas infinitas. Y entre tanta risa y nudo en la garganta, me ha conmovido la lucidez del autor, su capacidad de aprehender nuestro provincialismo, la génesis del miedo bajo un régimen que implantó la máscara como método universal de subsistencia y la hipocresía de un pueblo que salió a la calle a despedir a sus emigrantes con el cálido grito de «traidores», para luego, en su miseria cotidiana, aclarar que todo se debía a un error de dicción: la frase original era: «¡trae dólares!».
Mi gratitud por Al norte del infierno no conoce límites. Tal es así que la mejor manera que encontré de recomendarlo (y comenzar el culto) fue traducirlo al inglés. Dicha edición saldrá en un par de meses. A los lectores, sólo una súplica es válida: corran la voz al sur, al este, al oeste, al norte… y, no faltaba más, en el mismísimo infierno.
miércoles, abril 16, 2008
Diario de Campaña de José Martí (VIII)
En Barnes & Noble
Manifiesto UNEAC
para retar al ciberchancleteo
y a dormir en los brazos de Morfeo
y a soñar que el Pasado no ha pasado.
¿Qué tenemos? Congreso, celulares,
la dicha del grillete que acaricia,
el par de siglos que promete Alicia,
tantos años leyendo titulares
en busca de ese cambio prometido,
hace treinta, cuarenta… ¿quién se acuerda?
¡Seguiremos siendo incondicionales!
(A pesar de que todo se ha perdido).
Es agrio nuestro vino. (Buena mierda).
¡Que vivan nuestras aguas albañales!
El quinto clavadista
“Complejo deportivo” era una licencia poética utilizada para definir aquel espacio de estructura circular, pobremente techado y lleno hasta el límite de su capacidad. Tendría un diámetro de veinte metros y de sus cuatro puntos cardinales colgaban reflectores de media intensidad que lucían anacrónicos atados a las pencas de guano que conformaban la primitiva cúpula del estadio. La electricidad dependía de una extensión que, una semana antes del evento, se empataba varias veces desde la casa más cercana, hasta colarse entre las infinitas hendiduras del techo, convirtiéndose en la instalación eléctrica más impresionante del cuarto y más obsoleto de los mundos. Al igual que para el resto de las casas del poblado, “impermeabilidad” era un nombre de muchacha desconocida y eso justificaba que el evento tuviera una fecha fija: el decimotercer día de agosto, acompañando a un terrible periodo de sequía y a una jornada de festejos callejeros. La ventilación era natural, por lo que los pobladores se jactaban de haber situado el estadio en el descampado más limpio de la zona para aprovechar la brisa que atravesaba las paredes, sin otras cortinas rompevientos. De la misma forma entraban el vapor vespertino, las moscas y el resto de los insectos aéreos, pero en el evento social más importante de Las Palmas y ante la excitación de los competidores y del público, eran obstáculos menores que podían obviarse sin graves problemas.
La rutina había sido dictada por el Presidente y se cumplía con metódica religiosidad: en la mañana celebraban una feria juvenil en el parque del pueblo y las competencias de clavado se realizaban durante esa misma tarde. El resto del año el complejo deportivo permanecía cerrado.
El motivo de que la piscina tuviera tres lados respondía a una innovación en la etapa ejecutoria, que tenía el propósito de ahorrar el material constructivo enviado por el gobierno de turno con una carta de autorización dirigida a los miembros del caserío Las Palmas, en la que oficialmente se aprobaba la construcción de un local de esparcimiento si los vecinos se hacían responsables del diseño y de la futura puesta en práctica del mismo. El vecindario estaba poblado por unas setenta casas con igual número de familias repartidas hasta, a veces, habitar cuatro generaciones bajo un mismo techo, de las cuales, al menos las dos intermedias habían participado activamente en la ejecución de aquel sitial que era el único en la comunidad en donde cabían todos los palmeros apiñados en ocho filas de bancos dispuestos en espiral.
A pesar de que la información que los pobladores tenían del clavado era básica: “deporte olímpico que consiste en un clavadista que salta desde un trampolín u otro sitio de altura hacia una piscina e incluye toda suerte de giros gráciles y artificiosos en su caída”, la premisa les interesó al punto de que había pasado una década desde que se aventuraron en la tarea de ejecutar su propio estadio. Luego gastaron años en entrenar a los atletas nativos y, desde entonces, con la inauguración del evento anual, que andaba ya por su tercera edición, los espectáculos se habían caracterizado por varias constantes, donde la más notable era el público, que estaba presidido por los fundadores de la región, acompañados de sus orgullosos descendientes, que conformaban entre todos una audiencia campechana y jovial en la que nadie tenía permiso para entrar ni bebidas alcohólicas ni armas blancas. En el cinturón del Presidente de la comunidad se oxidaba un revólver que había adquirido un carácter simbólico y ornamental.
