¡Este blog se mudó a http://belascoainyneptuno.com!

Espera unos segundos para redirigirte automáticamente al nuevo sitio. Si no funciona, visita
http://belascoainyneptuno.com.
De paso, actualiza la dirección en tu blogroll y en tus “favoritos”. ¡Gracias!

viernes, septiembre 26, 2008

Bienvenido al futuro

Yaniubis, Yandro, Yasmier, Yanisleidis,
Yesenia, Yunior, Yaima, Yanet, Yolka,
Yormaikel, Yamilet, Yaritza, Ydolka,
Yania, Yusniel, Yamilka, Yudisleidis,

Yordanis, Yeimer, Yusimí, Yudeisy,
Yanier, Yoandry, Yarianna, Yunieski,
Yargelis, Yasmary, Yampier, Yulieski,
Yanisbel, Yurismay, Yosiel, Yaneisy,

Yudania, Yankiel, Yarelis, Yamaika,
Yadonis, Yoanka, Yadiel, Yumari,
Yanitzia, Yordenis, Yennis, Yuliani,

Yenina, Yurisbel, Yadir, Yunaika
Yusidei, Yurisbels, Yankiel, Yaimari,
Yagnelis, Yassier, Yan, Yoan:
Yoani.
___
Nota: Es obvio que todos estos nombres son inventados. Pero no por mí. La mayoría figura en la nómina de atletas cubanos que participaron en las Olimpiadas de Beijing 2008.

En la foto: Yoani Sánchez, ganadora del prestigioso Premio Ortega y Gasset 2008, en la categoría de Periodismo Digital, por su blog Generación Y.

jueves, septiembre 25, 2008

Damas de Blanco en el Metropolitan Art Museum

La instalación Mujeres y flores, recreación de las Damas de Blanco, del artista cubano Iván Arocha, se presenta este viernes 26 y el sábado 27 de septiembre, de 3:00 a 5:00 de la tarde, a las puertas del Metropolitan Art Museum: Quinta Avenida entre las calles 79 y 84, en Manhattan, Nueva York. (La entrada principal está cerca de la calle 80. No hay perdida posible). Se solicita que los interesados asistan vestidos de blanco y se sumen a la instalación.

Lo que se dice: una ocasión para celebrar.

Quienes vayan a ir: cuenten conmigo.
___

Testimonio de los silentes

El festín terminó, pero nosotros
aun seguimos flotando en un nicho intermedio.

Fuimos gigantescas marionetas mutantes,
rompimos los cristales del vecino indefenso,
pellizcamos al tuerto, pisoteamos al loco,
escupimos al cielo con una rabia inédita,
bailamos del reflejo universal de cada charco.

Prohibimos el eco, si el eco era distinto.

Nos embriagó el mar:
sus decenas de muertos,
sus peces solidarios,
su calma relativa.

La textura de la sal nos invitó
a mantener la cabeza en los hombros,
la mentira acentuada,
el tubérculo en tierra.

Nos declaramos mudos, homofóbicos,
literatos modernos, asesinos del bien,
defensores de un millón y dos causas fantasmas,
estatuillas de cal, grandes héroes de seda.

No hay nada que temer.
Por lo pronto
vivimos en complicidad

con la métrica madura del silencio.

miércoles, septiembre 24, 2008

Pie de foto, cortesía de…

A la izquierda: Tin Cremata,
y Adelaida que lo abraza;
Fowler se desembaraza
de Barnet (que se arrebata);
con su cara turulata,
estrena barba Abel Prieto;
Jorge Gómez, indiscreto,
repite un chiste banal…
Todos prefieren Cristal
¡cerveza del inteleto!
***
Y dice Tirofijo:
A Tin nunca antes los vi
pero su cara Cre-mata.
Adelaida se retrata
entre él y Barnet. Aquí
casi no se ve el Totí,
mas de algo será culpado.
Jorge Gómez, abrazado
a un tipo, al otro en voz baja
dice: “busca una navaja
porque Abel no se ha afeitado”.

Esquirlas (es decir, fragmentos) de Raúl Castro, durante el juicio a Ochoa (Causa 1 de 1989)

El general se cepilla
los dientes
en el espejo.
(Esos dientes de conejo
¡no son dientes de pepilla!).
Con frío en la rabadilla,
lleva a conocer el miedo
—y lanza al medio del ruedo—
a un general en desgracia:
con plomo a la aristocracia
se soluciona el enredo.
***
Y dice Tirofijo:
Un ajuste de pandilla,
como en otras ocasiones,
en que uno de los matones
nos lo cuenta y se cepilla
los dientes. Pugna de orilla
en donde no hay parte buena.
Entre un lobo y una hiena
no hay por qué sentir dolor:
que se maten, por favor.
Sólo el cepillo me apena.
___
autor de la obra: César Beltrán
técnica: óleo sobre lienzo

martes, septiembre 23, 2008

Un trío de raperos le explica —al unísono y a capella— su quehacer al Comandante

El rap (pero no se duerma)
es un ritmo contagioso,
no es bonito ni es sabroso
y su cadencia no merma.
—El rap es fuego y esperma…
—Es arte controvertido…
—Comandante, ¡se ha dormido!
—¡El rap despierta a las masas!
—No nos confisque las casas.
—¡Tenemos fe en el Partido!
***
Y dice Tirofijo:
Estos “Orichas” siniestros
andan todos los caminos
con sus torcidos destinos
retorciéndonos los nuestros.
En “hacer ruido” son diestros
y aún más diestros son mintiendo:
“somos libres” van diciendo
y la ensangrentada mano
del régimen, del tirano,
aún continúan lamiendo.

lunes, septiembre 22, 2008

Hipótesis falsa

La verdad no es tan sensible
a todo cuanto acontece:
discrimina y desmerece
lo que se antoja imposible.
La verdad ineludible
naufraga a medio camino
entre tino y desatino,
entre sosiego y espanto,
entre la risa y el llanto,
entre el silencio y el trino.
***
Y dice Tirofijo:
Desaliento
La verdad tiene la suerte
magra de una bufonada.
Su destino es ser negada
y condenada a la muerte.
En un paria se convierte
a aquel que en vano la ofrezca,
y aunque mi esfuerzo merezca,
viendo todo cuanto veo,
la verdad es que no creo
que la razón prevalezca.
***
Y dice Heriberto Hernández:
Falta de aliento
No creo que a la verdad
corresponda tal destino.
Habla usted del desatino,
del ego, de la maldad.
Es la falta de humildad
que en vano quiere opacar;
el vacío, el muladar
en que naufraga su aliento.
Es la falta de talento
que no se puede ocultar.

domingo, septiembre 21, 2008

Alexis Romay: imágenes de archivo

Aun sin sacudirme el consabido polvo de las manos, aprovecho la oportunidad para agradecer a mi madre y mi hermana por rescatar —de ese lugar común que es el olvido— las fotos que siguen, así como por haberse tomado a pecho la tarea de entregármelas en el mejor estado posible.

