(a Silvio Rodríguez)
Cantándole al harapo, ganó fama…
Y esas sillas al borde del camino
y Santiago de Chile y el destino
del pobre mundo poblaron su cama
de púberes, flautistas y patriotas
de cualquier patria humilde y derrotada.
Luego, compuso el Son de la Camada
y el aplauso llegó como sus notas
desafinadas, sosas, sin memoria.
Este bardo innombrable, manco y ciego,
se burló de la audiencia enamorada.
Hoy se hunde en los pantanos de la Historia
este juglar absurdo y palaciego,
este burdo empresario de la Nada.
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