jueves, agosto 21, 2008
Los hermanos Castro debaten sobre el futuro del Órgano Oficial del Comité Central del Partido Comunista de Cuba
—Con el papel de Alabamaaquí imprimimos el Granma,
con rayos omega y gamma
y rezando porque Obama
o McCain o la mucama
de turno en la Casa Blanca
cultive una rosa... —¡Tranca!
No importa si es negro o viejo,
que siga nuestro consejo:
¡Sin bloqueo y zona franca!
Eso, poeta, de “tranca”,
me recuerda “el gran garrote”.
Sea de paso o de trote
quien llegue a la casa blanca,
hay sin duda, en forma franca,
y sin ninguna porfía,
que exigirle, antes del día
de la elección, que nos dé
una razón de por qué
no quita la tiranía.
***
Y dice CRA:
Papel clorado
La celulosa de caña
no aguanta tanta mentira.
Hace falta buena tira
de papel con su maraña
para imprimir tanta saña
de escribanos mal pagados.
Periodistas de carreta
que viven chupando teta
de un viejo culicagado.
miércoles, agosto 20, 2008
Comunicado del equipo cubano de béisbol al Pelotero en Jefe, luego de la derrota ante Corea (en Beijing 2008)
Con paciencia y con saliva,con la pelota y el bate,
evitando el disparate,
con la frente bien altiva,
como gato boca arriba
que defiende su linaje,
lavaremos el ultraje,
(¡que nos devuelvan la gloria!):
donde hay revés, hay victoria
y ese será el homenaje.
martes, agosto 19, 2008
Padre, aparta de mí este cáliz
La solución perfecta sería entrar al cuarto de su padre, echarle mano a la pistola y volarse la cabeza; aunque así estropearía la tradición de muerte natural en la familia y las alfombras persas que Enrique Martin, alias Pipo, había comprado en España en 1983 y que atesoraban colillas de cigarro, manchas de café, esperma de vela casera, pedazos de uñas mal cortadas y muy pocos recuerdos adolescentes.
Enrique Martin había regresado de Europa con suficiente dinero para invertir en el confort de su hogar: en menos de dos meses saneó las filtraciones de los techos, repuso todos los equipos electrodomésticos y se aventuró en una reparación del carro —que incluía bajar y revisar el motor, sustituir los aros de los cilindros, balancear las gomas, calibrar las válvulas, afinar el acelerador y el clotch, corregir la dirección, los frenos, el sistema hidráulico y el eléctrico, ajustar las cuatro dichosas puertas y agregar en los gastos chapistería general, pintura y mano de obra—. Trece años en la penumbra de un garaje habían acabado con la lata y todo el mecanismo.
Entre las nuevas inversiones, el precio debió andar por encima de los veinte mil pesos cubanos. David no sabía la cifra exacta, pero no precisaba respuestas: la discreción exigida por su padre se correspondía con una necesaria mesada de veinticinco dólares.
Las lluvias de mayo habían caído pesadamente sobre el asfalto de La Habana y David Martin, que tenía la sensación de haberse quedado a la intemperie, no encontró otro remedio que tomar las cosas a la tremenda. Cuando algo le pesaba en la conciencia, se consolaba pensando que, como último recurso, siempre podría aprovechar el arma de fuego de su padre.
Así que, después de todo, Enrique Martin, alias Pipo, lo ayudaría a terminar con sus miserias.
lunes, agosto 18, 2008
La muerte de Castro referida por varios escritores cubanos, años después — o antes (VI)
Ayer me senté a escribir un poco tarde, mi cuerpo chorreaba agua, sal, ganas de seguir dándole duro a la vida.
Me bañaron mis ayudantes porque soy medio exhibicionista y porque me gusta mantenerlos en jaque todo el día. El agua del tanque estaba tibia y la familia se daba sillón frente a la pantalla mientras esperaban, esperaban, esperaban, dizque “las Olimpiadas, brother, las Olimpiadas”.
Comí a gusto en la terraza, el mirador me ofrecía una maravillosa obra de Tomás Sánchez en penumbra (nunca lo he confesado en público, pero siempre me fascinaron sus basureros); ésta es mi tierra al natural, completamente apagada, sin maquillajes ni fuegos artificiales.
De momento, llegó la luz, había una rotura simple en toda La Habana profunda.
Sonido: Suspiro colectivo, alivio al término del apagón general.