A los curiosos: ahí me tienen, en mis facetas tempranas de lector, ajedrecista —enfrascado en aperturas y defensas muy poco ortodoxas— y mostrando fuertes inclinaciones hacia el diversionismo ideológico (palpables en el pulóver con la efigie del aburrido Pato Donald, cuyo consumo estaba contraindicado por aquel entonces en Cuba).


Alexis Romay, lector (a los dos años de edad)

Alexis Romay, ajedrecista (a los dos años de edad)

Alexis Romay, ajedrecista (a los dos años de edad)
Alexis Romay, ajedrecista (a los dos años de edad)

Alexis Romay, diversionista ideológico (a los tres años de edad)

sábado, septiembre 20, 2008

¿Qué pensarán de nosotros en Japón?

Transcribo (y subscribo) un comentario de César Reynel Aguilera sobre ¿Qué pensarán de nosotros en Japón?, ese excelente libro de Enrique del Risco, con el cual ganara hace unos meses el Premio Iberoamericano de Relatos “Cortes de Cádiz”.
***

En Cuba usamos la frase “sacar un sable” para referirnos a una sorpresa que llega envuelta en palabras. Termino de leer estos cuentos y quedo con la sensación de haber paseado por una impresionante galería de armas blancas. En este libro —además de sables que cuelgan en las paredes— hay una Katana que corta enloquecida en el metro de Nueva York, una navaja que salva vidas, y un cuchillo que apunta, con dudas, al viejo dilema de ser libres matando. La sorpresa más grata, sin embargo, que dejan estas historias es la comprobación de un viejo adagio: nada corta mejor que una página bien escrita. La prosa de Enrique del Risco destella honestidad y elegancia, tiene el filo de una hoja forjada sin excesos, hecha con golpes de inteligencia y puesta a enfriar con un gran respeto por el lector. La risa que salta en cada uno de estos relatos tiene la rara cualidad de dar alegría sin caer en la burla o el cinismo, de hacernos creer que en el Japón los machetes son un despilfarro de acero.

César Reynel Aguilera
autor de R.U.Y.

Collage revolucionario

Barbaridad, atropello,
nepotismo, negligencia,
Radio Martí, interferencia,
la reinvención del camello,
varios gritos de «a degüello»,
un trovador aburrido
que es más miembro del Partido
que el payaso en la palestra,
la mierda a diestra y siniestra
y el pueblo que hoy no ha comido.

viernes, septiembre 19, 2008

Cada uno a su oficio

(a QF, que me deja comentarios anónimos)

Al combate, bayameses;
cada hueso, a su esqueleto;
libretista, a su libreto;
ardillas, a cascar nueces;
a la montaña, cipreses;
los castristas, al castrato;
la ingratitud, al ingrato;,
al guateque, bailadores;
a libar, los ruiseñores;
¡zapatero, a su zapato!
***
Y dice Tirofijo:

Al sitio el oportunista
en que más pueda obtener
y al infierno el comunista
que lo suele sostener.
Al “Versalles” a beber
café cubano, indolentes,
los necios e intransigentes
que tras una agenda mítica
solo hablan de política
sin pensar en los dolientes.
***
Ilustración: Moni Pérez.

jueves, septiembre 18, 2008

¡Eh! ¿Ratas?

¿Te gusta coincidir con los etarras?
¡Que no! ¿Qué cosas ladras, imprudente?
Presta atención, despierta, ¡ajusta el lente!
Donde dice alcachofas, va alcaparras.

Mi corrector de estilo me ha trocado,
me lanza sobre arenas movedizas:
cuando escribo cenit, pone cenizas;
temo que cambie sueldo por soldado.

La confusión es hija de este inepto
—hipócrita lector, prójimo, hermano,
que donde digo innato, pone ingratas

y roba a mis palabras su concepto—,
autor de aquel primer verso malsano...
¡Me angustia convivir con las erratas!

***
Nota al pie:

No es mi intención jugar con el dolor ajeno. Estoy en contra de todo tipo de terrorismo —incluido el terrorismo de estado, que con tanta eficacia practica (por poner un ejemplo que me toca de cerca) el gobierno cubano— y condeno todas y cada una de las atrocidades perpetradas por ETA.

La intención del texto que precede a esta nota es demostrar la fragilidad —o volatilidad— de la expresión escrita. Mal que nos pese, el escritor está a merced del corrector… y viceversa. Luego de casi una década de trabajo editorial, he visto horrores —en este caso, en sentido literario— que van desde reseñas a Cien anos de soledad —que imagino ha de ser una soledad abrumadora— hasta la conversión de un país —el mío— en un instrumento que se usa para cargar agua. A esos deslices debo este soneto.

Habría preferido no tener que escribir una nota aclaratoria, pero hay cada personaje denso por ahí que es mejor anticipar con la venda la herida. Aún así, caerá su tiñosa.

Sin más que añadir… Sin… mas, ¿qué añadir? Redundo y me despido.

miércoles, septiembre 17, 2008

Solariega

Esa chancleta de palo
que en el solar chancletea
(con lluvia, viento y marea)
y pone el picheo malo
sin preludio ni intervalo,
es réplica fidedigna
de la isla de la consigna:
chancleta magnificada,
esencia de la camada.

¡Esa chancleta maligna!

martes, septiembre 16, 2008

Fragmento de diálogo entre dos cubanos (uno, exiliado; el otro, emigrante económico)

—¿Quién ha firmado esa carta?
—Fulano (que es anarquista)
y Mengano (un hedonista
que estuvo un mes en Esparta).
—¡Pues que mal rayo lo parta!
—¿Al anarco? ¿Al espartano?
—¡Al que me llamó “gusano”!
—Es que los dos suscribieron…
—¡Pues conmigo se jodieron!
—Cógelo suave, mi hermano…

lunes, septiembre 15, 2008

Harry Potter y la conjura de las cartas abiertas


A propósito de las recientes iniciativas ciudadanas capitaneadas desde el exilio en uno y otro caso por Ernesto Hernández Busto y Jorge Salcedo —esto es: la carta abierta a Pablo Milanés (que le pedía al cantautor oficialista que intercediera por la libertad del rockero Gorki Águila) y la carta abierta a los gobiernos de Cuba y Estados Unidos (en la que se solicitaba que, al menos temporalmente, ambas partes levantaran las restricciones a la ayuda humanitaria a la isla)—, me ha venido a la mente una escena que figura en la primera película de Harry Potter: la casa de la familia Dursley —donde malvive el protagonista de la serie— es inundada de cartas en donde se le notifica al futuro mago que ha sido aceptado en Hogwarts, una prestigiosa escuela de hechicería. Al principio, el despótico tío Vernon —que milita, ya se entiende, en el bando de los que odian y destruyen— ignora el insistente aluvión de sobres que parecen salir de todas partes, e intenta continuar su existencia al margen de lo que acontece, pero por más que hace el malvado pariente para echar a un lado la abrumadora realidad, más pronto que tarde y muy a su pesar —ya una vez que su casa se asemeja a una sucursal de cualquier oficina de correos—, éste se ve obligado a acceder a que su sobrino matricule en dicha institución.