El Presidente de la comunidad basaba el éxito del torneo y de toda su campaña política en una teoría que había heredado con su cargo de máximo responsable de Las Palmas y que nunca tuvo una idea exacta de quién la había originado: “Sin importar su tamaño, su nivel cultural o sus aspiraciones, lo realmente necesario para dominar a cualquier grupo social es la distribución de pan y circo. Es imprescindible darles algo de comer y un poco de entretenimiento”.
En efecto, desde que el Presidente decretó feriado aquel caluroso día del octavo mes para que los vecinos pudieran disfrutar del evento deportivo, el impacto en los grupúsculos inconformes de la población había sido palpable. Organizaban menos revueltas callejeras, pintaban menos carteles en el triste mercado del pueblo, hacían menos comentarios subversivos y, finalmente, se dejaban llevar por el jolgorio y se reunían con el resto de los pobladores a compartir cervezas mal fermentadas y de producción casera, mientras los competidores se catapultaban y con ellos las apuestas, que iban desde una hasta tres gallinas y dos sacos de arroz.
El quinto clavadista comenzó su caminata hacia el trampolín con el pleno convencimiento de que estaba cercano a alcanzar la cumbre de su carrera. La teatralidad con que se desplazaba dio margen a que la excitación de los espectadores se desbordara en decenas de gritos y chiflidos. Era el último competidor y sobre él pesaba la responsabilidad de concluir aquel campeonato municipal. Aunque su entrenamiento lo había preparado para ese instante, los nervios lo estaban traicionando públicamente. Convirtió cada peldaño de la escalera que lo conducía al trampolín en el escenario de un drama personal que los palmeros no entendían.
Evitó mirar dentro de la piscina, pues sentía un vértigo monumental que siempre había interpretado como símbolo del peligroso acercamiento al éxito. Al llegar al final de su trayecto, se le escapó una lágrima que los presentes no pudieron notar. Su cuerpo estaba rígido y los músculos sobresalían embadurnados con la crema reglamentaria, que era preparada con manteca de majá de Santa María (una culebra fácil de encontrar en los riachuelos cercanos a Las Palmas).
La trusa del quinto clavadista era un pantalón corto, carmelita y oscuro, que todavía mostraba huellas de su reciente etapa en el trabajo agrícola.
¿En qué pensaba en ese momento tan cercano a su más elemental noción de gloria?
Los palmeros habían estado en plena algarabía, dando brincos y hurras mientras los concursantes anteriores recorrieron el estadio para concluir parados en la cúspide de sus vidas, pero luego guardaban un respetuoso silencio para propiciar un ambiente tranquilo en el que los deportistas pudieran concentrarse y superar sus miedos. Cuando el quinto clavadista se preparó para ejecutar sus audaces maniobras voladoras, las expresiones de los vecinos del caserío Las Palmas lucieron petrificadas, como si solamente sus órganos vitales estuvieran al tanto de mantenerlos respirando.
De los saltos de los cuatro competidores anteriores, lo más notable fue cuando el segundo estuvo a punto de tocar el techo con sus pies (que puntearon, buscando prolongar la línea vertical en el giro que marcó la altura máxima de su parábola); el primer contendiente, al igual que el cuarto, intentó un doble salto mortal en el que se encogió durante las vueltas para entrar parado a la piscina; el tercero ejecutó el famoso “uno y medio”, que era un complicado ejercicio que exigía dar una vuelta entera y luego estirarse en posición perpendicular a la alberca, con las manos por delante. El quinto clavadista pegó los brazos a su cuerpo y después de aguantar la respiración se dejó caer.
La calma se rompió con el impacto. Al ver como se hacía pedazos, uniéndose a los cuerpos destrozados de los cuatro participantes anteriores y a los aplausos eufóricos de aquel público que escandalizaba una alegría incomprensible. Un público igualmente digno de haber perdido la voz siglos atrás en los entretenimientos salvajes del coliseo romano.
La piscina nunca tuvo agua pues nadie del gobierno de turno le explicó al Presidente que el clavado era un deporte acuático.