Corriendo fui a la televisión y encendí “mi aparatico secreto”.
En pantalla, las cámaras mostraban el estadio y los atletas, mis atletas, que competían en Beijing, tu Beijing.
Felipito me recordó aquellas cosas que hicimos para ponerlos en las competencias, parecía que los cubanos desde aquí les dictábamos o soplábamos al oído lo que sentíamos entonces. Pero es que ellos y nosotros estamos aquí y allá. Tremenda “bilocalidad”.
Eran los ochenta y nos enamoramos de competir, de ganar más medallas que los países del primer mundo, de nuestros atletas (los que regresaban) y de sus inolvidables declaraciones.
Se escuchó un murmullo general y cuando iban a comenzar los 110 metros con vallas se fue la luz, otra vez. El barrio se quejó, se desinfló al unísono.
Volví a la terraza, descalzo y en ropa interior, total, en esta senectud y en esta soledad de mi vida habanera, quién me puede adivinar, hay que ser autoreferente delirante para pensar que te espían en esta situación.
Los muchachos de mi escolta marchaban de un lado a otro del perímetro, qué casualidad. No hay que pensar mal, ellos no han sido penetrados ideológicamente.
¿Qué me quieren decir? ¿Qué significa eso de que mi escolta marche arriba y abajo, sin orden ni ton ni son, de aquí hasta la acera de enfrente?
Recordé las veces que Aldana intentó explicarme lo que era: la tercera dimensión, pero me negaba a entenderlo. Qué testarudo he sido. Ya lo entendí todo, me iluminé, canté a gritos: “La técnica es la técnica, porque sin técnica no hay técnica”, inflé los carrillos, me babeé un poco y luego me quedé rendido en el suelo de la terraza. Mirando al cielo rojizo pensé en las personas que se fueron para no tener que hacer infinidad de trucos para ver las transmisiones de los mundiales de fútbol; días y días instalando antenas que luego yo con un chasquido de mis magnos dedos confiscaría. ¿No quedaba nadie de ellos aquí? Quiero llamarlos para decirles que… ah sí, la llamo al Sevillano, no; Dashiell está de viaje, dando vistas de “su interior”.
Decidí dormirme, que picazón, que calor más rico hace en las sombras de este anochecer en el trópico. Los muchachos de la escolta practicaron la marcha hasta que se cansaron y en la madrugada me fui a la cama convencido de que ellos y mis atletas dicen la verdad: mi vida ha llegado a su fin, pero el deporte es inmortal.
***
Guiño al lector: “La muerte de Castro referida por varios escritores cubanos, años después — o antes” está basada en “La muerte de Trotsky referida por varios escritores cubanos, años después ― o antes”, del libro Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante. Los textos citados y/o parafraseados en “La muerte de Castro…” han sido usados sin permiso previo de sus autores. El de hoy, pertenece a:
Torres, Campanilla. “Fito Páez en tercera dimensión habanera”. El Nuevo Herald. 16 de agosto de 2008.
sábado, agosto 16, 2008
Todo el mundo juega en el Circo Beat
Abril puede ser el mes más cruel, pero agosto es sin duda el más entretenido. Dan fe de ello las Olimpiadas de Beijing —que son eso, distracción— o la circunstancia de que, a este lado del Estrecho de la Florida, Fito Páez estrene álbum y postura ideológica respecto a Cuba. Ayer —dos días después del cumpleaños aciago—, a su paso por Miami, el cantautor argentino declaró que [su anterior entusiasmo y apoyo al régimen de la isla se debía a que] había llegado «a La Habana muy joven y con una extrema ingenuidad». En dicho texto, enfatizó que no es politólogo —gracias, Fito— y que prefiere no ser tendencioso a la hora de señalar buenos o malos, pues lo «que hay son muertos en el mar, familias rotas e historias quebradas». Esto último no dista mucho de la letra de su canción “Habana”, que incluyera en el disco Abre, hace ya casi una década. Por entonces decía: «Oh, la locura de los que se perdieron en el mar, / las vidas rotas por la sangre aquí y allá (…)» y, acto seguido —justo cuando uno se empezaba a emocionar—, soltaba: «No necesito de nada hoy, /sólo embriagarme en tu ron / y así perder la razón / y abrazarte una noche más». O sea, que entonces los muertos pesaban, pero no lo suficiente como para posponer una borrachera o admitir en público —como ahora hace— que el sistema cubano «estaría dentro de una dictadura». Quizá, como apunta Enrisco, entonces no había pasado el tiempo suficiente. (Esto de Fito Páez y su noción del correr del tiempo no deja de ser curioso. En pleno 2008 —a escasos meses de que los hermanos Castro hayan detentado el poder en la isla por medio siglo—, Páez habla de que «nadie puede calentar la silla más de 40 años». Lo que equivale a un tierno parafraseo a Carlos Gardel: que diez años no son nada. En diciembre de 2007, Páez estuvo en La Habana —si mal no recuerdo, para participar en el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano—. En ese momento, el músico no hizo alusión a la dictadura anfitriona del evento. El contexto no era quizá el más apropiado. Pero ahora en Miami, la ocasión la pintan calva.