He aquí un paralelo impreciso respecto a la situación en Cuba, pues Castro —cualquiera de los dos— no es el malhadado y torpe tío Vernon, sino el mismo Lord Voldemort, Aquél-Que-No-Debe-Ser-Nombrado. Pero al margen de la ligera discrepancia, algo tienen en común los dos contextos: tanto el tío Vernon como el gobierno cubano son expertos en desentenderse de cuanto sucede a su alrededor, en aras de mantener una pretendida normalidad. «Aquí no ha pasado nada» parece ser su más importante axioma y se aferran a él con enternecedora devoción.

Pero el quid de la cosa es que sí ha pasado y mucho. La persistencia de las cartas —abiertas unas, selladas las otras— a Potter, Milanés, los gobiernos de Cuba y Estados Unidos... demuestra aquella consabida noción de que tanto da el cántaro en la fuente hasta que se rompe.

Es hora de continuar brindando nuestro apoyo (simbólico y concreto) al pueblo de la isla —el mismo pueblo que nos cubre de epítetos, que es el mismo pueblo que ha sido devastado física y emocionalmente por dos huracanes y medio siglo de barbaridad, atropello, nepotismo y negligencia—; es hora de seguir presionando al régimen para que acabe todas y cada una de sus arbitrariedades destinadas a entorpecer (y envilecer) la vida del cubano de a pie; es hora de inundarlo con misivas que exijan que se respeten los derechos de los habitantes de la isla. El régimen, tarde o temprano, ante la intensa presión y la mirada soñolienta de la prensa internacional, se verá obligado a responder.

La voz está dada: carteros de todos los países, ¡uníos!

domingo, septiembre 14, 2008

La imaginación

Mi gratitud a Raúl Ciro, que me recomendó este corto de desbordante imaginación.

Retrato a mano alzada del signatario

La firma del “Presidente”,
más que firma, florilegio
de “niña bien” de colegio
de gente fina y decente.
El general influyente
en el asunto cubano
—influido por su hermano—
se esconde tras bambalinas,
pide ayuda y vitaminas...
con el garrote en la mano.

sábado, septiembre 13, 2008

Enrevesamientos

- A equino otorgado en acto de buena voluntad no es menester practicarle examen exhaustivo en los molares.
- A quien despierta al alba, su demiurgo le asiste.
- Bajo el lecho yace el ofidio. ¡Aguarda!, que te inocula y se escabulle.
- La felina María Ramos, lanza el proyectil y oculta la extremidad delantera.
- En la morada del forjador, daga de madera.
- Gana reconocimientos y luego entrégate a los brazos de Morfeo.
- No llevan gran ventaja los de la vanguardia si quienes van a la zaga andan a buen paso.
- Cleptómano que hurta de cleptómano merece un siglo de clemencia.
- Más conoce el maligno por longevo que por maligno.
- Descendiente de felinos acecha roedores.
- Cuando el daño es intestinal de nada sirven frutas tropicales que aún no han madurado.

Se aceptan colaboraciones.
***
Y dice César Reynel Aguilera:
- A equino dado en dadivosa dádiva no se le hacen análisis maxilofaciales.
- Postrer al lecho yace la sierpe, precaved que os lacere y se disipe.
- Untum maladem un evacuatorum est non valet un matures Guavas. (Lo que dijo Villaverde en latín al salir del hospital de Cocosolo).
***
Y dice Manuel Sosa:
- La sapiencia de Lucifer radica en la experiencia que deviene de su senectud y no en su condición mefistofélica.
***
Y dice F.C.:
- H2O que no habrás de ingerir, déjala fluir.
- Búscate un hijo del celeste imperio que te instale una habitación.
***
Y dice Max:
- Crustáceo decápodo marino que al entregarse a los brazos de Morfeo en el lecho marino es víctima de traicioneras corrientes que lo arrastran a los abismos insondables.
- Homo sapiens recién llegado a la vida que al no expeler lágrimas y alaridos exasperantes se le exime de succionar de la ubre materna los nutritivos fluidos que lo alimentan.
***
Y dice anónimo:
El que con infantes pernocta, excrementado alborea.

jueves, septiembre 11, 2008

Réquiem por Nueva York

Estuve al menos media hora en uno de los vagones del metro N, en mi trayecto rumbo al sur de Manhattan, varado en algún punto impreciso entre las estaciones de la calle ocho y la calle 14. En aquel entonces no tenía teléfono móvil. (A decir verdad, no creía en los teléfonos móviles: me irritaba sobremanera la gente que andaba arriba y abajo en cuchicheo perenne con Dios sabe quién al otro lado de la línea). Horas después, aclaradas las dudas, comprendería que de poco me habría valido una conexión celular. Casi todos los circuitos telefónicos en ese momento estaban incapacitados.

Al principio no nos dijeron nada. Por suerte o por desgracia, mis años en Cuba me habían familiarizado con la vaguedad como método de información, así que intenté ignorar aquel desconocimiento que nos mantenía, en su forma más literal, bajo tierra: las autoridades ferroviarias habían optado por preservar la calma en el submundo. Ya al cabo de cinco minutos, cuando la parada irregular se había extendido mucho más de lo acostumbrado, empezaron a anunciar por el sistema de altoparlantes que debido a una congestión al sur de Manhattan estaban demorando —y hasta desviando— los trenes que iban al área de Wall Street.

¿De qué tipo de congestión hablaban? Se referían al hecho como algo que ocurría “above ground”. La manera en que decían “above ground” me pareció un poco melodramática: más apropiada para una película taquillera del Hollywood más comercial. «Estos americanos», pensé. Por otra parte, ¿cómo era posible que un disturbio sobre tierra pudiera afectar a quienes viajábamos —ajenos a todo— en sus entrañas? La claustrofobia empezó a generar preguntas que, por el momento, iban a caer en saco roto. Sin otra alternativa, regresé a la lectura de turno, que era, con toda probabilidad, algún escritor del Boom latinoamericano, a quienes tuve que (re)leer para (mi desdicha y) la maestría en esta olvidada lengua que cursaba por aquel entonces.

Pasado un tiempo incalculable, le dieron luz verde al tren. Recuperó el ritmo y en par de minutos se puso en la estación de la mentada calle ocho. Bajaron varios pasajeros, pero —esto debió haberme sorprendido— el flujo fue unidireccional: no subió nadie a repoblar mi vagón. No presté atención al detalle. ¿Qué se podía esperar de un martes común y corriente?

El tren siguió su curso como si nada hubiese pasado; como si la media hora que nos retuvo en ese limbo subterráneo perteneciera a otra vida, a otro tiempo. Casi automáticamente empecé a ensayar la excusa que le daría a mi jefa para amortiguar la tardanza. ¿Me creería? ¿Media hora atascado en tierra de nadie? A otro perro con ese hueso. La próxima parada era la mía. Me quedaba en Prince, esquina a Broadway. Mi trabajo por aquellos días estaba a unos pasos de la boca del metro: en la calle de los teatros, entre Prince y Spring. Por lo general, salía como un sonámbulo del tren, inmerso en las páginas de algún libro —cualquier libro—, con pleno conocimiento de la distancia entre cada peldaño de la escalera del Subway, dueño de cada olor que emanaba del superpoblado Downtown neoyorquino, experto en evitar a todo tipo de transeúntes sin despegar la vista de las páginas que me ocupaban.