***
Fragmento de Salidas de emergencia.
martes, abril 15, 2008
Diario de Campaña de José Martí (VII)
Viñeta desesperada
***
Publicado originalmente en Encuentro en la red.
lunes, abril 14, 2008
Diario de Campaña de José Martí (VI)
Abrazos. Todos traen rifle, machete, revólver. Vinieron a gran loma. Los enfermos resucitaron. Cargamos. Envuelven la jutía en yagua. Nos disputan la carga. Sigo con mi rifle y mis 100 cápsulas, loma abajo, Tibisial abajo. Una guardia. Otra. Ya estamos en el rancho de Tavera, donde acampa la guerrilla. En fila nos aguardan. Vestidos desiguales, de camiseta algunos, camisa y pantalón otros, otros chamarreta y calzón crudo: yareyes de pico: negros, pardos, dos españoles,―Galano, blanco. Ruenes nos presenta. Habla erguido el General. Hablo. Desfile, alegría, cocina, grupos. En la nueva avanzada: volvemos a hablar. Cae la noche, velas de cera, Lima cuece la jutía y asa plátanos, disputa sobre guardias, me cuelga el General mi hamaca bajo la entrada del rancho de yaguas de Tavera. Dormimos envueltos en las capas de goma. ¡Ah! antes de dormir, viene, con una vela en la mano, José, cargado de dos catauros, uno de carne fresca, otro de miel. Y nos pusimos a la miel ansiosos. Rica miel, en panal.―Y en todo el día, ¡qué luz, qué aire, qué lleno el pecho, qué ligero el cuerpo angustiado! Miro del rancho afuera, y veo, en lo alto de la cresta atrás, una paloma y una estrella. El lugar se llama Vega de la…
Donde dije digo, digo Diego
Muy a mi pesar, al hablar del foro en Madrid y el espectador airado, combiné dos anécdotas en una. María Werlau me corrige: quien la acusó de mentir no fue un miembro del público, sino (lo que es aún más triste) un panelista. Cosas veredes, Sancho.A los lectores y a María, ofrezco mis más sinceras disculpas por tergiversar los hechos.
En palabras de Werlau:
Querido Alexis:
Para ser preciso, te sugiero corregir la anécdota. [Tu descripción] se trata de un evento que se suscitó a propósito del foro en Madrid en marzo del 2007. Fue un debate televisivo en CNN Plus que sostuve con Manuel Martín Medem, autor del libro Fidel, ¿Por qué no me enseñaste cómo se vive sin ti?, reciente corresponsal de televisión española en Cuba durante cuatro años. Éramos los invitados de un conocido programa cuyo anfitrión es el destacado periodista español José María Calleja. Medem no pudo más que alegar, al tratarse el tema de las víctimas, de que eran puras mentiras.
Por cierto, entre otras cosas, veo en el internet en entrevistas que ha condedido Medem que él sostiene que Cuba no es una dictadura comparada con los regímenes militares que gobernaron en Latinoamérica el siglo pasado, calificó a Osvaldo Payá de mercenario, y se refiere a la FNCA [Fundación Nacional Cubano Americana] como “mafia terrorista de Miami”.
Para tu información, fue un intercambio muy cívico (el mismo Calleja luego me dijo que era el debate más sobrio que había visto sobre temática cubana). Luego, invité a Medem a acompañarme a Madrid en el carro que me llevaba de regreso a la ciudad contratado por el canal. Le dije que para qué utilizar dos carros y así podíamos conversar. Tuvimos una conversación cordial y aproveché para entregarle material sobre el proyecto y contarle más sobre las víctimas. Le pedí que me avisara qué le parecía. Nunca más supe de él. Me parece que traté de llamarlo por teléfono antes de irme de Madrid y no di con él. Así que si sigue insistiendo en que es mentira, al menos ya no puede afirmarlo con la conciencia limpia.
A propósito de “Tribuna Barcelona”
Esta escena de los amantes del castrismo (allende los mares) defendiendo lo inexcusable me recuerda una anécdota que me contara no hace mucho María Werlau, directora del antes mencionado Archivo Cuba.El año pasado, Werlau participó en calidad de panelista en un foro sobre la situación en la isla. Dicho foro tuvo lugar en Madrid. Luego de que Werlau expusiera con fechas y datos precisos y constatables un muestrario de las víctimas del régimen cubano, uno de los amanuenses de la dictadura, desde el público, le gritó: «Eso es mentira».
El grito sumado a la caterva de insultos ―por parte del espectador― es significativo. Expone, como pocas cosas, el modus operandi de los seguidores del régimen: ante la incontestable evidencia, agreden.
Viví un episodio similar a raíz del traspaso de poderes que tuvo lugar a finales de febrero en la monarquía cubana: en una mini feria de libros, un colega de la industria osó pedirme mi opinión sobre el Heredero en Jefe©. Cuando le dije que si Pinochet o Franco o cualquier otro dictador pasara el poder a su hermano en The New York Times habría una avalancha de editoriales en su contra, una cadena de infartos masivos o ambas, mi interlocutor contestó que no podía comparar a Fidel con Pinochet, pues este último era un «dictador malo». Lo dijo con esas palabras. Luego de preguntarle si creía que el mandatario cubano era un “dictador bueno” y pedirle que me explicara dónde radicaba la diferencia entre dictaduras buenas y malas ―habida cuenta de que con los 49 años que detentó el poder en Cuba, Castro había casi triplicado el número de víctimas y la permanencia en el poder de su homólogo chileno―, el castrista light me dijo que habíamos ido a la feria del libro a hacer negocios, no a discutir de política.