Porque sé ser agradecido, le doy la bienvenida a su cambio de parecer, lo celebro escuchando un par de temas de Circo Beat y, acto seguido, me pregunto cuán lejos estará el momento de que el autor de “Un vestido y un amor” anuncie —en La Habana, no faltaba más— que sus declaraciones en Miami se debieron a que había llegado a esa ciudad ya entrado en años y con una extrema necesidad de vender su obra.
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Foto: Reuters
viernes, agosto 15, 2008
Misceláneas
Dos amigas (dilectas y asiduas lectoras de este blog) me han enviado (sin saberlo) sendas colaboraciones.Soneto
El día toca a su fin. De la cumbre
de un enorme risco baja el rebaño
pastor garrido, que con pesadumbre
toca en su quena un yaraví de antaño.
El sol que lento cae, con su lumbre
dá un tinte de misterio y de tristeza
a un campo de solemne soledumbre.
La aura pasa suave. La noche empieza.
La choza pastoral está á la orilla
de un río de corriente silenciosa;
Hila en la puerta una india candorosa.
Después los labradores en cuadrilla
rendidos se recogen a la choza.
jueves, agosto 14, 2008
Guateque ecuestre (lo que cuestre)
Nos curó de los miedos de la infancia,
aunque a juzgar por esa cosa rancia
Mundos paralelos
Ahora que Michael Phelps bate récords a diestra y siniestra y Dara Torres le demuestra al mundo que el agua no entiende de edades, hay que hacer hincapié en la cara oculta de las Olimpiadas de Beijing 2008.
El legado
sobre el mundo y su destino
y pídele a tu intestino
que no te mande a la lona.
No por más seda la mona
se transmuta en otra cosa,
ni por vía intravenosa
se reparan tantos daños.
¿Qué nos dejan estos años?
Tu hedor y tu mala prosa…
miércoles, agosto 13, 2008
martes, agosto 12, 2008
Moneda falsa
De Reuters me llega la noticia: el dueño de una tienda en España descubrió —mientras cuadraba la caja— una moneda de un euro que, en lugar de llevar la efigie del Rey Juan Carlos, muestra la cara del inmarcesible Homer Simpson. Esta broma me hizo recordar un truco malsano que se estilaba en La Habana de los noventa: a los billetes de uno y cinco dólares se les dibujaba un cero detrás del número original. En el trueque, el papel moneda aumentaba diez veces su denominación. Estos billetes, por lo general, no eran usados en “diplotiendas” ni comercios estatales, pero se podían encontrar con descarada frecuencia en la feria del malecón y otros lugares gestionados por los —“hoy eres legal, mañana veremos”— vendedores por cuenta propia.
1
- Golpee el billete contra una mesa.
- Abra el billete.
- Si en el anverso los espejuelos del Generalísimo están intactos, el billete vale.
- Si en el reverso la Plaza de la Revolución está desierta, el billete vale.
2
- Tome el billete en su mano derecha, mientras mantiene ésta en el bolsillo de su pantalón.
- Entre a una tienda de recuperación de divisas, vulgo diplotienda o “shopping”.
- Compre un artículo cualquiera, siempre y cuando su valor no alcance los dos dígitos.
- Diríjase a la caja.
lunes, agosto 11, 2008
Furia olímpica
Las esperanzas, en los saltadores.La negación de visa, a la italiana
y a quien quiera escaparse de La Habana,
unos grilletes y unos asesores
que les recordarán cada minuto
que en el equipo revolucionario
el sacrificio es bueno y es diario
y el desertor, peor que el escorbuto.
