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martes, julio 29, 2008

Del primer objeto de su lujuria

Transcribo un cuento de Teresa Dovalpage.
***

Del primer objeto de su lujuria

La Víbora es un barrio con personalidad propia, diferente de cualquier otra zona de La Habana. La Víbora es cristiana, santera y metafísica. Tiene su Centro Rosacruz y su Loma del Burro repleta de matorrales entre los que se pudren plátanos manzanos amarrados con lazos rojos. Tiene la iglesia católica Los Pasionistas, donde las espiritistas locales les piden a los curas agua bendita para darle un toque ecuménico a su mediunidad.

San Anastasio es una calle viboreña que huele a sol y a asfalto derretido. Una calle bordeada de yerbitas que crecen en la acera por donde se pasea el gato de la carnicería —un gato gordo y negro, que responde al nombre de Musulungo. Cuando cae un aguacero de esos tropicalmente rápidos, el vaho de la tierra mojada envuelve a la calle como lluvia de semen. Así es.

En el año setenta (cuando la zafra de los Diez Millones) Teófilo vivía allá en San Anastasio, casi esquina con Vista Alegre. La casa era grande, con las paredes apagadas y musgo en los rincones. En el patio trasero crecían un árbol de naranjas agrias y un jazmín anémico cuyas pálidas florecitas sin olor cubrían la tierra cuando soplaba el viento de Cuaresma.

En el primer cuarto dormían Teófilo, Mami y el recuerdo de Papaíto. En el segundo se encerraba el abuelo, sesentón todavía fuerte y poseedor de una barriga empinada que le inflaba la camiseta como si tuviera debajo un barril de cerveza Hatuey. Lo llamaban Papá Pipón. De noche, por las rendijas de su puerta salía humo de tabaco y peste a ron.

El tercer cuarto era el último, el de allá atrás, transformado por la pronunciación barriotera del viejo y la infantil de Teófilo, en Allatrá. En Allatrá no dormía nadie, pero los ojos de un Jesucristo desteñido se enroscaban con rabia en los ojillos maliciosos de una mujer. Ésta vivía en un cuadro polvoriento que alguien había colgado frente por frente al del Sagrado Corazón.

La mujer alardeaba de unas piernas muy largas que asomaban por debajo de una falda muy corta. Tenía cara de no romper un plato, pero su sonrisita de modestia mentida no engañaba a nadie, mucho menos a su vecino de pared. En su mejilla izquierda negreaba un lunar falso y desteñido por los años. Las miradas incendiarias del Cristo censuraban en silencio a aquella flapper detenida en el tiempo, que lo retaba así a la descarada con el nacimiento del muslo.

Delante de la mujer montaba guardia un sucio vaso milagrero, para envidia del Jesús iracundo, cuya sed nadie se preocupaba de apagar. Cuando un rayo de sol del patio se deslizaba serpenteando hasta Allatrá encendía chispas polvorientas en el agua dormida. Sólo el vuelo de los moscones rasgaba la tranquilidad del cuarto, hasta el día en que Teófilo descubrió a la mujer.

A Teófilo le habían puesto así por empeño de su padre, que era loco al boxeo. Para que nos salga un campeón como Stevenson, con los cojones bien macizos, había decretado en cuanto el chiquillo nació. A la madre no le gustaba mucho el nombre, pero quien manda, manda. Su marido la convenció.

Los primeros recuerdos del futuro campeón se perdían entre besos con olor a cebolla y pellizquitos en las nalgas, prodigados por Mami. Papaíto ya no estaba. De él no quedaban más que una medalla, un par de botas viejas con huellas de tierra africana, y un uniforme verde olivo. Mi papá se murió en Angola, decía Teófilo sin pena y sin miedo. Yo no me acuerdo de él.

Los besos encebollados solían enredarse con extrañas preguntas, cuyas respuestas le habían sido dictadas al chiquillo con antelación suficiente. ¿De quién es este rabito? Beso en la frente y apretón allá abajo. De mi Mami. ¿Y de quién son estos huevitos? De mi Mami también. Beso en la barbilla, y más masacoteo. ¿Y tú me quieres mucho, nada más que a mí? Ay. Sí.