Estos ejemplos muestran la férrea voluntad de no escuchar que se gastan quienes prefieren creer en aquella utopía que les vendieron a precio de saldo a principios de los sesenta. Es duro para ellos, después de tantas décadas, admitir que les dieron gato por liebre. A nadie le gusta que le pinchen el globo, aunque sea un globo tinto en sangre.
Al margen de eso, debemos seguir insistiendo en mostrar la naturaleza despótica del régimen en cuanta oportunidad se presente, aunque esté más que demostrado que no se le puede dar la verdad a quien no sabe qué hacer con ella.
Crónica de un evento anunciado
Ayer, en horas de la tarde y como parte de las actividades del Festival de Cine de La Habana en Nueva York, fue presentada en New York University (NYU) la mejor lograda obra de ficción de Estela Bravo. Este largometraje de fantasía parcial y desbordante se titula Fidel. Su contenido se podría resumir de la siguiente manera: “documental” donde la manipulación reina y la objetividad brilla por su ausencia.Mi amiga y colega María Werlau, directora del Archivo Cuba, asistió a la presentación de Fidel. Desde aquí le agradezco la gentileza de compartir esta crónica del evento con los lectores de Belascoaín y Neptuno:
La sala estaba abarrotada y no había donde sentarse cuando llegué. Había sillas y gente parada hasta en los pasillos y la entrada. Por suerte, me colé por una esquinita de atrás. Me cogió bastante tráfico en el túnel para entrar a la ciudad, así que llegué cuando Estela Bravo estaba terminando de hablar antes de comenzar la proyección del documental. No sé qué dijo aparte de que fue a última hora que se decidió incluir una sección más larga sobre los logros de Fidel en África.
La película dura 90 minutos y debería titularse A Fidel Love Fest. Está muy bien filmada, con mucho pietaje original e histórico, mucho de Fidel en cámara en sus momentos más carismáticos, aparte de cuanto líder, intelectual y multitud dentro y fuera de Cuba que aparece adorándolo. El libreto está muy bien hecho para confundir al que no conoce la historia y presentar al líder en su infinita brillantez, avocado al bienestar de su pueblo, a la defensa de la revolución contra el imperio y los que se fueron. Por supuesto, cualquier viso de algo negativo es culpa del bloqueo, la CIA, etc., no sólo en Cuba sino en el Chile de Allende, etc. Hasta el Papa es usado para avalar a Fidel y denunciar el bloqueo. Hay algunos errores crasos (por ejemplo: los 20 000 muertos de Batista), pero éstos son pocos. Lo que sí hay es una enorme y consistente manipulación, y muy bien hecha, de hechos históricos que van desde la Sierra hasta el presente, así como la total omisión de cualquier cosa que pudiera presentar a Fidel en menos que luminosa brillantez, incluyendo la represión, los crímenes del régimen, el descalabro económico, y demás. El público parecía en su inmensa mayoría gran simpatizante de Fidel y algunos aplaudían enérgicamente durante la proyección. Ya para los últimos treinta minutos, miraba mi reloj con ansiedad, creía que no podría soportar más, me dio hasta dolor de pecho.
Al final, salí rápido y dejé unos volantes que hablan de la represión y las víctimas [ver volante aquí] en una mesa donde habían puesto panfletos sobre el Festival y salí a la acera, para interceptar al público que salía. Repartí los volantes a todos los que pasaron y vi que casi todos se iban leyéndolos. Algunos ya los traían de adentro, tomados de la mesa donde los dejé, así que al parecer los organizadores no se dieron cuenta de que eran un “outside job”. Cuando vi pasar al admirador más vociferante de Fidel, quien estaba cerca mío durante la proyección y aplaudía más que nadie, le dije: «Ah, vi que le gustó mucho la película, entonces por favor tome uno de estos volantes». Cuando lo leyó empezó a insultarme y me gritaba mientras se alejaba, pero no me viré y seguí con los volantes. Nadie más fue grosero conmigo.