En busca de medallas, a La China,
va la delegación de los rehenes.
¡A conquistar la gloria del deporte!
Con sus preseas de oro (y calamina)
comprarán leche en polvo, trigo, trenes…
¡y aliviarán el hambre y el transporte!
domingo, agosto 10, 2008
Con espíritu deportivo
Ese terror olímpico que inspirasen el lado interior de tu muralla
no me deja sentarme a la pantalla
a seguir el torneo (y tus mentiras).
¿A quién le importa un oro en el clavado,
el vuelo recto de una jabalina,
o el corredor de fondo que culmina
su infinito trayecto desmayado?
Oh, gran imperio donde el sol renace,
toda la gloria que hay en la Olimpiada
no justifica un ciberdisidente
ni un ciudadano de segunda clase
ni el Tíbet, ni la plaza masacrada,
ni el silencio ominoso de Occidente.
sábado, agosto 09, 2008
Zapatero a su zapato
Hace un par de meses, mientras caminaba las calles de Toronto, mis pasos y el azar me llevaron al Museo del Calzado. Lo que prometía ser una visita monótona —«¿qué tanto se puede decir de un zapato?», me preguntaba antes de entrar— resultó un fascinante paseo por la historia de este terrenal e imprescindible artefacto. La sorpresa y la premura no me impidieron tomar fotos y apuntes. Acá los comparto, en el orden caótico en que figuran en mi libreta de notas...***
El primer calzado del que se tiene noticia perteneció al hombre de Ötzi. El zapato —hecho de una combinación de pieles (de oso y ciervo)— libraba al portador de ampollas y lo protegía en medio de temperaturas de entre -5 y -10 grados centígrados.
***Los egipcios acostumbraban a enterrar a sus muertos con zapatos, para que no anduvieran descalzos en el más allá. En las suelas de los zapatos de los faraones y miembros más prominentes de la sociedad pueden hallarse representaciones de esclavos y enemigos. El significado de dichas inscripciones es literal: no sacarles el pie de encima; mantenerlos bajo sus zapatos.
***La “caliga” era un tipo de sandalia usada por los soldados y oficiales del ejército romano. El emperador Cayo Julio César Augusto Germánico las llevaba de niño. Este señor pasaría a la historia con su más renombrado apodo: Calígula, que significa “botas pequeñas”.
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Las primeras evidencias del uso del calzado en el hemisferio occidental provienen de la cultura anasazi (procedente de los territorios que ahora ocupan Utah, Colorado, Arizona y Nuevo México). El material que usaban para cubrirse los pies: fibra de la hoja de yuca.
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La cultura asante llegó al poder a principios del siglo XXVIII y durante doscientos años dominó el comercio de oro (que encontraba en minas de su territorio). Dicta la tradición asante que los pies del líder no han de tocar el suelo. A tal fin, éste se hace acompañar de varios “porta-sandalias”. Las suyas —como muestra la foto— van adornadas en oro.
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En China se estimaba que el tamaño ideal en el pie de una mujer era “san zu” (7.62cm). Los pies que alcanzaban ese tamaño eran denominados “sin lian”: lotos dorados.
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En 1463, el Rey Edward IV de Inglaterra proclamó un edicto que limitaba el largo de la punta del calzado: éste debía corresponderse con el estatus social y los bienes del portador.
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Durante el reinado de Henry VIII, se pasó de los zapatos puntiagudos a los de punta ancha. La figura del monarca —quien gustaba de la buena comida— marcó la pauta en el cambio de moda.

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En la India, el calzado refleja(ba) el estatus del portador. Estos ejemplos de “calzado aristocrático” todavía se estilan en bodas y ocasiones especiales.
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***Ya a un par de cuadras del museo, cuando me creía libre del asedio de la peletería universal, el Dios del Calzado me volvió a sonreír. En una reja cualquiera, y sin la menor explicación, dormitaba, a sus anchas, un zapato.
viernes, agosto 08, 2008
Pornogración
¿Qué es la revolución? Pornografíasimulacro, rutina, desperdicio,
vértigo, mareo, precipicio,
estos años de oprobio y bobería.*
¿Quién quiere distracción más pasajera?
con una mano atrás y la otra alante,
sale a explorar su vocación de hetera.