Hasta que Papá Pipón, incomodado, advirtió un día que aquello sonaba muy mal. Sentó a Teófilo en sus rodillas y, apretujando con su mano terrosa los órganos ya mencionados, le informó muy serio que debía contestar “de las muchachas” a las dos primeras interrogantes. Después fue a buscar a su hija y la puso de vuelta y media:

—¡A ver si traumatizas al chamaco con tus comemierderías, sanaca! ¿Cómo lo vas a dejar que diga que su pichita es tuya? ¿O lo quieres tener toda la vida pegado a ti, para que termine maricón?

Quizás temiendo que “las muchachas” llegasen en manada para arrebatarle su legítima propiedad, una tarde Teófilo, a solas en el cuarto, se estrujaba el rabito entre los dedos cuando Papá Pipón lo descubrió. Instintivamente, el niño soltó el cuerpo del delito y se sentó en la cama muy derecho.

—¿Qué estaba haciendo usted ahí? —preguntó el viejo con voz ácida y ojos de sapo exasperado—. ¿Qué estaba haciendo, eh?
—Nada —musitó Teófilo, poniéndose coloradísimo.
—¿Y por qué estás tan sofocado?
—Porque… me puse a saltar en el colchón.
Las arrugas de Papá Pipón se acentuaron en un visaje de simio socarrón.
—¡No seas mentiroso! ¿Te crees que yo me chupo el dedo? Si todavía tienes el pantalón abierto... ¡A los cinco años, carajo! ¡Los chiquillos de hoy nacen sabiendo sinvergüencerías!
Teófilo improvisó un puchero.
—No, no tengas miedo —el abuelo, sorpresivamente, endulzó la voz y la bajó hasta un ronroneo—. Yo no te voy a castigar, bobito. Seguro que tú no sabes bien cómo se hace. Mira, échate pa acá.

El viejo tenía dedos largos y expertos en hurgar las intimidades de hierro de los carros. Había sido mecánico de lujo, especialista en Fords, hasta que un goteo aceitoso de los lagrimales lo mandó de cabeza al patio de chatarra del mundo laboral. Con una mueca cómplice, Papá Pipón se levantó el capó de su propio carromato y le empezó a enseñar al nieto cómo mecaniquear.

A partir de ese día, Papá Pipón y su aprendiz se encerraban con engañosos pretextos en el cuarto del viejo o en Allatrá. Mientras tanto, Mami se ajetreaba en la cocina o cabeceaba inocente frente al televisor, absorta en las telenovelas o en Cocina al Minuto, de Nitza Villapol.

Pero Teófilo presentía que había algo apócrifo en aquel masajeo frenético. Adivinaba que a él le fallaba la mecánica, aunque no sabía dónde. Pues ¿por qué su rabito no explotaba en catarata cálida como el surtidor que brotaba de la tubería de Papá Pipón?

—Paciencia, hijo —lo tranquilizaba el viejo—. Dale tiempo al tiempo, que todo llega. Un día te vas a sorprender.

Aquello lo consolaba un poco, aunque, por las noches, lo perseguía la imagen del apéndice del abuelo. Éste crecía, llenando la penumbra del cuarto y eclipsando con su potencia al avergonzado rabito, diminuto y tan pálido como los jazmines anémicos que crecían en el patio.

El viejo Pipón no era malo. Pero eso sí, mejor ponerse a salvo cuando se encabronaba porque solía cegarse como un potro cerrero. Le sacó dos muelas de un bofetón a su hija Luisa, la menor, cuando ésta se enredó con un joven barbudo, un teniente rebelde recién bajado de la Sierra. El tal teniente, tronco de mulatón camagüeyano, deslumbró a la habanera ingenua y la dejó preñada, para perderse luego en la marea creciente de la burocracia militar.