Esa mañana, a la salida del metro, tropecé con un escalón a desnivel —esta imagen la insertaría en mi novela—; levanté la vista y di con una multitud corriendo rumbo norte por Broadway. Eran poco más de las nueve de la mañana. No supe qué pensar ante el panorama. Así que regresé al libro. Pero la lectura duró un segundo, quizá menos: esta vez fue el olfato y no el tumulto lo que me devolvió a la realidad: nos rodeaba un olor intenso, como a ¿pelo quemado? Luego vi una columna de humo que subía desde algún punto que no pude determinar, a unas veinte cuadras de la esquina a la que me habían llevado el metro y mis desorientados pasos.

Lo primero que me vino a la mente —en ese instante me pareció lógico y ridículo a la vez— fue que estaban filmando alguna película de ciencia ficción. Parecía una escena sacada de Godzila: un pánico generalizado que se mezclaba con mi desconcierto: ¿de qué huía la gente en desbandada? ¿Y por qué había otros que iban en dirección contraria, rumbo al humo y la debacle, aferrados a sus teléfonos, marcando números que ya habían recibido su última llamada? Dale con Hollywood y su empeño en hacer que las cosas parecieran reales. Por lo menos podían haber avisado, que uno sale del tren y no tiene ni idea… Pero no vi cámaras por ninguna parte. «¿Qué pasa?», pregunté al azar. «Nos atacan», me gritó uno sin detenerse.

Eché a correr al norte del infierno. (Coincidencia irónica: unos meses más tarde, traduciría una excelente novela que lleva ese título). No me detuve hasta el entronque de la calle 14 y la sexta avenida. Hasta ese momento no sabía de qué me alejaba; corría por inercia, como si fuera un extra de esa película que aún no lograba comprender; tampoco, hasta entonces, habría imaginado que podía correr tanto. En la esquina de la 14 y la sexta, la gente se estaba congregando para ver el fin de una era. Ya se había desplomado la primera torre. Alguien mencionó que la segunda caería en breve. Aparté la vista. (Hay imágenes que prefiero evitar). Escuché un suspiro general. Un grito aquí, una maldición allá y una conmoción en la atmósfera me confirmaron lo que ya temía: la segunda torre se estaba desmoronando.

Caminé al oeste por la calle 14 hasta llegar a Lectorum, la librería que me había recibido en mil y una ocasiones felices desde mi llegada a Manhattan; me recibieron con caras largas; pedí el teléfono; llamé a casa y hablé con la amiga que había vivido intensamente mi fuga de Cuba, dos años de noviazgo conmigo y que en unos meses se convertiría en mi esposa. Le dije que, salvo causa mayor, no se moviera de ahí. Que iba a su encuentro. Deambulé hasta la calle 50 y la undécima avenida: por esa zona la gente había formado un cordón en la acera y saludaba —¿despedía?— con carteles de apoyo, lágrimas, comida, botellas de agua y cuanto artículo pudiera ser útil a los bomberos, policías y voluntarios que se aventuraban a la Zona Cero.

Seguí andando. Llegué a casa poco antes del mediodía. Aún a esa altura de Manhattan no era difícil oler la muerte. Los helicópteros sobrevolaban la isla, las sirenas aullaban ininterrumpidamente, los teléfonos (que aún servían) no paraban de sonar. Mi novia me recibió con una tristeza desconocida. No puedo precisar cuándo empecé a llorar ni dónde culminó el llanto. El resto del día fue un letargo intranquilo. Empezamos a hacer planes emergentes: a quién llamaríamos en caso de urgencia si no nos podíamos comunicar entre nosotros; dónde nos reencontraríamos si la vida nos lanzaba otra vez ante un escenario (casi) post-apocalíptico... La incomunicación había sido siniestra. La angustia de aquellas horas en que no supimos el uno de la otra fue una de las sensaciones más intensas que había experimentado hasta la fecha. (¿Debo recordar que provengo de Cuba, la tierra de las sensaciones más intensas?).

Esa tarde murieron mi inocencia —gigantesca, no olvidemos que crecí en La Habana— y mi incredulidad y disgusto ante la telefonía celular, y me nació un escepticismo que a ratos me sirve de brújula. El 12 de septiembre de 2001 compré mi primer teléfono móvil. El aparato es lo que en mis años en Cuba era el carné de identidad: una suerte de salvoconducto. Lo llevo a todas partes.

Reza el lugar común que a los amigos se les reconoce en los malos tiempos. La fatalidad tiene ese don de sacar a flote —en alguna gente— los buenos instintos. Hasta el 11 de Septiembre de 2001, la Gran Manzana —con sus aires de capital del mundo, su ritmo acelerado, sus clubes de jazz, su diversidad variopinta, sus barrios segregados, sus tragos cosmopolitas, su rivalidad entre los lados este y oeste, su West Side Story y su Metropolitan, sus viñetas de Woody Allen, su ruido infernal, sus taxistas descabellados, su coexistencia pacífica entre Chelsea y Hell’s Kitchen, su Central Park con la estatua ecuestre de José Martí, sus cubanos de todos los credos y todas las latitudes— no me era indiferente, pero tampoco me era particularmente entrañable: era una ciudad más, desde donde vivía mi destierro con el mayor decoro posible.

Esa tarde —quizá sin proponérmelo—, dejé de ser habanero de un golpe.

Desde entonces, no importa donde viva, sé que soy natural de Nueva York.

***
Alexis Romay
11 de Septiembre de 2008

Levanten las restricciones a la ayuda humanitaria

Me he dormido en los laureles. Al margen de eso, los invito a firmar una carta que defiende «la posibilidad y el derecho de los cubanos en el exterior a asistir directamente a nuestros familiares, amigos y compatriotas en la isla, y el derecho de ellos a recibir nuestra ayuda, al menos en el contexto de esta crisis humanitaria». La carta será enviada formalmente a los gobiernos de Cuba y los Estados Unidos, al congreso americano y al parlamento cubano, a partir de las 12 del día de hoy. Para firmar: aquí.

PD: Toda mi gratitud al imprescindible Jorge Salcedo, que ha capitaneado esta noble iniciativa.

Entre huracanes

Esto lo tomo del blog del imprescindible Enrisco:

Calle 5 del NW y la 63 avenida: Hermanas de la caridad recogen ayuda que enviarán a través de la iglesia. Es increíble la cantidad de gente que va llegando constantemente y no se dice nada. Todo el mundo va tranquilo, sin cubaneo, silenciosamente, van dejando caer las mercancías. Es un luto total y sabiendo que es efectivo pues la iglesia sí lo va a meter dentro de Cuba; no sé cómo es posible que a esto no se le dé divulgación en internet y en otros tantos lugares.