Cuando se me terminaron los volantes, regresé al salón, donde quedaba alguna gente y me presenté a la mujer que dirige el festival, Carole Rosenberg, la presidenta del Friends of the Ludwig Foundation of Cuba. Comenzamos a charlar cordialmente y me contó cómo comenzaron con el proyecto de la Ludwig Foundation. Me explicó que su interés primordial era el arte, no la política, a lo cual le respondí que eso es prácticamente imposible, especialmente con respecto a Cuba. Luego cuando quedaba muy poca gente, vino a nuestro encuentro Estela Bravo y me saludó, dándome las gracias por haber asistido. De manera respetuosa, le dije que encontraba su película completamente parcializada y que me había causado mucho sufrimiento verla, pues no dudaba que Fidel tiene simpatizantes, tal como lo presentó, pero él también había y ha causado enorme sufrimiento y descalabro, lo que no figura en ninguna parte del documental, como tampoco aparecen opiniones divergentes sobre él. Entonces se viró y me presentó al marido —un argentino que escribió el libreto— y me dijo que le reclamara a él. Les dije que además también había encontrado algunos errores históricos puntuales, tales como aseverar que Batista había dejado 20,000 muertos. Bravo me dijo que en Argentina hay discrepancia sobre los números de las víctimas y después de un breve intercambio sobre esto, se fueron.
Hablé un poco más con la presidenta de la Ludwig Foundation, quien sentía mucho alivio de que no le hubieran hecho un piquete y siguió muy cordial. Le dije que mi objeción al documental no se trata de política, sino que va más allá a un asunto de derechos humanos fundamentales. Le pregunté si pondrían películas hechas desde la perspectiva de cubanos en el exilio y me dijo que sí, pero que nunca se las habían presentado. Creo que se deberían buscar varias películas sobre Cuba para presentarlas para el próximo festival.
Por cierto, me confirmó que Bravo y su marido viven en Cuba hace años. No he podido encontrar quién financió la película Fidel y los otros documentales que hace Bravo sobre Cuba y los oprimidos de América Latina. No dudaría que fuera el estado cubano, ya que al menos éste es pura propaganda a favor del régimen. Si alguien sabe algo concreto sobre esto, favor de escribirme a info@CubaArchive.org.
domingo, abril 13, 2008
Diario de Campaña de José Martí (V)
El regreso del Chacal
Hace cuestión de un año, un artículo de The New York Times sobre José Conde suscitó una nota en Penúltimos días, así como un hostil intercambio de comentarios entre al menos un par de lectores de dicho blog.
A decir verdad, la canción de José Conde y Ola Fresca ―cuyo video clip aparece en el enlace a la nota de PD― no se me antojó nada del otro mundo; esto es: ni tan buena como para ameritar una mención en el NYT, ni tan mala como para merecer el despecho o el olvido. Así que me olvidé del asunto.
2
La semana pasada, una amiga me regaló Café cubano, un disco del sello Putumayo Records. (A los melómanos: lo he buscado en todas partes, pero aún no ha salido a la venta; ni siquiera está anunciado en la página web de la disquera). La carátula deja mucho que desear: presenta esa imagen bucólica que a ratos se tiene de la isla. Sólo faltan el taparrabo, el taburete y la tacita de café para convoyar el título del álbum.
Con esos truenos, pospuse el momento de sentarme a escuchar el CD… hasta que por fin anoche decidí meterle mano. Las notas de apertura de la primera canción me recordaron un poco a “Marc Ribot y los cubanos postizos”: una mezcla agraciada de tambores con guitarras, algo que Habana Abierta define ―y ejecuta― con gracia inimitable: el rock and roll con timba. Pero cuando después del segundo compás entró la letra, ésta me hizo soltar lo que estaba haciendo y prestarle atención a lo que cantaba José Conde:
Obligaron a ponerte
en histórica altura,
promovieron tu bravura
al mundo entero con tu muerte.
Aquí se quedó tu cara
en camisetas y postales…
No dicen todas las verdades
del Chacal de la Cabaña.
La canción que interpreta Ola Fresca es un buen ejemplo de cómo arar con útiles mellados o cómo construir sobre los escombros. Conde modificó la letra y la melodía de la plañidera “Hasta siempre, Comandante” ―que compusiera e interpretara hasta el hastío Carlos Puebla― lo suficiente como para hacer que la nueva canción se disfrute y lo ponga a bailar a uno por sus propios méritos, pero no demasiado como para que ésta perdiera vínculo con el lamento guevariano de Charly People.
Hay un inconveniente: “El Chacal” sólo puede ser apreciado a plenitud por un grupo selecto: quienes vivieron en la isla desde finales de los sesenta hasta quienes la habitan estos días. Hoy ―por poner un ejemplo fresquito―, se la tarareaba a unos compatriotas que ―por haberse fugado de la jaula grande hace varias décadas―, desconocían el original de Puebla y, aunque les gustó la idea, no captaron las varias vueltas de tuerca que presupone el tema de Conde. En ese aspecto, “El Chacal” recuerda al proverbial árbol que se cae en medio del monte: si no hay alguien por los alrededores que se entere, ¿se cayó en realidad? (Aclaro que no intento hacer leña del árbol caído).