A Luisa le quedó de recuerdo una mulatita de pelo malo y piel azafranada que acudía dando brincos cuando la madre berreaba ¡Algohá! A los que se interesaban por la génesis del nombre, Luisa les contestaba encogiéndose de hombros que algo había que llamarla, ¿no?

Pese a la mulatita y al marinovio evaporado, una vez que a Luisa le bajó la hemoglobina hasta las chancletas por causa de un aborto, su padre fue a cuidarla. Al fin es que la sangre es la sangre. Y estas hijas mías han estado sin la guía de una madre desde que murió mi mujer, que en paz descanse, cuando ellas eran unas señoritas. ¿Qué culpa tienen las pobres si me salieron un par de huevos cluecos en esta rebambaramba que se nos armó aquí?

—Yo me voy a pasar un par de días con su tía Luisa y su primita. Usted es ahora el hombre de la casa, así que compórtese —le advirtió Papá Pipón al nieto antes de irse.

Lucía el viejo muy serio, con un paquete bajo el brazo. En el paquete había cuatro libras de carne de tercera que el carnicero le acababa de cambiar por un ventilador americano del año cuarenta y dos.

Teófilo se quedó solo. Era sábado y Mami había ido, con resignación bolchevique, a hacer trabajo voluntario en las afueras de La Habana. El muchacho se dedicó al ilícito goce de registrar las pertenencias de los mayores. Entre las de su madre encontró una bolsa llena de blúmeres que despedían efluvios acres y una caja forrada de terciopelo rosa en la que se ocultaban adornos decadentes. Se probó una gargantilla, dos collares de perlas falsas, un pasador dorado y un corsage muy ajado de violetas marchitas.

El corsage era recuerdo piadoso de un baile al que asistieran Mami y Papaíto en el Casino Español, a finales de los años cincuenta. Papaíto estudiaba el tercer año de medicina en la universidad y compraba, cuando tenía dinero, algún bono del 26 de julio. Se había enamorado a primera vista de Mami, dependienta simpática de la Farmacia Taquechel. Ilusionado, la invitó a una cena de Noche Buena en el Casino Español. Se hicieron novios mientras compartían una pechuga de pavo y media botellita de champagne.

Aquél fue uno de los últimos bailes del Casino Español. Luego la Navidad fue desterrada por contrarrevolucionaria, el pavo por burgués y el champagne por imperialista. Mami pasó a decirles a los clientes de Taquechel (convertida en Unidad Farmacéutica número 2341) que no había ni aspirinas, y a ponerles cara de estreñimiento. Papaíto, enviado a Angola con la primera oleada de internacionalistas, trató de remendar los cuerpos destrozados de sus compañeros de armas hasta que la ráfaga del AKM ruso de un angoleño despistado lo cortó en dos a él.

Pero Teófilo, ajeno al pedazo de historia familiar que tenía delante, se aburrió pronto y pasó al cuarto del abuelo. Encontró una nube de cajetillas de cigarros vacías, un enjambre de cabos de tabaco, una botella mediada de ron y dos gavetas llenas de camisetas ripiadas y calzoncillos orinados mil veces y secados al sol del patio. Bah. Pateó con rabia un mocho de tabaco y fue al patio a jugar.

Por la tarde se metió en Allatrá, último reducto de su esperanza. Al entrar se fijó por primera vez en el retrato de la mujer, al que hasta entonces había mirado sin prestarle atención. Detrás de su vaso de agua, la flapper se levantó la falda hasta la cadera haciéndole una mueca putesca. El descubrimiento de que no llevaba blúmeres se le reflejó a Teófilo con un cosquilleo grato en la entrepierna.

De quién es este rabito y empezó a masajearlo suavemente, como Papá Pipón le había enseñado. Pero en mala hora se le ocurrió dar media vuelta, y, al tropezar su vista con el Jesús del cuadro, le pareció notar una chispa colérica en sus ojillos verdemar.

Papá Dios lo ve todo y te castiga si haces cosas feas, le había advertido Mami una vez. Los niños malos van derechito pal infierno, pero no hables de eso en la escuela porque puede perjudicar. Y si alguien te pregunta si aquí somos creyentes o si tenemos cuadros de santos o de vírgenes, tú le dices que no.