Mientras la ex nuera por su gusto cobra
y la atención en su pelvis se posa
y el novio desdeñado se masturba,
Castro se congratula: ¡Qué maniobra!
No ha cambiado el estado de La Cosa…
pero ¡qué erotizada está la turba!
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* Carlos Alberto Montaner atribuye la frase a Borges.
Nota (in)necesaria
Estimado lector: como siempre, puedes visitar los enlaces con confianza. Son —respectivamente— a un texto mío en Letras Libres —perdona la auto-cita; en el mismo, desgrano mi teoría de la distracción—, a un post en Penúltimos días y a un artículo de Carlos Alberto Montaner.
jueves, agosto 07, 2008
Carne de identidad
miércoles, agosto 06, 2008
Bronquita en el Patricio Central Yacht

Transcribo un fragmento de R.U.Y., de César Reynel Aguilera.
***
Empieza la bronca; si quieres un detalle bonito te puedo decir que el sol caía sobre el mar con un tono de sangre mezclada con polvo de oro. Sólo se escuchaba el sonido del agua lamiendo las ciguas de la playa, ni un alma por los alrededores. Te juro que fue así, no estoy inventando nada, si quieres le pongo un poco de imaginación, una brisita y el susurro lejano de los cocoteros, pero hasta ahora he sido fiel a la verdad.
Hay muchas cosas que podría decirte sobre ese primer trastazo que me regaló el Moro. Podría abundar sobre la relación que hay entre ciertos hábitos cosméticos y el abuso; estoy pensando en las uñas de las manos y los pelos de la cabeza, casi todos los abusadores que he conocido se cuidan con esmero esos anejos, aunque lleven gorra. Podría hablar del sentido de la distancia, del error que cometí al discutir con un energúmeno al alcance de sus garras; regla de oro: con esos enemigos se debe tratar más allá de la longitud de sus brazos, de sus piernas o de las armas de sus secuaces. En fin, lo mejor es no lidiar con gente así. Podría irme, también, por la tangente del bofetón. ¿Por qué no me dio con el puño? La respuesta es muy simple: El sueño del ganado es marcar. Fíjate que tenemos un montón de palabras para describir esa acción que intenta dejar su huella en la piel de los rostros ajenos. Así al vuelo te digo: galleta, galletaza, gilda, galúa, mancuerna, bufa, torta, tortazo, viracuello, piano y avión, si hago un esfuerzo saco unas cuantas más. Conozco la historia de un tipo que ganó su bronca limpiamente, sin lugar a dudas, le dio tremenda pela al contrario y lo puso a dormir. Sin embargo, mira tú, el único golpe que recibió fue un bofetón, y nada fuerte, que conste, pero era un tipo de piel muy blanca. El caso es que terminó su bronca y tenía cinco dedos dibujados en la mejilla. Suficiente para que haya tenido que cargar con esa cruz por el resto de su vida. Le dicen “guante en cara”, “quince dedos”, “rupestre”, “superhuella”, “dedos macabros” y otros etcéteras, la gente es cruel, Bro, la gente es cruel y le gusta marcar.
Yo tuve suerte, el bofetón que me dio el Moro fue con los dedos pegados, la única marca que me dejó fue un morado en el maxilar inferior, esta zona de la cara que está aquí. Tremenda galúa, me levantó en peso y aterricé en casa de las quimbambas; caí contra el muro del Club con un mareo de tres pares, cuando fui a incorporarme sentí mi mano izquierda sobre una de esas piedras que llamamos chinas pelonas. Un objeto que merece cierto detenimiento. Son esos cantos que han rodado por el fondo del mar desde tiempos inmemoriales, han resistido miles de golpes; la arena los ha pulido hasta que brillan con un destello aceitoso; un buen día logran llegar intactos hasta la playa, a pesar de los muros de concreto y la furia del último norte. Se puede decir que son la esencia de la dureza probada bajo múltiples circunstancias. Eso fue lo que los dioses pusieron bajo mi mano izquierda y, ya sabes, soy zurdo.
Me levanté en cámara lenta y le lancé la china pelona a uno de los tres Moros que estaba viendo; quizás por eso no abrí los dedos y me quedé con la piedra en la mano. El socio se agachó pensando que la dejaba pasar por encima de su cabeza y, sin detenerse, me embistió como un toro, los brazos estirados para agarrarme por la camisa. Extraña tauromaquia, Bro, agarré el pelo del Moro como si fuera el tarro de la bestia, el tipo empujando para arriba de mí y yo reculando, con cada paso le machaqué la frente hasta que la piedra se hizo arena entre mis dedos. Entonces empezó la pelea.