No es difícil encontrar sátira en la música popular cubana. Sin embargo, una buena parodia cuesta tiempo y talento. El resto del álbum depara muy gratas sorpresas, entre las que se cuentan “Ay, mi vidita”, de Pedro Luis Ferrer, “Morenita”, de La Orquesta Mágica de La Habana y “Fue una de mambo”, de Kelvis Ochoa. Pero si recomiendo que se tomen un buchito de este Café cubano, es para que no se pierdan las venturas y desventuras del Chacal de la Cabaña.
sábado, abril 12, 2008
Diario de Campaña de José Martí (IV)
viernes, abril 11, 2008
Diario de Campaña de José Martí (III)
jueves, abril 10, 2008
Tour de Force
Tour de Force
Longeva bailarina ensimismada
por su propia figura pizpireta,
cuando en el aire lanza una pirueta
se va en blanco. (La pobre, no ve nada).
Su silueta se pierde en la memoria
de esa nación chillona y paranoica.
Alicia —desde la Era Mesozoica—
entra bailando al aro de la Historia.
La chusma diligente la reclama
—con eso sueña el pobre cisne ciego—.
Venerable a sus años infinitos,
martiriza al chofer y a la mucama,
deja a su partenaire fuera del juego...
que no está el horno para pastelitos.
Dicotomía habanera
***
Consuelo fue la embajadora entre dos mundos; al principio sola, y después con la ayuda de Bettina, empezó a borrar la última barrera, clase o estrato que seguía en pie: la que separaba a los “guapos” de los “pepillos”.
Pototo es un guapo de libro; el pelo untado con brillantina, el peinado con una raya lateral y un par de motas sobre las orejas, en cuanto pudo un bigotico y una cadena bañada en oro. El cuello de la camisa es puro almidón y está cubierto con un pañuelo fijado con presillas, las mangas tienen un filo que corta, el único ojal desabrochado deja ver un pecho que estornuda talco. La camisa va por dentro y el pantalón se abrocha a la altura del ombligo; la hebilla del cinto reluce y los genitales hacen un bulto donde empiezan las patas del pantalón, unas patas que tienen que bajar en corte recto o en campana. Los machos no se aprietan las piernas. Las botas relucen como charolina, los cordones van entre sueltos y amarrados, el cuero brilla limpiecito, tinta, betún, alcohol y candela, al que me pise lo mato. Camina de lado para que no te conozcan, mientras menos sombra mejor, un hombro por adelante, el brazo abriendo vereda, otro pañuelo tapando la boca, que no sepan si estoy hablando, que no me huelan el aliento, no quiero intriga, comentarios o vicisitudes. Hombre a todo y amigo de unos cuantos, pero de verdad, por la pura lo juro, porque madre hay una sola y padre es cualquiera. En la playa la trusa tiene que hacer bulto y los erizos se aplastan a pisotones, hombre que se deja pinchar es penco, si las púas hincan entonces hay que bañarse con tenis; y nadar con la cabeza afuera, mirando para los lados con cada brazada, sin hacer mucho alboroto, la espuma es cosa de mujeres. Eso es un guapo, el presidio sin haber estado, el peligro en cualquier esquina, los cataos siempre arriba, la candela provocada a fuerza de evitarla.
Un pepillo es Horacio con el pelo largo y despeinado, la camisa ancha y estrujada, el pantalón por la cadera y las patas en tubito; si es un Jean, mejor, si termina arrastrándose sobre unas zapatillas de marca, perfecto. Un chamaco que no está en nada, un tipo mortal, míralo cómo camina, relajado, parece un esqueleto rumbero, y con la trusa puesta se le ven los pelitos del pubis y la punta de la rabadilla. A la playa se va en chancletas o descalzo, los erizos se tantean, se les pide permiso antes de poner el pie en firme, el que se deja pinchar es un cheo que no sabe encontrar la piedra adecuada para el descanso, el que se baña con zapatos es un abusador que maltrata las olas porque les tiene miedo.
En la esquina Pototo se ríe de Horacio, en la playita es al revés, hasta que los dos aprenden a reírse juntos de Buenavista y de Miramar.
miércoles, abril 09, 2008
Jamás jamé jamón
Orden en el caos
La cita del día corresponde a Carlos Rivero Collado. Y tanto dio el cántaro que me obligó a ir a la fuente. Así que, ni corto ni perezoso, le eché mano al mataburros. Encontré esta interesante definición en el Diccionario de la Real Academia Española:
«collado. (Del lat. collis, -is, colina, altura).