Teófilo ya sabía que con el rabito no se jugaba delante de Mami, a no ser que ella iniciara el toqueteo. Seguro que tampoco se podía manosear delante de Papá Dios. Las miradas ardientes de aquel señor tan serio lo desconcertaron y se volvió otra vez de espaldas a él, concentrándose en las piernas de la mujer, que seguía guiñándole el ojo y hurgándose con perverso placer en la pelusa oscura que tenía entre los muslos.

Pícara suerte que sonó la cerradura en ese momento y el chiquillo tuvo que salir de Allatrá echando un pie. Era la madre, que venía en mala hora a interrumpirle la ceremonia púbica y el de quién es este rabito, eh.

Por la noche se comieron la raspa empelotada del arroz, que llevaba dos días escarchándose en el refrigerador, y una tortilla de cebollas.

—Mañana voy a preparar frijoles negros, hoy estoy demasiado cansada para ponerme a cocinar —dijo Mami al servirle.
Se notaba agotada y de mal humor, después de haber pasado el día recogiendo tomates en una finca allá por Luyanó. Al filo de las nueve, la luz dijo adiós Lola y el barrio completo se ensombreció.

Teófilo masticaba callado la raspa del arroz, tan gomosa que se le adhería a los dientes como si fuera chicle. Empezó a improvisar versitos bobos:

La peste gris y blanca de la luz brillante me hace cosquillas.
¿Por qué era tan chiquita la tortilla?
Mami tiene las tetas gordas como una nube
cuando va a llover.
Pero me gustan más las otras, las de aquella mujer.

Unos bichitos de alas finas rondaban lentamente la esfera luminosa del quinqué. El niño los miraba rozándose las ingles. A cada rato desviaba la vista para escrutar los pechos de su madre, cuyos pezones se transparentaban debajo de la bata de casa.

Al levantarse de la mesa se lanzó en una carrerita de galgo hasta Allatrá. Lo paró en seco el temor a que Mami lo descubriera allí, a usted qué hace metido en ese cuarto, renacuajo, y a la oscuridad que amortajaba la casa. Se echó en su cama opaca con la promesa de mañana sí, tú verás que mañana sí.

Al fin mañana se convirtió en hoy, un hoy que era domingo rojo. Mami volvió a tener trabajo voluntario. Esta vez se trataba de barrer las calles viboreñas, que no se limpiaban desde que el ciclón Flora descuajeringó a todos los árboles que las bordeaban. El viento de Cuaresma, que soplaba implacable desde hacía una semana, contribuía al reguero desparramando polvo, hojas, ramas rotas, papeles sucios y hasta ropa que conseguía arrancar de las tendederas entre silbiditos de burla.

Teófilo se tomó la leche fría porque el gas se había ido y Mami andaba demasiado apurada para encender el reverbero.

—Pórtate bien y no salgas hasta que regrese tu abuelo —le advirtió su progenitora, que seguía de un humor de perros—. ¡Mira que te pongo de penitencia como no andes al hilo!

De penitencia puso Teófilo al Cristo, por librarse de sus miradas. Lo viró cara a la pared, apoyándolo en una mesa vieja. Y ya puesto a descolgar cuadros, descolgó también el de la mujer para observarlo a gusto, sosteniéndolo con cuidado entre los dedos de apretar el rabito. Después de soplar una capa de polvo, Teófilo pegó la nariz al cristal. Entonces percibió claramente el aroma de un perfume desconocido. Je Reviens.

—Tú eres mi novia —resolló casi ahogándose, en tanto que el rabito se le elevaba vertiginosamente hacia el techo despintado de azul—. Nosotros vamos a casarnos, eh.

