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lunes, diciembre 15, 2008

¿Y cómo dices que piensan los ahorcados?

Transcribo una entrevista de Teresa Dovalpage a Gregorio León. ***

Gregorio León es un autor murciano que escribe sobre Cuba. Y escribe bien, por cierto. Cualquier pensaría que nació en Cayo Hueso y que tiró piedras de muchacho en el Parque Central. Claro que lo primero que pensé en preguntarle fue: “¿Qué hace un murciano como tú escribiendo sobre La Habana?”. Pero me pareció que me contestaría: “¿Y a santo de qué una cubana como tú escribe sobre los murcianos, eh?”. Así que elegí otras interrogantes menos resbalosas. El libro más reciente de León es El pensamiento de los ahorcados, publicado por la editorial Algaida este año y que se presentó en la recientemente concluida Feria del Libro de Miami.

Este año ha sido súper para León, que ganó también el Premio Valencia de novela, con una dotación de 30.000 euros, por su obra Balada de Perros Muertos. La historia se desarrolla en México y analiza el conflicto del narcotráfico a través de la guerra desatada entre dos bandas, la del Chivo y la del Chapo Méndez, junto a la frontera con Estados Unidos. Se publicará en 2009.

Aquí van mis preguntas a este murciano que ya es habanero honorario:

TD: ¿Por qué ese título, El pensamiento de los ahorcados?
GL: La realidad es que, atendiendo a lo que pasa en la novela, debería ser “El pensamiento del ahorcado”, así, en singular. Pero me parecía que tenía más potencia el título finalmente elegido. En todo caso, lo que tenía claro es que no iba a recurrir bajo ningún concepto a fórmulas como enigma, misterio o código… Además, en esta novela no aparece por ninguna parte Leonardo da Vinci, ni templarios.

TD: Ésta es tu segunda novela sobre Cuba. ¿Por qué escribes sobre la isla? ¿Alguna fascinación peculiar, un duende isleño que no te deja en paz hasta que lo exorcizas con la palabra...?
GL: Sí, has dado en el clavo. Un duende muy juguetón es el que me está pinchando constantemente para que escriba de Cuba, y particularmente, de la Cuba de los años 50. Me parece una etapa fascinante, una auténtica provocación para cualquier creador. No es tan difícil hacer una novela cuando se te cruzan en el camino mafiosos, políticos corruptos, periodistas amantes de primicias, actrices de películas de relajo... El pensamiento de los ahorcados es mi pequeño homenaje a La Habana que unos pocos pudieron disfrutar, y todos los demás, imaginar.

Pero, por encima de todo, El pensamiento de los ahorcados no es una novela de gánsters. Es una novela de amor. Hay más celos que tiros. Más pasiones que sangre. El único cadáver que queda en el camino es el amor.

TD: A diferencia de Murciélagos en un burdel, aquí la acción transcurre entre los años 50 y la actualidad, el período especial. ¿Por qué decidiste usar dos planos temporales?
GL: Porque uno de los personajes principales de la novela es la nostalgia. No sólo Abuelo Asdrúbal o Zoila, o incluso Superman, miran hacia atrás con la sensación de tiempo perdido e irrecuperable. El chico que emprende la investigación para descubrir si está viva o muerta Rachel se siente extranjero en la etapa que le ha tocado vivir, con el período especial y todo eso, y añora un tiempo que sólo puede reconstruir a través de los recuerdos que va recabando. Entendía que mostrar las diferencias entre las dos Habanas, entre las dos etapas, no sólo me daba más posibilidades literarias, sino que incluso me servía para proponer un debate sobre cuál de ellas es la mejor, aquella en la que hubiéramos querido nacer. El pensamiento de los ahorcados también propone ese juego literario. El elemento lúdico no debe faltar en la vida, y mucho menos en un libro. Jugar, jugar, jugar.