1. m. Tierra que se levanta como un cerro, menos elevada que el monte.
2. m. Depresión suave por donde se puede pasar fácilmente de un lado a otro de una sierra».
Fiel a su sino, así pasó este señor (ahora compañero) de un lado a otro de la Sierra.
Un rapto de cordura
Un lustro antes de que los revolucionarios encañonaran al por entonces corredor más rápido del mundo, ya había tenido lugar el secuestro más significativo de la historia nacional: el de José Julián Martí Pérez. ¿El comando a cargo? Los hermanos Castro y su grupo autodenominado “Generación del Centenario”.
Años después, la Revolución se ocuparía de convertir a José Martí en lema de matutinos escolares, estatua de mármol, busto a la intemperie, panfleto, aeropuerto internacional, sinónimo de uncool… Pero primero era necesario trocar al Apóstol en “Autor Intelectual del asalto al Cuartel Moncada”. La estocada mortal fue asestada hace medio siglo. La herida todavía sangra.
El subsiguiente uso y abuso por parte del régimen del autor de los “Versos sencillos” posibilitó que en la isla ―más allá del cacareado fervor martiano que dizque profesa la masa― una parte considerable de la población rechazara la obra del más grande de los cubanos, por el delito de (libre) asociación con el gobierno que es yunque y es martillo.
Menciono esto pues hoy es una fecha martiana donde las haya: el 9 de abril de 1895, José Martí escribió la primera entrada de su Diario de Campaña.
En los próximos 38 días me tomaré la libertad de reproducir el contenido de dicho Diario en estas páginas. Será mi discreto homenaje. Y una manera de rescatar lo que a todos nos pertenece.
martes, abril 08, 2008
Para ir haciendo boca
***
Al cuatro esquina no me dejan jugar, me vieron una vez y ahí mismo decidieron que soy el ampaya, por umpire, Bro, el árbitro. Recojo las apuestas, canto las jugadas y le doy su dinero al que gane. Cinco pesos por jugador, si es un tres contra tres, entonces son a quince pesos las siete entradas. Se juega con un casco, eso es una pelota de tenis que ha perdido la capa protectora, una bola negra con una costura de goma blanca, Puppy le inyecta aire para que camine más, yo tengo que rebotarla un rato contra el pavimento hasta que se caliente, lo que pongo en las manos de los jugadores es un petardo.
Bro, una de las esquinas se convierte en la punta de un rombo, desde ahí se batea la bola y se camina hacia las bases; la esquina que está a la derecha es la primera base, la que está enfrente y en la diagonal es la segunda, y la que está a la izquierda es la tercera, solo se puede batear hacia una de las bandas, casi siempre la que está entre segunda y tercera, la mayoría de los jugadores son derechos. ¿Tú nunca has visto un juego de cuatro esquinas? A las dos de la tarde, cuando la gente huye del calor y las calles están vacías; cuando el pavimento es un espejo negro y los bichitos de candela se esconden bajo las hojas de los laureles. Las camisas colgadas de las ramas de los árboles, los torsos desnudos y sudorosos; play ball, y la pelota flotando sobre la palma de la mano del primer bateador, el brazo como un resorte que se suelta desde bien atrás, el puño cerrado si busca fuerza, la mano abierta si quiere colocación. La bola recibe el impacto y sale como un cohete, rebota contra el asfalto y se desliza, negro sobre negro, como una piedra plana sobre un mar en calma chicha. Es un juego de súper-reflejos, bien jugado es una cosa digna de verse, interceptar esa bola que va saltando sobre la calle es algo que no se puede enseñar, atraparla es un acto de magia. Los buenos jugadores se mueven con un sincronismo increíble, un defensor captura la bola y sabe que en la primera base ya tiene que estar uno de los suyos esperando por su lanzamiento, el bateador sale caminando a ver si llega a la primera base antes que la bola que están lanzando. Ese es mi trabajo, chequear que el bateador no corra, que vaya caminando desde el home plate hasta la primera, mirar cual de los dos llega primero, el hombre o la bola. Ruy, no me digas que eso es quieto. Ruy, no me digas que eso es out. Es lo que yo diga y al carajo el mundo, al que no le guste que se vaya a jugar a otra esquina, en esta mando yo. Okey.
Si la bola se pierde tengo que ir a buscarla, en un juego de profesionales eso pasa pocas veces, pero cuando pasa es una verdadera jodientina, tengo que salir corriendo detrás del petardo, averiguar la trayectoria y adónde fue a parar, si se metió por una ventana la cosa se complica, tengo que asomarme a ver si hay alguien y pedirle, disculpando la molestia, con mucha humildad, que nos devuelva la bola, mil promesas a flor de labio, tendremos más cuidado la próxima vez. Las viejas gritan y pelean, los hombres refunfuñan y las muchachas, bueno, las muchachas se bañan desnudas.