P.D.: Abajo reproduzco un mensaje de Lesbia Varona de la Universidad de Miami referente a cómo enviar ayuda a través de las Hermanas de la Caridad.

Ayuda a las Hijas de la Caridad para Cuba

Querido/a(s) amigo/a(s):

Con el paso de los huracanes Gustav e Ike, nuestra Cuba ha quedado devastada y el castigo todavía sigue. El momento es de unir fuerzas para brindar alguna ayuda. Las Hijas de la Caridad tienen permiso para hacer estos envíos desde hace años, así que es una ayuda directa al pueblo de Cuba. Con una donación de dinero, ellas pueden comprar directamente a mayoristas y así el dinero rinde más. Sor Hilda Alonso, la superiora de la orden en Miami, tiene programado que el próximo viernes salga un contenedor con comida para Cuba, pero si la respuesta de ustedes y de todos en este pueblo es grande, podrá seguir enviando contenedores, que alivien de alguna manera la angustia de nuestros hermanos. También les pido que “pasen la voz” a las personas que conozcan y que quieran contribuir, para que sepan lo que estamos haciendo y tengan un medio directo a donde cooperar. Pueden entregarme su donación contactándome directamente (lovarona@miami.edu) y yo se las haré llegar a las hermanas, pues está entre mis planes, ayudarlas en todo lo posible. Si les es más fácil, pueden enviar su contribución a las Hermanas directamente:

Hermanas de la Caridad
500 NW 63rd Ave. Miami, FL 33126

Gracias y bendiciones,
Lesbia Varona

Otra variante es enviar dinero al Center for Democracy in the Americas
: la información viene aquí.

miércoles, septiembre 10, 2008

Soneto protesta

En Cuba se formó el corre-ve-y-dile
en medio de huracanes y conciertos
y mientras cuentan heridos y muertos...
¿¡Silvio quiere montar su carpa en Chile!?

Si se va con su música a otra parte,
las prisiones cubanas harán fiesta
sin canciones, sin Silvio y sin orquesta
que vaya a predicar amor al arte,

o a la revolución o al socialismo,
amor a las arengas infinitas,
amor al hambre, al miedo y al encierro…

¿Silvio se irá a sufrir el consumismo
con chilenitos y con chilenitas?
Próximo disco: Silvio en el destierro.

El trovador ya tiene quien le escriba

A propósito de cartas abiertas a Pablo Milanés, reproduzco una que le escribiera el músico Armandito Romeu, en enero de este año, a raíz de un concierto de Milanés en el teatro Mella.
***

Sabemos que no hay camino, pero también nos enseñaron que se hace camino al andar... Es difícil vivir con la conciencia remordiéndote al reconocer que con el pasar del tiempo los paisajes cambian y la geografía se transforma, y que con los días que pasan en el transcurso de los años llega un momento en que ya veintiún pelos y un día no te separan de la mujer amada sino de toda una sociedad que no puede olvidar sus hijos fusilados, su familia dividida, y la Patria tan querida a la que te tienen prohibido volver ni siquiera muerto para recibir un decoroso entierro.

No sabes cuánto he disfrutado tu último concierto, y cuanto he admirado tu arte porque tengo el privilegio de poder recibir en mi casa las transmisiones de nuestra sufrida Isla, y porque además eres, sin lugar a dudas, un artista admirable y un poeta de la canción cubana de incuestionable valor.

Pero de eso a perdonarte, va mucho trecho. Tú jamás podrás disfrutar del perdón de ningún cubano, porque lo que tú has representado en todos estos años no tiene perdón ni de Dios.

Preguntas que si ha valido la pena y te puedo responder sin temor a equivocarme que no solo no ha valido la pena sino que has sido víctima de tu propia cobardía, porque has pasado por la vida promoviendo el sistema que mantiene la esclavitud de tus propios hermanos y no has sido más que un falso admirador de algo en que nunca creíste verdaderamente.

Lo siento más que nada por ti porque a nosotros ni nos va ni nos viene lo que ahora puedas sentir, pero me imagino lo que debe sentir un hombre cuando tiene tal estado de remordimiento en la conciencia. Allá tú con la tuya, la mía está tranquila.

Armandito Romeu

martes, septiembre 09, 2008

El modelo cubano

El Hombre Adidas prepara
su carrera de modelo.
Ya sabe que no irá al cielo
(ya no va ni a Santa Clara),
así que a ratos compara
su imagen en el espejo
con cualquier modelo viejo
y sonríe satisfecho:
si busca un viejo maltrecho,
¡él le vende su pellejo!

lunes, septiembre 08, 2008

No te desesperes, Pérez

Volar como Matías Pérez
es triste, mas preferible
a ese cosa inconcebible:
hablar como Hassán Pérez,
quien —con su prosa de alférez
y su pinta de soldado—
se aplatanó en el Vedado
de Segundo Secretario...
Hoy leemos su obituario:
«Hassán Perez ha volado».

domingo, septiembre 07, 2008

El Comandante y el Compañero

Hace unos meses, en una cena en casa de unos amigos entrañables, traje a colación ese acto de justicia poética que es “El Comandante” —canción de Gorki Águila y su banda Porno para Ricardo, y una de mis candidatas a la hora de sustituir el anacrónico y patriotero Himno Nacional de Cuba—. Mientras compartía tragos y chistes con varios coterráneos disfrutaba con una mezcla de orgullo y sadismo las caras de quienes me miraban no con poca incredulidad al escuchar mis alusiones a la letra de la ya famosa canción.

Antes de pasar al plato fuerte y no conforme con mi insistente y desafinada cita de la canción, pregunté si tenían a mano un aparato para conectar mi iPod; así podrían comprobar por sí mismos la jocosidad de la letra, la audacia de los músicos y lo divertido y catártico de la canción. De la nada, salió el artefacto. Y Porno Para Ricardo sonó en la noche de Nueva York.

Una de las invitadas se pasó los casi cuatro minutos de la canción con una cara más apropiada para momentos de alarma nuclear que para cuando se abre esa válvula de escape que es la banda de punk rock habanera. Semanas más tarde, di con ella en una presentación de libros. Con toda la amabilidad del mundo, me hizo explícito su escándalo ante mi falta de tacto y aludió a la pobre anfitriona de la casa, a quien «se le querían salir los ojos de sus órbitas».

En días recientes, Jorge Ferrer—en su análisis del problema que es Gorki— apuntó: «El “Vámo a despingar al delegado” o el “No coma tanta pinga, comandante” escapan de cualquier discurso público que haya conocido la dictadura en cincuenta años». En cierta medida, estas locuciones escapan de cualquier discurso público que haya conocido también su exilio. De ahí la incomodidad que la canción desató durante la mentada cena. Por su parte, Enrique del Risco dice de Gorki que: «por su naturaleza controversial, algunos le niegan la condición de cantante y otros hasta su pertenencia al orden de los vertebrados».