Se anegó en el sofoco que le nacía en lo más profundo de la entrepierna, en la ola cálida que prometía esta vez no disolverse, sino explotar gloriosa entre sus dedos. Ahora sí, jadeaba, ahora sí, y los ojos se le cerraban para abrirse a un teatro interior donde, a colores y en plena animación, la mujer del cuadro movía rígidamente sus piernas de modelo y le mostraba con descaro la chocha peluda. Ponme la mano aquí, Macorina, pon, pon, cantaba la sonsacadora y Teófilo oía el estribillo repiquetear dentro de su cabeza. Ponme la mano aquí que la tengo fría. Pon.

—¡Degenerado, haciéndote una paja a costillas de mi señora difunta! —le desbarató la tonada el grito de Papá Pipón—. ¡De tu propia abuela! ¡Tan rebejío y tan cabrón!

Un puñetazo lanzó al niño de bruces contra el suelo. El retrato cayó con él, haciéndose añicos y entintándole la frente con los pedazos rotos del primer objeto de su lujuria.

¿Cómo va a ser mi abuela? Las abuelas son viejas y tienen canas, espejuelos y las piernas flacas y jorobadas. Las abuelas no andan por ahí enseñando la florimbamba. Cómo va a ser mi abuela si yo no tengo abuela, yo no tengo papá, yo no tengo nada.

Papá Pipón envenenaba el aire quieto de Allatrá con maldiciones viboreñas. El viento de Cuaresma, afuera, seguía haciendo volar el polvo gris sobre San Anastasio. Jesucristo, triunfante, le sacó medio palmo de lengua al chiquillo asustado. Eso es para que aprendas. ¿No sabías que Papá Dios lo ve todo y te castiga si haces cosas feas? Merecido que te lo tienes, ¿eh?

Teófilo se incorporó con el corazón desbocado. Le ardían en el mismo centro de la vida los insultos del viejo, la burla de Jesús y las cortaduras que le laceraban dedos y frente.

—Cuidadito con decir nada de esto a nadie, porque le arranco la lengua con un alicate y se la pico en la máquina de moler —le advirtió el viejo, tremebundo—. Si su madre se entera de lo que estaba haciendo, lo bota para la calle, ¿sabe? Lo manda para una beca, para Rusia, para la casa del carajo. A ella le vamos a decir que jugando con el cuadro se cayó y se cortó.

Que me manden para el infierno. Total.

El domingo rojo se cerró con las lamentaciones de Mami que regresó hambrienta, llena de polvo hasta las cejas y otra vez, por variar, con el humor emponzoñado.

—¡Ay, que por estar yo ocupándome de lo que no me importa mi hijo casi se saca los ojos! ¡Ay, que se rompió el único retrato que conservaba de la pobre mamá! ¡Ay, que se acabó el agua y ahora no me puedo bañar hasta mañana!

Media hora más tarde la luz siguió los pasos del agua. Aquella noche tampoco hubo tiempo para cocinar los frijoles. Lo único que comieron fue pan con aceite y ensalada de coles.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Así quisiera escribir yo. Sigo en el intento.

!Muchas gracias!

César Reynel Aguilera

Anónimo dijo...

Excelente, gracias.

Saludos
F.C.

bustrófedon dijo...

César: me alegra que te haya gustado el cuento de Dovalpage. Tere es genial. También lo eres tú.

F.C.: una de las cosas que más disfruto de mi blog es tu constancia. Gracias, como siempre, por la visita y el aliento.

Anónimo dijo...

Bustro,

Una vez le dijeron a la vieja mía que yo era genial y respondió con ojos de duda:

- Bueno, si lo es, no coincide con mi definición.

- ¿Cuál? - le preguntaron

- Pasar inadvertido- dijo la autora de mis días.

Teresa Dovalpage dijo...

César y F.C. gracias por leer mi cuento y por sus comentarios, y muchas más a Bustro por brindarme su espacio. Desconozco la "netiqueta" y si se supone que meta aquí mi cuchareta, pero quería decirles chicos, ¡gracias por leerme! y aclarar que el tal Teofilo es un personaje de mi novela Muerte de un murciano en La Habana (Anagrama 2006).
Cariños,
Teresita

mari puri dijo...

Qué maravilla de cuento!