Al César lo que es del César
Los personajes de Aguilera gozan de una profundidad abrumadora. Son más tridimensionales que gente con quien comparto café matutino e incontables reuniones. Hasta el gato tiene personalidad en este libro. (Esto es literal. Hay un gato que tiene personalidad).
A los incautos: abrir R.U.Y. es condenarse ―grata condena― a leer la novela de una sentada. Es rastrear La Habana en busca de un reloj maldito. Es ir a Angola a cazarle la pelea a Savimbi, o salir a repartir mil trompones y recibir otros tantos desde las alturas de Buenavista hasta las bajezas de Miramar. Es financiar una carrera de medicina con ciertos negocios turbios. Es sumergirse hasta el primer veril y no querer salir a por aire. Y es intimar con Ruy, Bettina, Humbertico, El Loco, El Puppy, Nieves la Negra y todo un catálogo tan diverso como verosímil de personas (que no personajes). Es intuir cómo piensan y qué les quita la picazón a estos seres que buscan aliviarse ese escozor que provoca el vivir rodeado de la maldita circunstancia y que sólo se puede curar, si acaso, con la única libertad que es posible alcanzar en la isla: esa que enarbola el sexo como bandera.
Pocos libros he recomendado en mi vida con tanta vehemencia.
***
Portada: «Venn con vista al mar», Jennifer Grossman
lunes, abril 07, 2008
Aberraciones de la naturaleza
jueves, abril 03, 2008
E(pistola)rio
Luego de irse por las ramas como sólo él sabe, en la soporífera Carta de Fidel al VII Congreso de la UNEAC, el susodicho se destaca una vez más por practicar su regla de oro: “haz lo que yo digo, no lo que yo hago”. En esos lances, regala al respetable frases dignas de la antología universal del bostezo. Transcribo y comento las más curiosas:«Las palabras bellas, necesarias como portadoras de ideas, no bastan; hacen falta meditaciones profundas».
El lector despierto notará que la frase anterior no es bella. Cabría añadir que tampoco es profunda.
Más adelante, luego de mencionar varios artefactos —de cuyo uso no se priva y entre los que se cuentan: «disco compacto, GPS y DVD, teléfono celular, fax, Internet, microonda, Facebook, cámara digital, correo electrónico», y un moderado etcétera— «que transformaron el mundo» —no escribe revolucionaron, pues sólo él tiene el copyright de la dichosa palabrita y sus disímiles derivados—, al referirse al uso de los mismos, dispara:
«Peor todavía: cada uno de ellos será sustituido por otro invento más efectivo y ya no puede siquiera garantizarse el secreto de lo que habla una pareja en el banco de un parque».
Llama la atención que quien sembró micrófonos ocultos a lo largo y ancho de la isla y pasó su vida obsesionado por enterarse de lo que se hablaba en cualquier banco de cualquier parque quiera a estas alturas garantizar la privacidad al pueblo que con tanto éxito y saña ha vigilado.
Va más allá. Sin sonrojarse, quien ha regido la vida en la isla y el máximo responsable de que ésta perdiera todo valor en sus confines, pregunta:
«¿Tiene algún sentido ese tipo de existencia que promete el imperialismo? ¿Quiénes rigen la vida de las personas?».
Después de anunciar que observa «al imperio y sus siniestros planes» y antes de regalar a la audiencia un fuerte abrazo —que, dadas las circunstancias, intuyo enclenque—, el Regidor en Jefe traza una vez más la línea entre el Bien y el Mal, modificando aquel dictum tristemente célebre —«dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada»— con el descafeinado: «todo lo que fortalezca éticamente a la revolución es bueno, todo lo que la debilite es malo». (Por cierto, la ausencia de las mayúsculas de rigor en su nueva cita le pertenece por completo).
Sospecho que si hubo alguna manifestación unánime durante la lectura de la carta serían los cabeceos de los asistentes al Congreso.
martes, abril 01, 2008
Amnesia del trovador
Cantándole al harapo, ganó fama…
Y esas sillas al borde del camino
y Santiago de Chile y el destino
del pobre mundo poblaron su cama
de púberes, flautistas y patriotas
de cualquier patria humilde y derrotada.
Luego, compuso el Son de la Camada
y el aplauso llegó como sus notas
desafinadas, sosas, sin memoria.
Este bardo innombrable, manco y ciego,
se burló de la audiencia enamorada.
Hoy se hunde en los pantanos de la Historia
este juglar absurdo y palaciego,
este burdo empresario de la Nada.