En respuesta al puritanismo que corroe la vida pública cubana y porque sé de la importancia de esta canción que no sólo tutea al poder —aunque, curiosamente, lo trata de “usted” en el texto—, sino que echa por tierra cualquier vestigio de respeto ante un adversario infinitamente mucho más poderoso, me he permitido escribir una adaptación de “El Comandante”, apta para cardiacos. Dicha adaptación traduce el contenido original de la letra, con una salvedad: me tomé la libertad de actualizar el rango del aludido, que por estos días ya no va de Comandante. Sin más —dedicándola a los aguerridos integrantes de Porno Para Ricardo—, los dejo con mi versión de “El Compañero”.

Letra original: Gorki Águila
Adaptación mojigata: Alexis Romay

El Compañero
desea que doble el lomo
sin pagarme un salario valedero.

El Compañero
quiere yo lo aclame
después de delirar cual vertedero.

¡No, Compañero!
No engulla usted ese falo, Compañero.
No engulla tanto falo, Compañero.
No engulla tanto falo, Compañero.

Si quiere que sea obrero
tiene que pagar primero.
No engulla tanto falo, Compañero.
No engulla tanto falo, Compañero.
No engulla tanto falo, Compañero.

Usted es un tirano
y el pueblo está harto ( y encuero).
No engulla tanto falo, Compañero.

El Compañero
inventa unos comicios
para elegirlo a él (o a su heredero).

El Compañero
quiere que vaya y vote,
total, para no hacer lo que yo quiero.

¡No, Compañero!
No engulla usted ese falo, Compañero.
No engulla tanto falo, Compañero.
No engulla tanto falo, Compañero.

¿Quiere un voto sincero?
¡Póngame un barco velero!
No engulla tanto falo, Compañero.
No engulla tanto falo, Compañero.
No engulla tanto falo, Compañero.

Usted y sus hermanos,
¡pájaros de mal agüero!
No engulla tanto falo, Compañero.

No, no engulla tanto falo.
No, no, ¡Compañero!
No, no engulla tanto falo.
No, no, ¡Compañero!
No, no engulla tanto falo.
No, no, ¡Compañero!
(Repetir).

___
Imagen: © Porno Para Ricardo.

sábado, septiembre 06, 2008

Remedio

¿Quiere usted aprender a escribir y de paso curarse del miedo escénico?

Abra un blog.

Y firme con su nombre.
___
Foto: Ricardo QM.

Bestiario cubano (valga la redundancia)

Huyeron los tocororos,
un colibrí
murió de hambre
y enganchados a un alambre
tres jutías y dos loros
buscan comida (¡tesoros!).
Esto ocurre en Las Terrazas;
ya no quedan ni torcazas
en el Valle de Viñales;
ni comida ni animales:
¡el hambre cunde en las masas!

viernes, septiembre 05, 2008

El grupo de experimentación sonora

Manuel Sosa ha inventado el malolo, una variante de la décima que, en palabras de su creador, consiste en «los diez versos buscando una consonante única y difícil. Bastardía estilizada».

Acepto la invitación al experimento y añado mi aporte, el alexus: una variante de la décima cuyos versos riman en consonante única y esdrújula... e incluyen un verso en paréntesis y otro no. Infamia infinita. Aquí un ejemplo:

Disfruta la película
(pero no la matrícula),
se quita la cutícula
(que parece ridícula),
le duele la vesícula
(se partió la clavícula),
se adhiere a la cuadrícula
(y cuida su retícula),
su parte y su partícula
(y goza la canícula).

***
Y dice Jorge Salcedo:

Inspirado en el Malolo y el Alexus, el Saldeso Mofuñe es una décima autorreflexiva sobre el acto de escribir, con rima en consonante única, con eñe, un verso alterno entre paréntesis y sin ningún otro signo de puntuación. La composición se presta muy bien para los interrogatorios difíciles.

Ah, se me olvidó mencionar que los versos del Saldeso Mofuñe son heptasílabos. Pero los preceptistas lo notarán de cualquier modo…

Cuando la pluma empuñe
(o mi racimo esmuñe)
esta noche y acuñe
(nostalgia de Los Muñe)
el Saldeso Mofuñe
(no dora pero bruñe)
habrá quien refunfuñe
(hábito que engurruñe)
porque mi verso gruñe
(suerte que no te apuñe)

Kabiosile Enrique Jorrín

Transcribo un fragmento de Kabiosiles, del multi-talentoso Ramón Fernández-Larrea, a propósito de la presentación de dicho libro, hoy, 5 de septiembre, en el Club Cubano de Elizabeth (New Jersey).

***
Kabiosile Enrique Jorrín

No le cabían los dientes en la boca ni la música en el cuerpo. Tal vez por eso le vi siempre sonreír, y llevando el violín como el ciego su bastón y el perro al ciego, en los espejismos de la gran ciudad, y al pairo, las estrellas, ese brillo remoto que es el incendio de todas sus corazas.

Desde la muerte —esa ausencia injustificada, la inexplicable selección de un Dios colérico— le siento en mi distancia física con una dulce alegría que nunca comprendí viviendo en sus alrededores. Esa es su piedra de bondad: derrumba las distancias.

Su legado, que alzo y escondo, que saco a relucir contra los malos vientos, la desmemoria, la maldad de los hombres y las piedras del largo camino: una alegría que me hace pertenecer al cielo de una isla que no termina en la breve línea filosa del mar. Un país que se expande y me acompaña, con el compás jubiloso de su invento: el chachachá.

Ahora es fácil decir los límites de su textura humana, de un diciembre a otro diciembre, con 61 años de latir: 25 de diciembre de 1926, el inicio de su andadura, la fecha de su asombro contra el cielo de un pueblecito llamado Candelaria, allá en Pinar del Río, la provincia más occidental y olvidada, alejada de los caminos del son; y la despedida, el último mes del malhadado año de 1987, en la capital cubana, que usted había puesto a bailar como pocos, con aquel violín suyo que fuera techo del mundo, tabla de salvación, cetro y corona de su invento.

No fueron los aires de Candelaria, sitio sereno, sino la barriada de El Cerro en la capital, donde vivió Enrique Jorrín su infancia de modesto esplendor, lo que le fue metiendo en el cuerpo el ardor de la música. Cerca, con las mismas locas sinuosidades del humo de leves cigarrillos, subían al cielo las notas de encanto que le arrancaba al aire el mago Antonio Arcaño, y ellas le invitaron a completar ese desquicio del mundo. El Cerro, antiguos refugios de hacendados que fueron cubriéndose de la inexorable ceniza, y a donde subieron los negros más tarde a desgranar la música irrespetuosa, la música loca, la música de la lujuria total que ahuyentaba la muerte.

En esa amalgama de noche compacta aprendió el corazón de Enrique Jorrín los vuelos fieros del violín, y se graduó como hombre de pasión.