TD: Tus novelas están tan bien documentadas que cuesta creer que no seas nativo de la isla. Aparte de todos los recursos que mencionas en los agradecimientos, ¿cómo te las arreglas para procesar todo ese material de apoyo para tus novelas sin que se le vean las costuras?
GL: Tengo muy buen oído, debo confesarlo. Me pasa si estoy en Cuba, o en México, por citar los dos países que he visitado con más frecuencia. Se me pegan mucho los giros propios de cada ciudad. En ese aspecto, juego con ventaja. Pero la cosa está en después acomodar ese lenguaje local al texto, sin que chirríe, sin que parezca un postizo. Es verdad que muchos lectores de dentro y fuera de la isla han comentado que la novela suena muy cubana. Para mí esto constituía un desafío. Si lo he superado, fantástico. Seguiremos con los oídos bien abiertos para no perdernos nada.

TD: ¿Alguno de los personas de El pensamiento... está basado en alguien real, aparte, naturalmente, los que mencionas por sus nombres como Meyer Lansky o Lucky Luciano? Especialmente me interesa Freddy Ramírez. ¿Tuviste en mente a algún periodista de los 50 como su modelo?
GL: Me consta que en [la revista] Bohemia trabajaron durante los 50 periodistas de raza, capaces de escribir reportajes que tenían profundidad y aroma literario. Pero en ese caso quise crear un personaje propio. Un gordo al que le interesan poco las mujeres y que no quiere que nadie le desvíe de su auténtica obsesión: atrapar la siguiente primicia que ponga a temblar los cimientos de La Habana. Como periodista que soy, me produce todavía un temblor especial dar una noticia que nadie tiene. Puedo llegar a entender a Freddy en algunas cosas. Pero jamás cambiaría una primicia por una buena cena con una mujer, eso te lo puedo asegurar.

TD: “Esa mujer es... La Habana” dice Asdrúbal en una conversación con su jefe, Meyer Lansky. ¿Estás de acuerdo con esa afirmación de tu personaje? ¿Qué significa La Habana para ti, como escritor y como visitante?
GL: Una ciudad a la que siempre volvería. Hay algo que no ha podido destruir Fidel Castro, y es la calidez de los cubanos. Hay una sintonía especial que une a españoles y cubanos. Y eso te hace sentir como en casa. Quizá tenga que ver con el sentido del humor, con lo latino que compartimos los de aquí y los de allá. En el fondo, todos somos españoles, y todos somos cubanos. Por eso en España interesa tanto todo lo que ocurre en la isla. Y soñamos con encontrarnos un día en los periódicos esa gran noticia, esa primicia con la que soñaría un Freddy Ramírez contemporáneo, de que en Cuba hay elecciones libres. No hay que desesperar. Aquí en España pensábamos que Franco era inmortal. Fíjate, un tipo que iba bajo palio. Vamos, que se podía pensar que tenía un pacto con Dios para no morirse nunca. Pero al final la biología se impone. Y la libertad llegará.

3 comentarios:

David Lago González dijo...

El tipicismo sobre la Cuba de los 50 con ese abanico ya un tanto raído y manoseado de casinos de juego, mafiosos, burdeles y etcéteras es tan elemental como el tipicismo posterior de que todos los cubanos bailamos bien, somos santeros, todos nos enamoramos de Fidel que posteriormente traicionó la Revolución, tenemos el pene más grande del mundo y sabemos usarlo mejor que nadie.
A partir de ahí, la novela quizás es una obra maestra.

Teresa Dovalpage dijo...

David,
Tienes mucha razón al molestarte con los estereotipos, desde los relacionados con los casinos hasta los del potentísimo pene isleño, pero la novela de León va más allá de esas intrascendencias. Presenta la vida en Cuba, en dos planos de una forma refrescante y, al menos en mi opinión, novedosa.

Anónimo dijo...

Don David,

De lugares comunes, de siete colores primarios, está hecho el cielo de la Capilla Sixtina. Igual, de unos cuantos elementos químicos -secos y tabulados- está hecho el milagro de la vida. Los ingredientes se olvidan, lo que queda es eso que salta, que emerge, a partir de ellos. Como decían en La Habana de los cincuentas: El secreto está en la mezcla.

Saludos

CRA