Más de cuarenta minutos prendidos, el Moro intentando partirme la columna con un invento japonés, y yo dándole en el arco superciliar derecho cada vez que podía. Ganando tiempo para que el sangramiento hiciera su trabajo. Ese es el problema de las artes marciales, están hechas a partir de una filosofía, tienen un código de honor, se combate con reglas que a nadie se le ocurre violar, y pobrecito del que lo haga, le espera el harakiri, bueno, si es verdad lo que dicen las películas. ¿Te das cuenta de la contradicción? El tipo me chocó la cara sin avisar y después quiso pelear según las reglas de su arte. Se fundió, metió para corto circuito, y le puse un par de cables que en cualquier competencia oficial me habrían costado la descalificación inmediata. Los cables son una forma intuitiva de anular la distancia, se trata de estirar los brazos lo más que se pueda, la idea es evitar que el contrario entre en la zona de combate, es como el agarre en el boxeo, pero al revés, impedir el espacio óptimo para la ejecución. Esa es la cosa, en el combate callejero no hay reglas, solo trampas. El socio quiso jalarme por la camisa y lo dejé con la prenda en la mano, me le escapé con el torso desnudo, agárrame si puedes. Se desesperó, le di un brazo, lo atrabancó y quiso entrarme con un Uchi Mata, pero volví a resbalarme entre sus dedos y le solté un coscorrón en la furnia sangrante que tenía encima de la ceja derecha. En su desesperación empezó a tirar zarpazos, lo dejé que me agarrara por el cinturón del Jean, tiré un pasito para atrás y le encajé unos cuantos ganchos en la herida, la sangre corría tibia y rutilante. El miedo se fue a bolina, la cosa se estaba poniendo buena, me di cuenta que las fuerzas se equilibraban, ya no era el Moro fuertote que podía cargarme en peso, ya no me llevaba seis años de ventaja, le entró flojera y caímos en la misma división. El tipo empujó y me eché hacia atrás; un, dos, tres, cha-cha-cha, y me puse a hablarle como si fuera mi pareja de baile, cositas dulces al oído, Morito, ahora que estamos solos, todo lo que tengo es tuyo, se desconcertó, eso iba en contra del código samurai. Moro, la noche se hizo para... pelear, se ofuscó y volvió a hacer movimientos innecesarios, gastaba aire y soltaba sangre a borbotones, le recordé que nadie iba a venir a separarnos, la cosa era hasta que uno de los dos cayera, una ola de miedo le corrió por el cuerpo, quiso acorralarme contra una pared y tanto empujó que me dio una idea. Enfilé hacia la baranda, ofreciendo resistencia, pero en dirección a la baranda, cuando estuve cerca cedí al empuje y me eché a un lado, el socio se fue de boca contra el tubo y casi se cae solito al agua, lo agarré por una trabilla y por los bajos del pantalón, pero antes de darle el último empujoncito cometí un error, le hablé del mar, lo invité a jugar con los pececitos de colores. Yo no sé de dónde sacó tanta fuerza, pero se dio una revirada asombrosa. El tipo tenía su trauma con el océano. Me pasó por hablantín. Cuando vine a darme cuenta lo tenía parado frente a mí, tirándome unos pescozones que si los llega a soltar desde el principio me habrían matado. Pero llevaban poca fuerza; y así fuimos cayendo, el Moro tirando guantazos y yo parándolos a como fuera. Caímos sin aire, el socio se acordó de su amor exagerado por el Judo y quiso meter para Ne Waza, se puso a ensayar inmovilizaciones, estrangulamientos y cosas de esas, volvió a enloquecer y tuve que repetirle el tratamiento. Agarré un caracol tibio que tenía cerca y se lo clavé en la herida. El grito llevó nuestra localización hasta la caseta del vigilante. La linterna se acercó con mareo. Cuando nos encontraron, el Moro estaba en el piso y yo de pie, me entretenía en patearle la cabeza con cierta dulzura, como hace uno cuando se encuentra una lata vacía en la calle, un toque suave, que ruede un poco, a ver el ruido que hace.