Entonces llegó la década del 40 y él era ya maestro joven, con ganas desaforadas de brindarle sus pedazos al mundo. Graduado del Conservatorio Municipal de La Habana emprendió su camino de condotiero en la Orquesta del Instituto Nacional de la Música, que dirigía, con armoniosa imaginación, esa lumbre que fuera González Mántici.

Y era entonces el danzón la hoguera más pausada, la prueba suprema, el ritmo de los cuerpos cadenciosos entre los torrentes desaforados del son oriental que había irrumpido con mil disfraces e ilimitados caminos. Enrique entró en el sacerdocio del danzón como violinista de la Orquesta Los Hermanos Contreras. Era 1941. Dos años y cien danzones más tarde ingresaría en la cripta más sublime del género, aquella fabulación no repetida nunca más que fuera la orquesta del maestro Arcaño, el mismo que le tendió la trampa sonora con su flauta hechicera. De ese modo le tomó el pulso a lo viejo para degustar la honda rebelión creadora en sus filas, cerca de Orestes López y su hermano Cachao, que engendraron las invisibles riendas de un hijo increíble del danzón: el mambo esplendoroso que luego pasearía Dámaso Pérez Prado sobre la faz de la tierra.

En esa fragua, su alma inquieta bordó las primeras preguntas. Y salió de ella con el absoluto irrespeto por la música que da el amor desmedido. Insatisfecho con lo ya realizado, con lo rotundo, con lo creado, hizo lo que siempre hacen los dioses con las luces del mundo: cambiarlas, modificarlas, reemplazarlas por el dictado venial de sus sangres impetuosas. Se había estrenado ya en la orquesta de Arcaño, que obligaba a sus músicos, en un reto tierno y fraternal, a demostrar que eran la maravilla. Con tales magos se atrevió a escribir danzones de feliz acogida: Hilda, Central Constancia, Liceo del Pilar.

Ya andaba su germen revuelto para asombrarnos. Cuando llegó a la Orquesta América, de Ninón Mondéjar —que más tarde quiso apuntarse un poco de gloria con su ritmo— iba cargado de otras ensoñaciones que le dictaron los tiempos. Era 1951 cuando lanzó el primero de sus impactos, y dos años más tarde, el mundo se rindió ante la evidencia de aquel ritmo menos endemoniado, de cadencia seductora en el que los cubanos volvíamos a ser los guapos de la pista. Un ritmo que nació desde los pies, cuando Enrique Jorrín observaba, desde su atalaya de nuevo Dios, las sensuales evoluciones de las parejas. El chachachá había nacido, con ese nombre que es onomatopeya, resumen de sonidos del movimiento, como una metáfora que desplazaría la luna hacia el brillo de la pista.

Y con ellos, el candor de un doble sentido que hoy nos parece casi infantil, en el juego de un montuno que quiere decir más de lo que el cuerpo aguanta; o que pronuncia menos de lo que la mente pretende para el enlace. La engañadora puso una esquina habanera a girar sobre el mundo. Más tarde, todos quisieron atravesar la bahía por El túnel, que más que agujero subterráneo es un conducto en el tiempo, postal de aquella ciudad que luego cambió sus rostros de jubiloso pecado.

Ahora dicen los que saben que su invento tiene de todo. Hijo del danzón, desprendimiento de la elegante furia, y hasta una pizca del chotis madrileño.

Yo prefiero escucharle ahora en dos momentos de mi suerte: con la orquesta América en 1954, cuando las voces tenían el susto de la juventud, y luego, en grabaciones de 1986, con la voz del gran Tito Gómez poniendo en su punto la jauría de un mundo de esperanzas. Vuela el violín de Enrique y destellan sus dientes, como para que el barro de la muerte se distraiga.

Ahora mismo se pone mi sangre a alzar piedras de la memoria. Suena en la gris mañana de Barcelona esa pieza perfecta que se llama Nada para ti, que es como un leve guiño a todas las pasiones. Regresa Enrique por la Calzada del Cerro. Regresan mis padres a la pista. El cielo de La Habana arrastra los pies con una cadencia caliente.

Vuelvo a resucitar en Prado y Neptuno, mirando los cuerpos que ahora llevan la sed de su herencia total.

De la maleabilidad de los metales

Antillana se pronuncia
(con permiso y con licencia)
y con cierta ambivalencia
gime, critica y denuncia.
Algún obrero renuncia
—oh, qué palabrita, ¡obrero!—.
No le digan “compañero”,
ni lo obliguen a desfilar,
y no lo manden a templar
¡ni a su jefe ni al acero!

jueves, septiembre 04, 2008

Los cantores y las masas (cárnicas)

Dieron un concierto libre
(libre por lo de la entrada)
en la tierra mancillada,
con orquesta y sin calibre.
No pidieron Cubalibre
—que es un trago y un anhelo—
y mientras a ras de suelo
se daba
leña y porrazo
le cantaron al Parnaso
y a las bondades del cielo.

miércoles, septiembre 03, 2008

El regreso de Ramón

El próximo viernes 5 de septiembre, el escritor Ramón Fernández-Larrea presentará su libro Kabiosiles, en el Club Cubano de Elizabeth (New Jersey). Habrá comida (a)típica y tragos. El plato fuerte, no faltaba más, será el propio Fernández-Larrea.

Kabiosile —palabra yoruba de salutación al orisha Shangó, dios de la música, la guerra, el rayo y el trueno en la religión afrocubana— da título a este hermoso libro, donde Ramón Fernández-Larrea dibuja con lenguaje poético, retratos emocionales de músicos cubanos, que, en palabras del propio autor, “han conformado nuestra esencia sonora”.

Tipo cómico, profundo y sagaz, donde los haya, Ramón Fernández-Larrea —que además de buena gente es poeta, periodista, guionista de cine, radio y televisión— en estos momentos reside en Miami, donde trabaja como productor creativo del programa Esta noche tu night, que conduce Alexis Valdés en Megatv. Residió en Barcelona durante diez años, donde escribió, dirigió y condujo, entre los años 1999 y 2002, dos programas de radio en la emisora Radio Gladys Palmera: Memorias de la Habana, programa que convierte la música en historia y ésta última en poesía, y Al tanto, programa de actualidad musical. En el periódico digital Encuentro en la Red, mantuvo una columna de humor durante cinco años, en la que a través del género epistolar y con un lenguaje irónico y mordaz instaba a los personajes de la vida cultural, social y política cubana a que le respondieran todas las dudas que sus actuaciones en el desarrollo de esta pequeña nación, le habían suscitado. Ha sido laureado con premios de poesía nacionales e internacionales. Su primer libro, El pasado del cielo, consiguió el premio de poesía Julián del Casal, que otorga la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, en 1985. Terneros que nunca mueran de rodillas obtuvo el premio Julio Tovar en Santa Cruz de Tenerife, España, en 1996. Ha sido publicado en Guadalajara, México, con su libro Cantar del tigre ciego, en el 2001. Sus libros más recientes Nunca canté en Broadway. Antología poética; Kabiosiles. Los músicos de Cuba, han sido editados ambos por la editorial Linkgua, en Barcelona, en los años 2004 y 2005, respectivamente.

Desfile en la Plaza de la Revolución (tomas aéreas y frontales)







Posible Himno Nacional cubano: “We Are the Dinosaurs” (Somos los dinosaurios).
____
Fotos: © Alexis Romay.

Especulaciones sobre Mónika, la guerrillera

Dejó atrás una peluca,
su bolso y una pistola
—una Colt— ¿y una victrola
y un disco de Papo Lucca?
Dejó un disparo en la nuca
de un tal Toto Quintanilla.
Huyó a Múnich o a Sevilla…
y en La Paz conoció el plomo.
¿Habrá muerto con aplomo,
soñando con la guerrilla?
***
H/T: Enrisco.

martes, septiembre 02, 2008

Vicio

Transcribo un soneto de Néstor Díaz de Villegas.
***

En contornos fatídicos el alba
rehusa decidirse a ser mi presa:
otros mundos me rondan la cabeza,
de tan desesperada, casi calva.

Rimadores que riman duraderos,
sin el veneno del amor no canto:
necesito valor y vertedero,
algo vulgar, algo violento y santo.

Un puñal que atraviese mis entrañas,
una muerte anunciada, un desengaño
—patíbulos y sexos y patrañas.

Sin lodo y sustos yo marchito y muero,
desciendo justo donde más me elevo:
una cúspide abierta en la montaña.

lunes, septiembre 01, 2008

Huracanes

A propósito del paso del huracán Gustav por la isla —que acabó con la quinta y con los mangos—, Zoé Valdes ha publicado sus memorias del ciclón Flora. Desde mi esquina le agradezco por escarbar estos recuerdos ciclónicos, que, a su vez, han despertado y revuelto los míos.

Ya casi había olvidado que, durante los temporales, las ventanas de mi edificio volaban como hojas al viento. Caían a la calle una tras otra, como si fueran parte de la lluvia misma. Recuerdo que una vez, mientras mi madre y yo “reforzábamos” el ventanal de la sala —parte de dicho refuerzo constituía en amarrarlo con soga a la puerta de entrada de la casa, que estaba al otro extremo de la habitación y abría hacia afuera (lo que hizo que al cabo de dos o tres huracanes la pobre puerta, de madera contrachapada, pareciera diseñada por el jorobado de Notre Dame)— encontramos que en lugar de tornillos, tenía tarugos de papel hechos con pedazos del periódico Granma encubiertos en cemento. No en balde todas las ventanas se ponían de acuerdo a la hora de hacerle la primera y última visita al asfalto.

Entonces quizá lo intuía, pero ahora sé que este edificio de ventanas voladoras era un poco un reflejo de la propia revolución cubana de aquellos tiempos. El nombre del edificio era "MINFAR 5" —también se le llamaba “el 26”, no por la efeméride sangrienta, sino por el número de pisos (aunque creo que sólo tenía 25)—. Estaba en la intersección de Connill y Panorama, en Nuevo Vedado, un enclave que albergaba edificios con similar nomenclatura: los MINFAR 1-4. Esta parte del vecindario era, a grosso modo, zona militar. Pero divago. Decía que dicho edificio —cuyos apartamentos eran asignados a oficiales del Ministerio de Fuerzas Armadas Revolucionarias; mi padrastro, de cuyo nombre no quiero acordarme, era por aquel entonces teniente coronel de dicho organismo— era una maqueta de la revolución cubana: la reproducía a escala.

Durante los ciclones y la consecuente lluvia de ventanas, en medio de los prolongados apagones generales y las leves sacudidas del inmueble (que se sentían sobre todo en los pisos superiores cuando arreciaban los vientos), en las interminables y lúgubres escaleras aparecían pintadas contrarrevolucionarias, pingas dibujadas por manos inexpertas, alusiones a que fulano era chivato o mengana, tortillera, declaraciones de amor adolescente: en resumen, el edificio era un solar vertical en el más puro estilo socialista.

La falta de luz incidía en la escasez de agua y, ambas, en el ánimo de los moradores. Por eso no era extraño varias veces al día ver unas bolsas de nylon que volaban, junto a los ventanales. Al caer al asfalto, explotaban en todo su esplendor, revelando así su escatológico contenido: la mierda voladora. Los ajustes de cuentas tampoco faltaban en tiempos de ciclón: a los más abnegados chivatos se les cazaba la pelea y se les tiraba huevos, papas, boniatos, yucas y demás viandas (todavía no habían pasado a su fase de extinción); alguna olla de presión se estrelló contra la acera, a escasos pies de un despiadado cederista; alguien fue llevado al hospital más de una vez al ser alcanzado por uno (o varios) de los proyectiles vengadores.

Los más jóvenes éramos siempre los sospechosos de la andanada de objetos que se les tiraba con saña a los mayores, no así de la mierda empaquetada, que solía ser descargada —uso la palabra a sabiendas— por los adultos, que tenían a su cuidado esta versión emergente de “halar la cadena”. Todo esto y más acontecía en un edificio donde uno de cada dos adultos era miembro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, ese sostén incondicional de la dictadura. La planta insignia del edificio —de hecho, la planta nacional— debería haber sido la yagruma, con sus dos caras contrapuestas.

Cuando concluía la temporada ciclónica, se organizaban reuniones del CDR para condenar las pintadas clandestinas, se convocaba a trabajo voluntario para limpiar el edificio y sus alrededores (con bolsas de mierda incluidas) y en raras ocasiones aparecían los culpables de tales actos de subversión. Las cosas volvían a la normalidad. Se cubrían con lechada los escritos en la pared. Y todos volvían a su delirio revolucionario.

***
Foto: Carlos Alberto Santamaría

domingo, agosto 31, 2008

Al lector de blogs

Me extraña que no comentes,
lector que en sombras visitas,
que concuerdas o te irritas
y no dices lo que sientes.
No pretendo que lamentes
que no te uso de estandarte,

que tu voz no forma parte
de esta tribuna emergente.
Pero si esto está caliente:
¡habla, comenta, comparte!

viernes, agosto 29, 2008

Mugen las vacas, balan las ovejas

A propósito de la golpiza propinada anoche en el Protestódromo a quienes se manifestaron por la libertad de Gorki, le propuse a Jorge Salcedo (en su blog) que creáramos un cadáver exquisito. Yo puse el primer verso (que lo tomé prestado del propio Salcedo), él puso el segundo… y Tirofijo lo terminó. Ahí va.
***
Mugen las vacas, balan las ovejas
y los lobos atienden inquietudes,
como no tienen otras aptitudes...
sacan a relucir sus garras. Viejas

y amargas, conocidas, son las quejas
de los que no conocen de virtudes.
Unos chicos gritando y multitudes
de esbirros, a atacarlos como abejas,

el aguijón alistan y del pelo
tiran a Yoani Sánchez, sobre Ciro
Díaz, llueven los golpes. Sin respiro,

cuatro a uno, les pegan en el suelo
y el pueblo vuelve el rostro. En la tribuna
los miserables cantan a la luna.